Inicio / CINE Y TV / Joker UN DESCENSO HACIA LA LOCURA PERSONAL Y COLECTIVA, por Luis Bond

Joker UN DESCENSO HACIA LA LOCURA PERSONAL Y COLECTIVA, por Luis Bond

Guasón 1
En ‘Joker’ asistimos a la génesis de un monstruo real, no de un villano caricaturesco.

Guasón, la película que acapara la atención de crítica y público en todo el mundo estará en el próximo Cine Encuentro de Ideas de Babel. El film de Todd Phillips protagonizado por Joaquín Phoenix será analizado por Luis Bond, autor de este artículo y profesor de la Asociación Venezolana de Analistas Junguianos, y Edgar Rocca, realizador y crítico de cine. Trino Márquez, sociólogo y editor de Ideas de Babel, actuará como moderador y también como ponente. La cita es el sábado 12 a las 10 am en el Trasnocho Cultural. Los esperamos

Hay películas que nos acercan a la oscuridad, otras nos sumergen en ella. Vivimos en tiempos donde la corrección política censura a los artistas y, paradójicamente, las pantallas rebosan violencia y psicopatía hasta el punto de normalizarlas. La sociedad —sin importar el país— es un hervidero de insatisfacciones, la política se polariza y las redes sociales nos saturan de información. La gente se incomoda por largometrajes que sobrepasen los 120 minutos, pero ven una serie completa en un fin de semana; nos quejamos de la superficialidad, pero huimos del menor atisbo de realidad. Vivimos inmersos en el caos, pero no tenemos tiempo para detenernos y asimilar lo que pasa. ¿Qué sucedería si un hombre que camina por la cuerda floja, entre la locura y la funcionalidad, pierde el equilibrio y es diluido por una sociedad completamente patológica como él? Esta y muchas otras preguntas son las que plantea Joker (Guasón), la nueva película de Todd Phillips. Un largometraje perturbador que viene a sacudir —como terapia de choque— a los espectadores.

Inspirada libremente en el antagonista más famoso de Batman, Joker dista muchísimo de ser una adaptación de un cómic. De hecho, a pesar de ser catalogada como una historia de orígenes, la película se escapa por completo del canon de DC. Si bien es cierto que el Guasón ha tenido múltiples y fascinantes encarnaciones de todo tipo (cómics, largometrajes, series, videojuegos) de la mano de genios como Allan Moore y Frank Miller, el largometraje de Phillips es tan autónomo que le permitió experimentar y llevar su relato a lugares muy oscuros donde jamás pensamos que podríamos conseguir a un personaje tan icónico.

Joker se desarrolla a mediados de los años ochenta, en una Ciudad Gótica completamente sucia, violenta y al borde de un estallido social. Discursos en contra de la desigualdad económica y la ineptitud del Estado reinan en las calles; todo parecer un hervidero para que los ciudadanos se sumerjan en el caos. En este convulso escenario conocemos a Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), un cuarentón con varios traumas y patologías que lo hacen desentonar con el resto. Con un look desaliñado, problemas para socializar, una suerte de Tourette que le hace soltar carcajadas aterradoras, una madre enferma y una imaginación desbordada, Arthur trabaja como payaso para una agencia de poca monta y tiene todas las potencialidades de perderse en la locura que lo acosa (interiormente y en las calles). Mientras la historia avanza, la poca estabilidad que posee el protagonista comienza a resquebrajarse a todo nivel, llevándolo por derroteros muy oscuros, transformándolo en una encarnación del Joker que, hasta la fecha, ni siquiera podíamos imaginar.

Joker no es una película sombría sobre un villano, es un cisne negro que se rehúsa a cualquier etiqueta que pudiésemos ponerle. En ella convergen una serie de factores que parecen imposibles de conjugar y que funcionan a la perfección. Primero, la libertad de hacer una stand-alone movie sobre uno de los iconos DC (el antagonista por antonomasia del héroe más importante de la compañía). Segundo, tener a un actor de culto como Joaquin Phoenix —que jamás pudiésemos relacionar con algún material sacado de un cómic— dándolo todo para construir algo nuevo sobre un personaje que, a pesar de lo enigmático, pareciera bastante manido. Tercero, un director de comedia como Todd Phillips (The Hangover, War Dogs, Due Date), saliendo por completo de su zona de confort, explorando un género opuesto a su registro habitual y poniéndose a la par de otros realizadores que han trabajado con el Guasón. Una triada que da como resultado una de las más gratas sorpresas del cine contemporáneo.

