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Yo fui chofer de Dillinger PERSONAJES DE UTOPÍAS, DISPARATES Y OTROS TRUCOS CON MUCHO CINE Y AMOR, por Alfonso Molina

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Insólitos personajes moran las historias de Concari

Entre cine y literatura se borran las fronteras. No compiten. No guardan deudas entre sí. Albergan las más conocidas artes narrativas, que llaman. Aunque en rigor lo que hace Héctor Concari en Yo fui chofer de Dillinger es literatura, no cine. Literatura alimentada por el cine y la curiosidad ante situaciones insólitas y pasajes extraños, germinada por viejos personajes que transitan sus vidas como en una película.  Ocho relatos que aparentemente no guardan articulación entre sí pero que pronto desbordan sus fronteras y se relacionan incluso con su otro volumen de cuentos titulado Fuller y otros sobrevivientes y con su novela De prófugos y fantasmas, ambos trabajos publicados por Literatura Mondadori en 2005. De hecho, personajes como Davar y la Sheridan se desplazan de uno a otro libro con comodidad, con pertenencia, como un guiño de complicidad. El cine, la utopía, la política, la persecución, la cárcel, la libertad, las memorias, un hotel y el más célebre de los tintos de Borgoña ceden el paso a nuevas historias cargadas de amor, tristeza y cierta necesidad de reivindicar la existencia. Gota a gota se desprende Yo fui chofer de Dillinger.

Este montevideano arraigado en el trópico desde hace muchos años es hoy el crítico de cine del diario Tal Cual, pero actúa además como gerente un hotel cinco estrellas. Licenciado en filosofía, se declara amante del vino y de las buenas historias de perdedores irrefrenables y románticos al borde del suicidio. Sus narraciones —largas, cortas—  guardan una unidad interactiva entre sus personajes y temas, con el cine siempre presente, para elaborar historias donde la imaginación reta al registro histórico. Escritas en primera persona, marcan la inclusión de realidades conocidas, de procesos políticos identificables, de personajes que bordean la advertencia aquella de “ se han cambiado los nombres para proteger a los inocentes”.

El cuento que da título al volumen, por ejemplo, establece un vínculo entre un venezolano que no sólo se unió a las filas del célebre gángster en EEUU, a principios del siglo pasado, sino que lo albergó en la Venezuela gomecista a donde vino a parar para escapar del FBI. Una fantasía de tono realista en primera persona, a la manera de un recuerdo que adquiere la precisión de un asaltante de bancos profesional. A mitad de libro surge Un viento frío a las puertas del hotel Algonquin, insólito relato que observa —desde la perspectiva de un guionista de cine preso en una cárcel de Connecticut— la pasión de Josef Stalin por el cine y su obsesión por matar a John Wayne, cuya retórica anticomunista era una amenaza para la Unión Soviética. Lo que el temible Beria pensara en su centro de inteligencia y traición o lo que significaron las denuncias del maccarthismo en una Norteamérica temerosa de los “rojos”, son elementos que otorgan verosimilitud a una historia improbable pero fascinante.

Tan fascinante e improbable como Blane en flashback, una veintena de páginas que presenta la inventiva de un venezolano capaz de generar los recuerdos que cada persona necesita a través de un curioso software que me recordó lejanamente al Philip K. Dick de Podemos recordarlo todo por usted y al mismísimo Bioy Casares en La invención de Morel. Blanes es un perdedor insistente al servicio de la revolución en su lucha contra el imperio. Otro revolucionario, a su manera, es el suizo Karl Inderbitzin que habita en Orinoco Karl, nueva versión de la demencia generada por el trópico en las mentes ordenadas de la vieja Alemania.

La “conciencia revolucionaria” en estos venezolanos tiempos que corren sigue presente en Como en una película de Sam Peckinpah, suerte de burla descomunal de los mitos del cine —expresados a través de la irreverencia del cineasta gabonés Mobutu Ngema, mimado de Cahiers du Cinéma— en el marco de un proceso político que requiere legitimación cultural con el primer western bolivariano y tercermundista. Un poco antes, Vértigo en Sabana Grande da cuenta de la nostalgia de una Caracas que se marchó, de una amistad unida por el cine y de una película célebre que tuvo un origen literario francés que a nadie le importa. Sólo al que lo sabe.

Finalmente, dos textos cortos y preciso ilustran la grandeza femenina y creativa de Liv Ullman en Liv y los recuerdos de un tío lejano que sobrevivió a la deroota de yuna guerra en 1914 que se hallan en Caporetto.

YO FUI CHOFER DE DILLINGER. Héctor Concari. Random House Mondadori, Caracas, 2008. Colección Literatura. Mondadori. 151 páginas.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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