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La otra isla UNA INTERPRETACIÓN PSICOANALÍTICA, por Carmen Brandt

La otra isla
Se coloca en la geografía —como si fuese obligación del lugar de acogida— hacernos felices, porque eso es lo que le corresponde a este o aquel país de acogida y nada de eso corresponde a la realidad.

El 27 de agosto, en la Librería LugarComún, en Altamira, Caracas, se llevó a cabo una conversación acerca del libro La otra isla de Alberto Suniaga. En el mismo intervinieron María Dolores Ara, analista literaria, y Carmen Brandt, psicoanalista didacta de la Asociación Venezolana de Psicoanálisi (Asovep), quien ofreció algunos comentarios y observaciones desde el punto de vista psicoanalítico. Queremos compartirlos con ustedes.

Debo comenzar agradeciendo la gentil invitación hecha por la Junta Directiva de la Asociación Venezolana de Psicoanálisi (Asovep), que en la persona de la doctora Esther Mateo me animó a participar en este evento ‘dominguero’, y en el que también debo agregar mi agradecimiento a María Dolores Ara, compañera de tertulia en la discusión del libro, agradecer la presencia de ustedes y la de este grato lugar, LugarComún, hoy por la mañana. Espero que podamos compartir las maravillosas reflexiones a las que este libro La otra isla de Francisco Suniaga nos invita, bajo imágenes que nos llevan a repensar en nosotros, como venezolanos; fundamentalmente, a través de cada uno de sus personajes.

Creo que en cada uno de ellos podremos, además, mirar aspectos de nosotros mismos. Este es un libro que nos invita a pensar. Detenidamente. A mi manera de ver, no habla de isleños ni margariteños o de alemanes o turistas. Creo que son recursos que el autor utiliza para poder mirar aspectos del ser humano que, más aún actualmente, tienen una vigencia extraordinaria y que espero que, a través de la rápida revisión que voy a realizar, podamos volver a mirar bajo el prisma, que el Psicoanálisis nos permite.

Es por ello que voy a organizar mis observaciones en tres puntos. Sé que les voy a quedar en deuda. Pero por razones del tiempo que tengo vamos a dejar que las preguntas de ustedes también den paso a inquietudes que van a enriquecer mis comentarios agrupados en tres puntos fundamentales.

El primero, que abarca inevitablemente a los otros dos, es el relativo al mundo mental. Deteniéndonos en su aspecto principal que es lo que conocemos en Psicanálisis como el mundo de fantasía. Especialmente cuando este funciona a nivel inconsciente, transformando constructiva —como en el caso de Renata— o destructivamente —como el caso de Wolfgang— la realidad.

El segundo punto, especialmente relacionado con nuestro momento país, tiene que ver con la migración, como fenómeno en el que intervienen, muy decisivamente, la idea, la imagen, la hipótesis, los deseos o las fantasías que tenemos acerca del lugar donde estamos y al que queremos emigrar. Esto lo veremos principalmente en la magistral escena de los compañeros de tertulia que se reúnen en la Plaza Bolívar de La Asunción, y en la descripción que hace Renata de la isla a la que ellos iban a venir y adonde era imposible no ser felices, porque la felicidad lo viene  buscar a uno. No es necesario hacer nada para tenerla.

El tercer punto, es un poquito más escabroso —pero no por ello menos importante— porque es el que tiene que ver, desde el punto de vista mental-emocional con la sempiterna confusión entre la realidad y la verdad. Muchas veces cada una anda por su lado en nuestra cabeza y, mientras eso no molesta, nos quedamos tan tranquilos. Solo cuando sorprendentemente aparece un síntoma —como el insomnio en el caso de Wolfgang, revelador de estar discrepancia verdad-realidad— es que comenzamos a sospechar que algo no anda bien en nosotros. Y, casi siempre, la primera reacción es la de rechazo. Nosotros la conocemos como la de ‘desmentir’ lo que está pasando y buscar, siempre en el afuera, la mejor razón posible que nos explique lo que está pasando. Cualquier cosa que no tenga que ver con nosotros, preferiblemente. Por eso, con esto de la verdad —tal y como hace muchísimos años  se lo advirtió el sabio Tiresias a Edipo— hay que andar con cuidado porque nos podemos llevar muy desagradables sorpresas.

