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Ruta para amar Caracas: Altamira y La Floresta CUANDO LA ARQUITECTURA AMA EL JARDÍN, por Faitha Nahmens Larrazábal

Plaza Altamira
Altamira, pionera de plaza, contó asimismo con el diseño artístico en muchas de sus fachadas de Arthur Khan, un personaje fantástico que vivió en la ciudad.

El cabello blanco, como las garzas que le dan combate al río, los ojos azules, como el cielo neto de enero, el verde tenaz del Parque del Este que hace exactamente 57 años diseñó el paisajista Burle Marx con su colaboración, como telón de fondo, el celebérrimo arquitecto británico John Sttodard es el personaje broche de oro con cuya disertación termina la devota peregrinación caraqueña de este sábado, y en la que, al cabo de cuatro horas, voces señeras de la arquitectura, del paisajismo, de la gestión pública, del movimiento vecinal han revelado, in situ, secretos y maravillas de la ciudad. El recorrido, llamado Ciudad Jardín, un trazado exultante que bordea Altamira y alrededores, es una explicación de por qué se supone que es verde la esperanza. Con esperanza cierra. “Superaremos esto, y el parque seguirá siendo remanso”, dice Sttodard, restándole importancia al enjambre de guardias armados que custodian un espacio para la contemplación. Rara interpretación zen.

Rutas convocadas por los caracadictos de CCS-City-450 para la valoración arquitectónica y el reconocimiento paisajístico y del verde que nos cura en salud, los participantes celebran la construcción de este oasis caraqueño inaugurado el 19 de enero de 1961 y bautizado como parque Rómulo Betancourt, luego llamado parque Jóvito Villalba, y ahora conocido como parque Generalísimo Francisco de Miranda. Joya verde de Caracas, obra dilecta del prolijo Burle Marx con quien Sttodard trabajó en Brasil y aquí en el país, el Parque del Este es un pulmón de 82 hectáreas que urge preservar cuya vegetación exultante y exótica sembró el botánico Leandro Aristeguieta. Hábitat natural concebido como refugio de la flora nacional y foránea, donde anidan guacamayas y se anhela paz, contiene también una “importante colección zoológica”. En cuanto a la población humana, se pensó que recibiría unos 6 mil visitantes por mes, pero ya en 2008 por la entrada pasaban más 270 mil personas.

Esta vez suman 200. Es el número de caracadictos de la llamada manada urbana que llega puntual a la Plaza Altamira, bautizada hace 50 años Plaza Francia, donde se dará inicio al trayecto. Es allí donde el ávido grupo que, al cabo de 4 horas llegará goloso al Parque del Este, redescubre que se ingresa a la urbanización a través de una entrada triunfal, “operática” como la describiría el político y escritor Américo Martín, hijo del escultor y constructor del obelisco, Luis Martín Martín. Las tantas obras tesoro del noreste del valle avistadas en el camino serán escaneadas con admiración. Ojos que a partir de entonces verán lo cotidiano de manera diferente, con sentido de pertenencia y con propiedad, más allá de la fachada —la belleza está también en el ojo que mira, diría Federico Vegas—, vale añadir que no todos los participantes son caraqueños: se suma un puñado de profesores y estudiantes de arquitectura de universidades de estados aledaños; eso sí, Caracas resulta más querida en cada paso, pasos firmes a su reconstrucción.

Flanqueada la plaza por dos avenidas que parecen ríos que bajan de la montaña inminente, que la abrazan, Altamira cautiva. Asiento de hermosas quintas, candidatas a su consideración patrimonial, así como de seductores edificios de amable altura, merecedores de múltiples premios de arquitectura, a la vez que reducto de nuevos y altaneros inmuebles que buscan estirar el cuello en la competencia por la metro valioso, está aún blasonada por árboles de generosa fronda que urge preservar y regada de acicalados jardines. En Altamira, La Floresta y Los Palos Grandes, urbanizaciones diseñadas con elegancia, Caracas la tierna, la arisca, la intensa, la pizpireta, la de los techos rojos y los hechos rojos, muestra aquí, para el goce visual y vital, muchas de sus mejores cartas.

