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Karl Krispin «LOS ESCRITORES NO ESTAMOS EN NINGUNA TORRE DE MARFIL», por Juan Luis Landaeta

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«Caracas ha cambiado muchísimo. Sigue siendo la misma ciudad convulsa de toda la vida, lo que sucede es que antes éramos tremendamente cosmopolitas y ahora no».

Karl Krispin jamás fue el nerd de la clase ni se entró a golpes en el colegio. Una entrega total hacia la cultura, lo vio descubrir el mundo entre los conciertos dominicales de la Sinfónica de Caracas y las mesas de los almuerzos que los proseguían. Es un convencido de que el proceso humano es el conocimiento diario y quiere, como el pianista Claudio Arrau, 100 años de vida solo para sus lecturas. A los 29 años pidió con arrojo, al editor de El Diario de Caracas, una página completa para sus artículos de opinión. Es profesor de historia, tiene 27 años colaborando en distintos periódicos y una obra literaria que incluye ensayos, novelas y cuentos. Con la Urbe al Cuello, publicada en Estados Unidos bajo el sello de Sudaquia Editores, y 200 Breves, de Oscar Todtmann Editores, son sus más recientes publicaciones. Repite de memoria a Borges ante Joyce con ‘Señor dame coraje y alegría para alcanzar la cumbre de este día’ como una suerte de mantra y ser un escritor de Caracas es su manera de ser venezolano.

—¿El lenguaje es una traducción de la realidad o es una construcción que se hace sobre la realidad?

—No sólo una traducción de la realidad, sino una construcción de la realidad tanto en cuanto se utilice el lenguaje para protegernos de la realidad. Es decir, la persona que se violenta con el lenguaje, no hace otra cosa sino tratar de utilizarlo para protegerse de una realidad que él considera agresiva. El lenguaje también debería procurarse para establecer relaciones de equilibrio con el resto de la humanidad, es decir, en la medida que nosotros no encontremos un lenguaje equilibrador, profundamente explicativo de nuestras diferencias y de nuestro respeto, las sociedades no podrán entenderse.

—Ciento Breve y Doscientos Breves reúnen una cantidad asombrosa de situaciones, datos irónicos, proezas del absurdo y picardías. ¿Cómo llega el profesor universitario, erudito, melómano, a la puntualidad de saber que el plomo en el tinte de un bigote puede estar matando a alguien?

—Los escritores no estamos en ninguna torre de marfil, nosotros trabajamos con el lenguaje, que es una cosa que se está haciendo todos los días en la calle. Es decir, el hecho de que yo hable con un castellano correcto cuando me comunico y que me guste hacerlo con mis alumnos, no quiere decir que yo ignore la jerga callejera de todos los días y de los imaginarios que ruedan por el asfalto. Me encantan los usos del lenguaje en toda su naturaleza. 

—Buena parte de tu obra transcurre en una urbe. Tus narraciones sudan, gritan, padecen y gozan la ciudad. En tu condición de caraqueño, ¿Sientes que Caracas fue una ciudad que ya no es? ¿O en el fondo es la misma convulsa y desigual metrópoli?

—Caracas ha cambiado muchísimo. Sigue siendo la misma ciudad convulsa de toda la vida, lo que sucede es que antes éramos tremendamente cosmopolitas y ahora no. Los mejores cocineros estaban en Caracas, lo mejor del arte venía a Caracas, los mejores intérpretes, las mejores orquestas venían a Caracas, era la puerta de entrada de Sudamérica verdaderamente. Eso cambió con un proceso de descomposición, incluso de autoestima nacional, digamos que con todos los problemas económicos que empezamos a tener a partir de los años ochenta y que se patentizaron de una forma dolorosísima en los años noventa. Ya a partir del año 2000 entramos en una barrera indetenible absolutamente y creo que no sé hasta dónde llegaremos. No obstante toda esa miseria, yo sigo considerando que esta es mi ciudad. Yo soy un escritor de Caracas, he vivido en Caracas y quiero morir en Caracas.

—Tus novelas han tenido que reñirse el tiempo de su autor con otras pasiones. Además de tus espacios de opinión, la historia ha sido un eje profundo de reflexión en tu vida. Esa historia decanta en tus ensayos, tus cuentos y en tus desvelos. La política y la actualidad son incomprensibles sin una revisión del pasado ¿Cómo vives esa relación?

