Inicio / CINE Y TV / La la land UNA NUEVA JOYA DEL GÉNERO, por Héctor Rojas

La la land UNA NUEVA JOYA DEL GÉNERO, por Héctor Rojas

La la land
Es evidente la química que existe entre Ryan Gosling y Emma Stone.

Los musicales hicieron que me enamorara del viejo Hollywood. Me enseñaron que muchos de los sentimientos más hermosos, no pueden ser expresados con palabras, sino que es necesario cantarlos. Recuerdo haber quedado impresionado por las películas de Gene Kelly y Fred Astaire, sus personajes tenían tanto pulso como la vida, y transmitían una vitalidad y una alegría tan grandes, que quedaban impregnadas en cada fotograma en el que sus cuerpos danzaban al ritmo de una melodiosa canción. Los personajes de los musicales no solo lograron comprender el amor de una manera diferente al de las películas tradicionales, también transformaron esa particular forma de ver los sentimientos en un arte supremo, bailando, cantando con pasión y trascendiendo el diálogo para convertirse en algo mayor, algo puro y sincero, algo, más cercano al verdadero romance que viven los enamorados.

Hemos tenido un notable número de musicales desde la época de Kelly y Astaire, pero pocos han retomado esa magia en la que los personajes se comunicaban más con sus cuerpos que con sus propias voces. Una de las cosas que llama la atención en La La Land (2016) es la cantidad de energía y esfuerzo que Demien Chazelle destina a la música y al movimiento de los protagonistas, dejando a un lado las letras de las canciones. Esto no significa que la lírica sea menos importante. Esto es el resultado de la costumbre que se ha creado en torno a los musicales modernos, que en la mayoría de las ocasiones están basados en los espectáculos de Broadway, en donde gran parte de la tensión es trasladada más hacia las canciones que a la propia trama.

En la particular visión del director de Whiplash (2014) una coreografía bien ejecutada o una poderosa nota de piano pueden tener más poder que una sola palabra. Esta es una bella película sobre el amor y los sueños y de cómo uno puede impulsar al otro. Un film en el que prevalece la magia y la nostalgia de la música, por sobre la técnica de las coreografías. Una película que se nutre de los grandes musicales de la historia, y que quizás se queda a un paso de entrar al Olimpo de los mejores musicales de todos los tiempos.

La historia abre con un gran número musical en el concurrido tránsito de un puente en la ciudad de Los Ángeles. Los vehículos se encuentran atrapados en un atolladero que parece no tener fin, cuando la mayoría de los conductores salen a entonar la canción Another Day of Sun, una especie de himno sobre cómo cada día trae nuevas esperanzas y oportunidades, para todos estos jóvenes artistas. La dirección de Chazelle así como la coreografía lucen diferentes en este inicio en relación con el resto del metraje. Las tomas panorámicas se vuelven más extensas y las coreografías menos exigentes. Podemos ver a los bailarines ejecutar sus movimientos en secuencias largas e ininterrumpidas. Después de la breve introducción de una ciudad en la que todos son soñadores, conocemos al pianista Sebastian (Ryan Gosling) y a la actriz Mia (Enma Stone).

Es evidente la química que existe entre Gosling y Stone. En las primeras escenas, ambos juegan a burlarse de los defectos del otro. Esto es una buena estrategia por parte de Chazelle, teniendo en cuenta que ninguno de los dos son bailarines ni cantantes naturales. «No hay un solo primer plano en toda la película realizado por un doble de manos» reveló el director, sobre la responsabilidad que Gosling adquirió para tocar el piano, a través de intensas prácticas de casi cuatro horas al día.

La primera secuencia importante de baile, sucede cuando ambos tienen una larga caminata, mientras que el sol se está posando sobre las colinas de Hollywood. Durante la charla, descubren que tienen muchas cosas en común. Mia está cansada de hacer audiciones en las que su talento no es tomado en cuenta y solo es objeto de burla. Sebastian se aferra con ahínco a su sueño de salvar el jazz como género musical. Sueña con tener su propio club, dejar de tocar para turistas y ser menospreciado por su jefe. Los dos sienten una atracción clara e instantánea. Es allí cuando deciden cantar acerca de cómo no son realmente una pareja, y de cómo esa hermosa noche está siendo desperdiciada al no estar con quien les corresponde.

