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Las horas claras LAS VOCES MÚLTIPLES DE JACQUELINE GOLDBERG, por Alfonso Molina

Jacqueline Goldberg 1Este texto —también podríamos decir muchos textos— se desplaza del poema en prosa a la narrativa breve, de la alusión metafórica a la concreción significativa, incluso de una crónica lejana a la precisión de una relación epistolar. Las horas claras se edifica con una mezcla de líneas expresivas más allá de los géneros y propone una comprensión global e integradora, a la vez, sobre un proceso personal en el marco de un periodo histórico muy difícil. Texto único y múltiple —como las voces de su autora Jacqueline Goldberg— cuya rica dimensión le valió el premio del XII Concurso Anual Transgenérico hace exactamente dos años, en diciembre de 2012, de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, firma editorial encargada de su publicación hace unos meses.

Cuando se habla de la trayectoria de la escritora zuliana surgen sus trabajos en la poesía, el ensayo, la crónica, el relato infantil, la dramaturgia y la narrativa. Incluso, a la hora de leer su obra premiada, recuerdo sus textos gastronómicos. Por eso no sorprende la estructuración de Las horas claras, al amparo de una concepción global de sus párrafos. En su nervio central se define la figura de Eugénie Thellier de La Neuville, conocida como Madame Savoye, a principios del siglo XX. Una mujer de la alta burguesía francesa solicita al arquitecto suizo Charles Édouard Jeanneret-Gris, después conocido como Le Corbusier, la construcción de la Villa Savoye, obra clásica levantada en Poissy, Francia, en 1929. Esa casa constituye el espacio donde moran los sueños, los miedos, las angustias y las incertidumbre que horadan la vida de esa dama en tiempos muy duros. En la Europa que anuncia los albores de la Segunda Guerra Mundial se desarrolla este sutil manejo de un tránsito apasionante con la combinación de genialidad y decadencia, locura y racionalidad, como una especie de maldición que involucra a sus gestores.

Según la presentación que escribió Victoria de Stefano, narradora a quien respeto y admiro, en sus páginas:

se dan cita la ficción novelesca y la historia, historia real, que es el núcleo y corazón de lo narrado, e historia imaginada, la que se desprende como un convincente pudo haber sido de ese punto del pasado revivido y revelado. La historia real: la casa vacacional y fallida, sometida a los avatares de las obras construidas por los humanos a la par o contra la naturaleza y el tiempo, que Madame Savoye, Eugénie Thellier de La Neuville, hizo construir en Poissy por el afamado arquitecto suizo y teórico de la modernidad en arquitectura Le Corbusier (…) Pero como Jacqueline Goldberg, aquí en función de narradora, es poeta, tendremos que las imágenes, los símbolos, las asociaciones, además de la línea verbal y la impulsión afectiva de la frase, que no deja de deberle mucho a su estro poético, nos sirven de hilo conductor y multiplicador de significados entre los altos y bajos y las desgarraduras íntimas de Madame Savoye y su proyecto edilicio, un utopos como fuga en el tiempo y el espacio en pos de las horas claras”.

Las horas claras —en una nota anterior Ideas de Babel la bautizó de manera errónea pero azarosamente poética Las hojas claras— se desliza literalmente de página en página en una aventura narrativa que no se conforma con contar una historia, Más bien formula acertijos, coloca pistas, separa evidencias y lanza un reto al lector. No es un roman de gare, como dicen los franceses, sino todo lo contrario: una enorme interrogante sobre las posibilidades del lenguaje. Por eso es una aventura con fluidez incesante.

10

Quiso una casa para no extraviarse. Para dejar ventanales abiertos y que entrase la roja noche de agosto, el vocerío llorado de ciertas familias, algún pájaro, el vaho del Sena.

Deseó una villa de verano como una fe. Y así le fue concedida.

El marido accedió a regañadientes. No se discutió el lugar. Buscarían un terreno, un arquitecto.

Madame Savoye lo vislumbraba todo. Sabía cuántas serían las puertas y los pasillos. Estaba claro que la cocina miraría hacia el jardín, que habría una terraza, un baño enorme, un vestíbulo para recibir a los huéspedes.

También reconocía cuán lejos debía estar esa casa para que la salvase del desierto”.

Las horas ClarasEn este décimo capítulo de sus textos, Goldberg define la situación dramática en la que se ubica el personaje, su historia y su relato. De esta manera, de forma secuencial, página a página, va prefigurando y posteriormente confirmando un curso de su relato, heterogéneo en su interior pero muy bien articulado por la vía de un trabajo minucioso de escritura y corrección donde se evidencia su condición de poeta y narradora. No sería exagerado afirmar que cada párrafo es producto de una revisión profunda e implacable, que cada palabra ha sido elegida para establecer un significado particular. Como trasfondo, la percepción de un mundo acechado, hostilizado, destrozado, se torna evidencia de la insensatez y la desverguenga. Razón tenían las angustias de Madame Savoye.

Extenso y hermoso poema en prosa, Las hojas claras transfigura la personalidad de Eugénie Thellier de La Neuville en una metáfora más allá de lo individual, en torno del conflicto en puertas, sin abandonar el tono íntimo de la esperanza y el desasosiego.

LAS HORAS CLARAS, de Jacqueline Goldberg. Premio del XII Concurso Anual Transgenérico. Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, Caracas, 2014.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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