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La mayor paradoja TRASCENDENCIA DE LA PÉRDIDA Y PÉRDIDA DE LA TRASCENDENCIA, por Fernando Yurman

Trascendencia 1
El duelo de cualquier pérdida se devana en el tiempo, y también construye subjetivamente el tiempo.

Quizás sea imposible separar las dos partes de este título, ángulos de giro del inasible presente. Presente por todas partes, sin pinzas del pasado o del futuro que permita ceñirlo. Nos afecta un remolino de vacíos sin una presunción elevada que brille como guía.

Cuando Walter Benjamín observó la perdida del aura en su ensayo sobre la reproducción industrial del arte, esa ausencia ocupaba un lugar reflexivo. Y lo siguió ocupando hasta desaparecer hace unos años. Mucho se evaporó con él: la falta de esa falta nos deja en una ciega imprecisión para recorrer el museo de la alta cultura, pero también de otros valores que suceden en el tiempo. El devenir perdió la exaltación. Hay un desfasaje insalvable entre lo que todavía somos y lo que nos ocurre. El arte, como las ideologías o las representaciones políticas, casi no logra levantar vuelo en una atmósfera sin trascendencia. ¿Como ha ocurrido? ¿La tecnología se apropió del espíritu, sea este lo que fuere?

Cuando la tecnología mostraba sus dones más que sus uñas, a finales del siglo XIX, Edward Muybridge ilustró, con una fila de máquinas fotográficas coordinada al borde de la pista, que en un momento del galope los caballos tenían todas las patas en el aire. Esa prueba, para el manso ojo de la época, no solo prometía el cinematógrafo, también amenazaba las creencias. Auguste Rodin, recordando las magníficas pinturas de Gericault sobre los caballos, sentenció “la fotografía miente y la pintura tiene razón”. Lo cierto es que un caballo pintado con todas las patas en el aire parecería flotar, y está en el mismo galope la intención de ir de acá para allá, como había luego explicitado la agudeza fenomenológica de Merleau Ponty en El ojo y el espíritu. Pero fuera de estas especulaciones, la furiosa protesta del escultor era la de una cultura cuyo sentido de la verdad estaba enraizado en la equivoca, intencional y apasionada condición humana, no en la transparencia científica. Quizás el artista que hizo hablar a las piedras, y cuyas estatuas se repetirían por todo el mundo, sintió alarmado como acechaba en el progreso la caída del aura. Esta luz, derivada de la inspiración religiosa, es a la postre el brillo de la trascendencia, la perduración de un espacio mayor de significado al que se asciende de la menor de las cajitas chinas, aquella que contiene la infatigable cotidianidad de una generación.

No solo el arte perdió el aura, aunque es su manifestación más flagrante. La creencia en un saber superior de la sociedad o la vida no deriva hoy de la especulación inteligente o los mitos remotos. Los analfabetos algoritmos marcan día a día el rumbo cotidiano. Nada puede trascender las señales tecnológicas porque el más allá ha desaparecido, un vertiginoso presente se ha comido el horizonte. El tiempo de los caballos de Gericault, el tiempo anterior al ‘real’ del universo digital, no solo permitía la historia, también el porvenir que la retoma, el sentido superior de las cosas, los deseos que rebasan la necesidad, la otra esfera donde sucedemos increados. Esta dimensión de la especie, el tiempo mayor que seguía como una sombra ilusional las microhistorias, ha sufrido una mutación que también impide reconocer su perdida. La pugna entre la trascendencia y lo inmediato es impuesta por la alta velocidad tecnológica.

Imaginación, trascendencia y tecnología

La imaginación colectiva, que incluye relatos, mitos, memorias, alardes y temores, siempre nutrió el ‘más allá’ de la especie. Construyó el espacio de la evolución humana contra lo dado. El afán por lo trascendente en ocasiones se expresó en debates menores, subsidiarios de ese déficit genérico. Las pujas entre el anhelo gigante del sueño y la eficiente modestia de la vigilia tejieron y destejieron la historia. Siglos atrás, la química despidió la lenta y perseverante ilusión de la alquimia, como luego el ruido de la radio y las ciudades espantó el espléndido silencio del lector solitario. El primer caso desató la alianza entre la cronología humana y el tiempo exterior de la naturaleza, el segundo mermó los confines de la interioridad. Para muchos espíritus, ambos ensueños fueron víctimas del progreso. Claro que estos espíritus eran a su vez moldeados por la técnica. Aquella observación de Friedrich Kittler sobre la relación entre las funciones simbólicas, imaginarias y reales con la máquina escribir, el cine y el fonógrafo, nos reenvía a la tesis Mac Luhan con el medio y el mensaje. ¿Pero cuál es el mensaje en el vértigo digital, aparte de un mareo orwelliano del control policial y una comunicación masiva que no tiene nada qué decir?

