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Nelson Garrido ETERNAMENTE CENSURADO, por José Pulido

Nelson Garrido
No es exagerado afirmar que a Nelson Garrido hay quienes lo aplauden y lo alaban por sus fotos cotidianas y hay quienes lo censuran, detestan y odian, debido a sus obras de arte.

Usted ve a Nelson Garrido por primera vez y le resulta imposible adivinar qué es lo que hace, a qué se dedica. Es un caballero de voz serena, de gestos amables. Su cara es como una estampa de silencio: siempre está concentrado, ensimismado. Le gusta escuchar a los demás un largo rato antes de pronunciar palabras. Tiene un kaki de ingeniero, un ácido de químico, una mirada desconcertante de sacerdote jesuita. Es algo parecido a todo eso.

Usted agarra una tarjeta telefónica y si la mira detenidamente, el baile, el personaje, la obra de arte, la artesanía que aparecen allí, son fotografías de Garrido. Lo mismo ocurre con muchos libros publicados sobre la cultura popular o con la revista Bigott, de la Fundación Bigott: la estética impactante de esas fotos lleva el estilo y la firma de Nelson Garrido. Ante esas imágenes, la gente deja escapar el mismo comentario, que suena festivo como un corcho de champaña: ¡eso es una belleza¡

Con las obras de arte, que son un lenguaje estructurado a partir de su fotografía, la reacción es distinta. Hay quien aparta la vista y disimula para no comprometerse, pero la mayoría de los espectadores pierde el piso, se desestabiliza, como si hubiese estallado un cohetón en sus pies.

Nelson es un artista completo y complejo: obtuvo el Premio Nacional de Artes Plásticas con las otras fotografías, con el otro yo de su cámara, con sus obras cargadas de conceptos y de mensajes irreverentes y extremos.

No es exagerado afirmar que a Nelson Garrido hay quienes lo aplauden y lo alaban por sus fotos cotidianas y hay quienes lo censuran, detestan y odian, debido a sus obras de arte. No es una persona maligna o destructiva y sin embargo inspira rechazo, porque evidentemente sabe poner el dedo en las llagas de los tabúes. Nombra la soga en la casa del ahorcado y se niega a separar lo religioso de lo erótico.

No solamente lo han censurado aquí, que es su país y donde la censura no es tan extraña: también ha sido censurado en los países de primer mundo, que tanto alarde hacen de tolerancia y comprensión democrática. Nelson Garrido es un censurado natural, se la pasan corriéndolo del paraíso. Y él regresa desnudo para que lo vuelvan a botar.

—¿Cuándo te censuraron por primera vez?

—Cuando estaba chiquito y me jalé el pipí: me pegaron por la mano y me dijeron ¡eso no se hace!

—Pero todavía no eras artista. Los niños son censurados institucionales.

—La primera vez que me censuraron como artista fue una censura indirecta, con la primera exposición que realicé en mi vida, que fue en Los Espacios Cálidos: propuse meter un perro muerto en una caja cerrada térmicamente. Si querías oler la fotografía abrías la caja y olías la foto del perro muerto. Me dijeron que eso no se podía… que el Ministerio de Sanidad… ¡tú sabes! Pero después, cuando me metí sistemáticamente con el tema religioso, fue cuando comenzó la censura más fuerte.

—¿Puedes aludir algún caso?

—En el Salón Dior censuraron la fotografía de una mujer crucificada… fue un desastre: pararon el salón y todo. Yo creo que la censura depende de los gobiernos de turno. Un gobierno de Caldera, donde el Opus Dei está como más presente, la cosa de la censura es evidente. Yo he visto cómo han cambiado los diferentes gobiernos y las tendencias de censura tienen que ver con la ideología del gobierno.

—¿Todos los gobiernos te han censurado?

—Sí. Yo tengo el récord de que todos me han censurado, cuando no es por la cuestión religiosa es por el contenido. Si no es por una cosa es por la otra, pero siempre he sido censurado. Te digo que la parte ideológica de mi obra es eso: yo creo que el arte está hecho para molestar, para crear problemas. El arte no es para resolver problemas, sino para crearlos. El arte no puede transformarse en algo decorativo, como un papel tapiz.

—Eso significa que la censura es una respuesta esperada

—Yo tampoco digo que soy una víctima del sistema o que soy un incomprendido, porque mi obra está hecha para eso. Las obras son detonantes, que tú pones en ciertas partes para ir contra el poder en todos los sentidos. La lucha contra el poder no es la lucha contra el partido tal o cual.

—¿Contra qué sería?

—El arte ha perdido esa característica de ir contra el poder central, en este caso contra el arte subsidiado. La protesta no puede ser subsidiada por el mismo Estado, porque tú no puedes pretender que la gente que tú estés criticando te financie.

