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La chica en la telaraña LOS BLUES DE LISBETH SALANDER, por Héctor Concari

La chica en la telaraña 1
Y, por tratarse de un mundo nuevo, en el cual la informática juega un papel fundamental, los recursos de Lisbeth tienen más que ver con los trucos de Harry Potter que con las posibilidades de la tecnología.

La historia de la saga Millenium es tan original que merecería, ella sola, una película. El sueco Stieg Larsson logró escribir tres novelas, antes de ser arrasado en 2004 por un infarto que le impidió ver su trabajo publicado y cobrar unos cuantiosos royalties, que, según las malas lenguas, fueron a parar a su ex mujer, de la que no se había divorciado, y no a su compañera de vida, con quien no había tomado la precaución de casarse. Cosas del anarquista caótico que, según dicen, era Larsson.

Para mejorar las cosas, las aventuras saltaron a la pantalla de la TV sueca, con una inicial serie de tres capítulos deslumbrantes. No era para menos: Larsson postulaba dos héroes anónimos y justicieros que despertaban una natural empatía en el espectador y que probablemente reflejaban a su autor. Lisbeth Salander, una hacker lésbica, marginal, aficionada a las motos y justiciera, y su complinche Mikael Blomkvist, periodista independiente y solidario, hurgaban en el alma oscura de la sociedad, destapaban sórdidos conflictos económicos y políticos bajo el modélico sistema nórdico. Mejor aún, la primera era irredimiblemente marginal y clandestina, pero le brindaba al segundo los datos que le permitían, manteniendo una fachada legal, exponer trapos muy, pero que muy sucios. El éxito fue tal que la protagonista, Naomi Rapace, fue exportada a Hollywood para protagonizar La chica del dragón tatuado dirigida en 2011 por el siempre siniestro David Fincher. Pero la codicia rompe el saco. La maldita afición de Larsson a la comida chatarra y su lógico infarto dejaron inconclusa una serie que, según sus notas, debía completarse con siete novelas adicionales. La editorial contrató entonces a David Lagercrantz para que continuara la obra del malogrado original. Y el cine dejó pasar siete años antes de hacer un relanzamiento (reboot en la jerga de la industria), con nuevos protagonistas.

Y nuevas mañas, que uno no puede sino achacar al sustituto (historia por demás conocida, el muerto era mejor). El encanto de Lisbeth y su apéndice Blomkvist estaba no solo en su transgresión personal y profesional, sino en un ingenio anclado en los nuevos paradigmas informáticos del siglo que recién empezaba. Salander hackeaba a los malos, lo cual era una forma aggiornada de robar a los ladrones. Y por inaugurar un milenio (nombre de la revista de Blomkvist) lo robado no era dinero, sino datos. Registros de hechos incriminatorios que levantaban las iras de los poderosos y se arrastraban entre las grietas del paraíso sueco. Pero han pasado unos quince años. La revista Millenium se ha vendido, Blomkvist se aburre y ya no escribe y Lisbeth mata sus ratos de ocio como virtual agente libre de Me too castigando al macho universal, según la secuencia del comienzo. Y el mundo, que a principios de siglo lucía aún bastante ancho y ajeno, se ha vuelto una nuececita. Por eso, cuando Lisbeth es encargada de recuperar un archivo vinculado con el sistema de Defensa, no solo despierta el interés de las fuerzas de su país sino, y muy especialmente, dispara las alarmas de la primera potencia mundial. El cambio de paradigma es bastante interesante. La antiheroína original hacía gala de una libertad (personal, sexual, profesional) que remedaba el anarquismo de su autor y apenas lograba una pátina de aceptación social cuando sus hallazgos encontraban un camino legal a través de la prensa, que, como todo el mundo sabe, reclama libertad para ser respetada. Quince años después ese periódico independiente ha sido vendido y entrado en una fase más aceptable para la sociedad, pero además el conflicto, al tornarse global, se ha vuelto más abstracto. Los villanos ya no son plutócratas nórdicos con pasados oscuros, sino más bien mala gente con designios planetarios que recuerdan a villanos de James Bond. Parientes cercanos, además. Y, por tratarse de un mundo nuevo, en el cual la informática juega un papel fundamental, los recursos de Lisbeth tienen más que ver con los trucos de Harry Potter que con las posibilidades de la tecnología. Una premisa del cine policial es que la intriga tiene que estar engarzada en los dos o tres rasgos de carácter que le dan cuerpo al protagonista y despiertan una cierta simpatía del espectador. Y sentimientos opuestos o por lo menos encontrados con su ocasional némesis. Esa química especial que las novelas, la serie inicial y la gélida aproximación de Fincher manejaban magistralmente no está aquí.

El resultado es un meticuloso disparate, que no ahorra una sola concesión a la verosimilitud y hace de la independencia de la Salander mucho más una excentricidad de niña malcriada que un rasgo de su personalidad. Ya se sabe lo mal que evolucionan las sagas cuando quieren copiar al original. Esta no es una excepción.

La chica en la telaraña (The girl in the spider’s web). EEUU, Reino Unido, Alemania, Suecia. 2018. Dirección: Fede Álvarez. Con Claire Foy, Beau Gadsdon, Sverrir Gudnason.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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