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Más terrible que las anteriores LA GUERRA TIBIA, por Antonio Llerandi

El gran cerebro ruso, que por algo la revista Time hace dos años lo consideró el hombre más poderoso del mundo, está dirigiendo el operativo.

Siempre ha habido guerra.  A veces más de una. Desde que el hombre es historia, sabemos de su existencia. Los más antiguos textos nos las han descrito. A veces con pretextos aparentemente banales, como la de Troya, pero casi siempre, o mejor dicho siempre, por razones de economía o de poder.

El siglo XX nos deparó varias de ellas, algunas tan grandes que fueron llamadas Guerras Mundiales, como la Primera y la Segunda,  las llamaron mundiales porque involucraban a muchos países, la mayor parte de Europa y sobre todo EEUU que devenido en poder mundial participaba de ellas. El norte de África también estuvo involucrado en esas guerras pero sobre todo por la cercanía de Europa y la presencia colonial en esos países.

En el pasado hubo guerras también importantes como aquellas que liberaron a países de América, de Asia y de África del dominio colonial. Más cercanamente existieron guerras que por una extraña razón las llamaron guerras civiles, quizás porque se emprendían entre bandos de un mismo país, como la norteamericana o la española, pero vamos a estar claros, guerra es guerra y de civil, nada. Son las mismas armas y los mismos muertos y las mismas sangrientas batallas. De civil sólo el nombre. Salvaje o militar, como son todas las guerras.

La llamada Segunda Guerra Mundial fue el producto del enfrentamiento de muchos países europeos y EEUU contra el llamado triángulo del mal: la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y el Japón Imperial, aunque hubo un cuarto cómplice que después paso agachado, como decimos en Venezuela, y logró sobrevivir aliándose a Occidente: Franco, el español, que completaría el cuarteto.

Concluida esta Segunda Guerra Mundial, en la reunión de Yalta, las potencias más importantes del momento, representadas por Roosevelt, Churchill y Stalin, se repartieron el botín. Tú llegas hasta aquí, de aquí para acá es mío y por aquí no te metas y cosas por el estilo.  Y aparentemente se acabó la guerra, pero la caliente. Y empezó otra, menos explícita, cada vez con menos batallas, como  las de soldados y con otro tipo de enfrentamiento.  Era la guerra de Occidente, de las democracias, contra Oriente, los comunistas. El mundo se dividió en dos, Occidente y sus democracias, a quiénes los estudiosos dieron el calificativo de Primer Mundo y los comunistas y sus regímenes de terror a quiénes calificaron de Segundo Mundo, y quedó un restico, nada pequeño ni despreciable que empezaron a llamar Tercer Mundo, título éste que a pesar del tiempo transcurrido no nos lo hemos podido sacudir.

Y ahí vino otro tipo de Guerra Mundial.  Como no era un enfrentamiento abierto entre soldados en batallones y caballería y tanques y buques y aviones y todos los etcéteras de las guerras, se llamó, producto de la especulación poética de los analizadores de la época: la Guerra Fría. Fría porque era diferente pero no menos intensa que las anteriores. Tanto, que uno de los episodios más significativos de esa mal llamada Guerra Fría fue el enfrentamiento sobre Cuba entre la desaparecida (pero no muerta) Unión Soviética y EEUU que estuvo a punto de convertirse en un holocausto nuclear. Fría ni de vaina. La aparente equidad de fuerzas de destrucción de ambos sendos mutuos dos lados, hizo que se la pensaran dos veces antes de apretar el botón rojo e irnos todos para el carajo viejo, como decían en mi época.

Algunos creyentes en milagros comenzaron a pensar que ante la desaparición de la mayor parte de los regímenes comunistas (la URSS y sus aliados) la cosa se había tranquilizado y había desparecido la Guerra Fría, o se había enfriado aún más. Pero no contaban con la astucia de esos bichitos. Quedaban vivos Cuba, China, Vietnam. Era el momento para la caída también de Cuba, pero a EEUU le faltó velocidad o simplemente no lo consideró un peligro. Ese ha sido el error de EEUU durante 60 años y ha vivido y sigue viviendo las consecuencias. El asesino mayor utilizó sus mejores armas de terror y fusiló a Ochoa, La Guardia y etcéteras, para que no se le ocurriera a nadie poner en jaque su poder y el Glasnost y la Perestroika no tuvieran cabida en la isla. Y siguieron allí y de nuevo EEUU pensó que en realidad no eran un problema.

Y hoy en día la cosa se ha puesto heavy. Reapareció Rusia con otro vestido, encarnado por su nuevo zar, el hijo de Putin, y aunque en un momento muchos pensaron que había habido una transformación hacia la democracia, nanay nanay. Otra apariencia, pero la misma mierda o peor. Porque ahora la cosa es solapada y con las inteligencias, la de la maldad, la artificial, y las que se puedan añadir. Y el zar ha hecho un puente con otros sátrapas del mundo, con los chinos, que tienen su ejercitote y todo, pero que la parte de la guerra se la dejan a los demás y ellos a lo que van es a hacer negocios.  Y si añadimos a otros expertos del mal, como Cuba o Turquía, hacen un peso considerable para joder al mundo.

El gran cerebro ruso, que por algo la revista Time hace dos años lo consideró el hombre más poderoso del mundo, está dirigiendo el operativo. Está detrás de toda la maldad. Entiéndase: por un lado la solidificación de las dictaduras, Cuba, Turquía, Siria y, por el otro, el debilitamiento de las democracias, auspiciando las revueltas en Cataluña, el Brexit, los chalecos amarillos parisinos y sobre todo en Latinoamérica.

Muchos no se han dado cuenta, pero ha comenzado una nueva guerra, una Guerra Tibia, pues no es caliente como las mundiales ni fría como la que le sucedió. Pero es una guerra y, en mi modesta forma de pensar, más terrible que las anteriores, pues los instrumentos se han perfeccionado, la inteligencia artificial, los nuevos medios de comunicación, la manipulación audiovisual, unida a la maldad habitual forman un panorama nada esperanzador. Y además ésta vez nos tocó a nosotros, a la América. Es la primera vez que una guerra de esa magnitud se desarrolla en nuestros territorios y para colmo de males encuentra a un EEUU debilitado. Es un alerta de que lo que nos viene no es carnaval y ya lo estamos viviendo y en qué magnitud.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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