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La visión de Uslar Pietri CRÓNICAS DE INDIAS Y REALISMO MÁGICO, por Enrique Viloria Vera

Uslar Pietri, Contramaestre y Palomares en Salamanca. Foto de A.P. Alencart
Arturo Uslar Pietri, Carlos Contramaestre y Ramón Palomares en Salamanca, 1991, hablan en torno al realismo mágico. Foto de A.P. Alencart


Después del descubrimiento de América por los españoles, se conoció un conjunto de relatos llamados Crónicas de Indias que informaban sobre la geografía y el modo de vida de los pobladores americanos y de las colonias.

Estas crónicas fueron sin duda reflejo de la realidad del Nuevo Mundo vista con los ojos del imaginario medieval que los conquistadores habían alimentado en la vieja Europa, fruto de las lecturas de los best sellers de la época: las novelas de caballerías. En esta misma perspectiva, José Ramón Medina señala: “el hombre que, como descubridor, como conquistador, como emigrante o como viajero llegó a América, al mismo tiempo que se siente sumido en la realidad nueva, que se americaniza, va revistiendo su mundo, tan extenso, con las imágenes y las voces de su mundo familiar. América es en cierto sentido un mundo nuevo, enteramente nuevo pero irreductible: En otro sentido, es también una nueva Europa”.

Junto a Medina, Horacio Jorge Becco realiza en el libro Historia Real y Fantástica del Nuevo Mundo una excelente sistematización temática (Fabulación Imaginera y Utopía del Nuevo Continente) de aquellos textos europeos que contribuyeron a escribir el conjunto de libros que hoy conocemos como las Crónicas de Indias. En este sentido, Becco organiza las crónicas de acuerdo con los siguientes criterios para incluir, en su respectiva categoría, a los diferentes cronistas del Nuevo Mundo.