“Caracas volvió a ser la capital de la república a la muerte de Gómez, en 1936, y en 1945, nace Altamira, de la mano del ingeniero y promotor Luis Roche, exembajador de Venezuela en Argentina”, guía el arquitecto, escritor y profesor de la cátedra de Teoría e Historia de la Simón, Henry Vicente, “Los Chorros es anterior, igual que Los Palos Grandes y el Country Club que se trazan en 1928”, establece. “Eso sí, todas tienen una historia común, eran magníficas haciendas ubicadas en las afueras de Caracas, y Altamira, surcada con ejes notables que conducen a la montaña partera, es un proyecto urbano que prospera donde antes hubo haciendas de café: Quintero Serrano y Los Dolores; La Floresta, al lado, se alza sobre la hacienda San José”, apunta Franco Micuchi, arquitecto, también profesor de la Simón y junto con las también profesoras Aliz Mena y María Isabel Peña, coordinador de CCS-City-450, plan a favor de nuestro lugar común, la ciudad, que es literalmente un movimiento. Una toma de conciencia y de Caracas. Una auto de fe.

“Altamira, pionera de plaza, contó asimismo con el diseño artístico en muchas de sus fachadas de Arthur Khan, un personaje fantástico que vivió en la ciudad. Natural de Estambul y criado en Viena, donde fundó una orquesta de jazz, amigo de Josephine Baker y de medio mundo, es quien rehace la fachada del edificio de las Bellas Artes de París. Hombre de espíritu renacentista, tras llegar al país huyendo de la guerra, aquí se alió con el músico Luis Alfonso Larrain y, aunque al principio cose botones en trajes ajenos, con gracia consigue entrar en los círculos del arte y la arquitectura. No trabajamos con arquitectos, tenemos libros del tema, le dijeron de entrada los hermanos Roche, a lo que Khan respondió: si se llegan a enfermar, tengo libros de medicina. La alianza surgió de manera inmediata con este gran conversador que llegará a ser conferencista en Harvard, donde seduce a los alumnos con una charla fuera de las aulas, bajo un árbol del campus”, añade Henry Vicente.

Anécdotas que añaden al escaneo emoción, con parsimonia los ojos y las cámaras registran la narrativa; las fachadas, rostros con sus gestos, lo son. Paneo lento en los edificios de Federico Beckhoff —suscribiría más de 200 en Caracas—, del Dálmata vamos al celebérrimo Mónaco, donde Elisa Silva, cabeza de Enlace Arquitectura, y también profesora de la Simón, habla de sus cuerpos abiertos en abanico con conocimiento de causa: allí vive. Le incómoda la solución de la nueva reja con que “nos apresamos”; el cuello tortuga tras el cual nos queremos esconder. Pero adora la entrada espaciosa, las medidas de los vidrios fuera de todo estándar, la espectacular escalera que da la bienvenida, la bella luminaria del lobby, la delicadeza de la pasamanería, la distribución del espacio, la nobleza de los materiales.

Más allá el Palic, con planta tipo que no se repite y mirada al Ávila, y el Universe, suscrito por El Especialista, un genio del cálculo de quien no se tienen mayores datos, se da por sentado que era italiano, y quien también hacía magníficas fachadas con una técnica muy suya, en la que incorporó el brillo de la piedra molida a la argamasa, cuenta el arquitecto Orlando Marín, también profesor de la Simón,  investigador y activo juglar de los arquitours de Chacao. Prosiguen Mayflower, Caromay y Altamira, que, frente a la plaza, es un abrazo de la arquitectura a la ciudad. Evocación a Khan: “El hará colocar bancos a la salida de los ascensores en los últimos pisos para que se sienten en ellos los que se han mareado dentro de aquellas cabinas que los han elevado tanto del suelo, unos ocho pisos de vértigo”.

Al sur, el hotel Montserrat es una alabanza al sol, con sus bloques calados colocados en alternancia que crean un efecto neoplástico y convierten al edificio en girasol que busca la luz, es suscrito por la oficina de arquitectura de Carlos Guinand Baldó y Moisés Benacerraf, Emile Vestuti y Roger Halle, el que trabajara con Le Corbusier y Neumeyer en el proyecto de la sede de la ONU. Más allá el Atlantic, con sus alerones singulares, y demás hermosuras que aguardan por tiempos sin miedo, sin tapias, serpentinas, vidrios cortados. Convertir los edificios en jaulas los de(s)precia.

