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Preguntas pertinentes LOS TRES PAPAS, por Antonio Llerandi

Encuentro entre el papa Francisco I y Arturo Sosa, el Superior de los jesuitas.

A raíz de una película que tuvo una modesta recuperación en las taquillas cinematográficas pero que gracias al modelo Netflix ha llegado a innumerables pantallas caseras o individuales, se está hablando frecuentemente hoy en día de la existencia de dos Papas paralelos, algo muy poco usual en las costumbres vaticanas.

Cuando se refieren a dos prelados máximos de  la Iglesia católica, es bueno señalar que en realidad uno solo está en activo, lo cual significa el control verdadero de los ejércitos católicos, mientras que el otro, en retiro, se asemeja más a la figura de un expresidente de un país cualquiera, recordado por lo que hizo, para bien o para mal, pero sin un poder real.

El filme, extraordinariamente bien hecho, es decir, con un guion sumamente inteligente y muy bien elaborado por Anthony McCarten, basado en su propio libro The Pope y una dirección impecable del realizador brasilero Fernando Meirelles, en primer lugar deslumbra, además, por las excelentes actuaciones de sus dos protagonistas: Jonathan Pryce como Francisco I, o mejor dicho Jorge Mario Bergoglio, y Anthony Hopkins como Benedicto XVI, o mejor dicho Joseph Ratzinger, que nos llegan a cautivar. También cumple a cabalidad Juan Minujin en su interpretación de Bergoglio joven y dubitoso (italianismo que me permito utilizar debido al ser ese el idioma de la jerarquía vaticana y que además define perfectamente el comportamiento del joven futuro Papa)

Cuando me refiero a que Pryce y Hopkins interpretan más a Bergoglio y Ratzinger que a sus investiduras papales es porque —y esa es quizás la principal virtud y trampa del film— los presenta desde una catadura más humana que episcopal. La película trata —con una indiscutible habilidad— de acercarnos a esos personajes universales, más bien a lo que se suponen que son —seres humanos— que a las figuras simbólicas en que se transforman. Hasta ahí las fortalezas, y al concluir la visión del film uno se siente como satisfecho.

Pero cuando unos días después comienzo a recordar lo que vi y tratar de interpretarlo críticamente —aunque yo no soy crítico cinematográfico, Dios y el Papa, me libren— sí tengo la tendencia, quizás malhabida, de buscarle más patas de las que usualmente tiene el gato. Y pienso haber encontrado varias y no satisfactorias.

En primer lugar, es indiscutible que en la ‘pelea’ conceptual y espiritual de ambos personajes, el que sale mejor parado es Bergoglio, pero —y siempre hay un pero que hay que buscar— el guionista, muy inteligentemente, se va al pasado tratando de mostrar al Papa activo como un personaje contradictorio, con problemas de conciencia por su actuación pasada y sus dudas. Todo esto por dos razones: una, darle una semblanza más humana, es capaz hasta de enamorarse, y dos, comete errores en su relación con la dictadura militar argentina. Pero eso sí, se sobrepone a todo ello, transformándose en un consistente luchador contra las injusticias, la pobreza y los males que aquejan a la humanidad. Es decir, cargando al personaje de unos valores que le permitan enfrentarse al Papa inactivo, pero todavía activo, desde una óptica más poderosa, pues tiene un background sólido (de acuerdo con el guion) que le da una fuerza moral para discutirle al Papa viejo sus pareceres e incluso hacerlo ceder en su dureza, en su aparente frialdad teológica.

Bullshit, manipulación pura. Cuando uno ve el costo de una producción tan elaborada y encima se da cuenta que está filmada en los recintos vaticanos, normalmente vetados a la absoluta mayoría de los mortales, tanto actuales como de siglos pasados, mi mala leche —como dicen los españoles— que afortunadamente he logrado sostener con los años, me lleva a decirme que esa vaina la financió o por lo menos la apoyó firmemente, el Vaticano de Bergoglio, no el de Ratzinger. Y por eso Bergoglio gana y su investidura se convierte en una entrada triunfal.

¿Por qué tendría el Vaticano que meterse en algo tan complicado y aparentemente lejano de sus predios como es la cinematografía? Por varias razones, en primer y fundamental lugar, por darle un empujoncito al Francisco I, que no es que ha tenido muy buenas apariciones en el ruedo en los últimos tiempos, sobre todo en lo referente a su área de mayor influencia: Latinoamérica. En segundo lugar, tratar de establecer que en el Vaticano se ventilan al más alto nivel disquisiciones sobre el hombre y su conducta.

