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Madurez, coraje, amor y respeto por el país EL DÍA DESPUÉS, por María Sol Pérez Schael

Juan Guaidó 1
Condicionar la salida del usurpador al retiro del liderazgo de Guaidó significaría decapitar a la ciudadanía y exponernos al riesgo de un bazar político, caótico, emocional y sin rumbo.

En un reciente artículo —’2019: escenarios para un final’— Thays Peñalver nos advierte sobre las dificultades para encontrar “una salida sensata” que ponga fin de manera “irreversible” al proceso revolucionario. Pasa revista a los escenarios posibles, todos muy complicados, y pide cordura y sensatez. Este último tema, según Peñalver, exigirá de la ciudadanía preparación pues “los últimos momentos son los más angustiosos y desesperantes” y lo deja para un desarrollo posterior.

Mientras esperamos su próximo e inteligente artículo, me atrevo a proponer algunas reflexiones que no serán consejos para la población (no sabría cómo hacerlo) sino retos para aquellos que tienen en sus manos la conducción de este proceso.

Un país herido

Es muy probable que coincidamos al decir que nuestro país está profundamente herido: herida está su población enferma, mal alimentada o abandonada a su suerte y que recuerda y llora a  sus muertos, desaparecidos, o exiliados. Herida está la tierra que dejó de producir y herido el trabajo que fue abandonado o expropiado. Heridas las instituciones convertidas en utilería del régimen y herida el alma ciudadana atrapada en el lenguaje violento y manipulador de la revolución. Herida nuestra bonhomía por el maltrato de las formas y por el desprecio a la decencia y herido también nuestro raciocinio que a veces no encuentra el norte en la brújula de los valores democráticos. Esta Venezuela que sufre y cuya identidad está trastocada es la que tendremos y con la que contaremos el día que finalice la usurpación.

Se dirá —y con razón— que a pesar de la tragedia los venezolanos no hemos perdido el arrojo y cada vez que nos llaman a participar lo hacemos con decisión y sin titubeos. Es verdad y, en ese sentido, podemos ser optimistas y esperar razonablemente que, una vez superado este difícil trance, construiremos una nueva Venezuela. A ese gran proyecto, que puede y debe unir nuestras voluntades, quiero referirme.

El día después.

No hay solución de continuidad. La institucionalidad democrática y la cultura que la acompaña no será recuperada, de manera automática el día que finalice la usurpación. Desalojar al usurpador será apenas el inicio de una nueva etapa de inestabilidad que puede, incluso, ser dinamitada antes de dar frutos.

  1. La impaciencia. Una población herida y llena de carencias puede querer respuestas rápidas y consistentes. Eso no será posible y habrá que realizar grandes esfuerzos para evitar que la impaciencia se convierta en decepción. Las buenas medidas económicas no bastarán para sanar las heridas en el corto plazo y será necesario acompañar a quienes más lo necesitan. Dos valores serán esenciales para el día después: la solidaridad y la confianza. Hay que prepararse para eso. De esto se está consciente pues se ha comenzado con la ayuda humanitaria.
  2. Liderazgo para la transición. Con un país herido como el nuestro es imposible llegar a la estabilidad democrática sin una transición sólida y cuando hablo de solidez no me refiero a la que podría darle la Constitución, las organizaciones políticas o la legitimidad de la AN. Me refiero a la solidez que otorga el respaldo popular pues, sin ese respaldo, sin un rostro humano, sin un liderazgo creíble y confiable, la paciencia de la población puede salirse de su cauce constructivo. Es importante, pues, cuidar y proteger a quienes llevan las riendas de este proceso pues de su credibilidad dependerá la estabilidad que nos conduzca a una transición segura.
  3. La competencia política. Recuperar la democracia requerirá de reglas sanas de competencia política pues es natural que quienes tienen liderazgos que ofrecer lo expresen y divulguen. Se cometería un error si se repiten soluciones similares a las del Pacto de Punto Fijo que, para defenderse del peligro militar, impuso límites a la competencia política. Pero si bien es cierto que los límites son contraproducentes, ignorar la delicada naturaleza del momento que se vive y creer que es la hora de liderazgo particulares y egocéntricos, reflejaría no sólo ceguera total sino también un egoísmo irresponsable. Un bazar de candidaturas, cuyas diferencias ideológicas y doctrinarias son prácticamente inexistentes, no contribuirá a la estabilidad del país, al contrario nos hundirá en el universo irracional de elecciones por simpatía, gusto o cualquier otra frivolidad. Si queremos una democracia sana, el liderazgo deberá construir alianzas sólidas que no dispersen a la población en opciones emocionales sino que la unan tras proyectos bien definidos.
  4. El peligro de la tesis NI/NI. En el escenario internacional el caso Venezolano reproduce el conflicto, ya existente, entre las democracias ‘occidentales’ (EEUU y la UE) y los autoritarismos ‘antioccidentales’ (Rusia, China e Irán, Cuba). En América Latina prevalece la vieja separación entre los gobiernos de ‘derecha’ que no reconocen al usurpador y los gobiernos de ‘izquierda’ que sí lo hacen. Por ahora las condiciones en el escenario internacional nos permite ser optimistas y esperar que pronto finalice la usurpación. Lo que no está claro es el impacto que el escenario de confrontación internacional provocará en la solución (o negociación) definitiva.

En este sentido quisiera hacer un advertencia y un llamado. Recientemente hemos visto aparecer una tesis que se pretende neutra al no reconocerle legitimidad ni a Maduro ni a Guaidó (“autoproclamado”). Esta tesis, inicialmente promovida por países y personalidades aliadas al usurpador —Uruguay y México y ahora por Ernesto Samper— puede (y quizá a conciencia pretende) dinamitar el proceso de transición al despojar a los venezolanos del único líder que en este momento posee credibilidad, carisma y capacidad para dirigir el difícil camino hacia la democracia. Condicionar la salida del usurpador al retiro del liderazgo de Guaidó significaría decapitar a la ciudadanía y exponernos al riesgo de un bazar político, caótico, emocional y sin rumbo.

La posibilidad de que esta estrategia explosiva triunfe dependerá de la oposición misma. Si se imponen los egoísmos y las dudosas legitimidades que algunos se atribuyen (los que tienen experiencia pasada, “burdel” como le gusta decir a Poleo, los que sienten que lo merecen porque han luchado y dejado el pellejo en esto,  o los que simplemente temen desaparecer), entonces perderemos lo ganado.

Pido pues madurez y reflexión, pido desprendimiento y coraje, pido amor y respeto al país, a la Nación y a su gente. Pido, en fin, que profundicemos el respaldo y la credibilidad que ya tiene Juan Guaidó, y que ayudemos a fortalecer su legitimidad hasta que podamos relanzar la democracia con brío y con decencia.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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