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Predilecciones EL AMOR EN LA POESÍA DE JOAQUÍN MARTA SOSA, por Enrique Viloria Vera

Joaquín Marta Sosa 1
Marta Sosa testimonia en sus versos un amor que está lejos de la placidez, de la tranquilidad, en el que se dan la mano —contradictoriamente— la aceptación y el rechazo, la bienvenida y el adiós, el sosiego y la desazón.

Eres un trago de rosas. JMS

Para Joaquín Marta Sosa, como para cualquier hombre enamorado, seducido, el amor es inevitablemente una pasión encarnada, un sentimiento con nombre y apellido, una mujer “de cuerpo hermoso” que despierta en el poeta sensaciones desconocidas, estados de ánimo inéditos, emociones no experimentadas pero suficientes para producir desacomodos y desconciertos que llevan al poeta a afirmar que: “el amor es un gran vacío / un dolor cortante / una fatiga intensa, / es la vida toda / azotada / como una tarde feroz”.

Esa mujer que la emoción del poeta seleccionó de entre tantas otras, que tuvo la capacidad de embriagar de pasión al escritor; que irrumpió en medio de dudas y sorpresas, es asumida por Marta Sosa como concreción de vivencias extremas, de circunstancias dolorosas, de experiencias surtidas que conllevan el riesgo de destinos paralelos. Se inquieta el poeta cuando constata que “Frente a mi primera palabra de amor / nos cerca, te rodea, / nos marca un rumbo disfrazado, / mantiene juntas nuestras manos / en tanto el corazón de cada uno / ve congelar su calor, se enrostra sus errores, / y la belleza que nos era prometida, / que no vimos, / se pierde por un túnel silencioso, enemistado, / para desconocernos aunque prosigamos”.

Sin embargo, consciente de las diferencias, el poeta se explaya en las similitudes; crea para su amada versos que la asimilan con imágenes provenientes de dimensiones contrapuestas, de orígenes encontrados, de realidades contradictorias. No podía ser de otra manera, Marta Sosa reconoce que la mujer que escogió para que lo acompañara en las vicisitudes de su vida, en sus alegrías y tristezas, en sus angustias y esperanzas, es una “rara imagen de los contrarios unidos, / de los cielos terrenales sin disputa, / de los hechos serenos que nunca son inútiles”.

De esta forma, el escritor, prolijo en comparaciones y sinonimias, compara a su mujer, con “una canción de vino”, con “un trago de rosas”, con “una cosecha de luna”, con “una limpieza de flores”, con “la materia con que los árboles dan estrellas”. Pero como si estas referencias no bastaran, no fuesen suficientes para expresar un amor polisémico, inagotable en imágenes y metáforas, Marta Sosa es también capaz de equiparar a su amada, “recién salida de la luz / recién sembrada por las rosas”, a esa otra que el amor del poeta hace idéntica a sí misma, con “la única sabiduría de su corazón”, con “la sustituta del sol”, con “un gran árbol repentino”, con un “sol lleno de luna”, con “un río de vino”, con una “flor en el mar”, con “una guitarra de rosas”, con una “manzana dulce y roja en la punta de una rama”.

Mujer flor, luna, árbol, sol, agua, corazón, guitarra, fruto, trago, que llegó desde las afueras de la existencia del escritor para instalarse por siempre en la vida de un poeta que abatido, totalmente vencido, reconoce: “llegaste cuando menos lo esperaba, / por eso me perturbas y te pido / que me salves de este desastre que provocas”. Amante que hace que Marta Sosa acuda presto en busca de apoyos celestiales; el poeta convoca a divinidades desconocidas, a los dioses terribles de la noche y la venganza para salvarlo de ese amor que “cuando aparece derrumba puertas / aplasta y mata / me pone de rodillas”, y lo destroza “como si fuese un huracán”, mientras lo lleva por los aires y lo “derriba contra la tierra dura”, destrozándole “los dientes uno a uno”.

