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La otra cara LA NUEVA VIDA DEL PASQUÍN, por Inés Muñoz Aguirre

La agresividad que hace de cada red un paredón de fusilamiento es mucho más incisiva porque es directa, sin el sonido del papel, sin el aroma de la tinta y el misterio que propiciaba compartir su contenido al amparo de la llama de una vela.

Mi abuela me contaba numerosas historias de las cosas que ocurrían en su pueblo. Desde pequeña yo pensaba en escribirlas y en poder compartirlas con los demás, sobre todo aquellas que me parecían increíbles o en algunos casos exageradas.

Una de ellas tenía que ver con como sin ningún remordimiento de conciencia se procedía a destruir la reputación de cualquier persona con la que no se estuviera de acuerdo. Se escribía una frase en su contra, fuerte, grotesca, que contribuyera al desprestigio y en multígrafo o a mano —es decir, de uno en uno— se escribía o se imprimían lo que para la época se llamaban pasquines.

El pasquín jamás se distribuía a la luz del sol. Se hacía como se hace todo lo que busca hacer daño: al amparo de las sombras. Se metían por debajo de la puerta y al amanecer —casi como la pólvora— se encendía el rumor, se murmuraba en las esquinas y corredores lo que después de todo, en cuestión de muy poco tiempo se convertía en la comidilla. Cuando yo le preguntaba qué originaba tal situación, ella me respondía que casi siempre tenía que ver con la política. Para esta historia en particular tenía que ver con la guerra que existía entre adecos y y los partidarios de URD. No importaba parentesco alguno si tenían que defender las ideas de sus dirigentes, hasta el extremo de que el prefecto (URD) mandaba a poner presa a su hija (AD) con bastante frecuencia.

Entonces pienso que hemos sido siempre los mismos, que la historias se repiten una y otra vez. Con el paso del tiempo solo cambian los instrumentos y aunque en la Venezuela de hoy el desprestigio se ventila durante las 24 horas del día, a plena luz del sol y sustituyendo los pasquines por las redes sociales, los motivos que nos movilizan no han cambiado.

La agresividad que hace de cada red un paredón de fusilamiento es mucho más incisiva porque es directa, sin el sonido del papel, sin el aroma de la tinta y el misterio que propiciaba compartir su contenido al amparo de la llama de una vela. La victima es expuesta para ser despellejada a palabra pura. Se me hace contrario el sentimiento que propicia al avance tecnológico con la falta de progreso emocional en muchos casos. Se me antoja síntoma de una fractura social de tal dimensión que nos pone al margen del avance. Y no es que en otros países en los que el tema político o de diferencias ideológicas no cuente también con su ‘rabo de paja’.

Lo que preocupa son las obsesiones. Tendríamos que revisar por qué nos complace derribar arboles y después hacer leña de ellos. Hacernos estas preguntas, nos permite un alto, la posibilidad de revisión y por supuesto la posibilidad de enmienda en los casos necesarios. Si hay respeto nadie merece un pasquín pero en el fondo estamos frente a una sociedad desesperada que lo que clama son rayos de luz, que le permitan avanzar sin creer que estamos todo el tiempo al borde de la hoguera.

Cuando reconozcamos tal necesidad y nos empeñemos en dar respuestas certeras y accionar desde lo individual, habremos salvado las distancias entre las historias de ayer y las de hoy.

https://inesmunozaguirre.wixsite.com/inesmunozaguirre

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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