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Para Caupolicán Ovalles ¡LOS GUSANOS Y EL GRITO DE DADA!, por Rodolfo Izaguirre

Caupolicán Ovalles
‘¿Duerme Ud. señor Presidente?’ fue el poema que provocó la ira de Rómulo Betancourt.

Texto leído en el acto de presentación del libro En (des)uso de la
razón de Caupolicán Ovalles, en la librería Khalatos, el 18 de febrero de
2017.

Yo escribí en la antología poética de Caupolicán Ovalles que “el enamoró y sedujo a la palabra de tal manera que ella, fascinada, cayó rendida a sus pies. Entonces él la levantó y se arropó con ella. La convirtió en una especie de túnica sagrada con la que a partir de ese momento se protegió contra hostilidad del universo.

Cuando lo escribí era verdad porque lo vi esa tarde agacharse y recogerla tirada como estaba en el suelo sucia y maltrecha por culpa de tantos versificadores.

Y Caupolicán, el Poeta Hostias, se cubrió con ella como si fuera una túnica, una jilaba, la vestidura de oficiante de una liturgia que no vacilaba en hurgar en  la basura para encontrar si no la poesía tradicional al menos, la anti poesía que iba a definir la corrosión política y social de unos años sesenta venezolanos que acabarían desembocando en una lucha armada.

Desde entonces, la palabra se encumbró, se bañó, se untó aceites perfumados, se vistió con mejores ropas y no hizo otra cosa, que incitar a Caupolicán para que disparara discursos delirantes considerados desaforados e inconvenientes cuando en realidad eran coherencias de una mente sin sosiego pero defendidas por una sintáxisimpecable. Y arropado con aquella palabra, Caupolicán se lanzó también a escribir poemas que se consumían en sí mismos en una especie de rabia, de falta de respeto y de mucha provocación, pero también de amor y ternura que todavía hoy nos dejan alelados, conmovidos y estupefactos. Una poesía del amor pero también del desacato; textos vehementes, nada contemplativos; una poesía de esas capaces de caernos a trompadas, de atacar los nervios en lugar de tranquilizarlos. Palabras encrespadas como el oleaje furioso de ese mar proceloso pero siempre igual a sí mismo que descubrió el conde de Lautreamont dentro de cada uno de nosotros.

La palabra convirtió a Hostias en una especie de nuevo San Jorge de Capadocia dispuesto no a matar al diabólico dragón de nuestros mejores sueños sino a despertar de su bochornosa siesta al presidente que duerme satisfecho en su palacio.

¿Duerme Ud. señor Presidente? fue el poema que provocó la ira de Rómulo Betancourt. Estando Carlos Andrés Pérez preso en La Ahumada, Caupolicán lo entrevistó e hizo de la entrevista un libro titulado Ud. me debe esa cárcel. Carlos Andrés cuenta allí que Betancourt, molesto, le dijo que pusiera presos a esos dos carajos. Se refería a Adriano González León autor del estremecedor prólogo “Investigación de las basuras” y al propio Caupo. (Caupolicán se asiló en Colombia y Adriano estuvo en prisión). Carlos Andrés le hizo ver a Betancourt que se trataba de un escándalo que apenas duraría una semana. Si Ud. quiere los pongo presos y retiro el libro de las librerías, pero eso va a acrecentar el escándalo. “¡No señor!” contestó Rómulo. ¡Mire, acá el presidente que se deja tocar el rabo, lo tumban!”

Lo que quiero decir es que no contento con sembrar el desorden en las familias, Caupolicán se encarnizó con todo lo que le pareció convencional. Sacudió la adormilada floresta de nuestro mundo social y literario enarbolando la bandera de la irreverencia pero encaramado sobre el techo de una ballena que, al exhalar aire y agua, gritaba el nombre tropicalizado de Dada cada vez que emergía de una turbulencia provocada por Carlos Contramaestre desde las vísceras de unas reses mal tratadas que colgó en el garaje de una pequeña quinta en Sabana Grande para señalar que todo estaba podrido: el arte, la política, Betancourt, Miraflores; que todos estábamos podridos; ¡que la necrofilia había llegado para quedarse!