Amor dual, contradictorio, que en muchas ocasiones “no es puerto / ni cobijo”,  aunque tiene la virtud de “una rosa callada”, capaz de hacer cantar pájaros en el cuerpo de la amada; de convertir a los corazones en guitarras afinadas, prestas a acompañar la voz de un poeta que, en medio del “incendio de los vinos”, le dice sin remilgos a la escogida, a esa mujer cuyos ojos “son el mar / que invita al viaje del amor”, y le reitera desprendido: “amada / toma todo el amor / que tengo para ti / ahora que entre todas las luces / la tuya es la más alta / y está allí / en el lugar de la luna”.

Rosa de rosas, ola del mar bajo la sombra o sobre el sol, bella, primera flor, rostro lleno de fulgor, en fin, llámela como la llame, denomínela como la denomine, Marta Sosa convoca a su amada, a esa mujer que hace mover el corazón del poeta como “un gran viento de pájaros” para que comparta con él “el lugar de los jardines difíciles”, ese sitio donde el escritor aspira a reunir todas las canciones en medio de serenidades e iracundias, de calmas y tempestades para convocar por igual a la felicidad y al desespero, al contento y a la tristeza.

Marta Sosa testimonia en sus versos un amor que está lejos de la placidez, de la tranquilidad, en el que se dan la mano —contradictoriamente— la aceptación y el rechazo, la bienvenida y el adiós, el sosiego y la desazón; amor combativo que cuando es verdadero “tiene la fragilidad de una gota”. El propio poeta reconoce que en su relación con la mujer que ama, y muy a su pesar: “muchas veces no soy para ti / más que este ramo difícil / de flores oscuras”, y se asusta “cuando tú, de nuevo, pones flores en los escombros”. De allí que disfrute a plenitud de los momentos de esplendor, de las situaciones de grandeza, de esas circunstancias maravillosas que, en forma de encuentros apasionados, convierten al beso y la caricia en el único entendimiento posible de dos cuerpos que bajo el nombre de “amada y amante son llamaradas / candelas de rosas”.

Amor paradójico: paz y guerra, hoguera y flor, tormenta y puñal, que se alimenta de “dos bocas al rojo vivo (…) enterrando el tiempo / mucho más allá de nuestros cuerpos”. Pasión encendida que trastorna los sentidos y sus funciones, confundiendo el cuerpo del amante, haciendo que se alteren órdenes biológicos, funciones fisiológicas que producen un grito proveniente de un silencio feroz, conducen al poeta a confesar apasionadamente que: “nada deseo más que seguir mirándote / con todo mi cuerpo / oliéndote / desde mis ojos y mis manos / mordiéndote en los galopes de mi corazón”.

Pasión sin tregua, alocada, desmedida, irracional, capaz de convertir “las horas / en soles abrasados”, y de transformar el cuerpo de la amada en una Torre de Babel donde los muchos lenguajes se transmutan en una sola lengua que, a la luz de una hoguera, disfruta de los pétalos de esa flor única cubierta de agua, de un rocío benevolente que refresca las laceraciones, las quemaduras, las úlceras que genera “esta terrible temperatura de rosas, / un sol quemado en dos cuerpos”.

Amor encarnado en músculos y huesos, en vísceras y órganos, nutriente de sueños eróticos, de eyaculaciones inevitables, de orgasmos ciertos que tienen como detonante el recorrido apasionado del cuerpo de la amada que se transita lentamente con una piel “erguida en gritos” que llega al vientre, a la juntura deseada, al vellón reconocido, para que manos y lenguas se sacudan como “música dulce y feroz”, acompañante regocijada del vuelo de “una abeja perdida / que buscaba su miel”. Sueño erótico que el poeta desea recurrente, repetible, a fin de que la vida sea siempre el mismo ensueño previsible, el mismo cuerpo, identificable, con nombre y apellido, que permita, en la ahora inútil vigilia, “desatarte el cabello entero” para no soñar más a la amada “con el cabello recogido / mirando a tu derecha”. Sueño hoguera, fogata, lumbre, llamarada, que se nutre del resplandor del cuerpo amado para encender las fugas deseadas, los escapes compartidos en los que los amantes se confunden y se llaman nosotros “dentro del sueño, fuera del sueño, / y contra el sueño”. Por eso, deleitado de sexo y embebido de las fantasías que inspira el cuerpo amado, el escritor confiesa, entusiasta, melodioso, transmutado en guitarra cuya música acaricia senos y sorbe pezones, que: “te he soñado y lo sigo haciendo”.

