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Ready Player One A PROPÓSITO DE LA ‘FAKE REALITY’, por Héctor Concari

Ready Player One (2018) Tye Sheridan as Wade Owen Watts/Parzival
Probablemente, la confusión de tramas, escondidas tras la parafernalia visual, oculte bastante voluntariamente la confusión y la disfuncionalidad del mundo actual.

El cine es hijo de dos pulsiones. Por un lado, el cine siempre es pasado, siempre es algo que ha transcurrido frente a una cámara que lo registró. Pero, por el otro lado, en el caso del cine norteamericano, desde que la marcha hacia el oeste terminó en un villorrio desconocido llamado Hollywood, el cine fue una búsqueda de los límites de la imaginación de la época.

A principios del siglo XX esos límites eran los del desierto por conquistar, luego fueron otros territorios extranjeros para eliminar enemigos reales (los nazis, los japoneses) o ideológicos (los perversos comunistas de todo pelo). Luego, cuando la conquista del espacio, los límites de ese imaginario se expandieron más allá de la Tierra. Sin contar, los viajes al pasado recreado de la serie Jurassic Park. Un periplo, si se lo piensa, asombroso.

Estas dos pulsiones están presentes en Ready Player One del muy eficiente Steven Spielberg que filmó The Post mientras esta entraba en preproducción. La premisa no es tan original. Ninguna distopía puede serlo después del 1984 de Orwell y la siempre injustamente relegada Un mundo feliz de Aldous Huxley. En 2045, la Tierra vive un momento oscuro, las reservas naturales del planeta se han agotado y los seres humanos solo encuentran algún solaz en los videojuegos, el principal de los cuales promete una jugosa recompensa a quien resuelva un enigma oculto en él. Pero la clave está no en la imaginación de quien pueda formular una jugada maestra (como sería un juego de inteligencia y concentración como el ajedrez), sino en quien pueda perderse en los fuegos de artificio del cine actual, regresar al pasado y encontrar la clave en los hoy lejanos ochenta. La década no es caprichosa, significó el regreso de los valores conservadores de la mano de un cowboy que, de paso, ingresó mediáticamente al panorama político, haciendo girar al establishment en torno a él. (De paso, era un ex actor y ex gobernador de California, hijo por partida doble de la cuna de lo imaginario).

Spielberg es de alguna manera el gran descubridor de nuevos universos, lo cual equivale a decir nuevos subgéneros y su cine siempre operó en los límites del territorio conocido. El mar de Tiburón (1975), los extraterrestres buenos de Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), o asustadizos y buena nota de E. T. (1982), los territorios exóticos de la serie Indiana Jones, o la ya anotada Jurassic Park. Mejor aún era cuando dejaba esa nota ingenua y se introducía en las capas ominosas de la historia (La lista de SchindlerMunich) o del futuro (Minority Report). Esta última era importante porque el director se tuteaba con Philip Dick, un maestro de la ciencia ficción, obsesionado con las realidades alternas, y los futuros posibles, pero no necesariamente reales.

Ready Player One decepciona precisamente porque, dado el punto de partida, el espectador esperaba una reflexión menos epidérmica sobre el tema. La civilización de la imagen, de la que tanto se hablaba en el siglo pasado, ha devenido en una esclavitud de ella. La imagen hoy en día nos asalta desde nuestros dispositivos móviles, nos guía a través de las pantallas y se sustituye al mundo real a través de movimientos voluntarios como los lentes de realidad virtual. Un poco más peligrosa es la situación cuando se cruza con la mentira y es difícil distinguir las imágenes hijas de la realidad de aquellas fabricadas en un laboratorio. El tema es acaso uno de los más urgentes en el mundo de hoy, motivo por el cual la película es una gran pifia. Porque es un doble escape, hacia el artificio en primer lugar, pero, además, como en el enigmático ‘huevo de Pascua’ del filme, hacia un pasado mítico que no volverá. Admitamos, además, que la película no deja de operar sobre una ironía trágica. Los ochenta de Reagan lucen moderados e idílicos al lado de lo que nos toca ver hoy. Tampoco este movimiento es casual. Empata perfectamente con la veta melancólica y comeflor de Spielberg. Este camino es inconducente pero, además, indistinguible a primera vista. Probablemente, la confusión de tramas, escondidas tras la parafernalia visual, oculte bastante voluntariamente la confusión y la disfuncionalidad del mundo actual. Tal vez las distopías de los viejos maestros Orwell y Huxley empiecen a palidecer ante la omnipotencia de la imagen. Lo cierto es que este mundo da miedo y, a diferencia del protagonista, no hay una realidad alterna a la cual escaparse.

READY PLAYER ONE: COMIENZA EL JUEGO. EEUU. 2018. Director: Steven Spielberg. Con Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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