Sé lo que estoy diciendo porque yo estaba esa mañana cuidando la exposición Homenaje a la necrofilia que habíamos inaugurado dos días antes en el garaje de una inocente anciana cuando vi para asombro mío que algo se movía en los cuadros, algo vivo, reptante, silencioso. ¡Me maravillé! Era el prodigio de constatar que, sin importar las teorías de los críticos y curadores, el arte es un ser vivo, que posee un ánima, una fuerza interior, el dinamismo de la energía que le ofrece su creador y al acercarme vi los gusanos que comenzaban a a brotar de aquellas vísceras podridas haciendo su trabajo, auspiciando y provocando uno de los escándalos mas gloriosos y estruendosos en la bonachona y apacible vida cultural venezolana.

¡Era el Magma! El Magma que se erigió en símbolo e instrumento de protesta y expresión de El Techo de la Ballena!

En algún lugar del libro que recoge la obra poética de Caupolicán Ovalles se afirma que el Techo de la Ballena fue el brazo cultural de la lucha armada de los años sesenta. Expresión de un terrorismo artístico que cundió no solo en Venezuela sino en diversas partes del
continente: la anti poesía en el país chileno de Nicanor Parra; los nadaístas colombianos; los aullidos de Allan Ginsberg y la Beat Generation de Jack Kerouac. En el Ecuador los jóvenes escritores se llamaron Tzánticos, en homenaje a los reductores de cabezas precolombinos, con Ulises Estrella en primera fila.

El Techo de la Ballena fue el más corrosivo, el de mayor fortaleza estética, plástica y literaria. Significó un nuevo proceso de irreverencias que había iniciado entre nosotros el grupo Sardio, a finales de los años cincuenta!

No se trata aquí de hacer la historia de los grupos, pero sí de explicar someramente lo que nos ocurrió. Sardio (1953-1961) fue un movimiento renovador de la literatura venezolana integrado por escritores a los que se sumaron pintores que incursionaban en el informalismo. Todo iba muy bien hasta que Adriano González León publicó Las hogueras mas altas (1959); Ramón Palomares, El Reino (1958); Francisco Pérez Perdomo sus Fantasmas y enfermedades (1961) y se descubrió que no necesitaban al grupo porque ya podían caminar con sus propios pies. ¡Se veía venir la disgregación! Luego advino lo inesperado: el triunfo de la Revolución Cubana (1959). Los socialdemócratas del grupo se separaron. Los mas allegados a lo que se llamaba entonces la Izquierda pasaron a formar parte de El Techo de la Ballena, un grupo mucho mas irreverente y encarnizado. Hoy, palabras como izquierda o derecha han perdido su tradicional significación política. Solo sirven para designar lo que está a nuestro lado. ¡Para el régimen militar bolivariano yo soy de derecha; para mí, el régimen militar bolivariano no es de izquierda!

El enorme prestigio de la Revolución Cubana determinó que todo acá oliera mal. ¡Que Rómulo Betancourt y su democracia apestaran!
Preferimos a Cuba y nos desdeñamos. Es más, aplaudimos una invasión cubana en nuestro suelo: ¡Machurucuto! en mayo de 1967. Y en las series del Caribe, en los campeonatos de béisbol, cada vez que se enfrentaban Cuba y Venezuela ¡íbamos a Cuba!

Yo era Director de Publicaciones en la Dirección de Cultura de la Universidad Central y ví pasar a mi lado a Fidel Castro un hombre corpulento, vestido de verde oliva, tocado con un quepis y un habano en la boca. ¡Pasó tan cerca que podía tocarlo! Quedé hipnotizado,
maravillado porque veía pasar a un Héroe. Yo sabía que los héroes existían, pero solamente en las novelas! ¡Nunca había visto uno de carne y hueso! Y fue lo que le pasó a Sardio, fue lo que le pasó al país venezolano. ¡Vimos a un Héroe! Y nos dejamos arrastrar por la ilusión de que con aquel Héroe surgiría finalmente el hombre nuevo que se espera ver en toda revolución política y social; pero el hombre que apareció era el mismo hombre viejo de siempre avanzando hacia nosotros con todo el peso de sus amarguras y desilusiones. ¡Lo que no sabíamos entonces era que aquel Héroe iba a convertirse en un sátrapa! La Revolución Cubana era la esperanza de afirmar también en nuestro país un reino de equidad y de justicia social pero no fue así y nos aniquilamos en una violencia armada, guerrillera, que encontró, en todo caso, en Caupolicán y en El Techo de la Ballena junto a su propia desilusión y para gloria de nuestra vida literaria, una estética de la violencia y un sano desparpajo corrosivo que navega y discurre por las páginas de esta antología poética. Textos y fotos que tratan de insertarnos en la vida de El Techo de la Ballena y de la República del Este a fin de comprender una difícil etapa de la vida venezolana.

