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In memoriam LA ERRANCIA AMERICANA DE JOSÉ LÓPEZ RUEDA, por Enrique Viloria Vera

José López Rueda y su esposa Adelina en la Feria de Madrid
José López Rueda y su esposa Adelina, en la Feria del Libro de Madrid.

Nada ha cambiado. Nuevamente ven mis pupilas españolas la calma azul sobre las olas que el viento empuja mansamente.

Y estos deseos vesperales de renunciar al viejo mundo para perderme vagabundo por estos claros litorales 

Son los mismos que ya sentimos casi quinientos años antes los diecisiete navegantes que al galeón jamás volvimos.

José López Rueda rueda; su vida personal ha sido un permanente y provechoso errar, un vagabundeo con destino, un deambular razonado, en busca del inevitable alimento para el cuerpo y del insustituible sustento para el espíritu. Son muchas las millas recorridas por nuestro poeta, en permanente disposición y atinado actuar, para transformar entornos lejanos y desconocidos en cómplices refugios propicios para la creación poética, el solaz personal y la felicidad familiar.

América Latina, y, en especial dos de sus otras patrias, el Ecuador y Venezuela, ha sido privilegiada receptora de las enseñanzas del maestro López Rueda y ambas naciones latinoamericanas, a su vez, han dejado profundas huellas afectivas en un escritor que hace del castellano, además de un gentilicio portado con orgullo, un idioma favorecedor y propicio para la comunicación con el otro, la reflexión personal, el amor por la mujer que escogió entre tantas, y la ternura por los hijos y nietas que le fueron dados.

En efecto, desde su más temprana madurez, el escritor proveniente de la vieja Castilla, ardoroso y apasionado de su verbo y pensar castellano, certifica que. “Día tras día cumple el pensamiento / dentro de mí su obra silenciosa, / metafísica araña que afanosa / trabaja en su tejido ceniciento // Nada puede parar su movimiento / de encendida luciérnaga angustiosa / que explora la sentina tenebrosa / donde el vivir me mana violento.”

López Rueda arriba a la incógnita América surcando la inmensidad de la mar océano, como antes lo hicieron, tan aventureros y más desprevenidos, sus ancestros ibéricos; el poeta contempla y se sorprende, mira y queda absorto, agudiza la vista y el sentimiento de abandono se ralentiza; el esplendor de la naturaleza americana es capaz de apagar un poco la soledad de su corazón castellano fatigado de distancias para darle sedativo paso a olvidos pasajeros, a amnesias momentáneas: “Ahora estoy viajando / por el Océano Pacífico. / Vastas nubes plomizas / entoldan las inmensas latitudes. / Se me olvidan los hombres y las cosas / mirando la redonda lejanía. / Aire de eternidad respira el alma.”

Inevitablemente, el poeta ibero, en esos días americanos, un tanto aciagos, de familia ausente y arrumacos distantes, se extasía y rememora, compara y sucumbe, implorando en sus letras la costumbre acendrada, el rito irrepetible, el ceremonial de siempre: “Un año más que lejos de mi España / sin remedio termino desterrado / un año más de vida clausurado; / un año más batiéndome con saña (…) Oh de verdad madrastra España mía, / cómo quisiera respirar ahora / tu Nochevieja destrozona y fría.”

Sin embargo, la desmesura americana, el tenor de su gente, esa otra cosa que hace que Ibero – América no le sea jamás extraña al bravío corazón de un español de Castilla, va progresivamente adentrándose en la emoción tormentosa del escritor, quien no puede – ¿y quién podría? – ocultar su admiración por gentes y cosas, por la naturaleza americana y sus incomparables dimensiones, por las ciudades y los lugareños de este lado del mundo que se quedó prendido en la poesía de López Rueda.

Así, primero Ecuador y los Andes, y luego Venezuela y el mar Caribe, se hacen presentes para darle motivos festivos a la árida voz del castellano poeta. Dejemos que sea, como es nuestra costumbre e intención, el propio escritor el que nos conduzca, entre la alegría y la nostalgia, por los azares de su emoción errante, por los derroteros de sus vivencias suramericanas, comenzando por las más andinas y equinocciales hasta llegar a las más azules y caribes:

