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Que la gracia no se convierta en morisqueta ¿CÓMO SER SERIOS HASTA HACIENDO COMEDIA? por Carlos Sánchez Torrealba.

Dionisio y Afrodita
Dionisos, el extranjero. dios de la vendimia y el vino, inspirador de la locura ritual y el éxtasis, junto a Afrodita.

A mis compañeros del Reino Pepeado, sinceramente.

Me lo pregunto y viene rodando por la memoria el semblante imperturbable de Buster Keaton haciéndonos reír desde su firme seriedad en tantas películas que él mismo hizo. ¿Sus marcas? Un cuerpo de atleta de las emociones en el que destaca su característica más evidente, ese adusto rostro de clown serio, de payaso grave que le duró hasta cuando, ya mayor, Samuel Becket le invitara a participar en una película propia.

Y es que había que ser serio y hasta muy serio para provocar la risa con la precisión de sus gags, sus carreras, sus acrobacias y sus sutilezas. Para que no se lo llevara una enorme grúa o no se le cayera encima una pared. Para que la gracia no se convirtiera en morisqueta. Seriedad y precisión, producidos en un tempo justo además, y así se produjeran movimientos sorprendentes, casi invisibles, como de carambolas…

El humor en el teatro, la comedia, se me hace que tienen mucho del juego de billar… El hombre se acomoda. Su sexo roza levemente la mesa. Toma un trago, descansa el vaso en el borde, deja el cigarro, toma una bocanada, lo deja en el cenicero, suelta la bocanada, respira hondo y el taco del jugador toca una bola negra que golpea sutilmente a las otras bolas multicolores que ruedan suavemente, mágicamente, casi levitando, por sobre el paño verde de la mesa para ir a caer unas y otras en las buchacas…

Convocar la sonrisa, provocar la risa, excitar los silogismos, enseñar a mirar, criticar con agudeza a una persona, a una cosa, a una situación; punzar con alfileres penetrantes e ingeniosos a una persona, a una cosa o a una situación para ponerlas al descubierto, para dejarlas en ridículo, requiere de una sensatez en el estudio del texto dramático para poder profundizar con denuncias dardeadas en contra de lo que nos apabulla, de lo que nos molesta, de lo que nos perturba; de lo que nos apabullan, de lo que nos molestan, de lo que nos perturban ¡Ay! Es como tomar un escalpelo y —sin que el paciente se dé cuenta— provocar el corte en la piel sin anestesia ¡Ay! ¡Ay! Como desmontar con destornillador de oro finito los mecanismos de la automatización social, los motores del imperfecto aparato humano, de este animal que ríe, para tratar de recomponerlo o, al menos, de renovarlo ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

Cuentan los historiadores que en Grecia, a la par del crecimiento de la democracia nacional, crecía también la comedia en los pueblos de la periferia, en los suburbios, en el borde de las comarcas. Desde el borde, desde el margen, desde lo marginal, los personajes más rústicos atizaban, animaban, arrimaban sus bolas, sus dardos, sus escalpelos hechos palabra y acción en honor a Dionisos, hijo de Dios, hijo de Zeus, el dios principal.

En la Historia Universal de la Infamia no aparece todavía —a  lo mejor Borges lo dejó para un próximo volumen ¡porque ahora es cuando queda gente maluca!—, no se menciona a un personaje perverso y desagradable como su propio nombre: Teágenes (que no era maracucho, sino griego). Teágenes asoma en el top ten de los primeros tiranos que se recuerde. Este arconte tenía su propio cuerpo de guardia personal. Es decir, guardaespaldas y hasta chofer. Bueno, no, chofer no, porque no había carro, pero le llevaban cargado o en parihuela. El hombre degollaba los rebaños de los ricos para darles a los pobres y hasta se raspó a los ricos mismos que intentaron reclamarle. Maniobró para obtener el control de Mégara. Acumuló riquezas y hasta se hizo construir enormes fuentes con muchas columnas y ornamentos. Hizo uso exterminador del nepotismo y el amiguismo. Lo que se dice un coño de su madre con todo y ropa. No como ahora, sino igualito. Prestó ayuda a otros tiranos familiares cercanos que asesinaron en masa y en suelo sagrado a sus enemigos, violando así el derecho de asilo, las antiguas leyes divinas de protección a los fugitivos, pese a haberse refugiado ¡los pobres! en los altares como suplicantes.

