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La planta insolente EL HUMOR RESCATA A LA HISTORA, por Pablo Gamba

La planta insolente
Castro es dibujado como un hombre común y corriente, que llegó a verse en la cómica situación de ser presidente de un país en la ruina

La planta insolente (2017) es quizás una de las pocas películas que se han hecho desde 2005 sobre el pasado de Venezuela que la historia del cine venezolano podrá algún día rescatar. Otra es Taita Boves (2010); posiblemente también Bolívar, el hombre de las dificultades (2013), por lo que tiene de film de aventuras. Con esta demorada producción de la Villa del Cine –cuyo estreno venía anunciándose desde hace dos años– el escritor Luis Britto García y el cineasta Román Chalbaud lograron sacarse el clavo del fracaso de Zamora, tierra y hombres libres (2009). Lo hicieron con el mejor de los recursos al que han echado mano como autores en sus respectivas disciplinas: el humor.

La pérdida de la solemnidad era vital. No funciona el discurso político, ilustrado con escenas apenas conectadas entre sí por otra cosa, que fue aquel film sobre Ezequiel Zamora, caudillo popular de la Guerra Federal, y de alguna manera exigía un trato diferente la figura de Cipriano Castro, que llegó al gobierno por una guerra civil en 1899 y fue presidente hasta 1908, cuando estando enfermo en el extranjero le dio un golpe su compadre, Juan Vicente Gómez. En la película es dibujado como un hombre común y corriente, que llegó a verse en la cómica situación de ser presidente de un país en la ruina, que se le alzaba militarmente por los cuatro costados y en el que hubo una intervención naval de las potencias europeas en 1902. Ganada así la simpatía del espectador, el personaje va creciendo hasta convertirse, si bien nunca en un héroe de mármol, al menos sí en dispositivo retórico para difundir un antiimperialismo escolar.

Más allá de eso, cuyo mérito recae principalmente en Britto García como guionista, la película es obra de un cineasta que no parece tener más de 80 años de edad, capaz de acercarse otra vez a la irreverencia juvenil –inspirada en la marihuana– de la secuencia del robo de los pescados de La quema de Judas (1974), por ejemplo. El referente más cercano en su obra, sin embargo, vendría a ser por su humor político el segmento “La falsa oficina del supernumerario” del film Cuentos para mayores (1963), escrito por él y José Ignacio Cabrujas.

En La planta insolente Chalbaud saca provecho de las tecnologías actuales de manipulación del color para darle a esta comedia satírica un aire irónico de espectáculo en Technicolor. Recurre hábilmente también a los CGI para explorar una veta surrealista, con sombreros que una pedrada multiplica sin razón en el aire y diversas deformaciones pesadillescas de la imagen. También se logra justificar de algún modo, a través del humor, el aspecto de magia pobre que pueden tener los trucos del Tercer Mundo, cuando se los compara con lo que Hollywood ha impuesto como estándar de calidad en los efectos visuales.

Problemas no faltan, sin embargo, esta película. La comicidad, que es predominantemente fina y aguda, no deja de estar manchada por una frase de propaganda: “No volverán”. Es un lugar común de las producciones de la Villa del Cine. Lo didáctico, sobre todo, vuelve a ser un defecto de este film, que trata de uno de los personajes históricos favoritos de Hugo Chávez y que plantea respuestas, no interrogantes. No deja margen para pensar y hacerse preguntas, por ejemplo, sobre los problemas de la “injerencia” extranjera en el mundo globalizado de hoy, cuando se decide en organismos multilaterales y responde a una preocupación legítima por la democracia y los derechos humanos.

A pesar de todo eso, después de El Caracazo (2005), Días de poder (2011) y Zamora, con La planta insolente Chalbaud se rescata a sí mismo y se lanza como aspirante tardío a hacerle la competencia en el campo de la sátira política latinoamericana a Luis Estrada, director, entre otros filmes, de La dictadura perfecta (2014). La diferencia es que el mexicano hace valientes películas sobre la realidad actual de su país, no sobre una cómoda versión oficialista del pasado.

LA PLANTA INSOLENTE, Venezuela, 2017. Dirección: Román Chalbaud. Guion: Luis Britto García. Producción: Manuel Pérez, Kellys Navas, Alejandro Paredes. Sonido: Josué Saavedra. Música: Federico Ruiz. Intérpretes: Roberto Moll, Juliana Cuervo, Alexander Solórzano, Leónidas Urbina, Hans Christopher, Félix Landaeta, Julio Mota, José Marroquí.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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