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Impúdico relato ALADO AMANTE, por Rubén Monasterios

En los anales sexológicos se registran casos de ángelofilia: pasión erótica sentida por los ángeles.

Los ángeles no tienen sexo: fueron creados así; pero al materializarse asumen la apariencia masculina, porque Dios y Su Hijo son hombres.

Independientemente de su aspecto, suponemos a los ángeles indiferentes a las inquietudes eróticas; no obstante, se sabe de esos espíritus celestiales llevados por impulsos libidinosos,  y en sentido contrario, son innumerables los humanos fascinados por su belleza sobrenatural.

En tiempos de Noé, algunos  ángeles materializados “viendo los hijos de Dios que eran hermosas las hijas de los hombres” tomaron mujeres de entre ellas (Génesis, 6:2) y se entregaron a los placeres del sexo.

La chusma vil de Sodoma, configurada por hombres y mujeres adultos, niños y ancianos, asaltó la casa de Lot con la pretensión de violar a los ángeles enviados por el Señor, alojados en ella. El patriarca les ofreció sus hijas;  las despreciaron: los depravados querían a los singularmente bellos ángeles. (Gén., 19: 1-29; Lucas, 17: 28, 29.)

El enamoramiento entre ángeles y humanos figura en numerosas leyendas; una particularmente notable es la conocida como El Arcángel de la Paloma, del folclore andino venezolano. Cuenta de un hombre que en una remota y perdida ermita de las montañas, descubrió la estatua toscamente tallada de un ente celestial, a todas luces un arcángel, vestido con una túnica y protegido por un peto de hierro forjado, aunque sosteniendo en su mano derecha una blanca paloma en lugar de la  espada propia de estos guerreros defensores del Ámbito Celeste y vencedores de los ángeles rebeldes. La imagen cobra vida y le declara su propósito de convertirse en su Ángel de la Guarda, “aunque algo deberás dar a cambio por mis favores”. El  hombre, sin vacilar, acepta y, en efecto, desde entonces el ser lo  acompaña, siempre favoreciéndolo, aunque sin volver a dejarse ver jamás. Después de viajar por todo el mundo y de convertirse en rico y famoso, el hombre renuncia a todos esos beneficios y se retira a su lugar de origen, animado por la voluntad de llevar una descansada y discreta vida el resto de sus días. Casó entonces con doncella de la región, a quien la conseja vecinal calificaba de rara a causa de sus ausencias, divagaciones y extrañezas. Habíase decidido consumar el connubio en la remota casona  de una hacienda de café fundada en tiempos coloniales, adquirida por el señor para establecer la residencia familiar. La noche del himeneo, estando la pareja a solas en la sombría alcoba, al despojar a la esposa de sus vestiduras, encuentra sus caderas y la región genital aisladas por una suerte de espeluznante cinturón de castidad, formado por ramas de un rosal antiguo que parecían nacer de su carne y que en su carne hundían sus largas y torcidas espinas; en ese instante, la mujer entra en un trance. Dispónese el marido a buscar ayuda, cuando en un lugar de la alcoba se abre un portal y aparece el arcángel que a partir de aquella primera vez, décadas atrás, hasta entonces nunca se había dejado ver. Su aspecto es idéntico a la arcaica estatua, aunque en esta ocasión no lleva la paloma en su mano.  «Vengo a cobrar lo que me debes, por cuanto yo te he dado», dice el ente celestial, en tanto avanza hacia el tálamo; el hombre intenta impedir su aproximación, lo encara, lo increpa: «¡Tú no eres mi ángel!…  ¿Dónde está la paloma?»,  alega con énfasis pueril en su desesperación a partir del asombroso acontecimiento. La aparición esboza una sonrisa sardónica ante la observación y levantándose el faldón de la túnica le enseña un enorme falo rampante, y señalándolo con un dedo largo, sarmentoso, de uña corva y ennegrecida por el tiempo, responde: «¡La paloma está aquí!» De un gesto imponente aparta de su camino al infeliz marido, otro gesto hace el milagro de  despojar de su impedimento a la esposa que solloza de deseo y tiende sus brazos hacia él; la cubre y en el lecho nupcial sólo se ven sus grandes alas de plumas pétreas moviéndose al ritmo de los cuerpos entregados al amor.

En los anales sexológicos se registran casos de angelofilia: pasión erótica sentida por los ángeles. Uno considerado clásico del género, figura en la primera edición (Stuttgart, Alemania, 1886; en alemán y latín) de Psicopatía Sexualis  de Richard von Kraff-Ebing, uno de los padres de la sexología científica. Por presiones de la Jeraquía Católica fue expurgado de las ediciones siguientes.

Ж

Ángel de la Guarda,

dulce compañía,

no me desampares

ni de noche ni de día.

Jaculatoria católica

Desde la más tierna infancia Luwin  sintió un interés mórbido por los ángeles, en especial, por su Ángel de la Guarda. Se enamoró de él al ver por primera vez  su imagen en una estampa que le regalara su padrino, diciéndole: “He aquí tu Ángel de la Guarda”.