  • Atardecer en el Ecuador: Se sorprende vivamente el escritor por la cantidad y la furia del agua que cae desde un cielo más próximo —haciendo posible y real una húmeda hierogamia— en la fértil tierra ecuatoriana: “Del cielo ecuatorial el aguacero / cae sobre la verdura de los prados, / donde caballos pastan descuidados / indiferentes al chubasco fiero. // Lejos sobre los Andes, el postrero / sol de la tarde alumbra los sembrados / y eucaliptos al cielo gris alzados / lava con lluvia el Alto Jardinero. // Desde esta encristalada galería, / cercado de muchachas locamente / floridas o estallando todavía, // miro el paisaje, miro de repente / tus ojos del color de la alegría / y el corazón me ríe suavemente.”
  • Los hijos del sol: Va el poeta en versos hasta el recóndito y elevado sitial donde el choclo se siembra y se esparce para pasar a ser alimento de una cultura, sustento de una civilización: “Donde esconden los cóndores sus nidos / y tiene el absoluto firmamento / su palacio de cumbres y de viento, / donde canta el silencio en los oídos // allí cuidan los indios esparcidos, / el maíz que en su verde crecimiento, / cincela ya, meticuloso y lento, / su oro pálido en granos sonreídos; // allí viven hablando escasamente / los vástagos del sol americano / que en los entierros beben aguardiente // y adoran con espíritu pagano / imágenes de un Cristo penitente / que nada tiene casi de cristiano.”
  • La criolla rubia: No se le escapa a la acuciosa mirada del hombre que va siendo el movimiento de unas caderas de mujer distinta que emocionan la pluma del poeta: “Con su planetario / culo rozagante / y sus dos gloriosas / mamas de aguacate, / la rubia criolla / viene por la calle. / ¡Ay merecumbé! / Sus equinocciales / caderas oscilan / con guasa y con arte (…) Y sus ojos negros / cándidos y grandes / bajo sus dorados / bucles rutilantes, / hacen infinita / mente deseable / la noche ninguna de amor que va a darme. / ¡Ay merecumbé!”
  • Mediodía en la cordillera: El poeta se deja por momentos de la ciudad y de su universidad y va a tomar contacto directo con la cordillera madre, con la tierra convertida en materna montaña, con Mamapacha, para extasiarse mirando lo nunca visto en unas alturas que desbordan de sentida emoción a un escritor de planicies. “Las montañas / alzan su fragoso cerco / de picachos que recortan / sobre el claro firmamento / con hiriente nitidez / su pardo lomo violento. / El sol está en el cenit / y no hay en el universo / un día tan desbordante / de luz. Extiende el silencio / sus alas sobre los campos. / No hay apenas movimiento / bajo el techo azul del mundo. / Sólo algún pájaro en vuelo, / sólo una yunta de bueyes / arando con paso lento. / Las `polleras’ de las indias / sobre los surcos morenos, / son borrones colorados / azules y amarillentos.”
  • Exultante de luz: Una y otra vez el escritor se solaza en el paisaje y se hace uno con él, emocionado de tanta luminosidad, embriagado de una felicidad primaveral nunca experimentada, nuestro poeta ardiente de luz e inundado de alegría escribe: “Doradamente, bajo el mediodía, / extensos campos de maíz destellan / y paciendo invisible entre los tallos, / el viento mansamente rumorea. / De colores vivísimos vestidas, / las indias van y vienen por las sendas; / las pitas erizadas en los setos / sus largas y pulidas uñas muestran. / Bajo el sol implacable de las doce, / el mundo es una lumbre gigantesca / y por los cuatro puntos cardinales, / altos montes en círculo llamean. / Las mariposas vuelan encendidas, / arden las margaritas en la yerba, / las piedras arden, arden las cabañas, / las truchas en los ríos, las palmeras, / los cuernos de los toros y hasta el mismo / silencio campesino que se quiebra / con el múltiple canto de las aves / arde también como una inmensa hoguera. / El telúrico incendio se propaga / por el mapa total de mis arterias….”
  • Contemplación del Chimborazo: Hasta la montaña por antonomasia de los Andes ecuatorianos se dirige López Rueda para ofrendarle al pico un clásico canto de admiración y respeto. “Hoy quiero describir el monumento / de arcilla, roca y nieve levantado / en la región batida por el viento / que desde el mar asciende fatigado; (…) Te apareciste envuelto en un sudario / de nieve antigua nunca derretida / y eras en el concierto planetario / como una blanca nota sostenida (…) Tus castas vestiduras impecables / ni una brizna viviente consentían / y en torno a ti sus alas implacables / ni siquiera los cóndores batían.”
  • El Mercado Indígena: No hay ciertamente nada comparable a un mercado, y más cuando de uno indígena se trata. El poeta acostumbrado a los mercados y ferias de su tierra natal, contempla, sin embargo, con ojos de ingenuo asombro la dinámica de un mercado amerindio que se realiza en el mismo centro de la villa: “Llegan a la ciudad los labradores / cobrizos. Traen olores / a florida y agreste lejanía. / Con sus desnudos pies apresurados / llevan a los mercados / su recién cosechada mercancía. // Son las horas del jueves, la jornada / que fuera consagrada / por los antiguos hombres de estos valles / a derramar ubérrimo y fragante / el cuerno rebosante / de abundancia rural sobre las calles. // Pasan con un jardín a sus espaldas / mujeres cuyas faldas / campanas ambulantes son de lana / tañidas por femíneos tobillos / y —errantes huertecillos— / sus canastos alegran la mañana. // Van y vienen los indios abrigados / con ponchos colorados / conduciendo sus bueyes pensativos, / sus asnos trotadores, sus ovejas / de cándidas guedejas / y sus cerdos que chillan aprensivos (…) Yo no sé quienes son, qué nombre tienen, / no los conozco, vienen / de una edad que rebasa la memoria / y a nuestro mundo bárbaros extraños / a pesar de los años; / viven aún al margen de la historia.”

