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Liubliana UN VISIÓN PSICOANALÍTICA, por Lucía Morabito

Liubliana 1
‘Liubliana’ es un llamado de alerta para que nadie olvide que nada de lo se hace pasa inadvertido, que todo tiene una consecuencia.

La Librería Lugar Común y la Asociación Venezolana de Psicoanálisis (Asovep) organizan sus encuentros literarios los últimos viernes de cada mes con la participación de destacadas figuras de la crítica y del psicoanálisis. Esta iniciativa ha tenido mucho éxito en sus primeras reuniones, en la sede de Altamira del espacio de libros y conversas. Queremos compartir con ustedes el texto de la psicoanalista Lucía Morabito sobre la novela Liubliana, del venezolano Eduardo Sánchez Rugeles.

Liubliana es una novela que conmueve profundamente porque nos habla de la decadencia de nuestro país, de la decadencia de nuestra sociedad, que se ha llevado a su paso la vida de muchos y la psique de otros tantos.

Describe una generación de jóvenes que, sin haberlo pedido, fueron expulsados de sus vidas y lanzados a un destierro obligado. Muchos de ellos escogieron la emigración como salida, como salida al miedo, a la rabia o al desencanto, con la falsa pero siempre tentadora esperanza, de reconquistar el paraíso perdido.

Digo destierro obligado y aclaro que muchos de ellos escogieron como salida la emigración, porque esta novela también nos habla del destierro obligado que implica dejar atrás la infancia y la adolescencia, para luego aterrizar en un mundo que no se parece para nada al que imaginaron.

Es por ello que la novela de Eduardo Sánchez Rugeles también es una denuncia contra la ingenuidad, contra la pasividad y el conformismo. Es una invitación a crecer, a no dejarse arrastrar demasiado por la tentación a idealizar, a comprometerse con uno mismo, con lo que se es y con lo que se quiere llegar a ser.

Liubliana es un llamado de alerta para que nadie olvide que nada de lo se hace pasa inadvertido, que todo tiene una consecuencia. Por eso leerla conmueve tanto, porque estimula a la reflexión sobre lo que se ha sido, lo que se es y lo que se seguirá siendo, si no se toma conciencia de la propia historia.

En ese sentido leer Liubliana estimula la función psicoanalítica. Y la función psicoanalítica, o el psicoanálisis, es otra herramienta, además de la buena lectura, que ayuda a vencer la ingenuidad, la pasividad y el conformismo.

La emigración, como realidad y como drama, está en la mente de todos los venezolanos. Y así como es la protagonista de esta novela, palpita constantemente en nuestra psique de mil maneras: En unos porque se quieren ir y no pueden, en otros porque no se quieren  ir y no obstante se sienten obligados a hacerlo. En casi todos porque algún ser querido ya se ha ido. En algunos otros porque se sienten culpables por haber impulsado a sus hijos a emigrar cuando tal vez no querían irse o aún no estaban preparados para hacerlo. Unos cuantos sienten rabia porque piensan que quienes se fueron nos abandonaron, o envidia por quienes se fueron y les fue bien. Y así sucesivamente, un sin fin de sentimientos tan variados como variados son los emigrantes y las causas de su destierro.

En todo caso, la mirada psicoanalítica nos permite ver un poco más allá y tratar de comprender cuál es el significado profundo que para cada quien tiene la experiencia migratoria. Cuáles son la razones inconscientes de semejante decisión, independientemente de que resulte o no exitosa. Qué defensas se usan para tolerar el dolor por la pérdida y cómo cada quien mantiene o transforma su identidad para adaptarse y asimilarse al nuevo país. Lo que sí está claro es que no hay manera de dejar atrás lo que somos ni lo que hemos sido. Con eso nos tocará vivir donde quiera que estemos.

“El exilio”, nos dice Sánchez Rugeles,  “está ensamblado sobre la base de un mito: el resto del mundo es un lugar mejor”.