La mascarada de autores y otros trucos de Cervantes fueron estimulados por la imprenta, la pluma de tinta nos dio la cascada emocional de Víctor Hugo y la máquina de escribir el metálico ritmo de Dashiel Hammet o Raymond Chandler, los gabinetes ópticos  la pintura flamenca, la alquimia a Benvenuto Cellini y la pintura industrial a Van Gogh. El mensaje se contagiaba, pero trascendía sobre la herramienta. En la expresión digital parece que la herramienta siempre supera el contenido que esperaría trascender. El mensaje cambia el mensajero. Los tropiezos científicos de la trascendencia tienen capítulos paradigmáticos.

Margaret Talbot reavivó hace poco la existencia de un secreto a voces de la alta cultura y sus decorosos museos. Las blancas estatuas de la antigüedad, según microscópicos restos de pigmentos, estaban originalmente pintadas; la tez y la ropa del Olimpo fueron ilustradas con vigorosos colores omitidos por los museos. Para muchos, esa exclusión del color había sido una prueba irrecusable del racismo occidental, para otros las bocas rojas infamarían la pureza de dioses y vestales. Esta resistencia al color la ejercían también los cinceles del renacimiento y luego sus clásicos herederos, esculturas que remitían la reverente blancura en el siglo XVIII y XIX. No era ignorada esa elección purista: Johann Winckelman, el gran investigador histórico del arte, sostenía que “el blanco del cuerpo es más bello, el color a veces contribuye a la belleza, pero no es la belleza”. Estudioso de los colores y doctrinario romántico, Goethe sostuvo que la afición a los colores vivos era propia de naciones salvajes sin educación. Mas allá del racismo y eurocentrismo, la posición ilustraba un anhelo de formas puras, esencias ideales, trascendentes. No importaba que la blancura no representase a los pueblos reales de la antigüedad, eran los símbolos que habrían de perdurar en el ensueño inmortal de Europa. Esa noción de trascendencia precisaba arquetipos, y no hubieran atravesado la vitalidad colorida, estridente y particular, de las culturas antiguas.

Así, Roma, Grecia, Jerusalén, los míticos orígenes de occidente, fueron rodeados de un blanco esplendor que resaltaba la particularidad del ‘alma’ occidental. Auguste Rodin, el mismo que se enfurecía con la ‘realidad’ fotográfica, había observado sobre las estatuas de la antigüedad “yo siento aquí que nunca fueron coloreadas”. Ese irracional “aquí” ilustra lo íntimo inapelable que había calado el afán trascendente antes de la tecnología actual. De esa misma cuna de esplendor imaginario, se derivan el humanismo y los valores universales, como asimismo el racismo y la exclusión.

Trascendencia y fascismo

El retorno del fascismo en Europa parece también paradójica reacción a este “retorno del color” y la pérdida del “aura” occidental. El color matizado e insoslayable de la realidad sin relato, su poderosa incertidumbre histórica, ciega la incertidumbre metafísica y las apelaciones trascendentes. Cuando lo que viene de parte de las cosas se torna aluvional, el primer plano dramático suele ser la pesadilla, no el ensueño. En su tiempo, el pragmático Stalin, ante el funesto vértigo de la invasión nazi, debió abandonar la abstracta trascendencia de la lucha de clases e incorporar los signos nacionalistas que había cultivado el zarismo: nombres, sacramentos, colores y vocablos patrios; también hoy lo hace Putin. Sin duda, el nazismo, el fascismo, el antisemitismo, la xenofobia, aportan trascendencia, pero es más sensorial, palpable, inmediata, que los ideales democráticos. Resulta más accesible para una generación que ha perdido distancia simbólica hacia el más allá de ellos mismos. Una generación sin generación, disuelta en la intemporalidad de las pantallas, recibe mejor los signos fáciles.