Un trasatlántico es lo que dice ser, una inmensa nave que va de un lado a otro del Atlántico, aunque más contemporáneamente y por razones prácticas, esa nomenclatura se aplique indistintamente a la inmensa nave que va de un océano al otro, del Pacífico al Atlántico, por ejemplo. Ese paquebote puede ser, según quien lo vea partir a la distancia, motivo de gozo o de tristeza, de alegría o desolación. No puede nuestro escritor esconder sus lágrimas de adiós cuando ve zarpar el buque cuna, el galeón regazo, que pronto se adentra en la altamar: “Surca la vasta y rumorosa / faz del océano la nave, / llevando el peso dulce y suave / de mis hijos y de mi esposa (…) Flotante San Cristobalón, / los conduce sobre las olas / hacia las costas españolas / la infatigable embarcación (…) Yo, mientras tanto, si pudiera; / sería, oh mar, sobre tu espalda / una gran ola de esmeralda / para verlos cuando quisiera.”

Solitario y melancólico permanece entre niebla, alpacas y montañas, el peregrino de las letras castellanas, preparando una estación más de su errancia americana; esta vez le tocará el turno a Venezuela, y más específicamente a la ciudad de Cumaná, donde el maestro de Castilla, ahora de Cuenca, y pronto de Venezuela, ha sido convocado a sumar su conocimiento y esfuerzo para ser pionero en la construcción de una nueva universidad en esa ciudad emblemática del Oriente venezolano.

Arriba a las costas venezolanas el escritor errante para confirmar sin tapujos que “Nada ha cambiado. Nuevamente / ven mis pupilas españolas / la calma azul sobre las olas / que el viento empuja mansamente.”

Y recomienza de nuevo la errancia de López Rueda, ya reconciliado con su forastero entorno, con su familia entera vuelta de nuevo en otro trasatlántico donde la esperanza y el amor eran aguardados con impaciencia en puerto por un poeta radiante que puede contemplar, sin nostalgias, otro mar y otras estrellas en la paz de los suyos.

Vuelve a sus andanzas el infatigable hidalgo por tierras, islas, ríos, montañas y selvas venezolanas, y su emoción va dejando asentada su errancia en versos que son una bitácora del espíritu aventurero y emprendedor de un nuevo conquistador de Castilla que en vez de la lanza en ristre trajo su lápiz presto —“arcabuz ilusorio”— y en lugar del Catecismo imperativo, compuso sus propios y personales evangelios para solaz de sus lectores y discípulos.

