provigil replacement street price of provigil provigil effect on libido provigil makes you smart provigil reviews add
Inicio / Destacado / Rescatar lo efímero LA ARBITRARIA PERCEPCIÓN, por Anna Rita Tiberi

Rescatar lo efímero LA ARBITRARIA PERCEPCIÓN, por Anna Rita Tiberi

Lo efímero 1
Esta certidumbre de lo efímero, mediatiza el reinado de cualquier experiencia del conocimiento.

Nunca, ahora que la vida misma sucumbe, se ha hablado tanto de civilización y cultura. Y hay un raro paralelismo entre el hundimiento generalizado de la vida, base de la desmoralización actual, y la preocupación por una cultura que nunca coincidió con la vida, y que en verdad la tiraniza.

Antonin Artaud

Enamorada de la sociología existencial acunada por el inolvidable Albert Camus y algunos amigos del pensamiento, como lo son Andrea Fontana, Peter Manning, Kotarba, Freud, Mires y otros, trato de expresar algunas consideraciones desde mi persona y mi entorno.

Parto de la siguiente creencia vivencial: vivo en el mismo universo que trato de interpretar y mi percepción de él influye en los acontecimientos en los que participo. Nada me es imprescindible salvo yo misma y mi legado viviente para aventurarme a aprehender y tratar de comprender, efímeramente, un algo, asunto o cuestión; ya lo decía hace unos cuantos años Joseph Kotarba, cuando advertía que el self existencial hace referencia a la experiencia única que un individuo tiene del ser dentro del contexto de las condiciones sociales contemporáneas, una experiencia que se caracteriza, sobre todo, por una percepción constante del cambio, una intervención activa en la  transformación social. Los sociólogos existencialistas, por llamarlos de algún modo, centran paradójicamente, su  lado racional del cerebro en los sentimientos, emociones y pensamientos de los actores sociales, produciendo inevitablemente una percepción de los mismos desde una óptica desestructurada de sus acciones.

La arbitraria percepción de la cultura se acompaña con la arbitraria percepción de la  naturaleza. Fernando Mires, en un magnífico libro, a propósito de Freud (El malestar de la barbarie, 1998) apunta que la cultura ya no produce malestar sino infelicidad, y que lo único que podemos hacer es minimizarla. Suena a catástrofe, pero también yo lo creo. El tránsito de lo humano por convertirse en ser social tal vez ha sido el más doloroso de los cambios que ha sufrido ser viviente en esta tierra. Separarnos de la naturaleza para diferenciarnos es y ha sido un largo e interminable viaje de represiones  y controles a nuestra naturaleza fundacional, domesticarnos ha sido no solamente un extenso e incompleto acontecimiento, sino que, paradójicamente, cuando se llega al límite del malestar o la infelicidad, retornamos a nuestra naturaleza primigenia, atávica de canibalismo y barbarie. Entonces, maestro Freud, ¿puede alguien desde cualquier arbitraria teoría decirnos cuánto tenemos de cultura y cuánto de naturaleza? ¿Supera la maravilla cultural del lenguaje al acto poderoso de matar por un puñado  de dólares? ¿Quién permite el crimen?  ¿La naturaleza o la cultura? Asunto difícil porque, como culebra ciega, se entrecruzan los inicios y finales de cola y cabeza.

Si cultura es todo lo que el hombre hace, piensa, dice, sueña, olvida, recrea, destruye y construye, ¿qué queda de naturaleza? ¿Acaso el árbol de pino cortado en forma de pájaro? ¿O será lo genético? Pero si todo ha sido intervenido, violado, trastocado, transformado, heredado, ¿qué queda de la naturaleza fundacional? ¿Nada?… Porque ni siquiera el acto sexual es natural en el sentido propio del término. Entiendo que no hay ya naturaleza desnuda, ni cultura diferenciada; queda, y así lo creo, la naturaleza social para cualquiera de los asuntos a tratar. Se han muerto las explicaciones  oportunas y tranquilizadoras, transitamos en plena incertidumbre y en pleno colapso de las afirmantes arbitrariedades del conocimiento. Pienso, entonces, que no sólo nos toca minimizar la infelicidad, sino igualmente, asumir la efímera felicidad con toda  intensidad, como un suceso único y extraordinario, permitiendo el arribo de nuevos sucesos.

