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Muerte en Venecia BELLEZA Y PERDICIÓN SEGÚN THOMAS MANN, por María Dolores Ara

Thomas Mann 1
Thomas Mann (en la foto) narra los últimos días de Gustave Aschenbach, un aristócrata, artista y pensador de renombre entre las élites culturales de la Europa más rancia.

Este texto sobre Muerte en Venecia, fue recientemente expuesto en la Librería Lugar Común, en Caracas, dentro del ciclo de Literatura y Psicoanálisis.

“Ser joven es poder levantarse y romper las cadenas de una civilización decaída” T.M.

En 1912 resultaba difícil distinguir entre el peligro que Alemania representaba para el resto de Europa y los peligros que se cernían sobre Alemania desde el resto de Europa. La caída de los imperios conocidos y disfrutados durante el siglo XIX —el Austrohúngaro fundamentalmente— confundía a los europeos, gustosos de buscar salida intelectual al complejo devenir de la historia.

En este marco de incertidumbre, y con la intuición de que aguarda una debacle en la próxima esquina, Thomas Mann escribe una breve novela que se convertirá en objeto de culto por su lirismo arrebatado y su temática desasosegante:  Muerte en Venecia. Una novela de textura intelectual que combina mito y psicología para desenmascarar la naturaleza corrupta que se esconde tras la fama y el prestigio de un importante escritor, que ávido de belleza y juventud termina carcomido por la peste que pudre su cuerpo desde el tormento de su alma.

Mann narra los últimos días de Gustave Aschenbach, un aristócrata, artista y pensador de renombre entre las élites culturales de la Europa más rancia que ve llegar su ocaso en medio de sacudidas emocionales que descargan su impotencia por no poder retener la gloria acumulada, por no haber sido capaz de dar rienda suelta a sus instintos, por no poder sostener su talento creativo en la hora menguada de la decrepitud. En su declive, GA realiza un viaje sensorial a Venecia, ciudad-sarcófago, donde la peste arrasa con todo, dentro de un ambiente tenso que lo coloca frente a la juventud descarada e inocente de un adolescente, delante del cual sus defensas pierden toda su fuerza hasta entregarlo a la despiadada verdad de su condición de despojo recubierto de falso oropel.

Las referencias simbólicas de la obra son uno de sus puntos fuertes. La de mayor significado es la presencia de la muerte como columna vertebral de la trama. Comienza con el mensaje oculto en el apellido del protagonista, que significa ‘río de ceniza’: lo que queda después de la destrucción del cuerpo, ceniza reverencial que en la tradición católica se usa para marcar el fin del desenfreno carnavalesco y el comienzo de la penitencia que culmina en el duelo por la muerte de Cristo. Sigue con el paisaje guiado por cementerios como referencias que guían a Gustave y que cuajan en objetos que se mimetizan con el rito mortuorio, la góndola es un ataúd, por ejemplo. La propia Venecia es una máscara de falso esplendor, una trampa de belleza vacía que esconde el mal. Toda Venecia es un cementerio disfrazado que oculta el veneno mortal de la peste encubierta. Venecia es una ciudad tóxica, Europa es un continente tóxico. Por ellas deambula una masa humana que no acierta a descubrir lo que se esconde en las entrañas de una apariencia honorable. Gustave está dentro del monstruo y es igual a él: hermoso y seductor en su cabeza pensante; repulsivo y convulso en las vísceras. El mal circula perfumado, brillante y seductor para sepultar su fetidez…y lo consigue. Nos trae el recuerdo obligado de la frase de Hamlet “…algo huele mal en Dinamarca…” Algo huele mal entre los hombres que practican la doble moral y entre los pueblos que la aplauden.

Los simbolismos pasan también por el tamiz de la cultura clásica. El zumo de granada que GA toma antes de su final fatídico rememora el que le da Hades a Perséfone para secuestrarla y arrastrarla  al reino de la muerte. Tadzio, el joven que descompensa la rígida armadura del protagonista, es una especie de guía inconsciente que hipnotiza con su belleza candorosa y pura al escritor maduro para empujarlo al abismo de sus inexplorados apetitos. Jacinto y Narciso, la muerte de lo bello reflejado, el poder asesino de la hermosura, el embeleso enajenante de la propia imagen mirándose amar y ser amada por lo sublime….

