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Para vislumbrar más allá de nuestro horizonte LA ROSA DE LOS VIENTOS, por Rodolfo Izaguirre

horizonte
La democracia puede hacernos libres porque nos impulsa a conquistar lo que se vislumbra más allá del horizonte donde se encuentra la verdadera rosa de los vientos y adivinar cuándo y hacia dónde torcerá el rumbo el pájaro en su vuelo.

El régimen militar que nos aplasta ignora la existencia de la rosa de los vientos, que marca los numerosos rumbos en que se divide la circunferencia del horizonte. Conoce los caminos del mar, determina la dirección de las embarcaciones, señala los puntos cardinales y sus numerosas derivaciones, y sin pretender ser una brújula indica también los pasos que toma nuestra vida, acertada o erróneamente, sostenida por la alegría o afligida por las tristezas y desilusiones conduciéndola hacia un nuevo horizonte, esa línea que se abraza al azul del cielo confundiéndose con la profundidad de las aguas. La rosa es un instrumento marino de uso en las cartas de navegación pero para los venezolanos que navegamos por las inciertas aguas de la catástrofe bolivariana, de la diáspora y del genocidio sirve para no perder definitivamente el norte de lo que aún nos queda de vida.

Esta rosa de inimaginable fragancia es un bello juguete cuya sencillez es tan prodigiosa como el encanto que se deriva de él: “Una varilla –explica el diccionario– en cuya punta hay una cruz o una estrella de papel o cualquier otro material liviano que gira movida por el viento”. Un molinete cuya invención se atribuye al naturalista mallorquí Raimundo Llulio, el Doctor Iluminado, pero asociado, no obstante, al nombre de Plinio el Viejo, aquel filósofo latino que murió asfixiado por los gases del Vesubio cuando acudió a rescatar a un grupo de amigos durante la destrucción de Pompeya.

Se dice que es una estrella, pero también que es una flor, símbolo de poder, porque reconoce y tiene autoridad sobre los vientos; se habla de inmortalidad, y en cierto modo hace pensar en la rueda al girar. Y en su movimiento, accionada por el viento, provoca éxtasis en quien la contempla.

Hoy la rosa de los vientos adquiere, al menos para mí, una enorme significación, porque el horizonte dejó de estar donde siempre estuvo no porque se haya resquebrajado ante la desolación física y espiritual del país, sino porque simplemente dejó de estar. ¡No existe! ¡No está más! Se desvaneció dejándonos perplejos. En su lugar solo tenemos a la rosa de los vientos, y gracias a ella nos orientamos en medio de los fuertes oleajes y tempestades. Sin contaminarnos, surcamos los tóxicos mares de la ignominia militar y la denunciada presencia del narcotráfico en la certeza de que, si sentimos ese aire que antes provenía del horizonte y es capaz de convertirnos a cada uno en la rosa de los vientos, restableceremos el horizonte, lo volveremos a inventar; nos haremos dueños de esa línea impalpable que confunde el azul del cielo con la profundidad del mar y multiplicaremos nuestros rumbos, y al hacerlo nos convertiremos en poetas y dueños de nuestras propias vidas y descubriremos que lo que importa es escuchar con la mirada la música y los colores que se remueven en la palabra ¡libertad! Y en esta afligida hora de la vida venezolana, regresaremos al verdadero país que una vez fuimos, el país del gesto sensible y sereno; el país imaginativo y creador. ¡El país al que realmente pertenecemos!

La democracia, por más imperfecta que ella sea, siempre será mejor y más presentable ante el mundo que la mejor de las satrapías. Puede hacernos libres porque nos impulsa a conquistar lo que se vislumbra más allá del horizonte donde se encuentra la verdadera rosa de los vientos y adivinar cuándo y hacia dónde torcerá el rumbo el pájaro en su vuelo. El arte, la literatura, la música, los libros pueden cumplir satisfactoriamente esa tarea liberadora: ¡pueden convertirnos en héroes de nuestras propias existencias!

Si quisiera no podría ausentarme de la realidad porque soy yo mismo la realidad que me rodea. Desearía que fuese otra, menos oprobiosa, menos bolivariana, menos mediocre, pero es la que padezco y trato de transformarla o mejorarla cada vez que me asomo fuera de la burbuja que me cubre y me ampara y constato que es poco lo que puedo hacer, solitario y sin armas, y solo me queda el coraje de saber que hay compatriotas abnegados que combaten enérgicamente por mí; que en mi lugar practican desobediencia civil y se enfrentan a un régimen militar fascista, despiadado, cruel y rico en drogas, trampas y mentiras. Yo solo escribo estas palabras a veces desencantadas; en otras, ardorosas, llenas de ánimo y de rebeldía.

He llegado a pensar, en algún pasajero momento de flaqueza o de incertidumbre, que el nuestro es un país perdido, pero entiendo que la mejor demostración de lo contrario es constatar que, incluso dentro de la desolación de la diáspora, se acumula el oro de gestos y culturas distintas que enriquecerán al país, cuando regresen los compatriotas que se alejaron. Tengo la certeza de que si continuamos con la mirada fija e indómita puesta donde estuvo el horizonte antes de que se abalanzaran sobre el país las aves rapaces de pico y garras afiladas, ¡nos convertiremos todos en la rosa de los vientos!

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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