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Meditaciones de Ortega y Gasset UNA CONTRARREFORMA MÁS, por Leonardo Rodríguez

José Orteg y Gasset 1«No queremos ser sabios, ni ser íntimamente religiosos; no queremos ser justos, y menos que nada nos pide el corazón prudencia. Sólo queremos ser grandes». El regaño pertenece a Meditación de El Escorial, uno de los ensayos de Ortega y Gasset que me gustan.

El tema, caro a la generación de Azorín y Pío Baroja, era el definitivo fracaso imperial y quizá histórico de España, después de una larga agonía de bancarrotas financieras, pérdidas territoriales, intolerancia religiosa y aislamiento cultural.

En su momento de mayor expansión geográfica, comercial y política, España se cerró al mundo para abrirse, según la consigna monástica, a la fe. Ensimismado entre infinitas paredes barrocas, un rey melancólico —Felipe II, de la casa de los Austria— gobierna rodeado de una corte de monjes y obispos, teóricamente ascéticos y políticamente inquisitoriales. El imperio, infinitamente solar y también lunático, se había quedado solo con sus espejos.

El Escorial había sido una anunciación y un símbolo, la primera piedra —financiada con en el oro de las Indias—en la causa contra el hereje: protestante, judío, musulmán. La residencia imperial —al contrario de la casi festiva corte francesa y del teatral parlamentarismo isabelino— se había vuelto un lugar de reclusión y salvación religiosa; un monasterio que era también un convento y un museo (lo continúa siendo).

La meditación de Ortega es una reflexión sobre ese encierro.

El Escorial, escribió, fue una respuesta amarga al Renacimiento. Para Ortega, España no solo vivía de espaldas a Europa, que era como decir la civilización, sino oponiéndosele. «En este monumento de nuestros mayores se muestra petrificada un alma toda voluntad, todo esfuerzo, mas exenta de ideas y de sensibilidad». En Ortega no aparece la famosa España barroca, tampoco la picaresca, sino la heroica, la zafia, la beata. El imperio era una ermita.

Quizá esa idea de la reclusión política hispánica explica, en parte, las fantasías políticas de Ortega, el de una laicidad ilustrada o europea.

Calle de dos vías, la del culturalista Ortega: así como el arte era el espejo profundo de la nación —Velázquez, Quevedo, Cervantes como reveladores del sustrato cultural y psicológico hispánico—, la nación era el espejo esperpéntico del arte. Si la novela y la pintura eran formas de pensamiento (algo que se complacía en defender), la política española había sido la arena poco generosa del dogma (lo que prudentemente no le contentaba en absoluto).

Esfuerzo vano y melancolía: a la pompa heroica del Renacimiento hispano, sucedieron los fastos fúnebres de una monarquía fanática. A la conquista, colonización y (no lo dijo el filósofo) saqueo de América, el réquiem absolutista de El Escorial.

Ha corrido sangre bajo los puentes de la política peninsular, pero la grandeza histórica —por lo leído— no ha dejado de estar en la agenda de muchos españoles. Los nacionalistas catalanes no quieren ser grandes a la manera brutalmente catolicona del antiguo imperio o del franquismo, tampoco a la manera ilustrada que propugnaba Ortega. Su única pretendida, inefable grandeza es no ser españoles.

El kitsch independentista catalán como una versión ideológica —ya sin el glamour barroco y siempre con desquiciado resentimiento— de El Escorial, o de cómo hacer política con el ombligo.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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