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La profundidad democrática NACE UNA NACIÓN, por Arnaldo Esté

Rechazo a la Constituyente 2
Una frustración y una angustia, una crisis general, que termino por hacer que en esta mayoría emergieran reservas que ni siquiera sabía que las tenía.

Ahora hay paro nacional y hace dos domingos hubo una consulta popular.

Los muertos aumentan a ritmo de días de conflicto y la agresividad represiva se acerca al profesionalismo: guardias matarifes.

La presión de la proximidad del fraude desconstituyente, enerva y atiza el lenguaje, sobre todo en aquellos del gobierno que tienen más temor que palabras para expresarlo.

Se habla, de parte y parte de negociación, palabra hasta hace poco cargada de pecado, sobre todo después que el candor opositor resultó castigado por el cinismo del gobierno, jurado a su dogma de poder revolucionario.

Pero el saldo, si es que se puede hablar de saldo, es  de una profunda calidad, de un denso logro. Venezuela nace ahora como nación, como cultura.

Una cultura, una nación es mucho más que gente y territorio. Es conjunto de valores que logran establecerse y reunirse como sistema. Es de lo que somos los humanos. Mucho más difícil y complejo que petróleo o mar Caribe.

El 16 de julio, ya lo mencionamos, la gente se realizó en las maneras y valores de la profundidad democrática. Se realizó, que es la manera de lograrlos, haciéndolos, practicándolos. Un desde abajo que le dio significado a palabras que no lo tenían. Un proceso de construcción social en el que palabras como dignidad, participación, solidaridad, diversidad emergieron como un actuar. Mucho más bien que muertes y destrucciones. Mucho más que lo que el huero lenguaje del Socialismo del siglo XXI, podría aspirar o comunicar.

Nos toca hablar del nacimiento de una Nación. Puede ser larga y abundosa la historia de los conflictos, comandantes y generales, partidos y caimaneras, leyes y constituciones de papel higiénico… Con buena voluntad uno lo puede acumular, generosamente, como el antecedente de lo que ahora surge.

La discusión sobre el origen de los valores es larga y variada. Algunos se lo atribuyen a la razón y el argumento, otro a las revelaciones y verdades eternas y universales, otros a los símbolos y su fuerza difícil de contener. Tal vez concurra a su origen todo ello, pero para que cuajen tendría que haber un contexto, una inmediatez que los hiciera cuajar en actos de construcción social.

Ese contexto, esa inmediatez, lo prestó la torpeza recetaria del gobierno y su gente. Los hechos de acumular enunciados viejos, de un marxismo hace ya mucho tiempo agotado, con la práctica acorralada del gobierno cubano, el aporte de unos escribidores del turismo político intelectual y la habilidad concertadora de un caudillo sagaz y complaciente ante los rateros. A eso agregan la funesta pedagogía de combinar limosnas con amenazas y chantajes que quiere encontrar en la inmediata sumisión lo que no es otra cosa que resentimiento encamisado. En el fondo un gran desprecio hacia la gente.

El agotamiento de ese libreto de socialismo del siglo XXI y su Plan de la Patria llevó por un tiempo a muchos a conformarse con su propia historia y engendros, y se descubrió carente y frustrada en un inmenso pozo de angustia.

Una frustración y una angustia, una crisis general, que termino por hacer que en esta mayoría emergieran reservas que ni siquiera sabía que las tenía. Se condensaron en un domingo y se descubrieron en manos amigas, sonrisas, cantos, mesas improvisadas y sombras de ilusión en el medio de las calles.

Así nacen los valores, así nacen las naciones.

Para reafirmar ese domingo, ayer y hoy mientras escribo, esa nación en gesta se mostró en una cosa muy difícil de lograr – dicen los que historian esas cosas – en una huelga general nacional. Estamos parados, me lo dice el silencio de la calle vecina mucho más que las noticias y los abundantes mensajes de los chats, tuits, mails, que además de ser fáciles catárticos, engendran las complicadas verdades enredadas. Un paro general también de convergencia autogestionada y con lenguajes diversos. Domingo 16 y Paro Nacional que ya, de por sí, son logros irreversibles.

Esta nación naciente es retadora en su diversidad. Intelectual y políticamente demanda otros lenguajes, otras ideas y otra calidad de liderazgos. Más de uno querrá mirar hacia atrás, como ya lo hizo el comandante eterno, buscando en recetas las soluciones.  No, es una de creatividad y de fortalecimiento de esos valores y esa ética emergente como una profundización de la democracia en un quehacer político fecundo.

La pretensión infernal de negar al domingo 16 con esa farsa constituyente, si es que se da, solo alcanzará a ratificar su minoría. Postergarán e inflarán cifras como ya lo hizo el tirano Marcos con su plebiscito agorero. Tratarán de arrebatar, tentados para seguir en la ruta de la violencia, pero les resultara mejor negociar, aceptando que siempre es mejor quedarse con algo que perderlo todo.

A partir de esas victorias y emergencia de una nación, hay que seguir  con la resistencia, la presión y la calle hasta quitar las cuñas que aun sostienen al gobierno en su desbarranque.

arnaldoesté@gmail.com

@perroalzao

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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