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Ida LOS CAMINOS DE LA IDENTIDAD, por Héctor Concari

Ida 3
El encuentro con su tía, a los pocos minutos de empezada la película, enmarca el tema. “Eres una monja judía”, le explica, en una mezcla de sarcasmo y malos modales la tía.

El comienzo da la tónica del film. Unas novicias terminan la escultura de un Cristo, lo transportan y lo erigen en el convento. Es una de las últimas tareas de Ana, que deberá cumplir una última prueba antes de ordenarse: visitar a su tía Wanda Gruz, su única pariente viva, forma de reencuentro con sus raíces antes de tomar los votos. Vale la pena aclarar que estamos en la Polonia de 1960, en medio de la austeridad (la pobreza, pues) de uno de los satélites de la Unión Soviética, probablemente uno de los que más en carne propia sintió una guerra que terminó hace apenas quince años. El encuentro con su tía, a los pocos minutos de empezada la película, enmarca el tema. “Eres una monja judía”, le explica, en una mezcla de sarcasmo y malos modales la tía. Porque Ana no se llama en realidad Ana sino Ida Lebenstein, hija de una familia judía asesinada durante la ocupación nazi.

A partir de este prólogo brevísimo, se desarrolla una mezcla de road movie que como todo road movie es una búsqueda, en este caso de la identidad perdida, pero también de la historia personal, a partir de un hecho terrible. Es cierto que hay un sustrato policial en el asunto (el elemental ¿quién lo hizo?) pero esta perspectiva es también desdeñada en pocos minutos. La tía sabe perfectamente dónde vivían los padres y a partir de ahí no es difícil ubicar la casa, sus nuevos ocupantes, que obviamente son o los entregadores o los asesinos. Porque lo que interesa no es el drama de guerra, o la miseria de los criminales. Es un film sobre la identidad perdida que abarca varios planos.

Ana es una monja, en un país eminentemente católico pero bajo el yugo comunista, pero descubre que además (o más bien antes) es judía. Y, peor que todo eso, es una sobreviviente, lo cual dispara la pregunta básica de todo sobreviviente: ¿por que yo salvé la vida y ellos (los dos padres, un hermano mayor), no. Por si fuera poco, su aliada en esa búsqueda es un personaje que tal vez sintetice el período. Si la identidad de Ana/Ida se ha borrado a pesar de ella (muy pequeña ha sido entregada al convento), la de Wanda ha sido conscientemente tapiada por una ideología y una deliberada vocación inquisidora. Wanda, ahora juez, ha sido una procuradora popular, una fiscal apodada Wanda la roja, que en nombre del comunismo y el hombre nuevo ha llegado a enviar gente a la horca.

Ahora es solo una pobre alcohólica que trata de redimirse al menos a los ojos de su sobrina, pero es un ser derrotado desde el comienzo, precisamente porque se ha negado a sí mismo el derecho a una identidad propia. Son, si se quiere, historias que van en sentido contrario, una buscando su pasado, la otra evitándolo, y que se cruzan durante unos pocos días, los que dura el encuentro, el camino recorrido y la exploración de un pasado. Una nota aparte merece la ambientación: todo transcurre en un paisaje de indecible tristeza, en medio de un invierno que hace de las personas siluetas talladas en una fotografía en blanco y negro que solo acentúa la desolación de todo el asunto. Es un libreto inteligentísimo que pasa muy rápidamente por los hechos más significativos (la verdad inicial que profiere la tía, el encuentro de los restos, un suicidio). Lo que interesa es lo que estos hechos suscitan en su derredor, los mecanismos emocionales que descargan en la tía y la sobrina, en un entorno en el cual las cosas no se dicen.

Porque estamos ante una permanente oscilación entre lo que se oculta y lo que se descubre. Todos cargan con una verdad que en realidad es una culpa: por haber asesinado indefensos, por haber enviado a la horca a los enemigos del régimen, o, en el caso de Ida, por descubrirse sobreviviente de un drama que signó su vida y que descubre tardíamente. En torno a este conflicto, tan íntimo y que la película recorre con helada sobriedad, transcurre la vida cotidiana detrás de la cortina de hierro. El entorno no solo es triste, es además de una impresentable fealdad y su único saludo es el de los burócratas que cantan loas a una camarada caída, como si la vida no importara. Un film revelador.

Imperdible.

IDA. Polonia, 2013. Director Pawel Palinowski. Con Agata Kulesza, Agata Trzebuchowska, Dawid Ogrodnik.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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