Las palabras se quedan cortas para intentar hablar sobre la magistral interpretación de Joaquin Phoenix. Su transformación física —el peso que perdió—, el trabajo con su risa —que, lejos de ser monocorde, posee una personalidad y tonalidad que va transformándose durante la historia—, la expresión corporal —el caminar, la postura que adopta mientras danza y se retuerce delante de la cámara—, la mirada perdida y punzante, es algo que jamás habíamos visto en su filmografía. Phoenix deja el alma en cada escena consiguiendo un Joker irrepetible, transmitiéndole al público una incomodidad que pasa de la lastima al horror sin que nos demos cuenta. Su caracterización es tan increíble que las leyendas que giran a su alrededor, como Robert De Niro, Frances Conroy y Brett Cullen, quedan en segundo plano (y todas, vale la pena acotar, se lucen con sus interpretaciones).

El guión de Todd Phillips (Due Date, War Dogs, The Hangover Part II y III) y Scott Silver (The Fighter y 8 Mile) nos sorprende a todos. Más allá de crear una historia muy distinta a las que suelen narrar, hacen una mezcla de géneros poco usual —con un tratamiento bastante arriesgado—, construyendo un Joker tan sólido que en pocos minutos de película lapida toda la mitología alrededor del personaje. Arthur Fleck se nos presenta como una encarnación que está en un lugar muy diferente a sus posibles homólogos, hasta el punto de hacer imposible una comparación. Intentar establecer paralelismos entre él y sus predecesores es una desfachatez tan grande como meter en el mismo saco Watchmen y Avengers solo por tener ‘héroes’ como protagonistas —siendo géneros e historias completamente disímiles.

El gran éxito de Phillips, Silver y Phoenix es hacer al Joker humano, transformándolo en la encarnación más aterradora de todas. Mientras que sus otras versiones se caracterizan por ser personajes excéntricos y encantadores, psicópatas brillantes, ególatras, anarquistas y nihilistas, Arthur Fleck carece por completo de propósito, deambulando en la historia presa de su locura, desatando a su paso muerte y destrucción sin siquiera tener conciencia de ello. Este Guasón se nos presenta como un ser humano dañado, una persona enferma, con una situación económica paupérrima, problemas familiares, execrado por el colectivo y el sistema de salud. En pocas palabras: alguien tan real que podríamos conseguirlo en cualquier esquina, un reflejo de nuestra sociedad desalmada, despojando al personaje de cualquier reminiscencia que pudiese tener del mundo del cómic. Tanta oscuridad, hace que Joker levante revuelo en la opinión pública, generando una polémica estéril desde sus primeras proyecciones.

Paseándose con su caminar deforme y su risa episódica por las calles de una Gotham City, tan o más patológica que él, Arthur Fleck nos aleja de la visión expresionista de Burton y de la estilizada de Nolan para transformar la famosa ciudad natal de Batman en un lugar sucio, desagradable y asquerosamente real en el que todos proyectaremos nuestros propios guetos. El radicalismo, la verborrea de los políticos, el bombardeo de los medios de comunicación, la ausencia de empatía y el crimen desmedido nos confrontan con nuestro día a día a través de los ojos del Joker. El payaso, lejos de agitar a las masas, nace de ellas, de la demencia y perversión latente en cada esquina, transformándose en el chivo expiatorio de nuestros terrores. Todo esto contado a través de una narración fragmentada donde nos perdemos entre la realidad y la fantasía, la locura y la violencia, el caos y la ingenuidad mientras más nos adentramos en la psique de Arthur. El resultado es ver desnudos en pantalla los miedos del hombre contemporáneo con una crudeza que nos sacude.