El poeta le teme a la ausencia, al extrañamiento, a la distancia, a esos alejamientos temporales que podrían convertirse en eternos, en definitivos, en un para siempre. De allí que esos tiempos de ausencia, en los que se está sin la amada, Marta Sosa los califique como momentos perdidos del amor, como frágil y desconocida sombra, como “este corazón que no puede dejar de verte sin temblar”. Momentos aciagos, de soledad, porque “sucede / que estoy en un lugar del día / donde tú no estás”, en los que las horas se transforman en una gran dificultad ante la necesidad que tiene el poeta de contar con la presencia de su amada, con esa figura fulgurante que todo lo ilumina, para iluminarse después, como siempre y como nunca; sin ella a su lado, en su ausencia, el corazón del poeta “se cierra como una ventana oscura”, y su cuerpo “es el de un prisionero / que vuelve a la oscuridad”.

El olvido compite con la ausencia en los temores que Marta Sosa experimenta cuando ama; el poeta quiere “que no lloremos ni supliquemos en vano, que nunca el polvo / cubra nuestras rosas / ni el olvido nos impida buscarnos”. Olvido ingrato, inclemente, capaz de destruir todo lo cimentado y de transformar el amor en reminiscencia pura y simple, carente de futuro. Por eso, el escritor le advierte tiernamente a la amada: “Si tú y yo / nos olvidáramos / perderíamos demasiado: / los bellos recuerdos / y, después de hoy, / todos los que serán / bellos recuerdos”.

Amor posesivo en el que Marta Sosa, testarudo y voluntarioso, se erige en árbitro que decide, en juez que sentencia, en amante orgulloso que le enrostra a su amada la certidumbre de que, sin él, ella, nada ni nadie es. Y para que no exista equivocación ni malentendido, el poeta le confiesa a esa mujer que es “recuerdo / encendido por todo mi cuerpo”, que: “yo soy / el amor que desde mí / regresa a ti / y te hace idéntica / a ti misma”. Y por si acaso hubiese todavía algún rescoldo de duda acerca de la posibilidad de una existencia autónoma, independiente, que pueda prescindir del amor que el poeta prodiga, éste le recuerda a la mujer de sus ensoñaciones: “Sólo de ti se puede decir / que eres amada por mí. / Eso te hace diferente”. Amor posesivo, negador de todo trance, acto, episodio, que no provenga del poeta, que no se asocie con él y sus querencias, porque después de todo, con la suficiencia y la seguridad del que se sabe amado, Marta Sosa le puede decir a su amada, desafiándola y tranquilizándola a la vez: “Eres muy amada por mí: / ¿qué otra cosa necesitas?”.

Amor excluyente, exclusivo, absolutista, anclado en la certeza de que la mujer seleccionada es la única y siempre será la única, porque el poeta reconoce, sin remilgos, a la vista y a la lectura de todos, que: “yo sólo me intereso por ti”, “es a ti a quien amo”, y que: “Todo está preguntando por ti / todo está preguntando por los pasos de tu corazón”, y, en consecuencia, ella, la escogida será “lo único perdurable / en medio de tanto azul / y de tanta mañana limpia”. Mujer de hoy y de mañana, del presente y del futuro de Marta Sosa, a quien éste le confiesa solícito: “Vivo el amor para ti / con todos mis ojos enamorados / desde la primera tarde que te vieron”, y que por eso no puede darle “otra cosa que amor”.

