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Muerte en Berruecos LA ACADEMIA, NETFLIX Y EL CINE VENEZOLANO, por Edgar Rocca

Muertee en Berruecos
Esta película habla de la impunidad sobre el asesinato de Sucre. Habla de la reapertura del caso en 1840, diez años después de lo sucedido.

Muerte en Berruecos es el segundo largometraje de Caupolicán Ovalles. Siguiendo la línea de su primera película (Memorias de un soldado, 2012) nos muestra otra historia poco explorada en nuestra cinematografía. La anterior fue narrada desde la perspectiva de un ‘bastardo sin gloria’ en la guerra de Independencia. Ahora mejora ese primer trabajo y logra con menos presupuesto una película digna, por encima del promedio de otras películas venezolanas.

La experiencia del realizador y su gusto por el thriller queda demostrado en esta extraña obra, que denominan thriller policial, sobre uno de los asesinatos más nombrados en nuestro continente en el siglo XIX: el del Mariscal Antonio José de Sucre. En la memoria del venezolano está la imagen del asesinato realizada en 1895 por Arturo Michelena. Si le preguntas a alguien con cierta memoria o curiosidad por la historia de Venezuela, dirá que fue emboscado y asesinado en 1830 en una montaña en Colombia. Gritó “¡Ay, balazo!”, según la tradición oral y Bolívar lo lamentó y escribió algo romántico, muy al estilo del prócer que moriría seis meses después.

Nada de esto vemos en este film. Esta película habla de la impunidad. Habla de la reapertura del caso en 1840, diez años después de lo sucedido. El resultado es una película esclarecedora en ese particular. De interés para varios países, al menos Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia (los últimos dos donde el asesinado fue Presidente de la República). Ahora bien, ¿Se logrará ver en esos países?

La película cuenta con actuaciones parejas, por lo general. Destacan Luis Gerónimo Abreu, Laureano Olivares y Rafael Gil, quienes están a un nivel por el encima del resto del elenco. Mientras el Sucre de esta película es más bien referencial, lejano, un recuerdo idealizado, cercano al Libertador de Arvelo. Nos gusta verlo pasear en ciertos parajes andinos y recorrerlos (con la ayuda de drones) pero hasta allí, está correcto. En este sentido quien quiera acercarse más a la figura de Sucre debe buscar alguna copia de la película para televisión dirigida por Alidha Ávila en 1995 y donde Luigi Sciamanna, encarnaba al mítico Mariscal de Ayacucho.

Lamentablemente, la película de Ovalles no funcionó en taquilla. Y es que más allá de agarrarla con alguien en particular, el público y el país constituyen algo muy específico. Y más en este momento. Sumado al poco gusto de los espectadores venezolanos por el cine histórico. Hay excepciones como tres o cuatro películas de Luis Alberto Lamata o los 900 mil espectadores que hizo Libertador con Edgar Ramírez. Lamentablemente —y me lamento por segunda vez en el mismo párrafo, porque es de lamentar— el público recibió casi como una película de las que nos tiene acostumbrados La Villa del Cine. Pero es una historia que no tiene tintes políticos. También porque la película no tendrá la oportunidad de ser vista por más público. Es una mala muerte, como la de Berruecos, no la merecía en realidad.

La realidad nos aborda y nos lleva, desde esta tribuna a hacer un llamado a nuestra Academia, de la cual el director de la película es miembro fundador y de los principales impulsores, para que se avoque a desarrollar alguna plataforma similar a Netflix, donde el público tenga otra oportunidad para valorar su cine, puesto que está visto que en las pantallas tradicionales no está la salida. Y no se trata de ser condescendiente con el cine venezolano, sino mencionar una posibilidad —una alternativa— para un cine que solo lo ven dos mil personas. Estas películas no se distribuyen, se venden o se ven en ninguna otra parte. Con una Cinemateca que poco o nada hace a favor de la conservación y efectiva difusión de las películas. No solo Muerte en Berruecos, sino muchas otras películas están destinadas a desaparecer.

Nota al cierre: la película cuenta con la dirección de arte del respetado cineasta venezolano como Diego Rísquez, reciente pérdida de nuestro medio y a quien le dedican la película al cierre. En la fotografía está otro hombre de trayectoria en nuestro cine: Cezary Jaworski, El guion es de Edgar Narváez, también escritor de Memorias de un soldado, El montaje pertenece a Sergio Curiel, El diseño sonoro a Gustavo González y los efectos visuales son de Stuart Rivas, Todos profesionales que garantizan la calidad del trabajo presentado.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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