  • Descubrimiento del Nuevo Mundo: Inicia su compendio el autor, como es lógico suponer, con el Diario del Almirante que recoge las maravillas que tanto impresionaron a Colón en forma de verdor inusitado, de pájaros nunca vistos y de ríos del tamaño del mar. Añade el compilador La Carta del 18 de junio de 1500 dirigida por Américo Vespucio a su mecenas Lorenzo de Medici, en la que también da cuenta de su sorpresa y estupefacción ante las realidades botánicas y animales, en especial, sus pájaros y peces. Incorpora también en este rubro Las Tradiciones y creencias de la isla de Haití del catalán Fray Ramón Pané así como las crónicas vertidas por Gonzalo Fernández de Oviedo en su texto De otras muchas particularidades, algunas de ellas notables, de la isla de Cubagua.
  • Una naturaleza desbordante: Rica y variada es la inclusión de los narradores que incorpora Becco en esta categoría de las Crónicas de Indias.. Incluye escritos de Fray Bartolomé de Las Casas, Pedro Mártir de Anglería, Fray Toribio de Benavente (Motolimía), Bernardo de Sahagún, José Luis de Cisneros, Fray Pedro de Aguado, Joseph de Acosta, Juan de Cárdenas, Antonio Vásquez de Espinosa y Antonio de la Calancha. Recoge el compilador la maravilla que suponen entre otras expresiones de la desbordante naturaleza del Nuevo Mundo: la luz de los cocuyos, el peligro de tigres y leones, las orquídeas, el cardo o el maguey, las anguilas, la esmeralda, el ámbar o la fuerza del viento y la explosión súbita de los volcanes.
  • Tierra sin horizonte: Constituida básicamente por las crónicas realizadas por Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y Fray Antonio Tello en las ilimitadas tierras de la actual Norteamérica, para asombrase, en su caso concreto, de las víboras, de las sabandijas y alimañas, de los alacranes y las arañas que las habitan en extraña convivencia con indios nómadas, bisontes y venados también sin fin.
  • Mesoamérica y sus grandes culturas: Según Becco “un gran conjunto de textos penetran en las más variadas manifestaciones del hacer cultural de su tiempo” y para demostrarlo selecciona fragmentos de las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Fray Toribio de Benavente, Girolamo Benzoni, Pedro Cieza de León, Pedro Diego de Landa, López de Gómara, Andrés Pérez de Ribas y del cosmógrafo erudito Carlos de Sigüenza y Góngora. Además de la natural exuberancia de parajes, lagos y montañas, los cronistas se extasían ante la obra de ingeniería de los habitantes de esas comarcas: sus edificios, sus plazas, sus pirámides, sus templos, sus torres, sus murallas, sus puentes, dejan boquiabierto y sin comprensión a más de uno de los atrevidos conquistadores.
  • Bestiario de Indias: Con indudables antecedentes en Ptolomeo, Plinio, Marco Polo y hasta en las cartas del Almirante de la Mar Océano, autores como Américo Vespuci, Gonzalo Fernández de Oviedo, Pedro Mártir de Anglería, Bernardino de Sahagún, Joseph de Acosta, Fernâo Cardim, Gutiérrez de Santa Clara, Garcilaso de la Vega (el Inca), Bernabé Cobo, Pedro Mercado y José Gumilla dan buena cuenta de tortugas, vicuñas, tragavenados, tembladores, dantas, caimanes, tucanes y colibríes, y hasta de “los hombres marinos que hay en el mar”, sin olvidar a los “hombres con rabo o con cabeza de perro, o acéfalos”, que tanto se emplearon en los grabados e ilustraciones de época para representar al buen salvaje americano.
  • Tierra Firme: Se trata en este acápite, de “las páginas sobre un amplio territorio que estaba limitado al norte por el mar Caribe, al este podría decirse que, por el Océano Atlántico, contenía la Selva Amazónica y las extensas playas del suelo brasileño, mientras al oeste también el Océano Pacifico era su marco natural”. Esta Tierra Firme se comenta en textos de cronistas diversos y dispersos en la ancha extensión de tierra conquistada. Gonzalo Jiménez de Quesada con sus crónicas sobre el Nuevo Reino de Granada, Francisco López de Gómara  con Las Costumbres de Cumaná, José de Oviedo y Baños comenta el Sitio y calidades de la Provincia de Venezuela, Jacinto de Carvajal hace lo propio en su descubrimiento del Río Apure, y hasta Sir Walter Raleigh aporta su fantasía americana en su conocido libro El descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana. Todo ello sin contar los valiosos aportes de José Gumilla sobre el sur venezolano o la Historia de Juan de Quiñónez (tomada de una obra de Fray Juan de Santa Gertrudis) donde se habla de una montaña cubierta de oro que dio origen al mito por antonomasia del Nuevo Mundo: El Dorado, que tantas andanzas y aventuras originó en unos conquistadores tan ávidos de riquezas como de fama y aventura.
  • El Imperio Andino: Señala el compilador que la lista de cronistas sobre esta civilización andina es larga y prolija, aunque no deja de destacar las singulares aportaciones hechas por Pedro Sánchez de la Hoz, Francisco de Xerez, Pedro Cieza de León, Joseph de Acosta; El Inca Garcilaso, Felipe Guzmán Poma de Ayala, Juan Rodríguez Freyle, Alonso Carrió de la Vandera que suman sus novelas a los dos cronistas fundamentales del Imperio Andino: Gonzalo Fernández de Oviedo y Francisco López de Gómara. Por supuesto que en estas andinas crónicas no pueden faltar los temas geográficos y descriptivos de lugares como Cajamarca, el Cuzco, al lago de Titicaca, las montañas que casi tocan el cielo, las nieves mullidas de los Andes, la meseta desolada y el impresionante Templo del Sol.
  • Los Grandes Ríos: ¿Cómo no pudieron fascinarse esos europeos de vertientes menguadas con el caudal y amplitud del Amazonas, el Orinoco, el Río de la Plata, las cataratas de Iguazú, los ríos Apure, Paraná o Paraguay, si todavía a nosotros que los tenemos al alcance de la vista nos embrujan y sorprenden? Así le ocurrió con justificada emoción, en tiempos de atribulada conquista, a comentaristas como Fray Gaspar de Carvajal, el jesuita Cristóbal de Acuña, Ulrico Schimdel, Antonio Pigafetta y a tantos otros semejantes que vinieron al Nuevo Mundo para enumerar, luego por escrito, su estupefacción ante ríos como mares de agua dulce, empezando por las jácaras del primer alucinado por el Nuevo Mundo, el llamado Cristóbal Colón.
  • Mirando al Pacífico y el Extremo Sur: Chile, los araucanos y sus más lejanos paisanos, los patagones, también fueron también objeto de crónicas y narraciones más tardías por parte de los pertinaces cronistas de Indias. Hernando de Magallanes, Juan Ladrillero y el padre Juan de Areizaga hacen, al igual que muchos de los comentaristas ya nombrados en otras latitudes americanas, el trabajo de recoger lo que vieron con los ojos de la imaginación y con la mirada de la inteligencia. Refiriéndose a los patrones recuerda Becco: “serán las figuras que describen aquellos gigantes con sus caras pintadas con diversos colores, blanco, rojo, amarillo cubiertos con mantas de guanaco. Se trata, bien lo sabemos, de hombres corpulentos que daban la impresión al estar recubiertos por las pieles que le caían hasta el suelo. El nombre de patagón les fue aplicado recordando a un monstruo que figura en Primaléon.”

