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Lita Cabellut DEMASIADA HUMANA, por Enrique Viloria Vera

Lita Cabellut 1
Lita Cabellut desarrolla su particular obra plástica con base en un conjunto de series temáticas que le otorgan coherencia e identidad a sus muy disímiles y peculiares exposiciones.

La luna vino a la fragua con su polizón de nardos.
El niño la mira mira. El niño la está mirando.
En el aire conmovido mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna si vinieran los gitanos
harían con tu corazón collares y anillos blancos.

Federico García Lorca

                                                En realidad, mi gran pasión siempre ha sido la psicología.

Lita Cabellut

 

 1. De la calle al museo del Prado y… a los museos del mundo

Manolita Cabellut, mejor conocida como Lita, es una artista plástica española de ascendencia gitana, nacida en 1961 en Sariñena, una pequeña población de la provincia de Huesca. Actualmente, la creadora reside y trabaja en la ciudad de La Haya.

Sin tapujos, alfeñiques ni melindres, la hoy muy reconocida y cotizada artista española, confiesa abiertamente que no conoció a su padre y que su madre ejercía la prostitución. Abandonada a los tres años de edad por su progenitora, quedó a cargo de su abuela materna, quien, mientras estuvo en vida, cuidó de ella.

La artista asevera que fue a la escuela primaria, aunque su rendimiento escolar no fue el más destacado, debido a que padecía de severos problemas de dislexia. A la salida del colegio, Lita afirma que pasaba el resto de la jornada mendigando en las calles de Barcelona. Las Ramblas, La Boquería y Port Vell eran sus lugares favoritos para pedir y obtener limosna.

A los 10 años, luego del fallecimiento de su abuela, fue internada en un orfanato hasta su adopción a los 13 años, por parte de una pareja de acomodados catalanes. Durante ese excepcional y feliz periodo vital, Lita visitaba con frecuencia el Museo del Prado, donde descubrió su verdadera vocación artística, influenciada por la obra de grandes maestros como Goya, Velázquez y, en especial, Rubens.

A sus 19 años, la futura artista se mudó a los Países Bajos para iniciar sus estudios en Ámsterdam, en la muy afamada Gerrit Rietveld Academy, donde su temprana obra plástica se vio influenciada, esta vez, por los grandes maestros holandeses. Progresivamente su propuesta adquirió identidad propia, una factura diferenciada, una técnica de craquelado, de fresco renacentista, muy suya plasmada en lienzos de gran formato de influencia fovista, que le ha permitido efectuar un largo y fructífero tránsito de las calles de Barcelona a los mejores museos y galerías del mundo, como lo atestigua su abultado y selecto currículo.

Efectivamente, desde su primera exposición, en 1978, en el ayuntamiento barcelonés de Masnou, la obra de Lita Cabellut ha sido exitosamente expuesta en variadas e importantes ciudades, como Nueva York, Dubái, Miami, Singapur, Hong Kong, Londres, París, Venecia, Estocolmo, Mónaco, Berlín o Seúl, entre otras, y, por supuesto, en Holanda, donde su obra plástica goza de un incuestionable prestigio y justo reconocimiento

Lita Cabellut
Suponemos que Lita, en la intimidad de su taller en La Haya, mientras pintaba a Camarón con su natural desenfado y el sempiterno cigarrillo en la mano, lo escuchaba, festejando ambos —cada uno a su manera— la gitanidad.

2. Gitana soy

No es un gentilicio que se corresponda con los ciudadanos de un determinado país. Ser gitano va más allá de fronteras y límites físicos, implica una forma de ser, una idiosincrasia que lo define como etnia, como nación, como tierra. En efecto, recordemos que, originarios del subcontinente indio, son también denominados romaníes, zíngaros, rom, sinti, o, simplemente, pueblo gitano. Actualmente se encuentran diseminados por distintos países del mundo, pero, ante todo, son gitanos: franceses, rusos, rumanos, albaneses, bielorrusos, suizos, ucranianos y algunos más, entre los doce millones que se calcula es el monto de la población gitana a nivel mundial.

Como todo pueblo ancestral, los gitanos han desarrollado, promovido y preservado una forma de ser y de entender el mundo. Los estudiosos de la cultura gitana subrayan algunos rasgos distintivos de la etnia: la familia extendida, que no es sólo el pequeño núcleo familiar de mujer, marido e hijos; el disfrute de la vida cotidiana, la fiesta familiar, son motivos de encuentros y festejos; las bodas, los bautizos, la Navidad y la Noche de San Juan son dos festividades muy antiguas ampliamente celebradas. El gitano es fuertemente religioso y solidario con su comunidad, orgulloso de la palabra empeñada, tiene un alto sentido del honor personal y familiar, y de respeto hacia sus mayores; además de ser altamente creativo.

