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Lady Bird LA ESPERANZA ES ESA COSA CON PLUMAS, por Alberto Sáenz Villarino

Lady Bird
Christine se muestra tan segura en sus errores como vulnerable y manipulable ante las adversidades.

La relación aparentemente antagónica entre odio y amor ha demostrado, como tantos otros extremos opuestos, estar sujeta a una drástica confusión empírica cuando, de forma objetiva, analizamos el tiempo y el esfuerzo que dedicamos a denostar el objeto de aborrecimiento, para concluir que, en efecto, no podemos vivir sin él.

Esto es precisamente lo que la Madre Sarah trata de transmitir a Lady Bird al leer su ensayo sobre lo mucho que detesta vivir en Sacramento, un trabajo lleno de detalles pormenorizados sobre la ciudad que llevan a la profesora a preguntar, de manera retórica por supuesto, si acaso, todo ese interés que presta a cada rincón y la precisión de su descripción, no podría ocultar un sincero y profundo amor; “¿No crees que, quizá, son la misma cosa? ¿Amor y atención?”.

La primera película como directora de una de las actrices más sobresalientes de nuestro tiempo, y una de las más queridas también, Greta Gerwig, oculta, en su presunta sencillez, una gran cantidad de sentencias metafóricas con las que juega a contradecir cualquier teoría dicotómica que, hasta ahora, dábamos por sentada. Para ello, Lady Bird se sirve de su protagonista epónima en la construcción de una de las voces más escépticas de la cinematografía moderna. La joven de 18 años se convierte en el reflejo adolescente de la propia Gerwig y, al mismo tiempo, en la representante de toda una generación inconformista. No obstante, ¿a quién podríamos asignar el deconstructivismo dogmático de los diálogos? ¿Al personaje ficticio de Christine ‘Lady Bird’ McPherson? ¿A la creadora de dicho personaje, Greta Gerwig? ¿A su intérprete, Saoirse Ronan? ¿A todo el compendio adolescente norteamericano? Y aquí es donde reside una de las maravillas de esta magnífica película: en el acierto al mostrar un entramado de archiconocida cotidianidad para el espectador; sin embargo, desde el momento en el que pasa a ser relatado por una narradora tan implacable en sus afirmaciones, y con fines puramente intransitivos, sin mayor finalidad que la de desvestir una realidad precisa mediante el ejercicio de lo simbólico, se produce una clara ruptura con lo concreto y lo tangible; y el relato pasa a formar parte de lo fantástico e inofensivo. Es por ello que en la antigüedad se recurría a mediadores, meditadores o trovadores para recitar el trabajo del autor real, para que sólo así se pudiera valorar con mayor imparcialidad el mensaje de un texto, pero nunca la intencionalidad de su ejecutor.

Como decíamos, Lady Bird es una joven inquieta, perteneciente a la escuela del escepticismo más drástico que está terminando su periodo de educación secundaria en un colegio religioso. En su suspicaz vindicación del cartesianismo, la protagonista llegará a rechazar la dogmática y omnipresente figura de Dios, pero también rebatirá a los que, con el mismo razonamiento taxativo, niegan la existencia de Éste. Para variar, esta actitud no procederá de una mente especialmente brillante, sino más bien de una alumna común y perezosa que prefiere, sin ningún cargo de conciencia, esforzarse en la trampa y el engaño para superar sus notas, en vez de trabajar para conseguir sus objetivos académicos. Esto dará, sin lugar a dudas, un componente de verosimilitud refrescante a la recreación de una sociedad en la que no hace falta ser un genio para cuestionarse ciertas respuestas que muchas veces dejamos pasar a la ligera. Siguiendo el método de la duda metódica, Lady Bird incide en una sistemática polemización de cualquier teoría, por simple que sea, hasta que llegue a un punto en el que no tenga que dudar de ella, llegando, como lo hizo Descartes en su día, a la conclusión de que lo único de lo que puede estar segura es de su propia existencia, una situación que, vista desde el exterior, podría ser considerada como una actitud egoísta y megalómana.

Esta postura le acarreará una serie de hostilidades en las relaciones personales, llegando a su máximo nivel en la rivalidad con Marion, su madre, una mujer de fuerte temperamento que no ve con buenos ojos las inquietudes existenciales de su hija, sobre todo cuando afectan a su educación. Una relación materno filial que nos recuerda, quizá no de manera tan delirante, a la que tenía Ignatius Reilly con su madre, Irene, en la novela de John Kennedy Toole, La conjura de los necios (A Confederacy of Dunces, 1980). Este vínculo destaca por la intransigencia egocéntrica de la hija y el sufrimiento materno, lo que suele desembocar en acaloradas discusiones que llegan a sacar a la protagonista de sus casillas, hasta el punto de saltar de un coche en marcha para evitar escuchar más reprimendas de su madre.