  • Isla de Margarita: Viene y va el poético conquistador, siguiendo siempre el paso de las olas y las huellas de las gaviotas, hasta la isla de las islas de Venezuela, la Margarita. Allí rememora guerreros ancestros y retorna a viejas andanzas de español re-encarnado para imaginarse a sí mismo ataviado con cota, malla y yelmo: “Desde la paz de la huesa, / otra vez aquí he venido, / como espectro que regresa / a recordar lo perdido; // a añorar aquel vivir / en peligro y sin sosiego, / aquel ansía de morir / combatiendo a sangre y fuego. // Pedazo de las Españas / en esta isla dormida, / rememoro mis hazañas / como un águila abatida. // Ansia de renacimiento / enciende todo mi ser / y eleva mi pensamiento / a las cimas del ayer. // Con mi arcabuz ilusorio, / una vez más yo quisiera / desflorar un territorio / sin límites ni bandera, // y montando bravamente / mi corcel disparatado; / llevar de nuevo en mi frente / el ensueño de Eldorado.”
  • Al margen del Orinoco: Deslumbrado como si fuera un contemporáneo Cristóbal Colón de ojos estupefactos de tanta agua y enrojecidos de inusitada luz, contempla el escritor la magnitud del río Orinoco, propio de cualquier Edén personal. Impresionado el castellano de orillas del Manzanares de su lar ibero exclama y reflexiona: “Inmensa mansedumbre que suave se desliza / hacia el Este lejano. Vasto río que fluye / apenas alumbrado por la luz de ceniza / que el ocaso en el aire lentamente diluye (…) Catedral de los ríos, boa domesticada / que levantas a veces con ira tu espinazo / y amenazas tragarte la villa reposada / que sueña sus negocios dormida en su regazo. // Hoy junto a ti me veo, sólo rico de días, / llegado ya al otoño maduro de mis años; / y voy por tus orillas con las manos vacías, / mas perito en aguante y experto en desengaños.”
  • La Gran Sabana: La selva venezolana concita rápidamente la atención de quien ha estado anegado de mar e inundado de cielo en su vagabundeo latinoamericano. La Gran Sabana con sus tepuyes milenarios y arcaicos, como dólmenes de una religión sin dioses celestiales, sacuden la emoción del escritor: “Volamos sobre la tupida selva / que no ha cambiado nada desde el génesis. / Ahora grandes vellones / soplados por titanes invisibles / pasan entre la nave y la llanura. / Hemos retrocedido / dos millones de años / cuando por fin tocamos tierra. / Un paisaje de rocas precámbricas nos mira:”
  • Safari: No es que al África se haya dirigido el poeta, permanece todavía en la selva venezolana, acechado y en imaginario pero posible peligro de safari americano: “Ocultos animales / observan en silencio / el paso de los bípedos intrusos / y aguardan con paciencia / las horas de la noche. / Soy un humano diapasón que vibra / con el rumor del río. / Las oscuras raíces / que socavan el suelo / laberínticamente / invaden mi esqueleto y me transforman / en sequoya jovial que recupera / la primitiva savia.”
  • Muchacho indio: Así como los amerindios andinos y sus usanzas sorprendieron grandemente al joven profesor que llegó barbilampiño de España al Ecuador; la bravura y donaire de los aborígenes que aún restan en Venezuela, los mismos que por su belleza y color de piel ictericiada —como el membrillo— habían concitado también, en su momento, la estupefacción de los Reyes Católicos, motivan al maduro maestro a escribir uno de sus mejores poemas síntesis de lo aprendido en aulas y libros y lo vivenciado en selvas y ríos: “ Eres un dios de bronce y no lo sabes. / Te bañas en edénicos ríos. / Piloteas larguísimas canoas. / Te metes peligrosamente / detrás de torrenciales cataratas / para ver si averiguas sus secretos. / En la canela de tu rostro / tu risa es una orquídea / que ilumina los bosques. / Con tus robustos brazos / doblegas fieros pumas / o abrazas con delicadeza a tus amantes / que vibran de placer recibiendo el empuje / de tu sexo y tu vientre. / Eres un Endimión de piel oscura. / Aunque tú no lo sepas, / la luna sí lo sabe / y cuando estás dormido baja a besar tu rostro. / Un día ha de llevarte para siempre / a cazar junto a ella /  etéreos venados / en su trópico de astros.”

Largos y fructíferos años pasa el poeta en Latinoamérica para regresar a su “madrastra España” para proseguir errando por Oriente y por América, esta vez la del Norte. En intima confesión poética, López Rueda explica y se lamenta de su nuevo atrevimiento: “Y resulta que yo también ahora, / a mis sesenta y cinco años, tengo un empleo extraño en Alcalá de Henares; / que me inflama de estrés / la envejecida próstata, / de la que, muy probablemente, / los verdes cirujanos / tendrán que despojarme un día de éstos.”

