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Javier Vásconez REFLEXIONES DE UN JURADO DEL RÓMULO GALLEGOS, por Faitha Nahmens

Javier Vásconez
“Ha cambiado Caracas desde la última vez”.

En su Quito natal, el novelista, cuentista y ensayista Javier Vásconez —su obra ha sido traducida al alemán, francés, inglés, hebreo, sueco, griego y búlgaro— escribe ahora mismo un nuevo cuento, una historia de amor, cuyos detalles —¿aparece de nuevo el doctor Josef Kronz? ¿quién viaja esta vez y a dónde? ¿lo hípico por asomo?— guarda con supersticioso celo. La concentración en el trabajo —“está quedando bien”, es lo único que adelanta— no ha de ser tan absoluta y porfiada que le impida trastear en plataformas virtuales o atender el teléfono. Interrumpir la escritura no le enerva, las rutinas domésticas no lo perturban. Claro, depende de la llamada. Si la voz del auricular es la de un representante diplomático venezolano que le responde que aún no le tienen nada, que tenga paciencia, entonces sí se sentirá, cuando menos, atónito.

El escritor confirma que ni a él, ni al resto del jurado, ni siquiera al ganador de la vigésima edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, por Tríptico de la infamia, el colombiano Roberto Montoya, les han pagado lo prometido. Que es deuda. “No sé qué hacer, a quién dirigirme”, confiesa; pero prefiere no hablar más del asunto, acaso con la esperanza de que el atraso sea remediado en paz. Se sabe que todos los jurados están preocupados, que es una injusticia y una indelicadeza cometida con ellos, y él, hombre que intenta ser justo y hablar desde la delicadeza, no dice más; por ahora.

El 4 de junio de 2015 fue dado a conocer el veredicto. “Desde mi punto de vista estuvo muy reñida la decisión, vale decir que también me pareció muy interesante Larga noche hacia mi madre, del escritor Carlos Cortés, de Costa Rica, que quedó como finalista”, soltaría prenda entonces, tomando un tinto en la cafetería del hotel de Altamira donde estuvieron hospedados en esta ocasión —no en el Alba, ahora desmantelado— los hombres de letras y de palabra. Con entusiasmo hablaría de las otras novelas finalistas, La oculta, de Piedad Bonnet, Lo que no tiene nombre, de Héctor Abad F., y Tierra Quemada, de Óscar Collazos (de Colombia las tres, “enviaron muchas obras de ese país”) y de Fuerzas especiales, de Diamela Eltit, (Chile). “Ha sido un trabajo arduo, satisfactorio y complejo”.

Día emocionante ese 4, visto en perspectiva, por el jaleo en que fue derivando la agenda, debió considerarse albur. Se había anunciado que la entrega del premio y el consabido brindis sería en el Celarg, como siempre, hasta que luego de ¡casi ocho horas! de espera, en vez de Maduro —nunca apareció— llegó la contraorden: que no, que se haría en un acto privado en Miraflores, hacia la noche. Periodistas y curiosos, abstenerse. Desde que fue creado el galardón en 1964, durante la presidencia de Raúl Leoni, el prestigio de este galardón fue en ascenso; siempre devino un acontecimiento de primera plana. Se hicieron del Rómulo Gallegos autores de la talla de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaños, Javier Marías, Fernando del Paso, Carlos Fuentes entre otras celebérrimas plumas; Javier Vásconez, como Tomás Eloy Martínez, fue finalista en dos ocasiones. Siempre atractivo, tanto el premio —entre los más reputados en Hispanoamérica— como el monto que conllevaba hacerse con él, ni los 100 mil dólares convenidos para el autor de la novela que fuera considerada como la mejor por el jurado, ni los 10 mil que obtendría cada uno de los tres miembros de ese tribunal de las buenas letras por leerse más de 150 novelas, deliberar, decidir, han llegado a bolsillo alguno. Nada. Cero. Todos andan compungidos. Contrariados. ¿Seguirá el premio en lo sucesivo? El estipendio ofrecido es una quimera exacta al dólar a 6.30.

En su cuarto viaje al país, víspera del premio, Javier Vásconez reducido a un acotado radio urbano —no salir de los límites de Chacao dictaría el reiterado consejo de los organizadores y de los amigos— vería no Macuro sino la múcura que carga encima cada venezolano. Advertido con reiteración de que es cruenta la saña y moneda corriente la impunidad, echaría en falta la ciudad abierta, la ciudad cercana al mar, la ciudad del talante aún gozón, la libertad para deambular que tuvo en las visitas anteriores, cuando alcanzó a rozar algo de la mítica rumba. Se lamentará porque, hasta nuevo aviso, se ha perdido la noche caraqueña —a lo mejor por eso las lentejuelas ahora son para el día— y en el andarse con prisas y el mirar constante de reojo del viandante detectará los estragos que ha sembrado el temor, alojado con saña en los huesos. “Ha cambiado Caracas desde la última vez”.