La globalización del tiempo, ademas del espacio, deja suspendidas la infancia, juventud y ancianidad que trasmitían y reciclaban el saber. La trascendencia ya no puede tomar largos plazos porque la misma pausa generacional se achicó vertiginosamente. Todo se simplifica en la velocidad digital, las referencias abstractas giran en vacío y no logran engranar; el algoritmo deja muy atrás la artesanía del silogismo. No obstante, una condición tangible, torpe y concreta, propia de las pasiones fascistas, logra empalmar imaginariamente la abismal distancia abierta con la complejidad digital; En diferencia, las reservas simbólicas de la humanidad se muestran escasas para el universo tecnológico que ha gestado. Se estancan las especulaciones abstractas, arcilla imprescindible de la travesía conceptual, solo logran patinar sobre un pensamiento binario, aferrado a sensaciones o imágenes parciales.

Los ‘chalecos amarillos’ devinieron paradigma de la sustitución de la palabra y el discurso por la mirada y el color. Desean ser mirados, no leídos o escuchados como en los lentos tiempos de la palabra. Lo que antes era una metonimia, parte que remitía a un concepto político, como ‘los verdes’, ‘los rojos’ o ‘los blancos’, ahora se ha sustantivado. Esa disminución de la complejidad ha invadido Europa, pero no ha dejado indemne ningún ámbito público internacional. El temple fascista ha teñido todas las sociedades. Una epidemia de demandas de bienes concretos, divisas y consignas concretas, amigos y enemigos concretos, ha plagado el discurso político, ya que también los políticos están generalmente excluidos del pensamiento y sometidos al mismo poder digital. Lo que no entra en el Twitter sobra, y luego va dejando de existir. La generalizada corrupción ya no es una perversión del político, sino lo poco que resta a muchos de esa función cívica en una polis digital.

El crepúsculo renacentista

Un aspecto sorprendente de este vuelco es su enorme rango y rapidez. Quizás solo comparable al cataclismo positivo del Renacimiento, su exacta contrapartida. La recuperación del arte, la ciencia, la audacia de la antigüedad, el agilizado comercio, promovieron hace cinco siglos un protagonismo desconocido. Los artesanos pasaron a artistas, los aristócratas a políticos, los pintores a autores, hubo autorretratos y autobiografías, la cultura medieval fue redistribuida y multiplicada por la imprenta, el reloj unifico el tiempo, la lectura se tornó silenciosa y personal, y el humano descubrió en su interior una vasta relevancia. La trascendencia ya no era una postulación externa del dogma, sino un anhelo individual. Los deseos, la subjetividad, estaban ligados a la apetencia de derechos y de ensueños. A la inversa, el actual es un Renacimiento de las máquinas y no de los hombres, los creadores se tornan especialistas de la demanda robótica y la biografía es un fragmento visual. La originalidad creativa humana, esa gran dimensión colectiva, abandonó su épica y parece incluso entrar en un cono de sombra. Los clásicos del renacimiento dejaban sus estatuas en blanco para imitar la respetada antigüedad, pero también para sembrar con esa blancura la trascendencia del futuro. Este siglo ha segado ese largo anhelo.

La trascendencia, la invitación de un más allá de las cosas, es una de las depuraciones y afinamientos del don imaginario. Ha tomado muchas formas en diversas religiones, se opacó e incendió, pero siempre respiró con la evolución. El monoteísmo judío había postulado la ausencia de imágenes y la exclusión del color de la divinidad para preservar en lo invisible la infinitud. La ausencia de color, que postulaba el Moisés de Miguel Ángel o el David, era el retorno de aquello guardado en una preservada lejanía, una entidad que ni siquiera la luz podía representar (el arco iris, posterior al Diluvio, era muestra del Pacto Divino, su señal, no la misma divinidad).