Pienso que la experiencia migratoria y el mito o la fantasía inconsciente que la sustenta podría conectarse, a nivel inconsciente, con el interjuego de dos grandes corrientes que conforman la vida psíquica y que se influyen recíprocamente. Una de ellas seria la forma en que se elaboró el Complejo de Edipo y la inevitable exclusión que conlleva. Y la otra, la manera en que se transitó por el eje narcisista del desarrollo.

Con esa idea en mente, intentaré reconstruir la vida anímica de los personajes de la novela, dándole mayor énfasis, obviamente, a Gabriel y a Carla.

En general, los muchachos del Inírida me hicieron recordar la película Mystic River, dirigida por Clint Eastwood, que iniciaba mostrando la infancia de tres niños, para luego dar paso a lo que cada uno de ellos se convirtió en la adultez. En esa película como en este libro y en la vida misma, las vivencias infantiles son el lugar y el tiempo donde se determina buena parte de lo que será nuestro destino, incluyendo como es obvio, las causas inconscientes de las decisiones migratorias.

Gabriel Guerrero y Carla Ramírez son tristes ejemplos de lo que significa crecer en un ambiente de maltrato, abuso y negligencia. Y maltrato, abuso y negligencia pueden ser sustantivos que califican tanto a una sociedad entera como a la vida infantil de una persona determinada.  Cuando ambos coinciden, el efecto psicopatológico puede tener dimensiones exponenciales.

Por lo general definimos los traumas como eventos puntuales que, cuando ocurren, sobrepasan las posibilidades que tiene una persona para enfrentarlos, en especial cuando ocurren durante la infancia. En consecuencia, generan una conducta repetitiva con la que se busca conjurarlos. Ese fue el caso de Carla Valeria quien, al ser violada por el hermano, perdió la niñez, el candor y la fe.

Inicialmente fue una niña fastidiosa a quien nadie soportaba. Buscaba la atención de sus padres para que la salvaran de los abusos de su hermano. Pero nunca consiguió tener un lugar de cuido y atención verdadera. La iban dejando siempre con terceros que la cuidaran. Solo Gabriel alguna vez la trató con dulzura. Y obviamente en él recayeron sus primeras fantasías amorosas, que podríamos llamar edípicas, pero que quedaron truncadas porque eran irrealizables.

Así, todo lo infantil le parecía cursi y creía que Dios era malo. Su salida inicial fue exacerbar su sexualidad y hacerse promiscua e irreverente para exorcizar el miedo. Ese fue su primer y mayor destierro. Y finalmente usó la emigración para borrar su historia e inventarse una vida nueva. No sabemos si lo logra.

Podríamos pensar que no lo logra, sobre todo porque su proceder estaba cargado de agresión y rabia. Su intensa pero muy corta relación con Gabriel luego del reencuentro por Facebook, nos permite inferir que a nivel inconsciente, seducirlo fue una suerte de revancha, fue como la consumación de una venganza. Y las venganzas, conscientes o inconscientes, sueles despertar culpa.

Pienso que el episodio fue corto porque muy pronto Gabriel se le convirtió en un sucedáneo de Alejandro, del que nunca esperó nada bueno. Al contrario, no hizo sino decalcificarlo y cobrarle ojo por ojo y diente por diente todo lo que ella había sufrido. Esto se le facilitó porque como veremos más adelante, para Gabriel, también e nivel inconsciente, reemplazar a Alejandro era como recuperar el paraíso perdido. Es decir, cada uno compensaba en el otro la realización de sus fantasías más profundas.

Sin embargo, como en todas las parejas, este deseo inconsciente debe permanecer oculto, como un pacto secreto, para que se sostenga la compensación. Es lo que se conoce como el zócalo de la pareja. Cuando por alguna razón este pacto se rompe, se da una descompensación que lleva a una crisis o al fin de la relación.