Es que el nómada escritor ha aceptado un nuevo empleo en una universidad de América del Norte, Bowling Green, en Ohio, que le permite prolongar sus enseñanzas, continuar errando aquende y allende y, por supuesto, escrutar y escribir, teniendo ahora como motivo otros entornos, otras gentes, otras usanzas.

Desde allá, desde la América norteña, vienen alumnos rubios, sajones y protestantes, y hasta allá se dirige también el errante profesor castellano para recabar nuevas emociones, a objeto de que su joven corazón estimule al usado cuerpo en sus interminables recorridos de poeta trotamundos y lo obligue “a escribir estos renglones / mojando en claridades mi bolígrafo / que como un diminuto pararrayos / induce poderosas energías.”

Y hasta la América septentrional, se dirigen también los pasos y las enseñanzas del errante profesor – poeta para dejar también en versos constancia de su senda, no tan fugaz, por otras americanas tierras, esta vez amplias, frías, anacoretas, solitarias. Noticia López Rueda: “Las calles de este barrio silencioso / que me brinda apacible residencia, / están vacías casi siempre, sólo / pasa de vez en cuando un automóvil, / alguien que trota deportivamente / o bien algún ciclista solitario. / Todos están metidos en sus casas, / aunque fuera es espléndido el otoño / y las ardillas corren por los cables / como los coches por las autopistas. / Aquí la vida humana es muy celosa / de su privacidad, todo se cuece / de puertas para dentro y las pasiones / fermentan o explosionan escondidas. / A veces me paseo por las tardes / bajo el sol de membrillo que derrama / su transparencia dulce sobre el campo / y los chalés que rumian el silencio / tal si la bomba `sólo – mata – gente’ / en segundos hubiera disipado / a los desprevenidos habitantes. / Pero quizá detrás de las ventanas / ocultos ojos al mirarme duden / si seré un peligroso vagabundo / o simplemente un paseante excéntrico.”

Sin embargo, es el Sur del inmenso país–continente, el que convoca la mirada penetrante y la letra justiciera del visitante advertido de apartamientos y exclusiones: “Un lento río de blancos / avanza hacia el inmenso teatro / de la Grand Ole Opry de Nashville. / No se ve un solo negro. / (¿Esto no es para ellos y lo saben?) / Hay un lleno absoluto, / pero con pocos jóvenes entre los rostros pálidos. /  (¿Sólo es para nostálgicos la música paisana?) / En el gran escenario se ven trajes / de cowboy musical, / botas de media caña / con adornos de plata / y sombreros tejanos. / Suenan los violines campesinos, / el piano de SALOON, / la armónica, los banjos, / el acordeón, la eléctrica guitarra, / la batería que sustenta el ritmo. / El corazón del Sur se alegra y danza / o llora amores perdidos / entre los bosques de Kentucky, / las plantaciones de Virginia / o las colinas de Tennessee… / Rutilantes estrellas —mujeres e varones— / el aire sonorizan con sus cantos. / El flash de los admiradores / se multiplica en breves, numerosas / explosiones de luz / sobre el mar de cabezas entusiastas / que son ya un solo corazón, / el corazón unánime y sonoro / del Sur profundo.”

 Finalizada su larga y fructuosa errancia por el Nuevo Mundo, por el mismísimo Ecuador, por la Tierra de Gracia, por la Nación de los pioneros, atrás quedaron, sin desaparecer del todo, los altos y calmos Andes, el lento hablar de sus pobladores, el desafiante planear del cóndor, las serenas playas de Cumaná, la selva verde y lujuriosa, las caídas de agua que semejan un río vertical, los mares de agua dulce, el azul distinto del cielo tropical, indígenas y mulatas, rubios blancos, negros, pardos, zambos y sajones. El poeta, en su reposo madrileño, sin melindres, sosegado, libre el cuerpo de errancias, rememora sereno y sosegado:

 “Mis palabras hacen sonar el diapasón de los recuerdos. / Los aletazos de los cóndores / cantan en los corazones: / Un enorme mirlo llena la habitación (…) Y suben primaveras elevándonos a todos. / Mares azules nos llenan los ojos de esplendor / y crecen trigos con amapolas sonoras sobre las altas espigas (…) Nosotros deseamos que todo sea luz (…) El mundo es perfecto / y sólo existen animales alados (…) Todo se ha transformado en paraíso (…) Rompo mi capullo, mi pequeña prisión de barro transitorio.”

       

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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