Muchos místicos, el pertinaz esfuerzo interpretativo de la cábala, reconocían esa dimensión remota, invisible, que también Mester Eckart anunciaba y bullía en la Reforma. El Renacimiento no solo recuperó griegos y romanos, también alentó aquella lejanía reprimida u olvidada. No obstante, después de cinco siglos, el esplendor parece fundirse otra vez en un neopaganismo electrónico medieval. La distancia suprimida no es solo interior. El más allá geográfico y espiritual de Cristóbal Colón, Hernando de Magallanes, Leonardo Da Vinci o Michelangelo llega al mismo límite. En aquel tiempo esa lejanía logro referentes reales, ya que los viajes triplicaron el tamaño del globo terráqueo: África podía ser misteriosa, el Oriente plácidamente imaginario, América una señal del porvenir. Nuestro tiempo es la contrapartida de aquella amplitud que invitaba ir más allá. En el siglo XXI, la Tierra se tornó una azarosa pelota azul, frágil, achicada por la demografía, y ecológicamente enferma. Uno de los efectos es una notoria claustrofobia planetaria, imposibilidad de viajes reales, aplacamiento de la inspiración libre, y aparición de vastas ideologías del suicidio de la especie, como le ocurre biológicamente a los Lemings o las ballenas varadas.

Dios hizo el mundo de la nada, pero la nada siguió estando, sostenía Valery. Ahora nos falta, hay una creciente escasez de espacio metafísico. Girando hacia atrás el tiempo, Jorge Luis Borges sostenía que el autor creaba sus precursores, como hizo Kafka con Melville. Es fácil advertir para nosotros la diferencia en los ecos del más allá que les llegaban. En Melville el desplazamiento no era solo en el tiempo, sino asimismo en el espacio, y su anhelo metafísico podía hacer alegoría con la naturaleza viviente. También en el urbanizado Kafka aparecen chacales, desiertos o remotas Chinas, pero nacen sin naturaleza. Incluso Melville documenta, a pie de página, la biología, historia y comercio de ballenas, tal como Rómulo Gallegos lo hace con el llano en Doña Barbara, porque todavía es una naturaleza que vive entre los hombres, y no había sido absorbida por el mito, como ya ocurría en el paisaje inglés.

Prehistoria de la mutación digital

La técnica heredaba siempre el benévolo sentido de herramienta, pero con el aumento de la complejidad también se multiplico la suspicacia. La rebelión de la computadora, núcleo dramático del film de Stanley Kubrick, es ya un añejo símbolo de una sospecha literaria. El argumento condensaba presunciones fantásticas de Isaac Asimov y estaba honrosamente endeudado con Frankenstein, incluso con el Golem. Ilustraba el siniestro crepúsculo de la vital alianza del instrumento con la mano, que había cantado el optimismo positivista, ensalzado el futurismo y alegorizado la hoz y el martillo. Hoy esa arcaica relación es menos con la mano que con algunos dedos, menos con esos dedos que con la vista, más con señales que con la memoria, y aquella desobediencia tecnológica desvanece su ingenuidad en las nuevas transacciones digitales. No se rebelan los cyborgs, pero la eficacia del pacto que demanda la vida online no alcanza a cubrir la transformación que impone sobre la vida offline. Según las últimas estrategias políticas, el pacto es un sometimiento y sus beneficios son dudosos.

Ya había un desconsuelo con algunas de sus bondades: el uso aliviador del GPS no permite la esencial experiencia de perdernos, lo que para el dichoso flaneur dilapidaba un tesoro; el aluvión fotográfico archiva el minucioso pasado, y sepulta la delicada nostalgia que endulzaba la memoria; su ritmo no deja devanar el sincopado pasaje del tiempo que tejía la experiencia. No se trataba en la cultura digital de una segunda naturaleza que se funde con la primera, como sucede con el lenguaje, mitad genético y mitad adquirido, sino un retorno abusivo de la tecnología para rediseñar nuestra intimidad. La ubicuidad creciente de esta marejada nos empapa. Casi nos torna otra criatura, una entidad que no podemos adivinar cabalmente porque la mitad de nosotros es el software que nos envuelve.