Pero volvamos a Carla. Desde la eje del desarrollo del narcisismo, Carla Valeria no pudo obtener el amor y el reconocimiento que permite una verdadera autovaloración. Al contrario, como ya dijimos, el que la estuviesen dejando siempre al cuidado de un tercero que no le brindara los cuidados necesarios, junto con la consumación del incesto desplazado en su hermano, constituyó un cóctel letal que la llevó a conductas promiscuas recurrentes que no hicieron sino lesionarla cada vez más.

Volviendo a los traumas, también existen situaciones menos estruendosas que, por ser constantes, generan una falsa sensación de adaptación que puede pasar desapercibida durante un tiempo, hasta que un buen día cobran su efecto patógeno. De esto nos habló Freud con el término alemán Nachträglichkeit, traducido al francés como apré coup, y en castellano como acción diferida o a posteriori.

Para Freud se trata de dos escenas o dos tiempos que se conjugan para constituir un trauma. Ahora bien, Laplanche y Pontalis han recalcado que su primordial importancia no se debe simplemente a una acción diferida, a una causa que permanece latente hasta la oportunidad de manifestarse. Para estos autores, se trataría más bien de una acción retroactiva, desde el presente hacia el pasado, en la que hay una ruptura del tiempo cronológico y de la causalidad mecánica. En su lugar algo hace, de repente, que la causalidad se vuelva dialéctica y la temporalidad cambie. El pasado y el futuro  se condicionan y se significan recíprocamente en la estructuración del presente.

Pienso que este concepto nos sirve para comprender el quiebre psicótico de Gabriel. Sánchez Rugeles nos lo presenta magistralmente al narrar la diversidad de diálogos que coexisten en su cabeza sin miramiento por el tiempo cronológico. Diálogos que al ser recordados en un momento en particular adquieren otra significación y producen un efecto traumático, devastador, psicótico.

Y es que Gabriel Guerrero nos dice que no tuvo situaciones traumáticas en la infancia. Solo recuerda que fue el hijo menor de la Nena Mercedes Guerrero. Pero al rastrear su historia nos va develando que careció de la posibilidad de ir desarrollando un self lo suficientemente cohesionado como para tolerar y adaptarse a todo lo que se moviliza con la emigración.

Su madre nunca lo miró. Nunca le devolvió la mirada generadora del placer especular que todo niño requiere para sentirse especial y auto valorarse. Difícilmente puede un ser humano salir ileso de la circunstancia de haber crecido sin padre y haberse desarrollado a la sombra de una madre tan narcisa como la Nena Guerrero, a quien ni si quiera le gustaba que la llamaran mamá.

Su hermana Isabel se convirtió en la hija gorda y fea de la Nena Guerrero para que su madre no la odiara y la envidiara por su juventud. Hasta que decidió irse y encontrar su camino, convirtiéndose en la antítesis de su madre, quien finalmente logró sentirse orgullosa de ella.

En cambio Gabriel se quedó ahí, soportando y habituándose al trato frío de su madre. Con la ausencia de un padre con quien identificarse y con el agravante de presenciar el trato amable que la Nena le brindaba a todos sus amigos que eran alumnos de su madre, a Gabriel siempre le fue negado algún lugar especial. En consecuencia, su único deseo fue el de convertirse en  un hombre común, ordinario e invisible, para que su madre siguiera brillando y no dejara de quererlo.

Afortunadamente, su colegio como ejército de clones, el Inírida y todos los amigo que allí vivían, la idealización de Alejandro y finalmente su relación con Elena, le dieron la contención necesaria para crecer y desarrollarse y le sirvieron como atenuantes que prolongaron su equilibrio mental.

Pero su entrada a la universidad fue sin pasión. Escogió derecho porque su madre le aseguró que tendría trabajo. Lo mismo ocurrió con la decisión de casarse con Elena, de quien había decidido enamorarse  con la expectativa de felicidad prefabricada. Fue ella quien lo arrastró a España, lo que le vino muy bien para escapar de la muerte de Alejandro y de toda la incertidumbre que su ausencia le dejó.