Vamos a estar claros, el Vaticano es un poder, y ese es el centro del asunto. Con unos entretelones que generalmente se quedan precisamente entre los telones y que solamente salen a la luz y al ventilador público cuando son imposibles de parar. Y últimamente ha habido muchas cacas volantes que lo involucran: la generalizada pedofilia de los curas y su involucramiento en lo sexual, cosa aparentemente prohibida o inhibida por ellos, los turbios manejos de la Banca Vaticana, el apoyo evidente del Francisco I a las dictaduras de izquierda y añadamos los desplantes conductuales del Jefe del Vaticano para con otros seres humanos, para mencionar algunas, por lo menos las más importantes o visibles.

Pero como creo que me estoy poniendo muy serio y precisamente el personaje al cual me voy a referir ahora, en una entrevista en el año 1996 con Sofía Imber, se define así: “Yo soy fundamentalmente un mamador de gallo”, me voy a permitir recordar aquí una vieja y acertada definición que rueda por las redes, antiguamente vocales y ahora sociales: cura es una persona que todo el mundo llama ‘padre’, excepto sus hijos que lo llaman ‘Tío’.

¿Por qué el artículo lo intitulo “Los tres Papas”, si en la película hay dos? Por una simple razón, la película es ficción, pero la realidad es otra cosa, y en la realidad hay tres. El tercero en discordia está vivito y coleando, proclamó que sin humor no se puede vivir en esta vida y para colmo de males —o de bienes— es venezolano. Nos pone a los habitantes de esta sufrida región en el Top Three de los papachongos. Arturo Sosa es su nombre y ostenta el glamoroso cargo de Superior de los jesuitas, nombre burocrático al cual durante siglos se le ha llamado el Papa Negro.

Ahora bien, y este es el asunto que nos involucra. Veamos cuál es el panorama al respecto. Si la tradición lo llamaba Papa es porque el asunto no es precisamente mamadera de gallo. Todo hace pensar que es en serio y mucho. Aunque lo de Negro era para darle otra connotación, quizás marginalizarlo, o tal vez darle un poder en la sombra. Y las contradicciones son muchas. Es Papa también y despacha desde el Vaticano. Es el Jefe Máximo de los Jesuitas que representa al grupo más numeroso de curas católicos en el mundo, pero no es Cardenal. O sea que si el Vaticano fuera democrático y las mayorías mandaran, el Papa Blanco —por llamarlo de alguna manera— sería él. Ajá!, ahí tienen un peo grande. Es Papa pero sin haber pasado por Cardenal, o sea, como Gómez el Benemérito que fue general sin haber sido ni capitán ni coronel. Y el otro problemón, teocráticamente irresoluble, es que Francisquito Primero es jesuita, de hecho es el primer Papa Blanco en serlo, ¿Y entonces quién es el Jefe? Ahí tienen otro enredijo porque si Francisquito es jesuita y Sosa es el vergatario de esa congregación, el Negro debería estar por encima del Blanco o por lo menos darle órdenes o lineamientos. La vaina es bien enredada, por lo menos para los mortales laicos.

Y ahora vamos a lo que nos interesa o por lo menos nos atañe a los portadores universales de la malvista nacionalidad venezolana. Por qué Arturito no se deja de vainas y aprovechando que ambos —el Blanco y el Negro— hablan español, no le explica clarito cuál es el rollo de Venezuela y tomando en cuenta la autoridad de ser la máxima figura de la Compañía de Jesús le exige que se deje de mariqueras con el narco-régimen y sus otros paisanos de América Latina y se ponga las pilas o los pantalones bien puestos (aunque debajo de las falditas de cura) y deje de estar apoyando sinvergüenzuras y haga peso, como hizo Juan Pablo II, contra los regímenes totalitarios y dictatoriales del continente, que para algo esta parte del mundo le ha echado un cerro de bolas para lograr, por primera vez, tener el Blanco y el Negro de este lado. O a menos que la vaina de Sosa en el Vaticano sea otra mamadera de gallo y ahí sí que vamos a estar jodidos por mucho tiempo más.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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