—¿Cuál ha sido la censura máxima?

—Lo de la censura llegó al pico máximo en Ciudad Bolívar, en la época casi de oro de Ciudad Bolívar, cuando estaba de director de cultura Benito Yradi. Él me invitó a exponer en Ciudad Bolívar y era la primera vez que yo mostraba toda mi obra en un sitio. Se trataba de una obra de teatro, cuya escenografía era la exposición. La gente entraba a la exposición e inmediatamente se transformaba en obra teatral. Apenas comenzó esa exposición de mis obras, se formó un desastre de censura por parte del párroco de Ciudad Bolívar… salió una turba de la iglesia, dispuesta a quemar la exposición. En ese momento yo estaba en Cuba, en la Bienal de la Habana, y quien me echó el cuento fue Carlos Cruz Diez. Me lo encontré por allá y me dijo: “tremendo lío tienes armado en Ciudad Bolívar”. Fue también la primera vez que mi obra apareció en las páginas rojas.

—¿Qué obra escandalizó más a Ciudad Bolívar?

—La obra donde yo aparezco crucificado, con mis tres penes. Es la misma pieza que censuraron ahorita en España. El titular que destacaron aquella vez en Ciudad Bolívar, fue algo así como ‘Cristo sadomasoquista, censurado’. Los congresantes de Ciudad Bolívar se reunieron y me declararon persona non grata. Yo tengo ese gusto. Lo único que me falta es que me excomulguen.

—¿Eres religioso?

—Soy profundamente religioso.

—¿Vas a misa?

—No. Creo que la religiosidad va más allá de la militancia de una religión. Yo estoy en contra del clero, de toda la institución de poder de la Iglesia. Mi problema es con la Iglesia, no con la religiosidad.

—Pero crees en Dios ¿no?

-Sí, creo en Dios, a mi manera muy particular… vengo de una formación marxista y me parece que soy el único marxista machichero, porque siempre creí en las cosas de la brujería. Hay una cantidad de fenómenos que no se pueden explicar y pienso que el camino a Dios es un camino sumamente individual… como lo es el erotismo.

—Eso de que estás en contra del clero me impresiona… ¿y cómo te llevas con este gobierno?

—Yo estoy en contra de Chávez y del que venga. Mi posición política es esa. La lucha contra el poder es una cosa activa, porque uno tiene que ser activista. No quería pronunciarlo así: tampoco me gustan esas palabras pavosas, izquierdosas, como activismo, compromiso… los sueños se realizan con metodología.

—¿Sigues siendo marxista?

—No. En absoluto.

—¿Por qué?

—Porque me parece una cosa que definitivamente dejó de tener sentido científico, es como históricamente anacrónico. Y ese es el gran problema del chavismo… es una broma desintonizada desde el punto de vista científico y desde el punto de vista político… eso no quiere decir que yo sea de derecha: constantemente estoy buscando un nuevo humanismo.

—Lo cierto es que has sido censurado en todas partes.

—En Barcelona me resultó de lo más insólito… pero también me han censurado en Montreal. Yo tengo una censura muy grande… internacional.

—La gran pregunta que se hacen, los amantes de perros y otras mascotas es esta: ¿tú matas a los perros de tus obras o los encuentras muertos?

—Ahí caemos en la cosa hipocrita: si ves una vaca degollada, dices “qué horrible”, pero te comes un bistec con gran placer, como si detrás de cada bistec no hubiera una vaca muerta, una vaca que mataron. Eso es una doble moral.

—Para ti ¿el arte está muerto?

—Creo que ahora es cuando quedan cosas por decir. Depende de tu actitud frente a la vida. A mí me faltan tiempo y elementos para decir las cosas que quiero. Y sin dejar de lado los temas eternos: uno recicla cosas que ya se han dicho, uno no está inventando nada… yo reciclo los elementos fundamentales de la humanidad, pero de una manera contemporánea.

—Hay quienes sólo buscan ser originales.

—Lo original es volver al origen… lo original no tiene que ver con ese concepto tipo lotería, de hacer algo y decir ¡la pegué!. El arte es un proceso de investigación. La palabra artista me parece muy pavosa también… yo no soy un artista sino un hacedor de imágenes. En una sociedad, donde hay millones de imágenes actuando permanentemente, si tú no trastocas los códigos visuales de lectura la imagen no queda en el subconsciente. Hay gente que no me conoce, pero sabe que hay alguien ‘haciendo’ perros muertos… La otra vez llegó un tipo al taller y me dijo: “oye, Nelson: vi un perro muerto y me acordé de ti”. Eso me pareció una cosa bien bonita.

Publicado originalmente en el muro de José Pulido en Facebook.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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