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Inspiración del genocidio TURQUÍA COMO MODELO, por Rubén Monasterios

Rafael de Nogales Méndez
Rafael de Nogales Méndez (n. en San Cristóbal, 1879-1936) fue un mercenario al servicio de Turquía durante la Primera Guerra Mundial.

Maduro  y Celia se dieron soberbio banquete en Estambul; pero no fue sólo por necesidades alimenticias ni para disfrutar el deleite sibarítico de comer en uno de los restaurantes más costosos del mundo por lo que fueron a Turquía; dicen voceros bien informados que en lo esencial fue con un propósito educativo; en efecto, el Presidente quiso impregnarse de la  esencia ideológica que marca sus políticas.

El turco es uno de los pueblos del mundo que carga con el estigma del genocidio. El conocido como Genocidio Armenio, también llamado Holocausto Armenio o Gran Crimen, fue la deportación forzosa y exterminio de un número indeterminado de civiles armenios, entre l.5 y 2 millones de personas. Los armenios se hicieron sospechosos de albergar ‘sentimientos nacionales hostiles’ al gobierno otomano. El 24 de abril de 1915 fue detenido un grupo de armenios notables, unos 600 dirigentes e  intelectuales; el mes siguiente se iniciaron las deportaciones basadas en una ley de ‘seguridad interior’.

En rigor, no fue una sino una serie de sucesivas masacres caracterizadas por  su brutalidad inhumana. Las autoridades llevaron a cabo matanzas de miles de personas en las calles; arrasaron pueblos íntegros, saquearon y permitieron el saqueo de bienes de armenios; apresaron a los sobrevivientes y los obligaron a cavar sus tumbas, procediendo a fusilarlos o destriparlos a bayonetazo limpio, arrojando sus restos en ellas. El gobierno central ordenó la deportación de toda la población armenia, sin posibilidad de cargar recursos de subsistencia, obligándolos a marchas forzadas por cientos de kilómetros, atravesando zonas desérticas, en las que la mayor parte de los desplazados pereció víctima del hambre, la sed y las privaciones, a la vez que hombres, mujeres y niños eran violados por los guardias pretendidamente responsables de protegerlos, en complicidad con bandas de maleantes.

Precisamente  esos acontecimientos, son un punto de cruce de las  historias de Turquía y Venezuela.

Rafael Inchauspe Méndez, conocido como Rafael de Nogales Méndez (n. en San Cristóbal, 1879-1936) fue un mercenario al servicio de Turquía durante la Primera Guerra Mundial; sus victorias en diferentes frentes lo llevaron al rango de bey, general, y sus hazañas lo volvieron famoso. Por su vida y obra, se le parangona a Lawrence de Arabia. A la sazón del inicio de las matanzas se encontraba con su tropa en Van, el lugar de los hechos; los cuenta en sus memorias Cuatro años bajo la Media Luna (1925), libro que  constituye uno de los importantes testimonios de ellos. Nogales expresa su repugnancia por los aconteceres, pero no pasó de ahí: siguió combatiendo a favor de los turcos y recibió homenajes y condecoraciones. Tampoco hizo nada el que después se convertiría en héroe nacional turco, Ataturk; comprensible, por cuanto era racista y fascista, al punto de que Hitler se declaró ‘discípulo’ suyo. Fue partidario de la ‘limpieza étnica’ turca, con particular animadversión hacia los armenios. Ataturk, si bien no participó en el genocidio, miró  para otro lado mientras ocurría.

Eso no impide que al general Ataturk se le rinda culto com ‘Padre de la Turquía’ moderna, ni que en Caracas, sea dicho al desgaire, existe una estatua  homenajeando a ese personaje, en una plaza de la urbanización Santa Sofía.

Oficialmente, los turcos  aceptan la muerte de miles de personas del pueblo armenio, aunque desde su perspectiva no fue un genocidio, sino “lamentable consecuencia” de las luchas interétnicas, las enfermedades y el hambre durante el confuso periodo de la I Guerra Mundial.

Con el genocidio ocurre lo mismo que con el terrorismo: todos sabemos en qué consisten dichos fenómenos, pero en el lenguaje del debate político internacional los manipuladores del pensamiento  introducen matices, sutilezas… que sacan del concepto determinadas acciones. Se entiende el empeño, dadas las consecuencias tanto en su imagen como financieras, que el reconocimiento del genocidio eventualmente podría traer al país; las segundas, porque aportaría fundamentos a la exigencia de justas reivindicaciones de parte de los los pueblos masacrados, tratándose de los turcos, de los armenios.

Evitemos caer en las trampas de los manipuladores; un genocidio es el exterminio de un colectivo social motivado por supuestas razones de cualquier índole, realizado mediante cualquier procedimiento, sea asesinando masivamente a las personas, creando condiciones para originar su muerte o por disposiciones destinadas a evitar los nacimientos.

No por otra razón se hace evidente que en Venezuela se comete un genocidio, que por sus fatales consecuencias en la salud física y mental de la población, se extenderá por varias generaciones; ocurre con perversa lentitud y alevosía mediante el hambre, el deterioro progresivo de la salud y el asesinato callejero debido a delincuentes comunes y uniformados. De un tiempo a esta parte también presenciamos el exilio forzado impulsado por las condiciones citadas, propiciadas por el gobierno comunista.

Cinismo, vaciedades estúpidas, indiferencia y crueldad son las respuesta del gobierno y sus aliados ante el clamor desesperado de la gente.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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