En el año 581 a.C., este tirano fue expulsado, como suele ocurrir con los tiranos más tarde que temprano. Y cuando lo echaron y se sacaron de encima su dictadura, la gran masa de la población que en Grecia y sobre todo en la Megárida vivía en el campo, exteriorizó en sus fiestas rurales —dedicadas a Dionisos— el antiguo odio que dormía en el fondo de su alma, lanzando violentas sátiras y sangrientos epigramas contra sus vencidos enemigos; sátiras y epigramas que dieron origen al género cómico y a la farsa. Las risas que provocaban estas representaciones sirvieron de purga, de depurativo para el cuerpo social; de laxante para los otros cuerpos griegos. Como todavía ocurre en algunos carnavales o en algunas quemas de Judas de nuestros pueblos.

Dionisos, el extranjero. Dios de la vendimia y el vino, inspirador de la locura ritual y el éxtasis. Dionisos, lo masculino y lo femenino juntos. Dionisos, hijo de Zeus y Semele, nieto de Harmonía y bisnieto de Afrodita. Dionisos, criado por Nisa, la ninfa que lo acompañó a crecer, la montaña donde era atendido por las Nisíades que lo alimentaron haciéndolo inmortal por orden de Hermes. Dionisos, acompañado siempre por el tiaso, su séquito formado por ménades, sus compañeras de orgía.

Dionisos, también conocido por los romanos como Baco y el frenesí que inducía, la bakcheia; dios patrón de la agricultura y el teatro. También conocido como el Libertador, liberando a uno de su ser normal, mediante la locura, el éxtasis o el vino. Dionisos, quien tenía la misión divina de mezclar la música del aulós —el oboe doble, la flauta doble— y dar final al cuidado y la preocupación, auxiliaba en el culto de las almas, tutelaba la comunicación entre los vivos y los muertos. Dionisos, fecundante fecundador. Dionisos, fuente de donde proviene, pues —nada más y nada menos— la fuerza de esa gracia que sólo se convierte en morisqueta histriónica, en picardía ingeniosa, para burlar a los infames, para ridiculizar a los indeseables tiranos del universo-mundo.

Hablando de tiranos, aparece en el diccionario el significado de la palabra patético. Hay varios. Varios significados, digo, porque patéticos hay más. Por lo pronto me quedo con estos: algo relacionado con la emoción. Algo que conmueve o impresiona mucho. Que produce o manifiesta de una manera muy viva los sentimientos, sobre todo de dolor, tristeza o melancolía… También se refiere a lo grotesco, a lo que produce vergüenza ajena o pena… ¡Hay tanto patetismo alrededor!

En el devenir de la historia de la humanidad, en el correr de nuestra historia nacional, así como en muchas escenas de nuestro teatro, aparecen cada vez más peores los personajes y sus circunstancias. Cada vez hay más patetismo. Ya nada era como antes, esto está cada vez peor. El presidente actual de aquel país es peor que el anterior, el presidente nuestro lo mismo. Si el anterior robaba, este roba más y así el robo se convierte en patrimonio nacional, en núcleo central de la cultura oficial y patética. Los personajes suelen ser patéticos y a medida que van entrando, descubrimos que uno es más turbadoramente dramático que el anterior y el que ya estaba en escena se modifica y hasta se enloda con la nueva presencia…

Por cierto, Dionisos no busca caerle bien a nadie. Sus herederos tampoco. No tienen por qué buscar caer bien, porque no se trata de una demostración de fuerza o de gracias. No. No se oficia para el público. La cosa es entre ellos y el dios. Ellos, en su escenario, saben que los espectadores están allí, es un destinatario aunque suene contradictorio. Pero el escenario está más elevado, el escenario se lo han servido los propios intérpretes que han pasado horas y horas en los preparativos para la galanura fálica y fecundante. Es para ellos y para él que, si acaso, volteará cuando se produzca el milagro, cuando no haya morisqueta, sino gracia.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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