Dentro del perímetro del sitio haría un rápido paneo por entre el hormigón insuflado en el área y con su acento de erres sutilmente arrastradas daría una opinión a vuelo de pájaro: el concreto avanza sobre el verde innato y corajudo —el que persiste en los jardines privados que se desbordan hacia el cielo por encima de los muros, en al Ávila a mano, en la grieta— y lo hace de manera avasallante, atroz, tragona; que le toca a la vegetación —y a los ciudadanos— forcejar, no dejarse. Ramón Muchacho, de estar en la mesa, tal vez habría defendido la posible semejanza caraqueña con Wall Street, y Farruco Sesto habría negado de plano la sentencia: Caracas es verde infinito. El Ávila siempre estará. Construir más es la solución. Cuál es el problema. Dentro de Caracas cabe otra Caracas.

Asombrado por tanto cuento hiperrealista al borde de una bebida que llega a su boca como milagro, oirá aturdido la machacona queja de la escasez de café, de justicia, de empleo, de pollo, de medios, y remedios, y tomará nota. No imaginará, eso no, que también sería blanco de esa escasez; la de la botija, la de palabra. Todo viaje sirve para ver y verse. Hace más tangibles los orígenes, saca a flote el sedimento, lo engullido, la condición; sirve como purga para que broten sin pudor las raíces. Este viaje le daría pistas, en medio de la ilusión por los reencuentros, por la alegría de ser parte de una jornada con trascendencia, sobre la tenacidad de las mutaciones, y la terquedad de la resistencia. Quedarían, claro, algunas preguntas en el tintero. La típica: ¿y qué van hacer?. Y la suya: ¿qué podré hacer yo ahora?

Eppur si muove

Niño errante que creció mientras sumaba millas de vuelo en los aviones, tendrá a mano puntos de comparación para ver personajes, modos y topografías desde la ventanilla de su memoria; será su tarea aliñar estas postales de viaje con imaginación, conexiones imposibles y los dislates del mapa personal hasta trazar esa geografía que restaura a su gusto y convierte en literatura. Singularidad vital de la biografía de este hijo de diplomático, sacará provecho al camino reflejado en el retrovisor más que para evocar itinerarios en jugosos relatos de viaje, para abrir brechas interiores. “Imagínese si tuviésemos que negar todo lo que dejamos atrás para seguir viviendo. Pero la memoria nunca se da por vencida. En apariencia, hay cosas que dejamos a propósito sin resolver”, dice en La Piel del miedo. Trotamundos impenitente, desde el aire construirá recuerdos antiguos y los tallará verbos.

Consustanciado con la palabra —es escritor y nada más que escritor, no hay trabajo paralelo— y con la traslación y las mutaciones, exhibirá, pues, no solo su gentilicio en su obra; autobiográfica, como es menester, Quito será sustancia pero querrá catar las mudanzas y los aires extraños. Llevarse los paisajes ajenos. De manera que lo que diga sobre la literatura de la región, o del convulso presente mundial, o de Caracas —incluso, alguna especulación asombrada que arriesgue de los signos zodiacales—, ya sea con pasión o con el sosiego que da la sabiduría, exhibiendo los pasillos de su bien amoblada sesera, entrecerrando los ojos que han visto tanto, con una sonrisa amable que no elude el sarcasmo, podrá considerarse materia prima, fuente, bebedizo. Quién sabe si lo del pago. “¿Quito? Es más uniforme en su diseño, una ciudad encapsulada, una hendidura atascada entre montañas”; además, un fondo lluvioso que puede asfixiar no solo al claustrofóbico. Y Caracas, ay, Caracas, es la cabeza de playa cuya modernidad —tarea pendiente— tornó en reliquia.

Bio

Estudió secundaria no apenas en tres colegios distintos sino en tres países distantes: pasó por las aulas del Mount Saint Mary’s College de Inglaterra, por los salones del colegio Holy Croix de Roma y antes de graduarse de bachiller en el Colegio Spellman de Quito hizo una pasantía en Estados Unidos; y no se quedaría tranquilo después tampoco: estudió Artes Liberales y Filosofía en la Universidad de Navarra, en España, donde se graduó con una tesis acerca de los personajes en la obra de Juan Rulfo, y también asistió a la Universidad de Vincennes, en París. Publicado en su tierra y extrafronteras, es un permanente invitado del mundo —fue convocado por la Universidad de Salamanca a participar en un encuentro acerca de su obra— como charlista; traducido a lo largo y ancho del globo, no se queda quieto el de Quito.

