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Para acabar el rollo por siempre LOS MUJERES Y LAS HOMBRES, por Antonio Llerandi

Yo creo (pobre de mí después de este artículo, si es que salgo con vida) que si cambiamos el lenguaje la vaina se aclara, y aquí van mis propuestas innovadoras.

Sé que me estoy metiendo en un berenjenal, pero vamos a ver si salgo por lo menos ileso. Trataré de explicarme y de hacer algo que usualmente no hago, cuidar al máximo cada palabra y cada artículo. Porque me estoy metiendo con un tema candente: el sexo.

Pero empecemos aclarando. Yo creo —y este es mi modesto aporte— que el asunto es un problema de lenguaje y por eso el título. No para crear confusión sino para ver si vemos luz en el asunto, aunque muchas veces el  programita se haga con la luz apagada.

Si nos atenemos a esos adefesios antiguos que siguen llamando diccionarios, la definición de sexo es la siguiente, o mejor dicho dos definiciones de acuerdo con su acepción: 1) “condición orgánica que distingue a los machos de las hembras”, y 2) “conjunto de los individuos que comparten esta misma condición orgánica”.

Definición de por sí antigua y poco ajustada a la realidad actual, primero porque hoy en día la condición orgánica no distingue a los machos de las hembras y segundo porque el conjunto de individuos que “comparten” esa misma condición orgánica es mucho más variado y variopinto. Y, si no, fíjense la cantidad de letras que cada vez le añaden a la colección: LBGTQ y un signito de + que nos advierte que vendrán otras categorías.

Yo creo (pobre de mí después de este artículo, si es que salgo con vida) que si cambiamos el lenguaje la vaina se aclara, y aquí van mis propuestas innovadoras.

En primer lugar, todo nacido debe poder catalogarse en una de las tres siguientes categorías: 1) Pene portante, 2) Vagina habiente y 3) N/A (no aplica, para cualquier variedad que surja). Y nos quitamos el problemón del sexo.  Por otra parte, hay otra palabrita que también nos puede llevar a confusión: género. Pues usémosla solamente para indicar ‘género humano’ y ‘colorín colorao, el peo se ha acabao?. ¡Uy! qué alivio, pero creo que voy bien. Y esto, desde luego, se usaría en las clases de anatomía, formando a los profesores para que claramente le indiquen a los alumnos que hay quienes tienen un colgante —por diminuto que este sea— y otros una hendidura —por más o menos protuberante que sea— y alguna tercera categoría que ya los médicos y especialistas que se ocupen del asunto porque yo hasta allá no me meto.

¡Ajá! Pero es que la vaina hoy en día se ha complicado con aquello de los artículos y las terminaciones de las palabras, que si es a es femenino, que si es e es masculino, que si es o es neutro y volveríamos entonces al problemón lingüístico que nos complica la cosa.  Mi propuesta es sencillita, para acabar con el asunto ese de médico y médica, presidente y presidenta, ciclista y ciclisto, coño la vaína es facilita de resolver, quitémosle la última letrica y se acaba el zaperoco.

Total, si escribimos ‘medic’, ‘president’ o ‘ciclist’ todo el mundo va a entender, sin necesidad de pelearnos por una miserable letrica que en definitiva no es importante. Y así todos estaríamos contentos y el rollo de eso que los antiguos llamaban sexo en las categorías y en las actividades, sencillamente se acaba.   Además quién quita que al hablar en perfecto castellano y decir ‘medic’ o ‘dentist’, esa terminación de la palabra en una consonante le dé una categoría superior a nuestro idioma y un no sé qué, que nos convierta en una vanguardia universal.

Si cada quien, como se ha venido haciendo desde que la humanidad es humanidad, utiliza lo que le ha tocado entre las piernas como le dé su santísima gana y lo arrime o lo ponga en funcionamiento —aparte de la micción desde luego— de la manera que su imaginación, deseo o gusto, le indique, se acaban los problemas. Y que no vengan religiones, leyes o costumbres a decirme lo que yo ‘tengo’ que hacer, sino lo ‘que me da la gana’ de hacer, asunto concluido y no tenemos que darle más vueltas al  asunto.  Porque ni siquiera para la conservación de la especie y el acto de la preñez se necesitan muchas vainas actualmente, hasta con tubitos y pincitas funciona el asunto.

Creo que así nos evitamos que en un futuro los onanistas (O), pederastas (P), masoquistas (M), retorcidos (R), curas (C), utilities o usadores de aparaticos sexuales (U), zoofílicos (Z) o swingers (S)  y un largo etcétera, exijan la incorporación de su letrica a la lista y el asunto tenga que expandirse al infinito: LBGTQOPMRCUZS……., más el signito + que suma y sigue.

Porque en definitiva todos somos miembros de una sola, única e indivisible condición y si encima logramos que se decrete universalmente que “Se prohíbe terminantemente la utilización de cualquier vestigio de discriminación o separación, por lo cual desaparecen todos los indicadores de sexo, raza o religión en todos los registros públicos o privados y de aquí en adelante se califica solamente a todos como seres humanos y punto”, se acaba el rollo por siempre. He dicho.

 

 

        

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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