Representaba la preciosa  lámina  a un ser de aspecto humano casi niño, de quien no se podría decir con total certidumbre si era varón o hembra; encrespada era su cabellera, ardientes los ojos y la boca rosada. ¡Esa boca! Nada más primoroso en todo el mundo; si acaso tratara de dar una idea de ella, sólo apelaría a la forma de una rosa de dos pétalos. Vestía el celestial ser una túnica vaporosa; detrás de él se veía el perfil de sus dos grandes alas emplumadas y todo él lucía envuelto en un halo dorado. Esa noche del obsequio no pudo dormir, fascinado por la imagen angélica.

Desde entonces, no cesó de propiciar el “encuentro con el  ángel”, como decía él. Solía encerrarse en su cuarto al crepúsculo, lleno de sombras temblorosas por la luz de una vela, o bien paseaba por lugares solitarios. Inmóvil en el  silencio, escuchaba atentamente y miraba de reojo esperando señales cuya naturaleza desconocía; a veces creía oír roces tenuísimos, algún susurro leve, un rumor como el de discreto batir de alas, y se volteaba con rapidez para ver, pero nada había detrás suyo; no obstante, Luwin sabía que andaba por ahí, con sus grandes ojos almendrados y su preciosa boca rosada, rondándolo, protegiéndolo con sus grandes alas blancas; y tenía la intuición de que era un ángel muy, muy antiguo, como la eternidad, aunque de radiante lozanía, como un sol de primavera.

Más adelante en su vida, ya adulto, buscó sustitutos; lo consumía esa pasión por los bellos muchachos de cuerpos andróginos, encrespadas cabelleras y bocas sonrosadas, tan parecidos a su ángel; apenas mitigaban sus tensiones los hermosos púberes; jamás ninguno de ellos logró calmar sus ansias.

Amaba a su ángel, lo deseaba; besaba su imagen una y otra vez; lo evocaba en sus vigilias y lo soñaba en sus sueños; le escribía poemas y le componía canciones. En sus oraciones le pidió a Dios como única gracia que le permitiera ver a su ángel al menos una vez en la vida, y estaba dispuesto a morir por ello. En su desesperación por el ángel también se lo pidió al Diablo; a cambio le ofreció su alma inmortal.

Y al fin ocurrió el milagro. Cierta tarde, sin mediar invocaciones y sin la concurrencia de circunstancias especiales, así, de pronto, se le apareció el ángel.  Idéntico en todo a la imagen de su estampa, ahora desteñida por el tiempo y ajada por las repetidas manipulaciones y besuqueos.

La aparición respondió pacientemente todas las preguntas que, una vez a medias recuperado de su estupor, le formulara Luwin, todas, a excepción de una: la concerniente a su nombre, porque era “demasiado deslumbrante y su mención podría dejarlo ciego o tal vez algo peor”, pero Luwin podía atribuirle el que quisiera; y así lo llamó Marius.

Era idéntico a la imagen –explicó Marius– porque los seres etéreos se corporifican en la forma en que los humanos les atribuyen en sus ensueños, sueños y fantasías; y se materializó porque los ángeles son sensibles al influjo de  las pasiones humanas y de sus deseos fervientes; ocurre con ellos tanto como con cualquier otro ideal: de pensarlos un humano con verdadero amor y la debida insistencia, el hecho imaginado terminará haciéndose realidad.

Pero su tránsito a lo terrenal involucraba para Marius consecuencias  aterradoras: con ello había perdido la Gracia y el más sublime de los dones, la bienaventuranza; además, su vida sería breve, porque un amor tan intenso como el habido entre ellos habría de agotar con rapidez la vaga sustancia que le confería corporeidad. Luwin sintió resquebrajarse su corazón al escuchar esas fatídicas palabras, y atribuyó la consunción de su amante a los abrasadores  besos que a cada rato se daban.

–Renunciemos, entonces, a nuestros besos  –dijo Luwin–. Será un sacrificio enorme de mi parte, pero estoy dispuesto a hacerlo por conservarte. 

–¡Oh!, no son los besos  –explicó Marius riendo–. Los besos, querido Luwin, sólo son una manifestación del amor ardiendo por dentro, en el alma. Es el amor lo que consume la materia. Es el amor lo que me llevará.

Luwin lloró. 

–No te turbes –lo consoló el ángel–. ¡Que nada empañe nuestro amor! No me verás envejecer: así como aparecí ante ti, así desapareceré. Llegado el momento, me disolveré en la nada, como una pompa de jabón.

A partir de entonces, Marius retornaría a la dimensión astral, donde vagaría como espíritu inferior por el resto de la  eternidad.

Y como no había tiempo que perder, en ese mismo instante Luwin y Marius consumaron una vez más su amor.

Vivieron el tiempo concedido en la mayor felicidad. Para mostrarse en público, las raras veces que cesaban en hacer el amor y salían de su refugio, Marius se valía de una capa para disimular sus grandes alas emplumadas; así parecía un jorobado. La gente se compadecía al ver a ese joven tan hermoso con tal deformidad; Marius y Luwin sonreían con picardía e intercambiaban miradas de complicidad, sin revelar a nadie su secreto.

Y un día Marius se fue.

La desolación de Luwin fue inconmensurable, pero al fin se recuperó. Hasta el término de sus días y más allá, Luwin recordaría la sublimidad de haber amado a un ángel: a su ángel. Claro, había una cierta incomodidad, precisamente a causa de esas grandes alas emplumadas, que estando en ello impedían el intercambio de besos.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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