Y así, este maravilloso libro nos lleva —o por lo menos a mí me llevó— a pensar en quiénes somos como personas y, especialmente, como venezolanos. Porque este autor no nos ahorra ni un suspiro para obligarnos a ver, como tan maravillosamente lo hace en su revisión acerca de los partidos de izquierda o el ser de izquierda, para donde vamos y de dónde venimos. Punto central de este libro así como del proceso de indagación al que el Psicoanálisis invita. Aspecto que me permite mostrarles una primera semejanza sobre la que deseo que reparen y que ahondaremos en el tercer punto de esta presentación. El Psicoanálisis es, al igual que el trabajo que hace el inspector Benítez, un método de indagación y búsqueda de la verdad. Una verdad que, como vimos en el libro, puede no ser para nada agradable y que muchas, muchas veces, preferiríamos no haber descubierto porque la verdad de la que queremos escuchar, debe parecerse más a lo que hemos inventado de ella que a lo que encontramos en la realidad.

Comencemos entonces con el primer punto: el mundo mental.

Desde el punto de vista del Psicoanálisis, como yo lo conozco, el mundo mental está directamente relacionado con el emocional. Su base neurológica pertenece a otro capítulo con el que no trabajo y en el que no me voy a meter. Por lo tanto, el vértice desde el que voy a hacer mis comentarios es el relativo a un mundo mental–emocional que está muy lejos de ser lógico, coherente y/o sensato como requisito necesario para que exista, y que parece que nos gobierna a su antojo, tal y como nos lo permite ver la situación de Wolfgang con los gallos o la relación hormonal y apasionada de Renata con su ayudante Richard. No hay aviso que valga. Esto sucede gracias a un principio del que Freud habló hace muchos anos ya y que se conoce como el principio del placer-displacer. Amo y señor del reino emocional. Es en este reino adonde la verdad comienza a tener sus bemoles, especialmente, cuando es desagradable o no nos gusta, como tan hábilmente comenzó a descubrir nuestro magnífico personaje de Benítez. Igualmente le sucedió a Edeltraud.

Es por ello que no comparto la máxima de que la verdad nos liberará de todo sufrimiento. Ojalá. Pero muchas, demasiadas veces ya, he podido constatar en consulta cómo, precisamente, el aferrarnos a la eficacia de un síntoma, radica en intentar por todos los medios posibles, engañarnos ante una verdad que se aproxima como en una catapulta, para arrasar con un mundo de ilusiones que hemos construido y al que, generalmente, nos aferramos vanamente.

Este mundo es el que ha sido comandado por un CEO extraordinario que nosotros en Psicoanálisis conocemos como el mundo de la Fantasía. Y si es inconsciente tanto más poderosa, porque trabaja más allá de que nos demos cuenta o no. Y si no, que los enamorados lo digan. Esta Fantasía Inconsciente de Deseo está acompañada por ansiedades y defensas ejecutadas por cuatro edecanes de la más alta eficiencia para acomodar, lo que percibimos de la realidad, como nos parezca. Ellos son: la escisión, negación, omnipotencia e idealización. Este último lo voy a dejar, especialmente, para el punto 2. No son patológicas en sí mismas. Nos van a servir para organizar la realidad e irla conociendo poco a poco. Pero sí podrán usarse constructiva o destructivamente. Renata y Wolfgang nos muestran, respectivamente, ambas posibilidades.

La otra isla novela
LA OTRA ISLA, de Francisco Suniaga. Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2005 – 258 páginas.

Como acabo de mencionarles, a través de estos mecanismos mentales se produce el primer acomodo del mundo senso-perceptivo desde que somos bebés, en función de lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Esta es la base del principio del placer-displacer. Y así va a funcionar para toda la vida. ¿­Qué ocurre a lo largo de nuestro crecimiento, a partir de nuestro carácter y acompañados de la crianza que hayamos recibido? Que seremos más o menos permeables o resistentes a los acomodos o negociaciones que siempre tendremos que hacer con el afuera. Una vida sin frustraciones no existe. Y de ese interjuego se encarga el asistente del CEO del que les hablé. Este asistente se conoce como tolerancia a la frustración. Va acompañado —nada más y nada menos— de nuestra capacidad para aceptar las dificultades, intentar modificarlas o aprender a convivir con ellas porque se reconoce que no se tiene cómo cambiarlas. Implica reconocer la capacidad propia y la necesidad del esfuerzo. Esto es lo que Renata y menos que menos Wolfgang tenían y este último buscó desesperadamente en los gallos, identificándose patológicamente con ellos, a través de un mecanismo que en Psicoanálisis se conoce como Identificación Proyectiva-Introyectiva. Repito, en este caso utilizada patológicamente. Atribuyéndole, de este modo, a la muy cruenta pelea de gallos, unos rasgos de valentía y nobleza que no tiene. Son animales peleones pero no asesinos. En el cambio de las espuelas —para que sean hojillas capaces de degollar al otro— está una gran diferencia. Y es esta la crueldad de la que los humanos somos capaces, fundamentalmente, como lo muestra Wolfang, con nosotros mismos, a través de una instancia que nosotros conocemos como Super yo y que acompañada de la Pulsión de Muerte, puede ser devastadora. Es aquí donde coincido con una de las primeras verdades lamentables que descubre Benítez: la posibilidad cierta de que Wolfgang se haya suicidado. Era él el muy temido gallo ‘huidizo’, Ese que él degüella con infinita crueldad y permite el aviso de su entrenador Fucho, de que se aparte del mundo de los gallos de pelea porque va a enloquecer.