Entrar en el proyecto de Elena, como sustituta materna, le garantizaba continuidad a su falta de compromiso con la vida ya que, como diría Kohut, el polo de sus ambiciones había quedado truncado por la falta de objetos del self especulares capaces de devolverle una sólida imagen de sí mismo. Total, la vieja adolescencia había quedado atrás como un reino perdido.

Y así consiguió una beca en Cooperación Internacional, para salvar al mundo. Con esa beca, con el trabajo en la ONG y con la redacción por encargo de los libros de autoayuda, logró mantenerse durante un tiempo tanto económica como psíquicamente, a pesar del aburrimiento y decadencia en que se había convertido su matrimonio luego de la depresión que sufrió Elena tras la pérdida del embarazo.

De manera que la aparición de Carla Valeria en Facebook lo sedujo a reconquistar  el paraíso perdido. En sus recuerdos, mientras él era un pendejo que no sabía que lo era, Carla, la niña más bella del mundo, que siempre había estado enamorada de él, se había mantenido viva en el cementerio de la juventud perdida. Mientras Gabriel se sentía representante de un no lugar, de una fantasía aérea, en el que le enseñaron a estar orgulloso de un universo que no le pertenecía, a Carla le echaron el mismo cuento y no se lo creyó.

Carla representaba para Gabriel, además, la posibilidad de acercarse al Alejandro idealizado de su memoria. Pero el sueño le duró poco, porque muy pronto Carla le rompe la ilusión alejándose de forma cruel y sádica.

Cuando Gabriel se enteró de la supuesta violación por parte de Spadaro y creyó que la muerte de Alejandro ocurrió por defender a Carla, eso le produjo la fantasía de que él sustituiría a Alejandro, como Carla misma le pedía cuando era niña, que le decía: Si a Alejandro le pasa algo, ¿tú me cuidas?

Por eso le dolió tanto descubrir que el paraíso de Carla había sido más bien un infierno. Pasado y presente se le confundieron, pasado y presente se resignificaron. Ahora, gracias a Carla, él se convertía en Alejandro, en ese Alejandro idealizado. Y al mismo tiempo, debido al alejamiento de Carla, él no lograba terminar de materializar ese deseo.

Y justo Carla se aleja con indiferencia cuando los referentes externos que estaban dándole contención a Gabriel se comenzaron a quebrar: los problemas en la ONG, el miedo a que a Mariana le pasara lo mismo que a Javier Cáceres, el fraude por parte del dueño de la editorial para la que escribía. Y para agregarle leña a ese fuego lento que se venía cocinando en su cabeza, asesinan a Martín.

La angustia fue mayor a la que pudo tolerar y se psicotiza. Delira con que uno perros lo atacan. Defenderse de todos esos monstruos fue más fácil que defenderse de tanta realidad dolorosa. Su única salida fue psicotizarse para encontrar un suelo donde poner los pies.

El segundo episodio psicótico y quiebre definitivo, ocurrió ya después de regresar a Venezuela,  tras la muerte de su madre, quien le hizo saber que ella nunca se había siquiera preguntado si alguna vez estuvo orgullosa de él. Le dice incluso que el orgullo no sirve de nada. Ni siquiera cercana a su propia muerte, puede esta madre proveerle a Gabriel alguna valoración. Su centro siguió siendo ella misma.

El testimonio de su madre, nos dice Gabriel, lo llevó a percatarse definitivamente, de que él no había sido nada, no había hecho nada. Y esto se vino a sumar a su divorcio, a la despedida definitiva de Carla y su confesión sobre quién había sido realmente Alejandro. Todo esto lo devuelve a la existencia vacía que ya había venido logrando evadir precariamente. En esta ocasión, la crisis psicótica no fue suficiente. Su corazón dejó de funcionar.