Sumido en las añoranzas de una juventud privilegiada, vivida en París en compañía de entrañables amigos como lo fueron Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, Uslar Pietri rememora el origen del término realismo mágico aplicado a la narrativa latinoamericana.

Sin embargo, para entender mejor lo que implica esta denominación, es menester recorrer y recordar con nuestro escritor —como bien lo ilustran las citadas crónicas de Indias— la sorpresa que significó para el conquistador español la desmesura, la irrealidad, la fantasía implícita en esas Indias Occidentales, en este Nuevo Mundo, que, por accidente, azar, fortunas, vinieron a trastocar el imago mundi de unos europeos que tenían una concepción firme y sin sorpresas del ecúmene: “América fue un hecho de extraordinaria novedad. Para advertirlo, basta leer el incrédulo asombro de los antiguos cronistas ante la desproporcionada magnitud del escenario geográfico. Frente aquel inmenso rebaño de cordilleras nevadas, ante los enormes ríos que les parecieron mares de agua dulce, ante las ilimitadas llanuras que hacían horizonte como el océano, en las impenetrables densidades selváticas en las que cabían todos los reinos de la cristiandad, se sintieron en presencia de otro mundo para el que no tenían parangón”.

Esta cita puede permitirnos entender con mayor propiedad el término realismo mágico, que, al decir del propio Uslar, fue acuñado por él mismo, rescatándolo “del oscuro caldo del subconsciente. Por el final de los años veinte yo había leído un breve estudio del crítico de arte alemán Franz Roh sobre la pintura pos expresionista europea, que llevaba el título de Realismo Mágico. Ya no me acordaba del lejano libro, pero algún oscuro mecanismo de la mente me lo hizo surgir espontáneamente en el momento en que trataba de buscar un nombre para aquella nueva forma de narrativa”.

De esta forma, el término realismo mágico comienza a ser utilizado por la crítica literaria para denominar una manera de narrar, una forma de transmitir una realidad real, valga la redundancia, que es en sí misma percibida, contada como si fuera mágica. Uslar asevera que, en la narrativa latinoamericana, el realismo mágico “no es una fantasía superpuesta a la realidad, o sustituta de la realidad: (…) En los latinoamericanos se trataba de un realismo peculiar, no se abandonaba la realidad, no se prescindía de ella, no se la mezclaba con hechos y personificaciones mágicas, sino que se pretendía reflejar un fenómeno existente pero extraordinario…”

Guillermo Morón, por su parte, en relación con las Crónicas de Venezuela, recuerda: “En nuestros suelos americanos los primeros en sorprender esa realidad y transformarla en literatura son los escritores de los siglos XVI, XVII y XVIII, los llamados cronistas. Sin salirnos de Venezuela están (…) Pedro de Aguado, Pedro Simón, José de Oviedo y Baños, José Gumilla, y principalmente Simón, un extraordinario escritor de la lengua, un magnífico creador de novelas en medio de su prosa de las largas Noticias Historiales. Allí está la raíz del fenómeno, en forma natural, sorprendido por el ojo del cronista–fabulador por la realidad mágica, por lo real maravilloso de todo cuanto hay en América, paisaje, cultura, palabra viva, hombre”.

Ambos pensadores señalan entones que las Crónicas de Indias son el principal antecedente, la influencia fundamental, de los autores latinoamericanos exponentes del Realismo Mágico.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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