La artista asume —sin tapujos ni rubores— su militante gitanidad y declara: “El gitano es un espíritu libre y la libertad es el acceso a la creatividad y la inspiración, que están siempre en movimiento; y la comunidad gitana también. Y eso es algo que llevamos muy profundamente en nuestros genes. Nuestra gente está siempre preparada a la próxima expedición”.

Uno de los elementos fundamentales de la llamada gitanidad es su música. En España, es el flamenco, danza propia de Andalucía —declarado en 2010 patrimonio de la humanidad—, cuyas principales expresiones son el cante, el toque y el baile propiamente dicho.

El cantautor Camarón o Camarón de la Isla, tempranamente fallecido a causa de un cáncer de pulmón, es indubitablemente uno de los mejores exponentes del cante flamenco, del cante jondo.

Lita Cabellut —Premio de Cultura Gitana de Pintura y Artes Plásticas del Instituto de Cultura Gitana— en reconocimiento a su continuo trabajo realizado en beneficio de la cultura gitana en el mundo —donosa, gallarda, agradecida con el cantao— afirma con humildad y sin fingimientos: “quisiera pintar como Camarón canta”.

Y así lo hizo. Los dos artistas se juntaron para no separarse más, en Berlín, en la esplendorosa exposición homenaje que la pintora —contadora de cuentos— le rindió a José Monje Cruz, el gaditano nacido en San Fernando, el gran Camarón de la Isla.

Suponemos que Lita, en la intimidad de su taller en La Haya, mientras pintaba a Camarón con su natural desenfado y el sempiterno cigarrillo en la mano, lo escuchaba, festejando ambos —cada uno a su manera— la gitanidad.

Ya no puedo aguantarme 
Y ni vivir de esa manera
Porque yo no puedo 

Porque yo no quiero ni aunque Dios lo quiera
Porque ya no puedo ay porque yo no puedo ay
Porque yo no puedo vivir sin ella

Soy gitano y vengo a tu casamiento
A partirme la camisa, la camisita que tengo
Yo soy gitano y vengo a tu casamiento
A partirme la camisa que la tiñieron

Ay me retiro, del esparto yo me aparto
Ay que del olivo me retiro
Ay del sarmiento me arrepiento
De haberte querío tanto
Ay qué del olivo me retiro

Soy gitano y vengo a tu casamiento
A partirme la camisa, la camisita que tengo
Yo soy gitano y vengo a tu casamiento
Me parto la camisita, la camisita que tengo

Y a mí me gusta saborear
La yerba la yerbabuena
Un cante por soleá
Y una voz quebrá y serena
Una guitarra y tus ojos
Ay al laíto de una candela

Soy gitano y vengo a tu casamiento
A partirme la camisa, la camisita que tengo
Yo soy gitano y vengo a tu casamiento

Lita Cabellut y Coco Chanel
Chanel afirmaba tajantemente que “la moda no existe sólo en los vestidos. La moda está en el cielo, en la calle, la moda tiene que ver con las ideas, la forma en que vivimos, lo que está sucediendo”.

3. La moda siempre

Lita Cabellut desarrolla su particular obra plástica con base en un conjunto de series temáticas que le otorgan coherencia e identidad a sus muy disímiles y peculiares exposiciones.

Una de esas idiosincrásicas series, nuestra artista la dedica a una de las mayores exponentes de la moda en el mundo: la celebérrima Gabrielle ‘Coco’ Chanel, en justo reconocimiento a la obra —informal, cómoda y sencilla— desarrollada por la diseñadora francesa por antonomasia, quien también fue criada, a semejanza de la artista, en un apartado orfanato regentado por desprendidas monjas galas.

Recordemos que cuando Gabrielle, la futura Coco, contaba con sólo once años de edad, su madre murió a sus treinta y un años, a causa de una incontrolable bronquitis, después de haber malvivido muchos largos años en duras condiciones de miseria, oscurecidos por severos episodios de asma bronquial. Su atribulado y desolado padre —sin más opciones—  confió  a sus tres hijas al  cuidado del monasterio de Aubazine, sito en  Corrèze, cuya orden religiosa, La Congregación del Santo Corazón de María, tenía como solidaria misión “asistir a los pobres y rechazados, incluyendo la gestión de hogares para niñas huérfanas y abandonadas”. Gabrielle y sus hermanas permanecieron recluidas en el orfanato de marras, donde —además de recibir una estricta disciplina personal— aprendieron a coser, zurcir, remendar, bordar a mano y planchar.

