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La otra cara EL CONCEPTO SPA COMO INSULTO, por Inés Muñoz Aguirre

Playa del Caribe
“Con todos los problemas que estamos viviendo, con la carestía y la escasez lo mínimo que tenemos en derecho a divertirnos. Si usted quiere un Spa, váyase a otro lado, aquí no es. Esto no es un spa”.

Camino por la orilla el mar. Esas playas maravillosas que se extienden por kilómetros y que son tan características en nuestro país. Al fondo los pequeños bohíos con techo de palma para la protección del sol. Ese sol también tan nuestro, tan brillante, en medio de una extensión inigualable como nuestro cielo azul. De pronto un tum tum tum se apodera del espacio. Las olas estallan en la orilla sin que apenas podamos escuchar el sonido que caracteriza y acompaña al mar en su movimiento. Un grupo familiar se reúne bajo el paral que sostiene la enorme corneta, protegida de las inclemencias del ambiente por una toalla.

Alrededor nadie dice nada. Como sombras permanecen todos en silencio, porque el volumen de la música es impedimento suficiente para cualquier conversación. Los promotores del escándalo ríen orgullosos con sus vasos en las manos. Los niños corren hasta el mar, envueltos en los faralaes que parece contener el merengue. Camino cabizbaja hasta mi silla. Durante un rato clavo mis ojos en la arena y juro por Dios que deseo que la música me posea de tal manera que me haga sentir como la reina de la fiesta, pero no es así.  Me pregunto de qué huye la gente que no puede disfrutar en silencio de la naturaleza. ¿Por qué buscas el mar para huir de él? ¿Por qué se ahoga un sonido maravilloso que no tenemos oportunidad de disfrutar en la ciudad? Guardo el libro en mi bolso, es imposible leer. Un halo de indiferencia  se desliza por las bases de los paraguas.  De pronto llega el silencio, las risas se congelan por un rato. Un hombre gordo, pero exhibiendo aires de galán se tambalea. Entre dos más cargan las cornetas en dirección al edificio. Me alegro. Los imagino recogiendo todo para regresar a Caracas antes de la caída del sol. El paso de los nuevos vigilantes de la playa llama mi atención, morenos, delgados, casi escuálidos y temblorosos. Enfundados en uniformes recién sacados de la bolsa de celofán en que estoy segura que llegaron a sus manos. Cuelga del hombro izquierdo un pequeño flotador. Reluciente la combinación de negro y naranja, al descubierto del otro lado del pecho el escudo de la gobernación.

Tum tum tum. Estalla de nuevo el sonido, esta vez a mí espalda, nadie podría creer que las líneas de aves que pasan sobre nuestras cabezas emitan algún tipo de sonido, o que la pelota que rebota sobre la paleta de playa no es víctima de un silenciador. El eco repetido, arrastrado por las cabellos desde la ciudad escandalosa hasta el paisaje natural, casi virgen del lugar se hace dueño de todo.

Es imposible soportar la caída del sol en el horizonte y la aparición de la tarde en medio de tal exhibición de poder. Si, en nuestra sociedad hay hombres para los cuales, el vaso de güisqui en la mano, la curvatura de la barriga, un tabaco, las risotadas, las groserías  escuchadas por todos y el volumen de la música son sinónimo de poder, poder para el más pendejo, el más inculto  o el más ignorante.

Paso a recoger mis pertenencias, no hago nada frente al mar, ya no estoy tranquila. De vez en cuando alguien tararea sobre la canción. Yo doblo mi silla de acero inoxidable recién comprada y camino hasta mi casa,  mientras pienso en el sonido de Petare los fines de semana o en el de Las Minas, que se escucha en todo su esplendor en el estacionamiento del Centro Ítalo.   Sólo falta sumar uno que otro tiro.

Me acerco, con actitud amable, voz baja. El hombre que me recibe enfundado en su franela con manchas dejadas por la arena húmeda, me observa con una picardía en los ojos que me aclara que tengo la batalla perdida.  Al llegar a mi casa recurro al chat de vecinos, que debe servir para algo más que para enviar chistes, cadenas y alertas políticas. Solicito solidaridad, recurro a la palabra convivencia, creo que hasta menciono  ese tema ‘loco’ de la ciudadanía.  La respuesta es certera, firme e inmediata.  “Con todos los problemas que estamos viviendo, con la carestía y la escasez lo mínimo que tenemos en derecho a divertirnos. Si usted quiere un Spa, váyase a otro lado, aquí no es. Esto no es un spa”.

Para algunos la respuesta puede sonar a chiste, para otros puede que sea el mejor de los argumentos. De hecho, nadie dice nada en el chat y es lógico porque bien se dice que “el que calla otorga”. Para mí  esto que sucede es la expresión clara de una buena parte de este país, golpeado por unos y por otros. Una sociedad donde prevalece la anarquía y en donde los límites que implican deberes y derechos han desaparecido. En una sociedad donde se imponen los criterios a fuerza de bravuconadas.

Publicada originalmente en https://elconstructoronline.jimdo.com/la-otra-cara/

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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