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Letras EL AJUSTE DE CUENTAS DE EDUARDO LIENDO

Eduardo Liendo 1
Liendo despide a Lenin, su propio fantasma

Un ajuste de cuentas consigo mismo. Tal vez tardío, cierto, pero siempre importante. Los fantasmas son impertinentes, ya se sabe. No piden permiso para entrar. Simplemente se instalan y manifiestan su presencia. En la página 115 de El último fantasma, su personaje central llamado Felisberto, un escritor en sus sesenta y con un pasado político muy definido, se refiere a la caracterización de esquizofrenia que “por casualidad, por mera casualidad, me tropecé en una página de una revista con un artículo de divulgación informativa, que supongo fundamentado en investigaciones serias…” A continuación lee y comparte distintas consideraciones sobre la esquizofrenia que le permite establecer distancia consigo mismo.  Lo cual no es otra cosa que la justificación científica de su diálogo incansable con el fantasma del camarada Vladimir Ilich Ulianov, universalmente conocido como Lenin, convertido en un huésped inevitable. En la ausencia de Fabiola, su esposa, este narrador —que ha renunciado a contar, o sea, que ha incurrrido en «un suicidio de la imaginación»â€” enfrenta a su conciencia en un reto largamente diferido pero inexorable. Al final, más allá de los sueños y las realidades, se evidencia la necesidad de un control médico. De la mente, de la memoria, de la vida. Todo gracias a este ajuste de cuenta que Eduardo Liendo propone de manera franca, como una confesión, en su más reciente novela que marca una cierta distancia con su obra previa.

Tras cinco whiskys en un bar del vecindario, Felisberto regresa a su apartamento añorando a su amada Fabiola, de viaje por Italia. En la soledad de su hogar descubre la presencia del fundador de la Unión Soviética, vestido a la usanza de sus mejores años, quien después de saludar con un dobry vecher, tavorich a un escritor caraqueño —que en la ficción y la realidad vivió y estudió en la URSS a finales de los sesenta— como una forma de abrir un diálogo mucho más amplio y también más íntimo. Diálogo que adquiere dimensiones más dramáticas, tal vez más críticas, pero siempre comprensivas. Liendo se franquea y comienza a ofrecer pistas, referencias, remembranzas y homenajes que no buscan nutrir la ficción sino develar los secretos de la realidad. Que este Felisberto de la ficción sea una representación del propio Liendo es algo más que probable. No hay intención de ocultarlo. La novela se edifica como un diálogo continuo que se aproxima al detalle histórico y a la reflexión a posteriori sobre aquel experimento social y político que cruzó determinantemente buena parte del siglo XX.

A diferencia de sus obras que más admiro —El mago de la máscara de vidrio, 1973, Los platos del diablo, 1985, Si yo fuera Pedro infante, 1989, Diario del enano, 1996, o El round del olvido, 2002— encuentro en El último fantasma la necesidad de hablar en primera persona, con tono de confidencia, en busca de quien quiera escuchar —es decir, leer— confesiones largamente atesoradas y no compartidas. Pone de relieve el profundo conocimiento del personaje —que parece ser el mismo autor— en torno del periodo histórico que terminó por dividir el mundo en dos grandes potencias.  Felisberto recuerda sus años en la sociedad soviética, mientras Lenin intenta justificar sus errores y sus crueldades desde la perspectiva del revolucionario, es decir, desde la leyenda. El fantasmón con la calva y la barbita del fundador de un sueño que devino en pesadilla es apenas un sparring en un cuadrilátero que no tiene contendiente. Felisberto y Lenin hablan, discuten, disienten, incluso se pelean, pero guardan una suerte de respeto y de cariño que sólo se manifiesta entre tavarichs. Hay mucho humor en la narración, salpicada de ironía pero también —¿por qué no?— de nostalgia. Más que una novela tradicional, insisto, se trata de un ajuste de cuentas consigo mismo.

Aunque en una primera instancia El último fantasma se halla signada como la novela de una presencia —de la historia, de la memoria, de las ideas, de la utopía— que se “materializa” en el revolucionario ruso, un poco más allá, en una lectura más atenta,  se redefine por una ausencia. El texto de Liendo comienza y termina con Fabiola, es decir, con el amor, la reivindicación afectiva y la exteriorización del ser. Cuando Fabiola se marcha comienza la visita del fantasma. Cuando ella regresa, la visita es pasado. Felisberto ajusta sus cuentas en ausencia de su esposa, quien también tiene un pasado político, quien también padeció la «vejez de sus sueños», quien también tiene derecho a su propio ajuste de cuentas. Cuando ella regresa, la cotidianidad acude como recurso de salvación.

Novela hermosa, amorosa y amable, El último fantasma evade las tentaciones de la moda y se conjuga en un verbo más íntimo, más personal, más intransferible. Liendo le habla a Liendo. Nosotros escuchamos. Yo lo aplaudo.

EL ÚLTIMO FANTASMA, Eduardo Liendo. Alfaguara, Editorial Santillana, Caracas, 2008.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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