Y así sucede. Reitero: patológicamente, aunque la Identificación Proyectiva-Introyectiva no está diseñada para ser utilizada, exclusivamente, en la patología. Está la base de la comunicación no verbal y la empatía. Esto sucede porque, a diferencia de Fucho, Wolfgang esta fundido y confundido con su objeto sin lograr diferenciar ni diferenciarse del mismo. Quisiera hacer un inciso y recordar la maravillosa película, en la que pasó lo mismo, que se llamó El Cisne Negro, con Natalie Portman. Esto lo lleva a la muerte. Una idealización patológica con la  que me voy a permitir pasar al segundo punto de la migración, en este caso desde Alemania a Margarita. Una situación inversa y muy divertidamente relatada, pero que nos lleva a pensar con profundidad y detenimiento acerca de las decisiones que nos llevan a emigrar. No importa para donde, con tal de buscar un ideal que para Renata existió pero que para Wolfgang se convirtió en un callejón sin salida.

Más allá de las similitudes que existen en la realidad y que el autor nos permite visualizar con la nacionalidad y estructura mental de los personajes utilizados, podemos mirar que hay decisiones de vida que dependen de elementos internos colocados en el afuera, repito, más allá de la nacionalidad que tengamos, y que hay que revisar. Se coloca en la geografía —como si fuese obligación del lugar de acogida— hacernos felices, porque eso es lo que le corresponde a este o aquel país de acogida y nada de eso corresponde a la realidad. Es por ellos que si esta revisión no se hace, se corre el riesgo de salir corriendo de un lugar, como lo era la Alemania de Renata, aburrida y predecible, para llegar a una isla donde la felicidad es tan abundante que viene a buscarlo a uno. Es imposible no ser feliz. Más aún si enfatizamos en el despliegue de ‘naturalidad’ de la vida de los pescadores, relatada por el cónsul Dieter o la naturalidad del encuentro hormonal de Renata y su ayudante Richard. Mientras tanto tenemos a Wolfgang que se quedó sin saber qué quería en la vida ni dónde quería estar. Toma prestado el proyecto de Renata —como lo están haciendo tantas parejas, lamentablemente, hoy día— y se lanza a una empresa o proyecto de vida que se le agota y lo lastima, progresivamente. No obstante, el autor va más allá y nos trae una peña fabulosa de margariteños frustrados, dispuestos a parlotear acerca de su terruño, casi como niños, incapaces de salir de allí porque lo que los tiene aprisionados no es una isla, casi inexistente en el mapa, sino sus propias limitaciones; cuya expresión más patética es la del psiquiatra sin título. De paso, quisiera agregar que no comparto, de ninguna manera, las interpretaciones genéricas que se encargan, a la manera de los signos del zodíaco, de anular la extraordinaria riqueza que tiene, para el mundo mental, la vida onírica. Para mí, todo sueño interpretado sin las asociaciones del soñante, no sirve. En el libro, además, los personajes se quedan en las ramas, en lo superficial, en el trabajo de la memoria. No en su sentido profundo, que también lo asoma el escritor, porque es el lugar de donde casi siempre queremos salir corriendo: el lugar donde habita la tristeza, especialmente, dentro de nosotros mismos.

Aprovecharé, brevemente, para señalar que la tristeza es una cosa, la melancolía es otra. Estar triste no es patológico. Quedarse mal pegado allí, al igual que le pasó a Narciso, sí. La tristeza hay que oírla. Atenderla. Es una señal de que algo nos está pasando. La patología narcisista es la que nos lleva, una y otra vez, a idealizar la mediocridad a fin de quedarnos en ella y así, eternamente, quedarnos infantilizados como nuestros amigos isleños y vivir para responsabilizar a otro u otras circunstancias, siempre ajenas a nosotros, de lo que nos pasa. Eso hacemos cuando somos pequeños. Es por ello que crecer y hacerse ‘grande’ está directamente asociado a ser capaz de conocerse uno mismo para así poder asumir las responsabilidades que corresponden según la capacidad. Hasta ahora, no he conocido a nadie a quien le guste conocerse para ser capaz de asumirse con responsabilidad. Es decir a partir de las limitaciones y los dones que cada uno tiene, que son intransferibles y que deben vivirse como expresiones de autonomía e individualidad. Ambas profundamente atacadas en la actualidad.

