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La buena esposa ¿DÓNDE EMPIEZO Y DÓNDE TERMINO YO?, por María Dolores Ara

La buena esposa 1
En el fondo de este matrimonio aparentemente feliz se esconde una herida sin cicatrizar, abierta a punta de cobardías, engaños, deslealtades y rivalidad.

A Björn Runge lo conocimos cuando fue galardonado, en 2003, con el Oso de Plata en Berlin, por Al final del día, film basado en la novela homónima de Kazuo Ishiguro (Premio Nobel de Literatura 2017). La adaptación y dirección del cineasta sueco fue de una lealtad y nobleza impecables para con la idea del escritor británico, de origen nipón.

Runge, quien se reconoce deudor de Bergman, eligió un camino muy distinto para trasladar a la pantalla la novela de la escritora neoyorquina Meg Wolitzer, The wife, por la cual Glenn Close ganó el año pasado el Globo de Oro a la mejor actriz y estuvo nominada al Oscar en el mismo rango. También va el asunto de adaptaciones literarias y premios Nobel aunque esta vez la perspectiva elegida sea diametralmente opuesta entre novela y película.

Meg Wolitzer (1959) escribe una sátira ácida y punzo penetrante, con sobredosis de humor negro, desde el monólogo interior de la protagonista, Joan Castleman, esposa por 40 años de un afamado escritor de novelas que acaba de ser premiado con el Nobel de Literatura. Y es esa circunstancia la que hace explotar la furia de la esposa, acumulada por tan larguísimo tiempo en el almacén del resentimiento, las facturas pendientes, el segundo plano social y el desprecio mordiente a un marido vanidoso, necio, arrogante y narciso que, para remate, no es lo que parece. Ella, tampoco.

The wife, la novela, es un paseo gozoso por la ironía feroz de este monólogo interior en el que ella, la esposa, repasa con un puñal de acero su pacto silencioso para sostener el pedestal de la estatua de su afamado marido. Pedestal que no merece ni se ha ganado pero que les ha servido a ambos para tener la fiesta en paz. De verbo ágil, viperino, inteligente e incisivo, Joan Castleman nos dice en la primera línea de la obra que ha decidido abandonar a ese fantoche, a quien ya no soporta ni un minuto más. La descripción de Joe, de su familia judía, del pasado amoroso de ambos, de la juventud compartida en la universidad y de cómo ella va descubriendo a un ser mezquino y fatuo, del que se avergüenza, tejen una trama tan seductora que nos encadena a la historia con verdadero deleite.

Para la filmación el director eligió, en cambio, una perspectiva externa que convierte la hilarante historia mordaz en un drama a punto de tragedia. Joan es, en el celuloide, una introvertida mujer invisible, que cuida exageradamente la imagen de su prestigioso marido hasta convertir ese celo en una misión casi sagrada. Solo los gestos imperceptibles delatan la amargura bien maquillada de quien ha sostenido, tras bastidores, al gigante de barro y lo ha catapultado al estrellato hasta colocarlo frente al Rey de Suecia para quedar ungido con el máximo trofeo de las letras. Y esto no es porque le advierta con disimulo que tiene rastros de comida en la barba o que el corbatín del smoking está torcido. Es literal: ella es el talento productivo detrás de la firma en cada libro, ella es la escritora tenaz y valiosa, ella es el genio que se agazapa detrás del hombre de escaso talento. Ella es la pluma aplaudida por todos. Pero nadie lo sabe. O casi nadie.

El pacto cruel que la ha borrado de la gloria literaria es el corazón de la historia. En el fondo de este matrimonio aparentemente feliz se esconde una herida sin cicatrizar, abierta a punta de cobardías, engaños, deslealtades y rivalidad. Un duelo intelectual entre dos contendores dispares, que han acordado no morir en el intento y donde ella lo deja ganar de cara a la galería, sabiendo quién tiene la sartén por el mango. Pero llegar al Nobel cambia esta circunstancia y el volcán empieza a escupir lava: una cosa es estar oculta mientras se trata del mundo conocido y otra muy distinta pasear por la alfombra roja. La batalla, entonces, se entabla abiertamente y no quedará títere con cabeza. “La vanidad es mi pecado favorito”. apostrofa Satanás en aquel film memorable, El abogado del diablo (1997) de Taylor HackfordHasta aquí llegó la abnegada esposa y su máscara sumisa. Hasta aquí llegó la colaboración con la impostura. Ella también reclama su momento fastuoso dentro del espectáculo cultural al que tiene más derecho que su fraudulento marido.

El personaje central femenino se presenta, en la película, como una víctima del abuso de poder masculino, del maltrato psicológico del patriarcado al uso; denuncia el machismo inserto en el mundo de la alta cultura, a una sociedad que ha venido aplastando el talento femenino mientras impulsa la mediocridad de los hombres y cuya consecuencia es la de llevar, ellas, una vida en la sombra. Esta perspectiva resulta bastante forzada a pesar de ser el tema del momento. O justo por serlo. Queda la sensación de que esta visión fílmica se inserta dentro de la efervescencia del Me too, del feminismo de última hornada, del escándalo por acoso sexual dentro de la Academia Sueca que impidió la entrega del Nobel el año pasado, y lo hace de modo artificial. La historia cultural nos ofrece cantidad de ejemplos similares, en los cuales las mujeres de artistas prominentes han sido las verdaderas autoras de una obra que no se les reconoce y de la cual se les despoja en aras del tributo obligado al hombre de turno. El asunto no es nuevo. Pero la época en que suceden los hechos, plena contemporaneidad y la aceptación clara de ella de no aparecer en primer plano, le dan un giro distinto que impide verla como a una víctima sufrida. La protagonista ha sido cómplice voluntaria de este montaje. Aunque la procesión vaya por dentro y se acumule una frustración lacerante que terminará en tragedia. Pero menos.

La película no llega a desarrollar con fuerza la sátira sobre la vanidad literaria, sobre el vedetismo patético de los intelectuales. No construye la caricatura del artista narciso, inmaduro, superficial, mujeriego y mezquino que la novela borda impecablemente. Al prescindir de la voz dura y venenosa de la narradora, pierde la dimensión satirizante y el humor que marca la frontera donde aceptamos que la vida no nos complace y nos reímos de nosotros mismos por haberlo pretendido.

El aporte de la película a la construcción de una postura personal frente a la solicitud del reconocimiento social, moral y legal de las mujeres, se descubre en la paradoja del enfrentamiento final de la pareja. ¿No podemos ser un equipo? ¿Tenemos que responder sumisamente al patrón de una guerra entre los sexos? ¿No hay otra manera de hacer las cosas que desde el combate, la oposición, la violencia o el sometimiento, el masoquismo, la anulación? La película deja abierta la inquietud acerca de la autonomía del ser , la afirmación del sí mismo en las relaciones, la dura tarea de ser para uno antes y por encima de ser para y por el otro. La pregunta del título de este artículo  la expresó el propio director en una entrevista concedida a Cine Europa en 2017. Solo con la repuesta clara seremos felices en pareja, o sin ella.

LA BUENA ESPOSA (The wife) Reino Unido, EEUU y Suecia, 2017. Dirección: Björn Runge. Guion: Jane Anderson sobre la novela de Meg Wolitzer. Fotografía: Ulf Brantas. Montaje Lena Dahlberg. Música: Jocelyn Pook. Elenco: Glenn Close, Jonathan Pryce, Christian Slater.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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