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Llámame por tu nombre EL FULGOR DEL MELOCOTÓN, por Miguel Muñoz Garnica

Llámame por tu nombre
Significativamente, el guión de Guadagnino y James Ivory elimina la narración de recuerdo en primera persona que conducía la novela original.

Sobre la proyección de una escultura de Praxíteles, el padre del adolescente protagonista de Call me by your name comenta admirado: «Su perfección tiene algo de provocadora. Como si te incitara a desearla». Pocos resúmenes mejores de la nueva obra de Luca Guadagnino, una de las cintas más luminosas, encantadoras y llenas de jovialidad sincera que van a poblar nuestras pantallas en mucho tiempo. La película se deja bañar por las luces y colores de una Italia veraniega en los años ochenta para contagiar a su espectador el arrobamiento ante el estío puro. Esta estación confluye en su esplendor con el despertar sexual de Elio (Timothée Chalamet), un adolescente que veranea junto a sus padres en una villa del norte italiano y que experimenta una creciente atracción hacia Oliver (Armie Hammer), estudiante siete años mayor que él invitado por su padre a la casa vacacional. En consonancia con el tiempo y el espacio, el romance naciente entre los dos muchachos se rodea de elementos dispuestos para recalcar el encanto del verano: las bicicletas, las vespas, los chapuzones, los bañadores perennes, las luces de anaranjado brillante, los colores vivos, las comidas bajo la sombra de los árboles, la fruta (como los protagonistas) en su máximo apogeo de jugosidad…

Acerca de este último elemento, si seguimos con los símiles artísticos, Call me by your name tiene mucho de los cuadros de la primera etapa de Caravaggio, aquellos en los que tomó como modelo a su amigo (y posible amante) adolescente Mario Minniti. La mirada del muchacho en Niño con un cesto de frutas, el más conocido de la serie, interpela al observador con ese espíritu provocador del deseo, de esa sensualidad de lo juvenil que, más que descaro, denota un apetito genuino de los placeres. Una traducción de esa mirada la encontramos en el magnetismo del personaje de Oliver (especie de versión no trágica del Ralph Fiennes de Cegados por el sol), una atracción irresistible que ejerce no solo sobre Elio, sino sobre sus padres, las muchachas del pueblo y nos aventuramos a decir que la platea. Hammer termina por construir un personaje que es a la vez presencia e incógnita, de permanente frescura e irresoluble en su enigma. El hecho de que sea su ausencia la que marque el desarrollo final de Elio, su primer choque con la inevitable melancolía de la madurez (contenido con elocuencia en el acto de contemplar las llamas de una chimenea), nos permite postular a Oliver como una suerte de personaje-tiempo, una forma de que la idea de presente puro tome forma humana e interpele directamente con el resto de caracteres. Es, por tanto, la misma sensación que Caravaggio quiso inmortalizar en el joven Mario.

Volviendo al cuadro, otro de sus aspectos que podemos relacionar con Call me by your name es su manera de contrariar las simbologías mortuorias habituales del bodegón. Frente a ellas, la forma del artista de pintar los melocotones con tonos cromáticos y texturas similares a la piel del muchacho es una extensión de ese deseo hacia la plenitud de frescura. Pues bien, en una escena especialmente llamativa Guadagnino emula la capacidad de Caravaggio de convertir al melocotón en cuerpo voluptuoso; no por la simbología erótica que uno pueda asociarle, sino por su sensualidad intrínseca. De hecho, este rechazo a la simbología en aras de dejar que cada uno de los cuerpos u objetos que pueblan sus imágenes brille por sí mismo es lo que mejor explica el concepto de belleza que subyace. La apuesta es el impresionismo cinematográfico en todas las vertientes posibles. Aparte de la captura perfecta de un pedazo de luz y tiempo, Call Me By Your Name es una película liberada de cualquier tipo de atadura ficcional. Liberada de un conflicto narrativo demasiado capitalizador, de un discurso temático, o de cualquier atisbo de metáfora. No hay nada en ella que pueda darnos pie al análisis interpretativo concluyente, ni a la etiqueta, y eso es uno de los mayores elogios que podemos regalarle. Todos y cada uno de los elementos que configuran su cuidadísima composición están dispuestos con una ligereza que, en su libertad, no puede ser más acertada.