Más allá de lo bien contada que está la historia, sin lugar a dudas, lo que hace que el andamiaje funcione perfectamente es la dirección. Phillips hace una labor estupenda alejándose de cualquier artificio y lugar común, desligándose de cualquier referente del mundo de los cómics. Aunque esta aseveración pueda horrorizar a algunos, su técnica recuerda a la de genios como Martin Scorsese (sin lugar a dudas, su mayor fuente de inspiración), Francis Ford Coppola o Roman Polanski. La madurez de su puesta en escena, el cuidado por sacar la máxima expresividad de cada plano, crear el tempo para que ocurran las cosas, la tensión omnipresente y el ambiente ominoso que destila cada fotograma hacen de Joker una experiencia hipnótica. Phillip y Phoenix hacen una dupla que es dinamita pura, creando momentos muy violentos física y psicológicamente (a niveles de perversidad que poco tienen que envidiarle a Lars Von Trier o Quentin Tarantino). Además, la película salta de una antípoda a otra, paseándose por un humor retorcido (de ese que confronta al público, obligándolo a juzgarse a sí mismo por reírse de cosas que ‘no debería’), hasta lograr en algunas escenas una sutileza que se transforma en poesía pura.

Al igual que Phillips, su crew nos sorprende al darnos un registro completamente nuevo en sus carreras. Comenzando por el director de fotografía (Lawrence Sher), artífice de la atmósfera asfixiante y oscura de la película; pasando por el diseño de producción (Mark Friedberg), dando vida a una Ciudad Gótica atemporal, asquerosa y kinestésica; hasta llegar al montaje (Jeff Groth), dilatando y contrayendo momentos, creando asociaciones y tomándonos de la mano durante el espiral de emociones que plantea la historia. Todo esto acompañados por la banda sonora envolvente de Hildur Guðnadóttir, hace que Guasón rebose de personalidad. Curiosamente, aunque la historia tiene un tono único, al mismo tiempo, toma elementos de largometrajes como Taxi Driver, Raging Bull, The King of Comedy, Network, A Clockwork Orange, Sunset Blvd., Fight Club y muchos otros más que, al mezclarse, dan como resultado un cóctel explosivo, una experiencia difícil de replicar y que se funde en varias capas narrativas dotando al largometraje de una intertextualidad deliciosa.

Joker es oscura, densa, violenta y monstruosa. Un descenso al Hades que no se parece a nada de lo que hayamos visto en pantalla que esté inspirado en un cómic. Aunque hay referencias del mundo de Batman, la película nunca depende de ellas y sabe cómo usarlas sin que estas desvíen nuestra atención. Es tan autárquica que podría no tener conexión con el mundo de DC y funcionaría igual (algo para celebrar, teniendo en cuenta la fragilidad de la narrativa contemporánea, siempre apoyada en algún canon). Su originalidad marca un antes y un después en las posibilidades de desarrollo de un tipo de cine que parecía harto explotado, abriendo la puerta para que algunos realizadores tomen riesgos y se acerquen a personajes icónicos desde otras perspectivas.

En Joker asistimos a la génesis de un monstruo real, no de un villano caricaturesco. No es una película fácil (una de sus múltiples virtudes) y más de uno saldrá de la sala con una sonrisa desencajada en el rostro. Además, tiene la bendición de lograr algo que cada vez es más raro en el cine contemporáneo: hacer que la historia siga en nuestra mente mucho tiempo después de la proyección, una lenta digestión que nos obliga a tomarnos un tiempo para asimilarla y profundizar en ella. Una capacidad que muchos han perdido en esta era de la gratificación inmediata. Vayan a verla sacándose el chip de “historia de orígenes del villano” y acérquense a ella como una mirada terriblemente humana y real al abismo de la locura personal y colectiva.

Lo mejor: la construcción del Joker como personaje y la interpretación de Joaquin Phoenix. La violencia física y psicológica sin cortapisas. La dirección de Phillips y la fotografía. Su humor retorcido y crítica social.

La malo: será incomprendida por el público que se acerque a ella como una película de cómics. Por su originalidad y violencia, ha desatado una polémica en todos los medios, satanizándola sin razón.

@luisbond009

 


Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

Te interesa

Bitácora Internacional ¿QUÉ NOS ENSEÑA BOLIVIA?, por Alfredo Maldonado

La salida de Evo Morales del poder es un hecho que debe hacernos reflexionar sobre …

Deja un comentario