La enjundiosa bitácora le dará contexto a su prosa, queda claro, paradójicamente muy acotada, Nueva York, París, Quito, serán enlaces emocionales, escenas vitales, condición. Acaso se creerá arquitecto o dios. “Las ciudades son estupendo escenario humano a las que la literatura no solo reconoce sino que da vida, las ciudades existen en tanto son nombradas, se escribe de ellas y aparecen en las novelas”, aventura. Y será la avidez de ir, de siempre ir, un tren que atraviese sus historias, con destino al paneo y la exploración personal: “Al escribir uno se limpia de prejuicios y falsas creencias; tengo una lectura nueva de Quito, de sus paradigmas, se trata de una razzia íntima”, reitera. “Mi memoria está en Quito, allí nací, pero la aliñan todas las ciudades visitadas o imaginarias, reales o inventadas, he ahí donde se produce la necesidad de resolver la conflictividad del juego creativo que me he propuesto”.

Aunque, vale decir, la devoción por escribir, la vocación, el imán insoslayable que es para él el oficio sería producto de motivaciones más íntimas que el pasaporte, relacionadas con las historias de casa. Se le endosa al padre taciturno, a la figura erguida y templada en acero, a la distancia entre él y aquel hombre inaccesible, estricto, de afecto estudiado, la urgencia suya de rodearse de palabras. Vamos, pero no apenas desvía al teclado aquellas que nunca fueron dichas, las que rescata del pozo de los silencios o de la interpretación de los gestos. No es la escritura la llave que aquieta la sequedad de su garganta o de sus oídos, la magia ha sido revertir esa textura callada, esa carencia, en manantial.

Exdirector de la librería El Cronopio y exdirector de Ediciones Librimundi, y de la editorial Acuario, Javier Vásconez publicó Ciudad Lejana, en 1982 —finalista del Casa de las Américas— y en 1989, El hombre de la mirada oblicua —premio Joaquín Gallegos Lara—, ambas obras pobladas por personajes encerrados y que tienen que salir. Según la crítica, lo logran en El secreto, donde hay calle, ciudad. También es autor de Angelote, amor mío, La carta inconclusa, Café Concert, El viajero de Praga y de la novela La sombra del apostador, finalista del Premio Rómulo Gallegos, en 2001. De los cuentos El baúl de Lowell, El enlace, Thecla Teresina y de la novela El retorno de las moscas, basada en uno de los personajes de John Le Carré.

“Desperté en medio de la noche con el ruido de los disparos en el corredor, fue como si rebotaran desde el rellano de la escalera hasta mi conciencia y, unos segundos después, el estruendo había prendido como un relámpago dentro de mí (…) Sentía un torbellino en la cabeza. Al abrir los ojos perdí el equilibrio y me encontré apretando con las uñas el borde del sillón. Con sigilo de gato cambié de lugar, respiré con ansiedad, sentí humedad en la nuca y las palmas de las manos. El miedo se expandió por todo mi cuerpo, contagiando mis nervios hasta alimentarme con la sangre de la violencia (…) Me volví un tanto receloso. Ni siquiera los cuidados de mi madre disiparon el miedo, porque el miedo nunca se disipa cuando se instala en uno, es como el frío en los huesos de los viejos”, traza una emoción que nos concierne en La piel del miedo, también nominada al Rómulo Gallegos.

Creador de personajes en soledad, algunos llegan al crimen —“he trabajado personajes en zona de penumbra, imbuidos de mal, eso que, para mi sorpresa, algunos dicen que no existe, hay que ver la relación intensa y estrecha que tiene la literatura con el crimen, no digamos la vida…”— mientras otros exhiben luminosa integridad y no pocos buscan libertad y es típico que no claudiquen. Sí, por supuesto, también está el tema del amor, y por supuesto las montañas, el frío, la vida urbana, la soledad del bosque, el viaje, sin duda, y él; “siempre está uno”, reitera la hermosa obviedad. “El escritor lo es cuando se reconoce el estilo, cuando su propuesta es reconocible”, redimensiona el que se nombra.

No se sabe qué se llevó esta vez en el equipaje, qué impresión, qué circunstancia del país visitado, del país que le adeuda. Qué pena esta circunstancia, tendrá un alto costo para el tan manoseado gentilicio.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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