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Homenaje a Alfredo Caraballo UN ENTRAÑABLE AMIGO, por Gregorio Castro

Alfredo Caraballo
Tus aciertos y desaciertos se decantan en búsquedas que forman parte de tus misterios y enigmas.

Aquí estoy, Alfredo, tal como lo había previsto, cuando ocurriese, al lado de tu adiós. Ese haberte ido en silencio sin poder decirlo, silencio anticipado en tu sonrisa que huía del rostro y en tu mirada acechada por las nieblas del olvido.

Ya un día me dijiste, a propósito de estas cosas de la existencia y del vivir, atravesando la franja entre el humor y la tragedia: “negro, no te preocupes tú nos vas a enterrar a todos nosotros”. Bueno aquí estoy Alfredo, entrañable y vertical amigo. Cumplo mal probablemente el dictado de mi corazón y mi conciencia pues no es sencillo relevar frente a la magnitud de tu sencillez y lúcida inteligencia, el peso de la razón frente a tanta sensibilidad invadida de pasado, de miedos y nostalgias.

Ha transcurrido medio siglo y un año de esta amistad nuestra forjada desde 1967 en los pasillos, aulas y cafetines de la escuela de Sociología y Antropologia de nuestra UCV, y extendida luego al bullicio del combate de las calles o a los confines de los barrios y las paredes carcelarias, sitios todos donde tú, Alfredo Caraballo Villalba, magna cum laude, de la promoción de sociólogos de la Renovación Académica, te hiciste presente desplegando solidaridad y arrojo en ese silencioso andar la vida sin aspavientos que marca tus códigos.

Fuiste, Alfredo, un militante de la vida y por eso mismo un militante de la alegría y la amistad. Que no siempre son equivalentes. Las palabras para decirlo no son otras Alfredo: lealtad a toda prueba para nosotros tus amigos, hoy con esta tristeza metida en el pecho a destajo del día, a ras de las verdades de lo vivido.

Supiste romper el silencio cuando este era un acomodo cómplice a los dinamismos del poder y la injusticia. Recuerdo cómo confrontaste con evidencias contundentes de imagen y textos por ti organizados, los lados de la guerra, en Viet Nam, Laos y Camboya y llevaste a las audiencias universtarias las marcas geopolíticas del conflicto árabe-israelí con conferencias cuya lucidez exhibía tu conocimiento y dominio del Medio Oriente, aunados a la contundencia de tu manejo de la palabra, rubricado por tu indiscutible carisma.

Fuiste el líder central del Movimiento de Renovación Académica en la Escuela de Sociología y Antropología a finales de los años sesenta y dotaste al movimiento de un modelo de organización sui generis para la lucha universitaria de estudiantes, profesores y empleados llenando el espacio espiritual de la escuela del entusiasmo de la participación, divorciada de los cánones del autoritarismo académico. El Comité Revolucionario de Acción Estudiantil (CRAE), instrumento de la acción política en cuya creación fue notoria tu participación, fue un núcleo que reunió a los partidos y organizaciones de la acción universitaria. Nada de esto fue una prolongación mimética del Mayo Francés no obstante la incorporación de iconos y consignas que poblaron las calles de París, de Roma, Berlín, entre otros centros europeos. Tú fuiste nuestro Daniel Con-Bendit.

Tu liderazgo muestra la claridad de una acción en la que tu honestidad, tu comprensión de las coyunturas, tanto en los predios universitarios como en la lucha política fuera de la universidad, revelaron maneras de ser y de hacer la política con un sentido de realidad que puso primero la dimensión ético-humana del actor, y no al dictamen burocrático-autoritario de líneas de acción fijadas por las cúpulas. Igual tu acertada actividad en el Consejo Supremo Electoral con el reconocimiento de tus aportes por todos sus integrantes, en la cual destaca tu elevada condición organizativa como es el caso de tu participación en las tareas de organización de la Juventud del MIR, con el reconocimiento a tus aportes por todos sus integrantes, dando cuenta del valor político de tu liderazgo.

Ahora Alfredo, concluyo con las palabras que siguen, trayendo versos de un poema que te dediqué publicado el año 2011:

Este viejo asunto de ser, Alfredo,

no agota las fuerzas que nos mueve

ni congela las palabras que las dotan de rutas. 

Has sabido dotar tu vida de la elocuencia de la sencillez, del respeto a la palabra del otro, has transitado tu mundo sin la estridencia de los impostores, haciendo de la ecuanimidad y la tolerancia valores vividos. Tus aciertos y desaciertos se decantan en búsquedas que forman parte de tus misterios y enigmas. Tu vocación por lo lúdico te hizo campeón del dominó, un viernes tras otro, durante años con tus amigos.

Nos hiciste conocer la más variada gama de juegos de mesa y trucos, manejaste con maestría las cartas del Tarot y combinaste con aguda inteligencia tu percepción del otro ordenando en cada carta los sentidos del destino esperado. Hiciste que el mago Merlín respondiese nuestras preguntas y que volviésemos a otra ronda cuando la respuesta deseada no venía. Mostraste en tu gran colección carros de todos los modelos, de todas las marcas, de todas las épocas, camiones, motocicletas, brujas y monstruos alados, dinosaurios con candela en los hocicos, caballos jineteados por hermosas calaveras dominando los estantes de la fantasía, hasta legiones de soldaditos de plomo y figuras del mundo fantástico llevadas a la gran pantalla. Nos pusiste a jugar con lámparas de luces inauditas en su aparición policroma y cinética, nos  llevaste pues  al lado infantil de la vida que es la forma más adulta de la existencia, reveladora de la ternura  que era en mucho tu esencia; bajo el fuego de cada dragón y la voz metálica de Merlín sentenciando en su respuesta el riesgo de lo preguntado, están tus enigmas y misterios.

Nos quedamos con lo descubierto por ti mismo y/o por quienes mucho más cerca de ti han estado y están y te saben y por saberte te quieren y te aman, haz sabido que

no basta el arco iris entre las manos

ni escribir sobre el espejo del viento

ni sembrar de metáforas el rostro de las piedras

porque rigurosamente individual

la muerte sella nuestro límite

 …en el aroma

y en el caos de la palabra

Mi gran amigo de siempre, compañero de vicisitudes de la casa y de la calle, siento el callado fervor de tu amistad en medio del tumulto del mundo. Abrazo y aplaudo, Alfredo, a tus afectos y amores cruciales, a Tetelo, a Alfredo José y Juan Pablo, tus hijos “infinitos”, a tus hermanos Luis, Melchor, Jose Gregorio, Edgar y Guiomar.

Alfredo, ya no es problema el olvido, ya no tienes que buscar el amparo de la palabra para guarecerte, llevas contigo nuestra querencia y nosotros esa manera tan peculiar de tú querernos. Nos encontraremos más adelante y te aplaudiremos como ahora hacemos, disipando malestares y dejando que un  arco-iris salido de  las orillas de Paraguachi y extendido hasta los bordes del Ávila, abra sus  luces y colores en el horizonte de libertad que soñaste.

 Adiós Alfredo, por tu vida te aplaudimos ahora y después, contra el olvido.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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