Quizá el melocotón que mencionábamos sea el ejemplo más evidente de este amor hacia las cosas por sí mismas que el filme convierte en manifiesto, pero esta afirmación alcanza incluso a presencias tan etéreas como el mismo tiempo. Lo podemos entrever en el tratamiento de capas temporales, ligero a la vez que complejo, que propone la película. En primer lugar, la retracción a los ochenta imprime una distancia que configura la condición del relato como cuadro evocador de una realidad que es pasado irrecuperable a la vez que presente vivo. Pasado irrecuperable en lo que implica de recuerdo nostálgico, que podemos asociar tanto a una década como a una etapa vital fuertemente susceptibles de ser idealizadas. Pero presente vivo en cuanto que la sensación de espacio habitable que se nos transmite tiene más arrastre que esa nostalgia (lo cual funciona en paralelo a la función mencionada de Oliver como personaje-tiempo), al menos durante nuestra vivencia del presente fílmico. La nostalgia que se propone es, digámoslo así, un leve susurro de que el tiempo de plenitud que estamos viviendo se nos escurre continuamente entre los dedos, pero que el apego al mismo es también (intuimos) una salvación para el futuro. Significativamente, el guión de Guadagnino y James Ivory elimina la narración de recuerdo en primera persona que conducía la novela original, lo que nos puede indicar un mayor interés en esta vaporosidad entre presente y pasado. En segundo lugar, hay un estrato de capas de pasado mucho más lejanas cuya presencia traza el director casi en sordina. Las callejuelas e iglesias ancestrales del pueblecito transalpino nos remontan a un sustrato cristiano y medieval, las estatuas griegas que estudian Oliver y el padre de Elio son ecos de la época clásica, y la simbología judía aporta una identidad cultural común y muy marcada a los dos protagonistas: es más, Guadagnino juega a convertir esto último en otro elemento de seducción al hacer de la estrella de David que cuelga del pecho desabotonado de Oliver objeto de las miradas cautivadas de Elio.

Todas estas capas temporales, decíamos, son una parte más del complejo nivel de estratos que propone Guadagnino, sugerente por su vaguedad. Esto es, que son capas que sin necesidad de ser explotadas con fines narrativos (o quizá precisamente por eso) encajan con naturalidad en el cuadro. Del mismo modo, la cinta está plagada de referencias culturales hechas por los personajes. Guadagnino, en la línea de Rohmer, crea un espacio definido por la erudición de sus habitantes, sumada a una llamativa pluralidad sociocultural. El padre de Elio, italiano, es un historiador del arte especializado en el período clásico; su madre, francesa, es experta en literatura y la vemos recitar poesía alemana; Oliver, estadounidense, es un discípulo de su padre; el propio Elio se entretiene transcribiendo composiciones clásicas de piano… Lo llamativo es que, con la ubicación en la casa vacacional y la época veraniega, intelectualismo y ocio quedan asociados de forma muy clara. La película hace con ello una defensa de la erudición como otro placer más de la vida, equiparable al descubrimiento de la sexualidad y el primer amor que mueve su relato principal (si es que existe uno). Guadagnino parece incluso personificarse en el padre de Elio, que remata toda esta composición con un pequeño y hermosísimo alegato final a favor del disfrute. Un detalle que nos empuja a reconsiderar el conjunto desde la mirada paternal más tierna, y que da un sentido de trascendencia a la inevitable fugacidad de emociones adolescentes: la entrega total al esplendor del amor estival garantiza una compañía cálida en los futuros inviernos. | ★★★★★ |

LLÁMAME POR TU NOMBRE (Call me by your name), EEUU, 2017. Director: Luca Guadagnino. Guión: Luca Guadagnino, James Ivory, Walter Fasano, André Aciman (novela original). Compañías productoras: Frenesy Film, La Cinéfacture. Presentación oficial: Festival de Sundance 2017. Productores: Peter Spears, Luca Guadagnino, Emilie Georges, Rodrigo Teixeira, Marco Morabito, James Ivory, Howard Rosenman. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Montaje: Walter Fasano. Diseño de producción: Samuel Deshors. Segunda unidad: Ferdinando Cito Filomarino. Dirección artística: Roberta Federico. Vestuario: Giulia Piersanti. Reparto: Armie Hammer, Timothée Chalamet, Michael Stuhlbarg, Amira Casar, Esther Garrel, Victoire Du Bois, Elena Bucci, Vanda Capriolo, Antonio Rimoldi, Marco Grosso.

Publicado originalmente en https://www.elantepenultimomohicano.com

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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