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Homenaje a Alfredo Caraballo UN GIGANTE AL ALCANCE DE LA MANO, por Juan Bautista González Rojas

Alfredo Caraballo con sus amigos.
Alfredo Caraballo, último a la izquierda, con algunos de sus grandes amigos.

Alfredo Caraballo es una de esas personas que uno quiere que le pasen en la vida y a mí me pasó. Uno desea tener buenos padres, buena pareja, y buenos hijos y, sí es sortario, como yo, las obtiene… pero a mí me tocó también a Alfredo.

No tuve el placer de que fuera mi profesor directamente y, sin embargo, lo tuve por los muchos días que pasamos en nuestra escuela sabiendo el éxito de su cátedra para sus alumnos; administrándole el cupo a los mirones que se sabían bien pagado el plantón de escuchar sus clases nada más de oyentes; y recogiéndole, discretamente, después, las colillas de cigarrillos que intencionalmente iba dejando en el escritorio, como testimonio, de que ahí había dado esa clase.
Mi relación con Alfredo tuvo cosas muy particulares y, antes de que nadie lo vaya a decir, les comento que muerto de la risa nos hacía escuchar una música balurda que atesoraba y que le encantaba… Cosas como La Araña que ya está tejiendo la red o Vampiro, vampiro o Una libra de clavo y un formón eran sus favoritas en las fiestas que invitaba a su casa. Detalle muy significativo era su colección de juegos de inteligencias y destrezas manuales, representados en sus acertijos, sus juegos de clavos mecánicos y el sin fin de trivias y charadas que proponía en nuestros encuentros.
Con ocasión del nacimiento de Carola, Alfredo me visitó en mi casa e inmediatamente se acostó en la hamaca que siempre tengo en donde vivo. Se vino de El Cafetal a La Candelaria porque nos quería, levantó y miró y le sonrió a nuestra primera hija porque nos quería. Hizo extensivo y nos heredó a nosotros el compromiso familiar y el vínculo pos-sanguíneo que tenia con Rigoberto y con Antonieta porque nos quería y yo de todo ese cariño, de todas esas carambolas de amor lo recibí.
Sí existe vida en otro mundo Alfredo debería ser el arquetipo. Es decir, la forma profunda y ancestral en que uno se imagina que es alguien muy inteligente y de fuera de este mundo. Siendo militante y muy comprometido en términos políticos, nunca pudimos ver a Alfredo en las comunes escaramuzas que poblaron a la UCV en los tiempos de la Renovación Universitaria (Y eso me consta por una entrevista que le hice en ocasión de solventar un trabajo sobre es periodo para el profesor Gregorio Castro), sino más bien viéndolo dialogar con profesores y estudiantes sobre la conveniencia de ver que el futuro de la educación nos iba a pertenecer a partes iguales.
Si una vaina tenía Alfredo Caraballo es que era lúdico. Era capaz de jugar y de apostar cualquier cosa: quién espabila primero o de qué sexo va a nacer la criatura. Organizaba sin fines de lucro y sin ánimo de pérdidas las quinielas para el fútbol; nos convencía de participar en los torneos relámpagos de dominó (no más de seis partidas y sin repetir las parejas). Nos reclutaba para hacer cuadros de caballos de combinación, para jugar dardos y dominó, para jugar ping pong, futbolito y softball y resolvía la organización de todas esas cosas hasta muy tarde y tratando de que nadie se queje.
Alfredo siempre fue un tipo grande que no se empinaba sobre su grandeza y ese debe ser mi gran aprendizaje de Alfredo. Era un gigante al alcance de la mano. Alfredo sabía mucho… y no le importaba decírselo a los demás. Alfredo no sabía nada… y preguntaba a quien tuviera al lado. Alfredo no se la echaba de mucho, sino que se sabía de menos para aprender.
Ahora ya no está y tenía tiempo sin estar. Y ahora digo que yo también tengo mis tesoros de Alfredo. Ahora yo soy capaz de ser feliz y ponerle un rutilante 20 a un alumno que se lo merece. Eso se lo debo al profe.
Yo soy capaz de jugar ping pong y softball y futbolito y béisbol con mis estudiantes sin que haya ninguna sospecha de la responsabilidad que tiene cada quien.
No hay, no tenemos la manera de cómo volver a pasar esta película ni de enseñar a nuestro gigante a las generaciones que están y menos a las futuras que faltan. Vamos a tener que volver a conformarnos en esa manida frase de que todo tiempo pasado fue mejor y vamos a empinarnos en ella para hacer nuestros nuevos tiempos
Saludos, querido profesor.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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