En nuestro patio psicoanalítico, por lo menos en el que yo me formé, este ataque a la maravilla que es la individualidad, es decir, que afortunadamente no somos clones, se le llama envidia. Porque es atacar lo que el otro tiene, simplemente porque yo no lo tengo y, en consecuencia, nadie lo puede tener. Pero como este tema me va a llevar a honduras políticas, que el autor toca, pero que considero preferible no entrar, mejor pasamos a nuestro último y muy difícil punto, que Suniaga nos señala magistralmente, y que es el que tiene que ver con una de las máximas del trabajo psicoanalítico como lo es la ‘búsqueda de la verdad’.

De entrada debo decirles que, tal y como señale al principio, a nadie le gusta encontrar una verdad molesta, inconveniente o en desagradable discrepancia con la realidad. Eso a nadie le gusta. Es decir, a nadie le gusta una verdad que no coincida con el parapeto mental que ha inventado, gracias al trabajo, como les dije, de la actividad de la Fantasía. Ella acomoda lo que quiera que sea la realidad a lo que queramos o necesitemos de ella. Freud enfatizó que podemos vivir engañados eternamente. De eso se encargan los síntomas. Mientras no molesten mucho, ahí van ayudándonos a maquillar realidades muy incómodas. Hasta que aparece un síntoma difícil como el insomnio de Wolfgang. Va como por su cuenta y genera una situación mental difícil porque se convierte en adictiva: la pelea de gallos. Es una devoción y un precipicio suicida. Como buena adicción que nunca se puede controlar. Sin embargo, este último punto de la verdad versus la realidad no siempre deriva en un encuentro patológico y es por ello que quisiera destacarlo también en función de dos personajes fundamentales, a mi modo de ver, el inspector Benítez y la mamá del ahogado, Edeltraud.

Ambos saben que no llegará a encontrar la verdad que están buscando. ¿Para qué? ¿Para qué averiguar qué llevó a Wolfang a ahogarse si se murió ahogado? ¿Qué sentido tiene indagar sobre hechos del pasado y que ya no se podrán cambiar? ¿Para qué ahondar en una herida pidiendo una autopsia inútil si el cuerpo fue embalsamado y toda evidencia, necesaria para una autopsia microscópica, fue eliminada?

Creo que sobra mencionarles cuántas millones de veces he escuchado esta misma queja en terapia. ¿Para qué indagar? ¿Para qué averiguar acerca de heridas cuyo daño ya fue hecho y sobre el que nada se puede hacer en la actualidad? Creo que debo señalar nuevamente, que el psicoanálisis, tal y como lo entiendo, no sólo busca el porqué de lo que pasó sino para qué sirve en la actualidad mental y emocional de la vida del paciente.

Es por ello que lamento discrepar, casi que completamente, con aquellas posturas que todavía consideran que el psicoanálisis es, solamente, para averiguar el pasado. No se trata de eso. Se trata de averiguar por qué y, muy especialmente, para qué esas heridas, al igual que le ocurre a Edeltraud, están ahí, vivitas y coleando. Es decir, están activas y causando mucho daño. ¿Averiguar significa que van a desaparecer? No. Tal y como nuestro magnifico libro nos muestra, pueden incluso hacerse más profundas, pero serán siempre de mayor valor conocerlas, para saber qué queremos o podemos hacer con ellas, qué permanecer ignorantes al respecto, padeciéndolas como síntomas. Edeltraud descubrió que su hijo no era feliz y que nunca pudo decírselos. Descubrió que vivía en una isla donde se pretende vivir aislado de los problemas, de los límites y del sentido del tiempo. De paso, este último es uno de los mayores signos de responsabilidad en el mundo exterior. Un mundo, incompresible para ella, adonde su hijo había decidido vivir y que no tenía asidero lógico posible. ¿Cómo se puede ser feliz en un mundo donde la responsabilidad es como el calor, asfixiante y que casi derrite? Esto fue liberador, aunque triste, para ella. Tuvo el coraje de aceptar que no podía entender el código de vida que formaba parte de la vida de su hijo y que, muy probablemente, lo había llevado a la muerte. Tuvo el coraje de mirar que esa fue su elección, por más doloroso que fuese ese descubrimiento. Benítez hizo lo mismo. Aceptó una profunda e inmisericorde mediocridad como sino de vida y de la que resultaría muy difícil salir. Mirarla no es una respuesta, pero sí es la oportunidad de saber que es una opción sobre la que se puede hacer algo contra la de no saber nada y esperar a que ‘otro’ solucione en un eterno e indefinible postergar para mañana.

No me queda más que finalizar como comencé y agradecer a la persona que seleccionó este maravilloso libro y esperar que podamos compartir en la ronda de preguntas para profundizar en el tema.

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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