Liubliana“El desarraigo no es más que una falsa mudanza. Quizá, aquello que llamamos hogar solo sea una invención de la memoria”. Con esta frase, ya al final de la novela, Gabriel da cuenta de que el desarraigo que sufrió con su emigración y con todo lo que le ocurrió durante aquel lapso en que se psicotizó la primera vez, no fue sino la constatación del desarraigo que ya había sufrido desde su nacimiento y que solo a posteriori pudo resignificar. Y que su hogar o mejor dicho su ‘des hogar’, no había sido sino una falsa invención de su memoria.

La psicosis le proveyó el único arraigo posible. El suelo de Liubliana, único lugar donde se sintió amado y donde pudo esbozar alguna ilusión, fue el lugar donde decidió ir a morir.

Antes de finalizar, detengámonos un poco en los otros muchachos de Inírida:

Alejandro era el más inteligente, el más guapo, el mejor alumno del colegio, al que Gabriel idealizaba. Y resulta que los engañó a todos mientras ultrajaba a Carla por las noches. Es el perverso de la historia. Podríamos pensar que su madre lo enalteció tanto que le hizo creer que él tenía derecho a obtener absolutamente todo.

Martin era el gallo, el dueño del balón, el enano de lentes, el buena gente. Fue el que terminó abaleado por los malandros. Por confiado y descuidado, no supo usar el miedo como señal de alarma para protegerse de la violencia. Podríamos pensar que su madre lo sobre protegió tanto que no le permitió desarrollar defensas apropiadas.

Fedor fue un joven a quien nunca le gustó divertirse y por lo tanto nunca echó raíces en su país. Fue el que emigró sin mirar atrás, asimilándose al nuevo país y denigrando y descalificando todo lo venezolano. Luego de diez años, hasta el humor le había cambiado y la complicidad había desaparecido.

Siempre usó defensas maniacas. No se contactaba con los afectos. No quiso hablar de la muerte de Alejandro. Solo le interesaba el Real Madrid. Y cuando Gabriel lo buscó para contarle sobre su angustia con la situación que estaba viviendo con Carla, de forma muy fría y pragmática le dijo: tú eres un guevón y Carla Valeria una puta.  Probablemente provenía de un hogar en el que no hubo espacio para conectarse con el dolor.

Atilio fue el más y mejor conectado con la esencia de la venezolanidad, es decir, el más arraigado. Fue el único que habiéndose resistido a la tentación de la emigración, se quedó en su país. Era el gordo, oriental, irreverente que se burlaba y le ponía apodos a todos. Atilio era el de los culos, el que nunca perdía la esperanza. Se hizo médico y se quedó trabajando en el Pérez Carreño.

Al final de la historia le dice a Gabriel que su hijo es el último pensamiento que tiene antes de acostarse y el primero que aparece al levantarse. Es la antítesis de la Nena Guerrero. No quiere que su hijo viva en el país que a él le tocó vivir, y por eso se esfuerza luchando todos los días. Podríamos suponer que a su vez, él fue un hijo muy querido a quien se le inculcó el valor del esfuerzo y del trabajo constante.

Para finalizar y para hacerle honor al enriquecimiento mutuo entre psicoanálisis y literatura, tomaré prestada una metáfora de uno de los libros que leímos en el grupo de lectura en el que participamos un grupo de psicoanalistas con la profesora María Dolores Ara. El libro es Tres veces al amanecer de Alessandro Baricco. Y dice más o menos así:  La vida es como un juego de naipes. No se trata de tener las mejores cartas, sino de jugar con las que te tocan, de la mejor forma posible.

El psicoanálisis es una herramienta que nos ayuda a transitar la vida en esa dirección.

*Psicólogo. Psicoanalista, miembro en Función Didáctica de la Asociación Venezolana de Psicoanálisis.

luciamorabito@gmail.com

LIUBLIANA, de Eduardo Sánchez Rugeles. Ediciones B Venezuela, Caracas, marzo 2012. Música de la novela de Álvaro Paiva Bimbo.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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