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POLITIQUEZ Y ZOOFILIA, por Silvia Dioverti

Ojo de gato
Nosotros los humanos catalogamos algo de ‘bestial’ cuando queremos significar que está por debajo del nivel humano de consciencia, que es infrahumano.

Maridajes hay, para quien le guste utilizar esa palabra, más felices que el de este título. En lo que a mí respecta no es sin intención que utilizo el término, porque a mi oído el sufijo ‘aje’ —a pesar de su bien probado pedigrí en ‘lenguaje’ y en otros muchos vocablos— tiene algo de peyorativo. Quizá sea así porque lo asocio con palabras como caudillaje, pandillaje, aguaje (en venezolanísima acepción), chantaje, brebaje, en este caso: licuefacción macerada de un lenguaje que produce timpanitis y bruxismo cada vez que estamos expuestos a su acción.

El mágico Cantinflas —transformar a punta de humor es pura magia— acuñó el término politiquez (“hablar politiquez”) para ese decir de algunos políticos que, enredados en su propia media lengua, no atinan sino a emitir un mensaje que parece un chiste. Apenas ayer le escuché a un funcionario una frase que, de haberla oído el mexicano, la hubiera adoptado ipso facto: “Inocular un metabolismo de especulación”, referida a unos repuestos para motos con sobreprecio. Ocioso es tratar de dilucidar aquí si tal hazaña fisiológica es posible, lo malo es que, a pesar de lo intrincado de la frase, se entendió clarito lo que el hombre quiso decir. No tan ocioso es preguntarse, entonces, si de forma imperceptible nos hemos ido contagiando —o nos han ido inoculando— un modo de hablar en politiquez en nuestro día a día.

Contagiar, se contagia más rápido y con más eficacia lo malo que lo bueno, eso es un hecho. Con nuestros males a cuesta solemos consolarnos con esos versos de Calderón de la Barca —poco importa que sepamos o no de su existencia, porque son un principio universal— con los que el lúcido español pintó al ser humano:

Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.

Siempre hay otro que está peor que nosotros. ¡Vaya consuelo! Y con esto del contagio entro de lleno a la peor de las epidemias, el más séptico virus, la más nociva bacteria que inocularse pueda en esta Venezuela a la que sus propios y continuos males han convertido en un organismo vulnerable. Con ojo espantado se leen noticias sobre personas incineradas por otras, descuartizamientos, violaciones; se lee y se olvida, por aquello de que “el género humano no puede soportar mucha realidad”. Pero hay un tope, un no man’s land, una última Tule situada en los límites de lo permitido después de lo cual ya no hay regreso posible, una frontera que, una vez traspasada, es imposible  olvidar y cuya impronta queda grabada en la memoria colectiva de la especie.

Hace ya varios días venía viendo en Twitter las denuncias hechas un poco por todo el mundo sobre la zoofilia, práctica cada vez más generalizada. En ellas se apunta, con nombre y latitud, tanto a países de oriente como de occidente. Hay, incluso, me entero, burdeles de animales. Sí, como se lee. Entonces, como el personaje de Calderón, me consolaba pensando que había lugares en los que estaban peor que nosotros. Pura ignorancia, pura ingenuidad. El tuit de una conocida asociación venezolana en defensa de los animales me clavó en el sitio: una perrita salvajemente violada, ya en recuperación, busca que alguien la adopte. Caí de lleno en la crónica rojinegra y autóctona sin necesidad de ir a comprar un infecto pasquín al kiosco.

Se aducirá que los ‘muchachos’ de oriente, occidente y centro de nuestra geografía patria han sodomizado desde siempre a mulas y cabras… ¿Pero a un gato, a un perro hasta hacerlos morir con los intestinos excretados por el ano? ¿Sodomizar a las mascotas, esos seres que para algunas personas fungen de lazarillos o son su única compañía, su única familia? Nosotros los humanos catalogamos algo de ‘bestial’ cuando queremos significar que está por debajo del nivel humano de consciencia, que es infrahumano. Sin embargo, la naturaleza ha previsto que perras y gatas no puedan ser violadas por los machos de su especie; es solo cuando el celo llega que, impulsadas por al mandato de la reproducción, se prestan voluntarias al coito. La violación es, entonces, estricta hechura humana. ¿Qué se puede decir? Se puede maldecir y mal desear, esperar que a los monstruos les suba la peor de las pestes por el enfermo miembro hasta comerles el enfermo cerebro. Maldecir, vomitar, espeluznar porque ese espejo en el que nos vemos es inhumano. Y aterrador.

La teoría del Mono Cien, o el efecto del centésimo mono, es —dicen los entendidos, yo solo lo repito— ese fenómeno en el que un conocimiento aprendido se propagó de un grupo de monos hasta todos los monos una vez alcanzado un número crítico de iniciados. Así, los prostíbulos animales de Alemania, la continua —y hasta permitida y no sancionable— zoofilia en países como Corea, China, Japón o en algunos estados de Norteamérica, se ha convertido en ese mono cien o resonancia mórfica que se propaga sin que, aparentemente, podamos hacer nada por detenerla; antes bien, parece que la difusión se produce en forma instantánea. Basta que la idea aberrante despierte en un humanoide para que contagie a un número crítico de sus iguales en todo el planeta.

Si en una época tuvimos la loable y urgente necesidad —y vuelvo ahora con la politiquez— de liberarnos del lenguaje colonial de la Metrópolis para ser capaces de acuñar nuestro propio decir latinoamericano, y nuestra propia idiosincrasia a partir de ese decir, hoy pareciera que, como ese golem de Scholem del que hablaba Borges, somos capaces de repetir vocablos, pero no somos capaces de convertirlos —tampoco la Metrópolis— en una ética que nos impida transgredir ciertos límites. La palabra, mientras tanto, es esa perra sometida a violencia, violada, ultrajada porque todavía no se ha entendido suficientemente lo que dejó dicho Heidegger: “El lenguaje es la casa del ser, en esa morada habita el hombre”. Todavía no se ha comprendido fehacientemente que la degradación del lenguaje es uno de los síntomas de la degradación de la especie. El Verbo ya no oficia de Fiat lux.

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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