La propia diseñadora afirmaba sin ambages que “durante mi infancia sólo ansié ser amada. Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque en el fondo, ya estaba muerta. Sólo el orgullo me salvó”. Los sentidos retratos que Cabellut dedica a su Coco Chanel son, indudablemente, un póstumo y verdadero acto de amor.

Las convenciones gnoseológicas son pacíficas al definir lo que debe entenderse por moda, es decir, el arte del vestido, de la confección de prendas sobre la base de parámetros funcionales y estilísticos, tanto en ropa de diferente finalidad y género, como también en muy variados accesorios, sombreros, guantes, pañuelos y bufandas, cinturones, bolsos y carteras, zapatos, perfumes y colonias,  y anteojos de sol.

Con el transcurso del siglo y los renovados cánones de consumo, la moda ya no es sólo una necesidad, una vestimenta utilitaria, una protección contra la intemperie y las inclemencias climáticas. En nuestros tiempos, ahora es un signo incontestable de distinción y diferencia. Coco Chanel —sabia e intuitiva— así lo entendió, saboreó y predicó: “El lujo es una necesidad que empieza cuando acaba la necesidad”.

Chanel afirmaba tajantemente que “la moda no existe sólo en los vestidos. La moda está en el cielo, en la calle, la moda tiene que ver con las ideas, la forma en que vivimos, lo que está sucediendo”. Y también en la forma en que pintamos y retratamos” Así lo entiende a cabalidad Lita Cabellut en esta afectuosa serie, que es también merecido homenaje a las otras diseñadoras de moda que, con sus creaciones, han marcado hitos y rumbos en la historia de la vestimenta y los accesorios, tanto femeninos como masculinos.

 

  1. La feminidad destacada

Emmanuel Mounier, el pensador francés creador de los conceptos de Personalismo y Comunitarismo, sostenía que “el gran proletariado del siglo XX” era la mujer. Sobrada razón tenía – y sigue teniendo – en una sociedad machista, viril, que le otorga mayor relevancia a un sexo sobre el otro; el género femenino ha debido remontar obstáculos, barreras, prejuicios –  y hasta violencia física -, para conquistar el sitial destacado que hoy ocupa en la sociedad contemporánea.

Nuestra artista, sin feminismos estridentes o excluyentes, se vale también de la figura femenina para desarrollar y profundizar su particular propuesta. Mujeres de toda índole, destacadas o no, amas de casa, madres, hijas, amigas o amantes, según el cas, son motivo suficiente para que la mano y el pincel de la coqueta gitana las vista, las atavíe, le coloque abalorios, lentejuelas y accesorios, y las peine muy vistosamente para que no pasen desapercibas ni ante el espejo, ni ante la mirada masculina que las escruta y admira, haciéndose eco de la pregunta que Freud se planteó durante más de treinta años de investigación sobre el alma femenina:¿Qué quieren las mujeres?.

Irena, Mariana, Freya, Azula o Eliza ocupan —con toda su deformada y expresionista feminidad— papeles y lienzos de la artista sinti; acompañan todas a dos heroínas, quienes también son de nuestra admiración por las huellas incontestables que cada una ha dejado en el convulso y complejo mundo del arte y del espectáculo: Frida Kahlo y Edith Piaf.

frida Kahlo por Lita Cabullet
“Frente a las representaciones oníricas o al automatismo psíquico de los surrealistas, los numerosos símbolos que Frida Kahlo introduce en sus cuadros poseen significaciones precisas y son producto de la actividad consciente.

Frida Kahlo, denominada cariñosamente La Perla Negra, en la exposición que la pintora española dedicó a la mexicana, quien no pudo prever la demoledora embestida del tranvía que la dejó lisiada de por vida. Solidaria y mimética, Lita comenta. “De alguna manera, yo también he tenido una columna rota en el alma y también he encontrado la manera de usar ese hándicap y de aceptarlo como un don”.