La primera alerta de precisión, sin la sensibilidad especial del arte, fue del ensayista Lewis Mumford. A comienzos del siglo XX había indicado que el reloj no solo unificó el tiempo, también la división en horas, separo la sensación corporal de las decisiones vitales y sometió el músculo a la abstracción cronométrica. El último, antes de la actual debacle, fue del ciber utopista Evgueni Morozov: “internet puede promover libertades, pero también opresión, y podría ser el nuevo opio de masas”. La lógica de los algoritmos sabe más de nosotros que nosotros mismos, pero además nos convierte, con nuestra propia colaboración, en un organismo desconocido. Somos aquellos pioneros espaciales de Ray Bradbury que imperceptiblemente se tornaban marcianos. Es como si ese antiguo vínculo, que alguna vez cuestionaron los movimientos antimaquinistas del siglo XIX o las semblanzas románticas de Thoreau o Emerson, hubieran encontrado el verdadero dragón. Los chips y pantallas resultan los leños para un caldero que cocina otra humanidad. Aquella sospecha que había mimado Wells o Verne, la Metrópolis de Fritz Lang o el mundo de Aldous Huxley, ensombreció los últimos avances. Unos piensan que nos coloniza, otros que nos potencia, pero es una auténtica mutación de la especie.

La aldea global, que Mac Luhan profetizaba, cumplió la sentencia de ‘pueblo chico, infierno grande’. Quizás la mayor paradoja de esta amplitud es que los usuarios viven en sus propias burbujas grupales, y en vez de intercambiar experiencias solo profundizan sus creencias previas. El internet desvaneció las jerarquías, disolvió las metrópolis y periferias, y esas multitudes fragmentadas son presa de la minuciosa captación de datos que definen las estrategias políticas.

Zigmunt Bauman, el pensador que había definido nuestro tiempo como ‘realidad líquida’, observaba que nos estamos distanciando del pasado a vertiginosa velocidad, y es relevante el impacto de dos fuerzas, el olvido y la memoria. La escasez de tiempo impide rememorar y la memoria guarda un recuerdo deformado del pasado. Habría que agregar a esta observación del filósofo que la condición de productor de datos de los consumidores de redes, soslaya los expertos y la confianza tradicional en la información, para caer en un pluralismo informativo sin rumbo que ofrece todas sus presas a las bases de datos. Hay gran avidez para no perderse nada, pero una notable dificultad para retener lo importante. Una frase intensa puede determinar una decisión colectiva, porque el usuario esta inerme ante el natural narcisismo que no puede controlar. Las redes estimulan las tendencias al voyerismo y al exhibicionismo. Son las pasiones de la civilización del espectáculo que emanan de esta tecnología. No es ajeno a la sensación fantasma de la vida registrada, casi filmada, ya que todo hecho se duplica, como observaba Laurence Scott en su penetrante estudio “La cuarta dimensión humana”.

La trascendencia cibernética

El antropólogo Yuval Harari, ha indicado una muy próxima transformación de la especie por la genética y la electrónica, como asimismo la inevitable encomienda de la colonización del espacio a una generación de robots. Esta perdida protagónica es la menos dura de sus presunciones, la producción automatizada y la gestación de una masa inútil de desocupados es más grave y dolorosa. Quizás el rasgo ominoso y fatal de este dictamen, que no pretende ser profético, es la condición inerme de la humanidad frente a un cambio que ya comenzó. Emerge un poder desconocido. Son muchísimas las campañas políticas, decisiones sociales y diplomáticas, diseñadas por la inteligencia digital. La intervención de internet tanto en la campaña de Obama como en la de Trump, indica un tercer poder tecnológico que define más allá de las ideologías. El último vagón del tren había decidido la campaña electoral a Theodor Roosevelt, la radio a Hitler o Perón, la televisión a Kennedy, pero la herramienta digital, por su poderío y riqueza, y porque está en su naturaleza, se sirve a sí misma. No podría respetar el anhelo de trascendencia, excepto como dato de un nuevo algoritmo que lo aproveche[i].

La trascendencia de la pérdida y la pérdida de la trascendencia son hoy inextricables. El duelo de cualquier pérdida se devana en el tiempo, y también construye subjetivamente el tiempo. El tiempo real digital no permite esa construcción, evapora el duelo al nacer: se asiste a la emergencia de una especie sin duelo, sin historia imaginada y sin tiempo. La trascendencia, ese coronamiento imaginario de la especie, disminuye. Pero no es notada, no hay un rey vivo que atestigüe su caída. La mutación absorbe sus ancestros.

[i] Los que evitan ese destino pasivo se convierten en los errantes buscadores de La Biblioteca de Babel que el genial Borges había anticipado.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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