Y de mirar y admirar a ritmo peatonal, no desde una apresurada ventanilla, a las obras maestras, pasamos a aplaudir a la maestra de maravilloso obrar. Junto al edificio Sucre, antigua sede de la Mobil Oil Company —obra del arquitecto Donald E. Hatch y del ingeniero Claudio Creamer (1957-1959)—, que ahora ocupa el Colegio Universitario de Caracas, en la avenida principal de La Floresta nos espera la pionera del movimiento vecinal en Venezuela, la veterana Ligia Gerbasi, fundadora junto con Angel Zambrano, de Facur. Demócrata creyente a pies juntillas en la participación, Gerbasi cuenta cómo se organizaron en la urbanización —que es patrimonio desde 1958— no solo para que se construyera el parque al fondo sino que detalla cómo se plantaron para ser oídos como voz nueva y tenaz para que la casona que es hoy La Estancia no fuera derribada y suplantada por una torre petrolera. Su empeño la mantuvo como espacio para la cultura y el uso de la comunidad desde entonces. “Esta es una urbanización habitada, o más bien, compartida por vecinos que actuamos como familia, nos conocemos todos, la plaza es nuestra sala, y todos colaboramos a favor del otro, y del bien común, aquí todo se planificó ¡hasta el contraste cromático de los árboles!, y no es mito que en algún momento, en vez de perros, muchos tenían en sus jardines, gansos”.

La Estancia, antigua hacienda colonial propiedad de la familia Sosa, en la que Julio Sosa Rodríguez vivió con su extensa familia —14 hijos—, volvió a ser espacio funcional y fue restaurada y reacondicionada por Ramón Paolini quien se afanó en conservar el espíritu de la casona de la manera más fidedigna. Espacio acogedor donde deambuló Simón Bolívar y donde tocó José Angel Lamas, la supuesta visita del rey de España sería la razón de una apresurada ejecutoria de refacción que preserva los tejados, hace calzar los techos a dos aguas, restituye los canales de desagüe, embellece los frisos. Museo con patio interior donde se ofrecen conciertos, se mantiene con belleza La Estancia tras la intervención de la que fuera objeto, tanto en la hacienda como en los hipnóticos jardines que una penosa tapia hacen invisibles desde afuera.

Siguiendo por la Francisco hacia el este, luego de pasar la antigua sede de la embajada de Estados Unidos —también suscrita la obra por el arquitecto Donald E. Hatch y el ingeniero Claudio Creamer—, donde ahora funciona el ministerio de Turismo, el paseo repara en otro tesoro de la ciudad que evoca no al pilón o al trapiche sino a la geomería: Parque Cristal, el cubo blanco que diseñó el celebérrimo Jimmy Alcock, invitado a hablar de su trabajo, de su inspiración, de su audacia, otro lujo y presencia que es generosa sorpresa. “La idea de que el edificio fuera boca de Metro no se entendía como un beneficio, una forma de valoración de la propiedad, al contrario, se temía que le restara prestancia”. Construcción que hace ciudad desde la planta baja abierta, que se prolonga en el espacio público creado, un patio que, diluido en la acera, invoca a la libertad, suele ser punto de encuentro para actividades caraqueñas.

Mirando con los pies, llegamos al Parque del Este, y Jhon Sttodard, aprendiz y socio de Burle Marx y socio de Fernando Tábora, recuerda que hicieron esta y tantas maravillas, aunque el Parque del Este sea icónico lugar caraqueño del mundo, lugar que merece estar en el catálogo del patrimonio. El arquitecto británico conoce al dedillo los nueve lagos, el Planetario Humbolt, las canchas deportivas, el terrario, un jardín xerófilo, el jardín hidrófilo, las esculturas y tiene una anécdota de cada estación, de cada muro, de cada espejo de agua. Lo mejor, asegura, es que tantos quieran conocer la historia de la ciudad y los entretelones del parque, este de comprometido remanso, este donde fue sustituida la réplica del Santa María de Colón por el Leander de Francisco de Miranda, este con vocación de verde.

Stoddard celebra los recorridos y que sigan. Seguir es más que una metáfora, toca andar Caracas porque andar, flanear, caminar son sinónimos de avanzar, son expresiones que se asocian con reconocer, que a su vez conduce a enraizar y a amar. Y —¡que viva el espacio público! —, a la democracia. Porque la calle nos pertenece y dejarla no es opción, hay que memorizarla, convertirla en lugar de encuentro en el desencuentro y escena de consenso más que trinchera. Porque esta docena de rutas programadas para asumir el valle son un ¡vamos! que nos compromete. El recorrido, aun si no se entienden todas las señas del laberinto por decodificar, es un tributo que nos hace mejor ciudadanos y por rebote mejora la ciudad.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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