Su perla negra es representada como fue en vida: atrevida, coqueta, irreverente, apasionada, cejuda, terca y obstinada, vistiendo huipil y rebozo, de frente, de perfil, de espaldas sin avergonzarse de sus dos muletas, surrealista, acicalada con flores en el pelo para seducir a Diego, su ‘panzón’, con el corsé o sin él… dolida in extremis por un aborto repentino y no deseado.

Los estudiosos de su obra —como lo hizo la propia Lita durante largo tiempo—afirman:

 “Frente a las representaciones oníricas o al automatismo psíquico de los surrealistas, los numerosos símbolos que Frida Kahlo introduce en sus cuadros poseen significaciones precisas y son producto de la actividad consciente. Su obra se origina y procede de una continua indagación sobre sí misma, y manifiesta los estados de ánimo de forma precisa y deliberada, materializando las oscilaciones entre el sufrimiento y la esperanza. El carácter simbólico de su pintura da cauce a la expresión vehemente de una personalidad apasionada para la que el arte es desafío y combate, lucha violenta contra la enfermedad, pero también repliegue ensimismado hacia su yo interior y huella del reconocimiento doloroso de su identidad maltrecha”.

De idéntica forma, Cabellut rinde homenaje a Giovanna Gassion, nuestra Edith Piaf, llamada con toda justicia môme Piaf, pequeño gorrión. Tanto Frida como Edith, comparten —por unas razones u otras— una vida accidentada. Recordemos que, en el caso del futuro gorrión francés, sus biógrafos señalan:

“Hija de un contorsionista acróbata y de una cantante de cabaret, su infancia fue triste. Sus padres se separaron muy pronto; la madre, alcoholizada y enferma, dejó la custodia de Edith a su marido (también alcohólico) y a una abuela paterna. Dada la precaria situación económica de la familia, Edith tenía que ganarse unas monedas cantando en calles y cafés de París. La situación empeoró cuando Edith, con 16 años, se quedó embarazada. En 1932, tuvo una hija a la que llamó Marcelle, quien murió a los dos años. La vida de la cantante quedó marcada por esta tragedia. Siguió cantando en cafés y clubes de la calle Pigalle, en el mundo que rodeaba a los barrios menos recomendables del París de la época”.

Lita pinta y dibuja el rostro y el alma de Edith: la muestra trinando, débil y frágil, valerosa y desafiante cuando debe, muerta prematuramente como Camarón de la Isla, sentenciando suficiente y orgullosa que, a pesar de todo lo sufrido y lo gozado, en fin, de lo intensamente vivido: Non, je ne regrette rien.

Estas féminas, mujeres de museos y teatros tomar —en compañía de las otras heroínas de la pintora—, forman parte de ese selecto y escogido grupo de mujeres que hacen de la obra de Lita Cabellut un jardín florido, un edén multicolor, un femenino paraíso coloreado.

5. Una visión completa de lo humano

Nuestra artista asume al ser humano en toda su extensión, lo retrata y lo decortica, le hace un daguerrotipo y una placa radiográfica, lo viste y lo amortaja, es pintora y forense, usa indistintamente el pincel y el bisturí en su taller que también es quirófano. Como Leonardo Da Vinci, ingresa furtivamente en morgues y depósitos de cadáveres a fin de practicar vivisecciones pictóricas, entender a cabalidad lo que anida más allá de la epidermis, y familiarizarse con músculos, nervios, tendones, huesos, órganos y vísceras. Lita Cabellut comunica cuál es su intención pictórica: “llevar al ojo, aquello que el ojo no ve”.

Sus retratos son duales, por un lado, aprehende la esencia del personaje que la emociona y, por el otro —con una especie de visión de rayos X— pone en evidencia lo que se oculta detrás del cuerpo y del rostro, sin maniqueísmos, se sumerge en lo bueno y en lo malo, en lo bello y en lo feo, en lo que tranquiliza y también en aquello que intimida o amedrenta. La artista explica: “he podido pintarlo todo: la fealdad, la crueldad, la ternura, todos esos elementos…Tienes que pensar que somos como un pulpo; tenemos tentáculos que necesitan tocar todo tipo de emociones. Con mala suerte habrá tentáculos atrofiados, porque no se han rehabilitado o no han tenido el espacio adecuado. Yo he podido utilizarlos ampliamente con mi trabajo”.