—Yo creo que para mí la historia es irrenunciable, en el sentido que explica mi condición de pequeño gránulo en el medio del cosmos. Me interesa muchísimo una explicación muy racional y basada en la historia de los que nos precede como pueblo. Tenemos un gravísimo problema de identidad y de explicación de nosotros mismos, en términos de lo que significa ser venezolanos. Nosotros no hemos resuelto nuestro problema de identidad y tenemos una colección de mitos alrededor de nuestra historia. Además, adolecemos de una especie de obsesión por copiar e imitar modelos extraños y ajenos.

—La realidad nacional y la relación del poder con los individuos dan fondo a tu novela Con la urbe al cuello ¿Por qué es tan interesante el ‘poder’ en nuestras tierras? ¿Qué hace que todo el mundo quiera hacerse con el ‘coroto’?

—Creo que la relación con el Estado y en consecuencia con el poder en Venezuela siempre ha sido así: todos quieren llegar al Estado porque implica poder. Es una forma inmediata de ascenso social y de beneficio económico. En la medida en que la clientela que ha saltado al poder es menos escrupulosa, tiene menos formación cultural, menores valores educativos, el botín del poder se hace de forma mucho más evidente. La corrupción ha existido en todas las sociedades, es como el pecado, lo que pasa es que varían las formas de corrupción. Cuando pasa de ser un estado excepcional al estado de regla, haciéndose norma, es cuando las sociedades y los países pierden todo tipo de civilidad. Precisamente, Con La urbe al cuello trata de un individuo que se da cuenta de que todo lo que le han contado es mentira. Que todo lo que ha creído de su país es falso y entra en una especie de desolación absoluta con respecto a sí mismo y con respecto a su entorno.

200 breves karl krispin—La literatura breve exige una concisión casi plástica, como si el párrafo, apenas sobrepasado, no entrara en la página. Con el límite de palabras y contando historias (no argumentos) repetiste el ejercicio con el reciente Doscientos Breves.

—Es un problema sencillamente de reducción de las posibilidades narrativas. Cualquiera de esos cuentos podría desarrollarse al infinito. Me parece además un formato muy cómodo por razones de economía escritural y por razones de visión concreta y precisa del mundo. La figura del mini cuento me gusta muchísimo y también exige muchísimo, estos cuentos tienen casi 4 años de trabajo. Yo escribo todos los días del mundo sin excepción.

—Para un escritor que vive febril y diariamente su labor entre páginas y que además supo desde temprano a qué le entregaría su tiempo y energías ¿cuáles son los miedos que debe enfrentar?

—El único temor que tengo en la vida es el de no terminar de escribir todo lo que realmente quiero escribir. A veces pienso que estoy escribiendo a un ritmo muy lento, pero por otra parte, me parece que estoy contento con esos mismos lapsos en que he escrito mis libros. Cada novela me ha tomado unos 4 o 5 años. Pero que se acabe el tiempo es mi gran temor. De igual forma, los libros no tienen prisa. Se escriben para dar cuenta de un tiempo en el que se vive y para que dentro de 100 años, un lector tome ese libro y tenga algún proceso de empatía con esa frase o ese párrafo que se escribieron en algún momento de la historia. Personalmente, me resulta absolutamente satisfactorio darme cuenta de que hoy escribí algo más y que me sirvió para darle sentido a mi vida.

Viceversa, palabras de ida y vuelta

Untitled-4Algo que no volverías a hacer Yo creo que todo lo volvería a hacer para darme cuenta de que no lo debo hacer.

Tu actriz favorita Scarlett Johansson, absoluta y totalmente. Del pasado, escogería a Julie Christie en Dr. Zhivago.

¿Qué deporte practicas? El tenis, me parece la cosa más divertida del mundo.

Una pesadilla que te frecuente Tengo una pesadilla muy recurrente desde niño. Estoy en la casa de mi infancia y me rodea algo negativo, comienzo a volar y comienzo a viajar hasta que llego al mar, donde se produce una liberación absoluta.

¿Qué tiene tu día perfecto? Mi día perfecto tiene una buena lectura, una buena comida y la mejor compañía que probablemente es la de mi esposa.

¿Cuántas tazas de café al día? Una máximo, yo no soy muy cafetero realmente. Es más, tomo café porque hay que hacerlo.

¿La historia se repite? La historia jamás se repite afortunadamente.

¿Qué es el futuro para ti? El futuro es el presente recalculado.

@landaeta

*Publicado originalmente en www.viceversa-mag.com, .

http://www.viceversa-mag.com/karl-krispin-los-escritores-no-estamos-en-ninguna-torre-de-marfil/

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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