Lo que dicen las palabras es opuesto a lo que demuestran sus cuerpos en un número de baile fantásticamente coreografiado. Es cierto que Gosling no posee la forma de bailar y el estilo atlético y acrobático de Kelly y que como bailarín la distancia entre ambos es abismal, pero posee el carácter y el compromiso en cada movimiento, lo que hace que la técnica pueda pasar por momentos desapercibida. Tanto él como Stone son fluidos y los vemos caer en el amor por medio del baile. Sus movimientos no sugieren pasión física, sino un temprano idealismo en el que los dos se descubren como alma gemela.

El uso del tiempo real es otro elemento que usa Chazelle con maestría. Godard manifestó «el cine es realidad veinticuatro veces por segundo, y cada corte es una mentira». Chazelle llegó a la misma conclusión. Cada secuencia de baile —su mayoría—  es filmada de cerca, lo más cerca posible, en una toma única y mostrando casi todo el tiempo el cuerpo completo de los bailarines, de la cabeza a los pies. Para un público que admira todo en conjunto, la posibilidad de corte no existe. Éstos solo son usados para mostrar distintos puntos de vista, todo lo demás, es contemplado con una cámara posicionada sobre una grúa que sigue a los personajes, volando por todo el decorado. Los primeros planos del rostro de los bailarines son poco usuales porque de esa manera se negaría el movimiento de sus cuerpos.

Lo que sostiene esta producción durante las dos horas de duración son las personalidades de Gosling y Stone. Ambos tienen el estatus y el poder de superestrella que hizo que muchos de los musicales de la época dorada de Hollywood fueran grandes. Él es carismático y agradable. Ella es hermosa e inteligente. En el momento en que la película exige mayor profundidad, sus personajes funcionan perfectamente sin la música. Recordemos la escena de la cena. Lo que inicia con una agradable charla, termina en un intenso drama en el que Sebastián le reprocha a Mia sentir celos por el éxito que este está teniendo con su banda. Stone es la que presenta el arco emocional más convincente, en la que posiblemente sea la mejor escena dramática de la película. Y no solo por su carga emocional sino por el giro final que produce en la trama rumbo al último acto de la película.

La La Land, se erige a través de una puesta en escena colorista y de imaginación exuberante. No sólo de las escenas de baile emana una belleza subyugadora, sino que toda la cinta en su conjunto, posee una singular capacidad hipnótica y representativa, que hace alegoría a un mundo de fantasía, donde los sueños se hacen realidad. La dirección de fotografía a cargo de Linus Sandgren —American Hustle (2013), Joy (2015)— es extraordinaria. La iluminación juega un papel determinante en el tono narrativo de la historia, que junto a una adecuada composición fotográfica, constituyen la base perfecta sobre la cual se desliza el relato. No menos destacable es la música de Justin Hurwitz, quien por segunda vez colabora junto a Chazelle en la elaboración del soundtrack de una película. También destaca un magistral diseño de producción que recrea con exactitud diversos escenarios y situaciones, todo bajo un acertado montaje de Tom Cross, que une el universo mágico creado por Chazelle con extrema coherencia y elegancia visual, marcando el ritmo vertiginoso en las escenas musicales y la pasividad necesaria en los momentos menos exigentes.

No existe duda de que estamos ante una nueva joya del género. Calificarla de ser una cinta sobrevalorada como lo han hecho algunos medios especializados sería imprudente. Chazelle supo tomar lo mejor de los grandes clásicos, para hacer una adaptación que se viste con la magia de películas como Cantando bajo la lluvia (Singing in the rain, 1952), y Ritmo loco (Swing Time, 1936), pero alejándose de lo opulento de Los Miserables (Les Miserables 2012) y lo suntuoso de Chicago (2002).

Una historia de amor muy necesaria para el mundo en que vivimos, en el que es fácil imaginar que los sueños nunca se hacen realidad, y que el verdadero amor solo existe en las cintas que vemos en el cine. La La Land es un recordatorio de que las películas todavía pueden ser mágicas, y que aun pueden ser el cristal a través del cual podemos ver la magia que existe en el mundo que nos rodea. No se trata de tener otro día bajo el sol como entonan los personajes en el número de apertura, es acerca de los sueños que tenemos por las noches, los que tratamos de cumplir día tras día al despertarnos, y que nos mantienen bailando.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

Te interesa

Mujer venezolana en las calles

Trágico espectáculo EL GOBIERNO ES UN PROYECTO FRACASADO, por Arnaldo Esté

En realidad el proyecto nunca terminó de cuajar. Cuando se hizo la Constitución en 1999 …

Deja un comentario