Mujer exclusiva, nombre, cuerpo y rostro específico, a la que el poeta le anuncia, enfático y decidido: “Sólo tú / poblando mi corazón y mi memoria”, y a la que le propone una vida en conjunto para hacer efectivo el amor a dos, a fin de que la pareja deje de ser concepto, entelequia, y se convierta en una realidad doble, plural, en ese nosotros que por siempre será “la reunión de todas las canciones”, incluso después, mucho después, que el fuego de las hogueras iniciales haya mermado, confirmando el paso de los años y la aparición de un amor maduro que hace “vibrar la luz / con la misma canción / siempre nueva cada año”.

Nuestro poeta apuesta por un amor duradero, alejado de circunstancias y contingencias; lo concibe sin límite temporal, destinado a persistir más allá de episodios y tropiezos, convencido “que eras la única mujer para ese amor”. Nadie puede ni nadie podrá contra ese amor “que andará sobre las aguas sin hundirse / por ese milagro de este siglo”, porque el poeta y su amada, en un pacto hidalgo, en un acuerdo por y para el amor, se han convencido de que “la de las rosas / es una sabiduría del tiempo”, y, por lo tanto, se seguirán amando “también cuando las cigarras / las flores y el verdor / ya no existan / sino para otra estación remota”.

Amada mortal que, paciente, verá transcurrir el tiempo despiadado al lado de su poeta amante, quien, en el momento de las canas y las arrugas, tendrá todavía suficiente amor para decirle que, a pesar de los años transcurridos, de los inevitables embates de la edad y del cansancio: “prefiero tu cara / que ya no es joven / ni frescas tus mejillas / pero acogen mis caricias de amor”. Amor maduro, reposado, no exento de pasiones pasajeras que se asienta, ahora, en la atalaya de lo construido, en los hijos y los hijos de sus hijos, en una dimensión temporal que reivindica lo permanente; confirmando lo que el poeta ya sabía desde los primeros tiempos de ese amor: “la que tú eres / no ha estado sino en mi corazón / inmóvil y silenciosa / a lo largo de estos días.”.

Tiene predilección el escritor por “tus rotundos senos que el tiempo ha dejado caer”, pero que están plenos, ahítos de sabiduría; de esa sapiencia que se nutre del tiempo cernido, de las vivencias acumuladas, de las experiencias decantadas, de las circunstancias superadas que son suficientes para que Marta Sosa deseche las calles repletas “de muchachas / y de muchachos / danzando en su juventud”, para insistir, una vez más, en su amada; la escogida en la juventud del escritor que no transita por esas calles de “cuerpos como planetas radiantes”, pero que todavía transmite una pasión serena asentada en un amor que supo aprovechar “la grandeza de las hogueras”, que lleva al poeta a levantar “la copa de amor que necesito” para beberla sediento, goloso, solo y sólo en la “calle donde estés”.

Amor resignado, enfrentado como todo amor humano a la muerte física, a esa circunstancia inevitable que arriba inesperada, sin advertencias, desechando formalidades y llamadas previas, para que lleguen las oscuridades y se instalen las sombras sobre rostros y cuerpos, haciendo que “las grandes danzas del amor, / el trabajo de las rosas, / todo habrá sido en vano”. En ese momento, de ausencias definitivas y silencios insoportables, de hogueras extintas y rosas marchitas, Marta Sosa, el poeta que amó y fue amado, en medio de sus recuerdos y de la felicidad disfrutada en ese jardín difícil que fue su amor, podrá decir, para consuelo suyo y de la amada que ya no estará más a su lado, que continúa siendo “una rara flor sin pesadumbre”.

Décadas después, en lugares otros, en vida aún el poeta y su mujer amada, lejanos ya juveniles arrebatos y encendidas pasiones, Marta Sosa, despojándose de intimidades, realiza un arqueo de ese amor permanente, paradójico y contradictorio, de su jardín difícil: “Más árboles hay después de treinta años / y algo más, / mejores pájaros quizás, / jardines por recorrer o que me asfixian. / Las voces son más suaves: / pero no todo es paraíso, / y no sé porque lo digo pues lo sabes”.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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