Pasó el tiempo y lo que entonces olía mal no éramos nosotros, no era la imperfecta democracia de Rómulo Betancourt sino la propia revolución cubana que comenzaba a llamar gusanos a sus opositores y permitió el oprobio de confundir a intelectuales y a homosexuales, con la crápula y la canalla de las cárceles en el llamado ¡éxodo de Mariel!, los marielitos, mientras yo veía moverse a los verdaderos gusanos en los cuadros de Contramaestre. Y al verlos removerse desde el alma, desde el fondo del propio arte, grité el nombre de !Dada!, el nombre del Magma que era como invocar la total libertad de mi destino, de mi pensamiento y de mi aventura de vivir!

Me ocurrieron dos circunstancias que contribuyeron a consolidar ese destino. Una, tuvo lugar en el Patio Vargas de la vieja Universidad Central en lo que es hoy el Palacio de las Academias. Antes de entrar a la clase de Derecho Romano, Adriano González León, un lector insigne e irrepetible, nos leía y comentaba con inteligencia fragmentos de La Náusea de Jean Paul Sartre. ¡Estábamos fascinados! Entonces apareció un muchacho llamado Guía, un comisario político, lector impenitente del manual comunista de Plejanov y tocó a Adriano por el hombro y le dijo: !¡Vigile sus lecturitas, compañerito!” El sujeto reducía a “lecturitas” a Jean Paul Sartre. Aquel instante no se me olvidará nunca porque era el primer comisario político que veía; el primer fundamentalista. El incidente me sirvió de mucho porque a partir de ese momento, siendo adolescente, entendí claramente cuál iba a ser mi camino. Después se supo que Guía, en tiempos de Pérez Jiménez, dentro de la radio patrulla delataba, en complicidad con los policías, a sus
antiguos camaradas. ¡Guía murió de cáncer meses mas tarde! ¡Dios sabe lo que hace!

Esto me distanció del arte soviético, del realismo socialista y de la figura del héroe positivo. La distancia se acentuó, años mas tarde, con el caso Padilla en Cuba y después cuando un funcionario cubano enviado a Caracas, tal vez para suavizar el escándalo Padilla, le dijo a María Teresa Castillo que quería reunirse con los escritores. María Teresa organizó un encuentro en el Ateneo. El funcionario quiso parafrasear la famosa exhortación de Fidel a los escritores cubanos de que podían escribir lo que quisieran siempre que no fuese contra la Revolución! “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. ¡Esa fue la frase de Fidel!

Y el enviado lo hizo empleando la figura de la madre como imagen  de la Revolución y con asombrosa candidez nos preguntó: “¡Ustedes escribirían mal de sus madres?” y Adriano González León se levantó en el acto y como si exhalara aire y agua de una ballena antes de que el enorme cetáceo se hundiera con estrépito en el mar de Lautreamont, dijo: “¡Sí! Nosotros podemos decir que nuestras madres son unas hijas de puta porque somos escritores e inventamos nuestras propias historias!”

¡Era Adriano! ¡Era el magma! ¿Todavía no se han percatado? ¡Era Caupolicán marcando el camino de mi propia escritura!
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De aquella desilusión política de los años sesenta, el fracaso de la acción militar, quedó encendida la luz de una conciencia, la invocación a Dada y un grito de rechazo a lo convencional que retumba dentro de las páginas de esta antología poética en (des)uso de la razón de Caupo, de Caupolicán, ¡el Poeta Hostias, el Payaso, el Padre de la Patria, el hijo de Guatimocín llamado El Globo, el padre del cineasta Caupolicán Ovalles, el padre de Juangustavo y de Manuel Vicente! El esposo de Josefa Quesada. ¡Un libro de testimonios! ¡Un libro recio, contundente! El resplandor de una conciencia. ¡La obra poética del Rey del fuego!

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Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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