Ciertamente que sus personajes de gran formato —viva expresión del talento y la creatividad humana— son ellos en toda su dimensión existencial. Chaplin —el gran e incomparable Charlot—; Einstein, el judío exiliado que conmovió al mundo científico con su visionaria fórmula de la energía; Nietzsche con su Dios muerto; y hasta el mismo Dios hecho hombre, Jesucristo, son develados, descubiertos, revelados, desde la particular representación pictórica propia de Cabellut. No pierden su esencia ni sus rasgos, como tampoco lo hacen sus gitanos, los indigentes de la gran ciudad, el nómada y el sedentario; todo lo contrario, los conservan y modifican a la vez, mientras adquieren otro aire, otro soplo vital, un aliento de solemnidad que el demiurgo femenino de La Haya les otorga.

Aquello que no se ve, lo subrepticio, lo recóndito, del ser humano, lo protegido por la piel que sólo es visible mediante el uso de endoscopias, mamografías, tecnología TAC o se evidencia en las complicadas mesas de tomografía computarizada, los escáneres incluso, está expuesto, sin más, en los retratos desollados de la artista, en su Disturbance, donde muestra y exhibe las intimidades de hombres y mujeres, quienes, despojados de su vestimenta, atavíos, adornos y accesorios, son distintos, ajenos, a veces poco reconocible, incluso  por ellos mismos.

Un excelente ejemplo de la pintura forense de Cabellut es el torso humano que representa usando diversas técnicas: escultura, pintura y gráfica. En esta emblemática obra de la creadora, especie de tratado de anatomía, todo, todo, está al alcance del ojo del conmovido espectador: costillas, órganos, vísceras, el cerebro, los dos intestinos, el colón, el páncreas, los riñones y el hígado de ese cadáver exquisito, amputado, del que sólo contemplamos medio rostro incrédulo y desolado.  El retratado, además, para su mayor desconsuelo, no sabe ni intuye, que va a pasar a los anales de la historia del arte contemporáneo.

Hay vida porque hay muerte, somos seres hechos para la finitud, nuestro destino es la defunción, la despedida, el último adiós a los rumbos de este mundo a fin de acceder – esperanzadamente – a otro que aún nadie conoce con certeza. La artista también lo sabe, sin resignaciones pacatas, consciente de esta realidad, Cabellut —sin miedos ni melindres—, valientemente, convoca a la Muerte a su taller, para pintarla y mostrarla como es: cruel, despiadada, implacable, desconocedora e incapaz de otorgar plazos o extensiones al existente, calculadora, paciente y vigilante. La muerte que retrata la artista es colorida; bien ataviada, no se corresponde con la tristeza y pesadumbre de velorios, funerales, llantos, trajes y crespones de luto.

Lita Cabellut conoce igualmente que el ser humano está, desafortunadamente, hecho para la guerra y no para la paz. Los conflictos ancestrales y actuales son vivo y doloroso ejemplo del apetito de ocupación, muerte y destrucción que anida en lo más profundo del corazón del hombre. Guerras de todo tipo y por cualquier razón, ha experimentado la atribulada Historia de la Humanidad, desde la conquista territorial para expandir los imperios, hasta las más recientes que buscan adueñarse de los recursos naturales de los países menos favorecidos: llámese petróleo, pronúnciese oro y plata, denomínese diamante, esmeralda, coltan o uranio.

Conocedora de los signos de su tiempo, la artista está al tanto del valor estratégico del agua en el siglo XXI: sequías, erosión, tala descontrolada, falta de lluvias, ausencia de recursos hídricos, de pozos, acueductos y represas, condenan a un sin número de habitantes del planeta a consumir, enfermarse y morir por el consumo de agua contaminada; ansían saborear un vaso de agua fresca y potable.

En el reciente Rossini Opera Festival celebrado en Pesaro, Italia, una vieja ópera de Rossini sirvió de soporte musical para denunciar esta dramática situación mundial. Nuestra artista desempeñó un papel protagónico y fundamental. En efecto, en la mise en scène de la opera Le Siége de Corinthe, la pintora de La Haya, se reveló como una verdadera y probada artista multifacética. Leamos con atención lo recogido por la prensa internacional, en este caso por el ABC de España, sobre el éxito de esta representación:

 “Para esta ópera, Carlos Padrissa, ha ideado un escenario que representa un desierto, con una estructura cargada de gran simbolismo y de gran fuerza visual: Se ha montado una especie de paneles con 2017 botellones de agua, un número que alude al año en curso, al momento histórico que vivimos. Constituyen un muro en el cerco de los turcos a Corinto, ciudad del Peloponeso en Grecia. Padrissa explica el simbolismo: «Los turcos que asedian disponen del agua, mientras los griegos asediados tienen la sed. El agua es una frontera: Por un lado, roja; por el otro, azul. La guerra primigenia es la guerra del agua, porque quien es dueño del agua tiene el poder». La versión de «Le Siège de Corinthe» es la que realizó Rossini para el estreno en París en 1826, que constituyó un enorme éxito. La guerra de independencia griega estaba muy de moda en aquellos años entre los franceses, muy sensibles a las razones de la libertad entre los pueblos. Tuvo tal repercusión que fue representada más de 100 veces en París, desde el 1826 al 1839. Esta ópera, como buena parte de las obras maestras de Rossini, ha sido modificada por intérpretes y directores de orquesta. La realizada por el director de La Fura tiene 20 minutos más de duración, porque se han añadido páginas inéditas de la partitura. Carlos Padrissa ha contado con la colaboración de la barcelonesa Lita Cabellut, artista multidisciplinar, que para esta obra ha pintado 10 grandes cuadros, ha hecho los decorados, el vestuario y un video que se proyecta sobre una pared de 100 metros. Dos de los cuadros representan la vida y la muerte, y los ocho restantes a diferentes partes del mundo, dando un peso a los valores éticos del hombre. El resultado es una escenografía extraordinaria, a 360 grados, envolvente para el público, que se ve «metido» en el escenario, rodeado por los intérpretes y la música”.

Ciertamente a Lita Cabellut:

Nada de lo humano le es ajeno.

6. Un ecumenismo necesario

La ancestral e inveterada Guerra de los dioses sigue vigente en el siglo XXI.  Insistimos, el ser humano, incluso el más fervoroso creyente, no duda en empuñar armas y artilugios de toda índole para exterminar, apresar, exiliar, a los que no comulgan con sus creencias religiosas.

 Pogromos, crucifixiones, hogueras y azotes, torturas y sambenitos, inquisición, conversión obligada, genocidio, sionismo, holocausto, estigmas, intifada, solución final, apedreamiento y lapidación, guerras fratricidas, confesiones obligadas, han sido la expresión de la más inhumana intolerancia religiosa a lo largo de la Historia del hombre.

Nuestra artista reacciona vivamente contra ese espejo ciego, contra ese Blind Mirror, que impide que el hombre se refleje en su semejante, que el ser humano se sienta verdaderamente próximo prójimo. Cabellut. en su exposición en favor del ecumenismo y la tolerancia, propone —sin saberlo— la creación de una Organización Religiosa Unida (ORU), especie de ONU confesional que no pretende la conciliación de los rivales, apoyándose en un batallón de soldados de cascos blancos, sino apuntalada por feligreses comprometidos con el respeto y el reconocimiento del desemejante, del diverso, del distinto, del contrario, en una muy genuina y humana predica de la otredad.

A su cónclave pictórico verdadero concilio ecuménico, la artista convoca a los máximos representantes de las religiones monoteístas que adoran un mismo Dios de nombres distintos. A la mesa de conferencias de su pintura acuden – despojados de prejuicios-, los llamados a ser los paladines de la tolerancia religiosa, a saber:

  • El Rabino: Doctor de la ley judía que funge de Jefe espiritual de la comunidad judía y que tiene, entre sus funcione, interpretar las Sagradas Escrituras, instruir a los jóvenes, predicar sermones, celebrar bodas.
  • El Shaman: Intermediario privilegiado entre el mundo natural y espiritual, que viaja entre los mundos en un estado de trance. Una vez en el mundo de los espíritus, se comunica con ellos para conseguir ayuda en la curación, la cazao el control del tiempo.
  • El Pope: Sacerdote mayor de la Iglesia ortodoxa griega.
  • El Califa Príncipe musulmán que, como sucesor de Mahoma, ejerce la suprema potestad civil y religiosa en todo el imperio islamita.
  • El Papa: Obispo de Roma, cabeza visible de la Iglesia Católica, Cabeza también del Colegio Episcopal; Soberano del Estado de la Ciudad del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Mientras todos deliberan buscando necesarias y urgentes soluciones a la mutua intolerancia religiosa: un derviche danza frenéticamente y levita para acudir al encuentro con su Señor; un monje budista – acurrucado – toca motonamente su fuurin, su campanilla del viento.

 ¡A lo lejos, un tanto escéptico y suspicaz, un agnóstico fuma y sonríe!

 

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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