Descubrir que apenas tengo la vida gracias a las mercancías que las sostiene, es definitivamente, la única certidumbre que trasciende la creencia, para pasar a ser una evidencia que escapa a mi subjetividad en este plano vulgarmente llamado ‘lo real’. Sufro también la enfermedad de la necesaria ‘originalidad’, a pesar de haber leído con entusiasmo muchos de los libros pos-modernos que han enterrado, sustancialmente, aquella ilusión de lo real.

La originalidad constituye para mí un alimento motivador que se traduce en búsqueda inédita; orienta mi vanidad, y como anillo al dedo, mi subjetividad. No establezco claras fronteras entre lo cuantitativo y lo cualitativo para aproximarme a mí y al otro, sea éste de cualquier reino: polvo de estrellas, mirada animal o la violencia de mi vecino. Sinceramente sería fantástico poder contar las estrellas y, por fin, saber cuántas hay. Sin embargo, al contarlas desde la tierra los lentes hipergalácticos nos dicen que la contabilidad no vale, ya que entre las numeradas muchas están muertas y perdieron su cualidad de luz, existiendo sólo en el presente de nuestra ilusoria percepción. Lleno está el cielo de luz y nosotros siempre nos maravillamos. No obstante, aún no aceptamos la muerte precisada y contabilizada. Esta es la certidumbre en cuestión. Es como una suerte de mutación obligada donde debemos aceptar que hemos perdido bruscamente el analfabetismo que fundamentaba tantas verdades. Todos los paradigmas analíticos de la cultura han sido sostenidos por escenografías portátiles que, en su momento, han sido muchas veces necesarias, oportunas, pero fatales en términos de imposición y dominación del ser.

Pienso que de nuevo habría que rescatar lo efímero como la advertencia más inmediata para la comprensión. Lo efímero como la manera de ser del mundo que está fuera de nosotros y también como la manera de ser que nos habita interiormente. Lo efímero como contrapartida de lo permanente, lo efímero versus el estancamiento, lo efímero como una actitud que permite cambiar el código, la señal, la percepción, cada vez que cambiamos o cambia nuestro entorno. Larga y profunda es la huella del ser social sobre la naturaleza, trágicos sus resultados más que sus logros. Imposible hablar entonces de naturaleza a secas, sólo podemos enunciarla con su apellido histórico: naturaleza social. Y nosotros, animales culturales, recibimos todas las huellas, las improntas, desde la prohibición de comernos los unos a los otros hasta ser portadores de innumerables y plurales mapas genéticos, debido a nuestros múltiples intercambios.

Esta certidumbre de lo efímero, mediatiza el reinado de cualquier experiencia del conocimiento, no importa el estatuto teórico universal que ostente o el grado de resignación alcanzado por aquellos practicantes de cultos teóricos y metodológicos que se llenan de legitimación en un auditorio ausente. Yo reivindico la invención desde la caída, la innovación y la comprensión por cualquier camino, con la creencia de que lo aprehendido tiene un carácter efímero y que sólo puede ser duradero en la medida en que se enquista en el pensamiento por un acto de sobrevivencia.

El mundo lo puedo aprehender con los límites de mi ilustración cualitativa y contable, y lo que me aporta el universo de las redes, de información, tal vez abarque un radio mayor de asuntos a estudiar; pero estas redes con su inusitada velocidad y cambios de información frecuente, hacen más cierto el reinado de lo efímero como advertencia a la vanidad que producimos como conocimiento; así revolotea en mi conciencia y memoria, la reflexión de Sartre: el hombre es una pasión inútil.

Tal vez por eso, seguimos, transitando la misma pasión divina  de siempre.

anaritatiberi@gmail.com

@anaritatiberi

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

Te interesa

John Bolton

Bitácora Internacional ‘EMBARGO’ Y LOS MOMENTOS FINALES, por Alfredo Michelena

Las recientes sanciones impuestas por la administración Trump al régimen venezolano son las más duras …

Deja un comentario