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La noche de 12 años UNOS TIPOS MALÍSIMOS, por Héctor Concari

La noche d 12 años
Antonio de la Torre interpreta a Pepe Mujica preso.

En el ranking del horror de los gobiernos militares de los años setenta del siglo pasado, la dictadura uruguaya ocupa un lugar a la medida del tamaño del país. Es cierto que no tuvo miles de desaparecidos como Argentina, o caravanas de la muerte como Chile. Pero el pasivo no es menos estremecedor: miles de presos en un país de 3 millones de habitantes y una peculiar manera de disuadir un renacer de la lucha armada de la década pasada. Tomar a 9 integrantes de la cúpula del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) y rotarlos por los cuarteles del interior del país, en condiciones infrahumanas con la promesa de ejecutarlos si algo indebido ocurría. A la salida, 2 de ellos Mauricio Rosencof, un estimable escritor, y Eleuterio Fernández Huidobro publicaron un libro testimonial, Memorias del calabozo, sobre el que se basa un filme que navega por Netflix sin mayores aspavientos. La noche de 12 años, en alusión al tiempo de presidio.

Al inicio, la película despliega una leyenda narrando el esquema antes mencionado para hacer conocer las condiciones de reclusión al público actual. Es toda la explicación del momento histórico y la principal falla de la película. A partir de ese momento, asistimos a la larga serie de vejámenes, malos tratos y violaciones de derechos fundamentales que unos uniformados de gesto adusto y pocas consideraciones descargan sobre unos presos desvalidos, sin que medie mayor explicación de por qué unos están en un bando y otros en otro. La verdad es, como siempre, mucho más compleja. Los uniformados en efecto eran malísimos, pero, aun sin abrevar en la falacia de los “dos demonios”, esa maldad se había cebado en errores gruesos de la lucha armada, que incluían eliminación de testigos involuntarios y fusilamiento de soldados rasos porque sí. Errores reconocidos por ellos mismos, en una tibia crítica de las armas. Es una lástima que la película no llegue a captar la esencia del libro en que se basa. Admitamos que las películas sobre prisiones son siempre un tema complejo, esencialmente porque el principal protagonista es el tiempo vacío, un tema sin duda más literario que cinematográfico. (Y no todo el mundo es Robert Bresson para despacharse una obra maestra como Un condenado a muerte se escapa).

Ocurre que entre la publicación del libro y la película han pasado treinta años y no en vano. Los Tupamaros llegaron finalmente al poder como parte de la coalición del Frente Amplio y uno de los rehenes (esa marca país llamada José Mujica) fue presidente. Y Fernández Huidobro no solo fue su ministro de Defensa, sino que estableció con las Fuerzas Armadas una relación de respeto en la cual no hubo revanchismos, provocando algún escozor entre defensores de derechos humanos. Obviamente, esta cercanía estaba regada por los doce años de forzada convivencia que probablemente llevó a los rehenes a entender o por lo menos acercarse a la forma de ver el mundo de sus captores. Es una verdadera lástima que esta dimensión, que es la que finalmente tiene interés histórico, sea totalmente dejada de lado en favor de facilismos repetitivos y abrumadores. No es discutible la brutalidad de aquellos militares. El tema no es la denuncia de asuntos que ya fueron demostrados discutidos y, en buena medida, procesados. El tema, treinta años después, es la relación que muy lentamente fue tejiéndose entre captores y rehenes, de la cual aquí solo conocemos sus aristas más previsibles. Otros dos filmes sobre el asunto (El círculo, de Pedro Charlo y Aldo Garay, y Decile a Mario que no vuelva, de Mario Handler) exploraron con mayor profundidad este vínculo muy complejo, que no dejó de tener episodios más reveladores que el mero maniqueísmo de civiles víctimas en manos de uniformados malísimos. Si no fuera por el cartelito inicial no entenderíamos muy bien por qué unos estaban de un bando y otros del otro.

Un tema final, que ese sí escapa totalmente a la película pero no puede evadirse, es la complicidad del actual gobierno uruguayo con la dictadura venezolana. Con el agravante de la ejemplar conducta de la siempre denostada cuarta república en aquellos años de plomo. Llegó a suspender sus relaciones con Uruguay y tuvo una política de generosidad con sus perseguidos políticos. Es bastante doloroso ese doble estándar, que hace de los militares que torturaban en nombre de la lucha contra el comunismo unos tipos malísimos, y los que torturan en nombre del antimperialismo unos angelitos con mala prensa. En esa coalición diversa llamada Frente Amplio, los dos grupos más golpeados por la dictadura —comunistas y ex tupamaros— son los que más defienden a Maduro, con argumentos particularmente detestables. La lógica del lamebotas es indescifrable, pero se sabe que no hay mejores verdugos que los que alguna vez fueron víctimas.

La historia de la miseria humana es interminable y difícil.

LA NOCHE DE 12 AÑOS. Uruguay, España, Argentina. 2018. Director: Álvaro Brechner. Con Antonio de la Torre, Chino Darín, Alfonso Tort.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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