Hay dos tensiones conceptuales que soportan la reflexión filosófica de la obra. Una, lo terrible en la belleza; y otra, la razón como coartada para el caos. Ya los griegos decían que la contemplación de la belleza, mata. Por insoportable e inasible. El ser mortal, perecedero e imperfecto se ciega y se pierde ante la deslumbrante fuerza de lo bello en estado puro. El contacto entre la oscuridad y la luz conduce a la fatalidad… a menos que la belleza suponga una especia de tutoría, de guiatura para la elevación del hombre inferior, que logra sublimarse gracias a ella. No es el caso de Gustave Aschenbach. Mirar a Tadzio, a ese ángel–niño cargado de la pureza virginal propia de su condición hace que las aguas turbias de su tormento interior se agiten hasta el descontrol. No está a la altura de esa manifestación de lo sagrado, él es un hombre impuro cargado de vanidad, egoísmo, prepotencia y lujuria contenida. No merece la dicha de contemplar ese rasgo sagrado que el muchacho pasea con inconsciencia por el hotel veraniego de Venecia. La belleza lo toca y lo aniquila.

La segunda tensión pone en contacto a la razón como constructora de caos. ¿Qué hacen el arte, el intelecto y la virtud para conjurar el mal? Sobre todo el mal que anida en el corazón humano más prominente. La razón más acabada y aparentemente perfecta puede esconder la irracionalidad más dañina: la pasión. En la intimidad secreta y fraudulenta del escritor respira una obsesión descontrolada, el apetito voraz por la juventud vital que él está perdiendo. En ese sótano oscuro se representa una lucha silenciosa entre Apolo y Dionisos en la que el segundo vencerá trágicamente. Gustave Aschenbach elegirá el camino de la perdición al silenciar la influencia virtuosa de su capacidad de razonar y encaminarse al abismo al que lo conduce la voz de su deseo.

El personaje de Gustave Aschenbach merece comentario aparte. La historia está construida desde lo que un narrador omnisciente vierte como testigo excepcional de su pensamiento. Es un personaje marcado por la búsqueda de su propia disolución, que consigue, al huir de sí mismo en un viaje donde encuentra su aspecto más despreciable, agazapado hasta ese momento tras su encumbrada posición de insigne intelectual de su tiempo. Toparse con el joven ángel de la belleza lo sumerge en un éxtasis contemplativo que lo absorbe hasta el delirio. Desconocedor de la magnitud de sus pasiones queda atrapado en la red de atracción y repulsión por sí mismo: lo que lo seduce le da asco. Escuchamos su voz interior como si hablara en primera persona, conocemos sus abismos y sobresaltos, sabemos mejor que él lo que ocurre realmente: podemos diagnosticar a priori la epidemia que acabará con su vida y que, desde adentro, impregna el mundo exterior, lo integra y lo arrasa. Una aclaratoria se hace necesaria: no se trata de una condena homofóbica. Se trata de una exégesis sobre la decadencia vital, y la tortura que la degradación física e intelectual supone en las almas que se creen superiores. El interés erótico por el chico es parte del anhelo imposible, y lo que la historia condena, es que lo inaceptable de ese anhelo quede sepultado hasta volverse tóxico. No es malo, no es bueno: no sabe quién es. Ha vivido escondido de sí mismo. En Venecia  le da alcance su verdad.

La novela tiene dos ascendentes filosóficos a los que Thomas Mann rinde pleitesía: Schopenhauer y Nietzsche. Del primero colocará su visión de la vida como sufrimiento o tedio, solo evadibles por el camino estético (el arte y la contemplación de la belleza que este proporciona), el ético (la compasión, que amortigua el dolor y nos hermana al compartirlo) o el ascético (la entrega a un ideal místico). Gustave transita el camino estético y mientras le depara glorias a su vanidad voraz, logra escapar al sufrimiento. Pero en las postrimerías de la vida, se va agotando el caudal del intelecto y la soledad muestra su vacío existencial impúdicamente. Cada vez van quedando menos vías de escape para olvidar el dolor de no ser. Y el dolor de ser algo que no se quiere ser.

De Nietzsche tomará la idea del súper hombre que solo obedece a su propio demonio o dios interior, ese que construirá un ética personal ajena a los convencionalismos, que pisoteará los valores burgueses por vulgares y débiles. Ese hombre será el creador de una ética que elabora su propia concepción del bien y del mal, ajena a responsabilidades externas y anclada en convicciones subjetivas. Evidentemente, Aschenbach, es la otra cara de la moneda. Como en el resto de su obra, Mann dibuja el fin de la burguesía y de su mundo de apariencias, disfraces y máscaras. El ambiente social donde Gustave ha logrado erigirse como bandera de su aristocracia pensante es el menos propicio para la aparición del hombre realizado a fuerza de entronizarse como amo de sí mismo. GA es víctima del proceso degenerativo de su casta y su tiempo. Del imperio que lo vio nacer y que ahora lo sepulta con desprecio. Ese mismo imperio quedará exterminado por nuevas ideas que, a la larga, no resultarán tan liberadoras y progresistas como parecían. Más bien todo lo contrario. Parece que engañarse a sí mismo es un oficio que se ejerce per secula-seculorum. Sin amén.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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