En el contexto de la búsqueda de universidad, la protagonista nos atrapa en su ordinaria rutina y nos permite disfrutar de su excéntrica personalidad mientras descubre el amor, la amistad, la vanidad, la fe católica, las drogas blandas y, al mismo tiempo, se cuestiona una y otra vez la finalidad y el beneficio que pueden aportar a su futuro inmediato. Greta Gerwig, usando a Christine como herramienta, sugiere que en cualquier toma de decisiones debería considerarse, no sólo una argumentación moral, sino también un componente emocional de genuina predisposición. Por este motivo, la protagonista se esfuerza en encontrar el camino hacia la buena vida, la comodidad y la sencillez como medio para lograr lo que tanto esfuerzo ha costado a muchos otros. Se trata de actuar por convicción, y nunca por deber, sin importar que estos convencimientos puedan encontrarse en un libro de texto o en una caja de galletas.

Aquí cobra gran importancia el análisis de Barthes sobre la relativización de la isotopía del amor, en tanto que se aplica un valor pragmático a la felicidad dentro de un contexto social concreto, entendiendo la consecución del bienestar mediante una serie de mediaciones de tipo sexual y afectuoso, o lo que Gerwig ha descrito como un giro afectivo mediante el cual, Lady Bird cambiará sin pestañear de grupo de amigos y de novio dependiendo del valor que esa amistad suponga en su construcción de la felicidad.

En cualquier caso, sería mucho más prudente distanciar la relativa obliteración del discurso amoroso barthesiano del egocentrismo ambicioso de Christine. Será en aquellos momentos en los que baje la guardia, y crea que nadie la observa o pueda estar juzgándola, cuando comprendamos el verdadero romanticismo de esta joven que, escuchando a Steinbeck, sueña con escapar de Sacramento, “la ciudad que siempre duerme”, y marcharse a un lugar como Nueva York, en la que no queden oprimidas sus ansias de libertad y creatividad. Sin embargo, pronto descubrirá que no es la ciudad la que hace al artista, sino más bien todo lo contrario.

La directora compone un clásico Bildungsroman generacional o, lo que popularmente se conoce como un relato coming-of-age, evitando, con gran acierto, caer en los errores más recurrentes de este tipo de historias. Así, gracias a una magnífica presentación y desarrollo de los personajes, Gerwig esquiva una de las mayores contrariedades que solemos encontrar en filmes que muestran las vicisitudes del adolescente en su camino hacia la edad adulta, y que resulta de lo restrictivo que suele ser el punto de vista adolescente, del todo ajeno al espectador maduro. Algo que no ocurre en Lady Bird pues, la protagonista, en su particular lucha contra el mundo, evidenciará muchos de los errores más frecuentes que todos cometemos cuando nos enfrentamos a situaciones en las que hemos de elegir entre el beneficio propio e inmediato, o pensar en una solución más adecuada a largo plazo. Tomando como referencia el cinismo dialéctico de Bertrand Russell, y aludiendo a una supuesta minoría poderosa que dominaría, en medio de un capitalismo despótico, a la mayoritaria clase media —referencia explícita al libro de Howad Zinn, A People’s History of the United States—, Christine se muestra tan segura en sus errores como vulnerable y manipulable ante las adversidades.

Una película que no quedaría completa del todo si no fuera por el entramado de personajes caricaturescos que rodean a la pareja estrella —Lady Bird y su madre—, como por ejemplo Larry, el padre de gran corazón pero cuyo rol familiar se reduce a una mera figura mediática entre las dos mujeres que dirigen la casa; un hombre cariñoso y comprensivo que se encuentra moralmente abatido a causa del desempleo; Miguel, el hermano de Christine, y su inseparable Shelly, una introvertida pareja con un lado gótico muy apropiado para el tono sarcástico de la cinta; el sensible profesor de interpretación, o la entrañable directora del instituto; entre todos ellos conseguirán convertir la ordinaria rutina de la clase obrera en una experiencia apasionante.

Un trabajo que rescata a Greta Gerwig como la gran promesa de la comedia ligera independiente, y la asienta como uno de los grandes nombres de la cinematografía contemporánea. | ★★★★★ |

Ficha técnica
Estados Unidos, 2017. Título original: Lady Bird. Director: Greta Gerwig. Guion: Greta Gerwig. Duración: 94 minutos. Fotografía: Sam Levy. Música: Jon Brion. Productora: IAC Films / Scott Rudin Productions / Film 360. Distribuida por A24. Edición: Nick Houy. Diseño de vestuario: April Napier. Diseño de producción: Chris Jones. Intérpretes: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Lucas Hedges, John Karna, Beanie Feldstein, Tracy Letts, Timothée Chalamet, Danielle Macdonald, Bayne Gibby, Victor Wolf, Monique Edwards, Shaelan O’Connor, Marielle Scott, Ithamar Enriquez, Christina Offley, Odeya Rush, Kathryn Newton, Jake McDorman, Lois Smith, Andy Buckley, Daniel Zovatto, Laura Marano, Kristen Cloke, Stephen Henderson. Presentación oficial: Festival de Cine de Telluride, 2017.
Publicado originalmente en https://www.elantepenultimomohicano.com/2018/02/critica-lady-bird.html

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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