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Héctor Concari PERDEDORES QUE GANAN *

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Bogart representa al perdedor que gana

El cine y la novela americanos han dado origen a un término, intraducible al español: el «underdog». Un «underdog» es aquel personaje que, a los ojos de los demás, está destinado a perder. De ello deriva su encanto, porque el «underdog» ha internalizado esa visión del común de la gente y se sabe, de antemano, perdedor, pero precisamente, como la victoria es imposible, el único consuelo está en la lucha. El «underdog» no protagoniza, agoniza. Es un tipo, pues, que actúa como si todo estuviera ya perdido y por ello, el valor último de la vida está en un código propio de decencia. Lo cual no necesariamente tiene mucho que ver con la ley. «Underdogs» eran los asaltantes de La pandilla salvaje, de Sam Peckinpah, esa síntesis crepuscular del western que resumía su ética en una frase tautológica: «un hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer» y a partir de ahí, suicidas, la emprendían a tiros con Mapache, un generalote mexicano que había hecho preso a un miembro de la banda.

Casi todos los personajes de John Huston, ese viejo sabio que cabalgó con lo mejor y lo peor del cine, entran en la categoría, pero los dos boxeadores de Ciudad Dorada, en 1972, seguían boxeando y dando lo mejor sobre el ring mientras sus vidas se descascaraban. En un film hoy olvidado, La soledad del corredor de larga distancia, un ladronzuelo preso lograba ganar la indulgencia del jefe de la prisión gracias a sus aptitudes físicas y llegaba primero a la meta, sólo para detenerse un paso antes y dejar pasar a todos los demás corredores para perderlo todo y ganar su autorrespeto. El sargento de Gallipolli, de Peter Weir, gritaba: «no puedo pedirle a mis hombres que hagan lo que yo no estoy dispuesto a hacer» y saltaba de su trinchera para ser acribillado por el fuego enemigo. Y Humphrey Bogart estaba enamorado de Mary Astor en El Halcón Maltés, pero la metía presa por asesina. En fin, la lista es larga pero el patrón es común: lo bueno, lo admirable del «underdog» es su grandeza. Es un Sísifo de los barrios bajos.

Curiosamente a veces, y contra todos los pronósticos, gana y entonces carece de categorías que le permitan comprender ese triunfo, con lo cual concluye que en realidad no ha ganado, apenas si ha pospuesto la derrota. Pero saborea el momento que, por su infrecuencia, es un regalo para el espectador. Porque en general la apuesta es contra el poder, omnímodo, insensible y aplastante. Ionesco lo describía muy bien «El poder es la locura del más fuerte, el poder del menos fuerte es locura». Por ello era un placer que Erin Brockovich se metiera una boloña de real en el film homónimo, o que los malandros soldados de Tres Reyes lograran robarse un tesoro de origen non sancto en la guerra de Kuwait. Pero es en la comedia en donde los perdedores tienen sus venganzas más sabrosas. Empezando por la más entusiasta de todas: Ser o no ser, de Ernst Lubitsch, proponía una troupe teatral polaca de poca monta que se veía involucrada en una trama para librarse del mismísimo Adolfo Hitler. En el camino, los actores se tomaban en serio su papel de nazis, se burlaban (¡en 1942!) de los todavía poderosos germanos y lograban un film de antología (otro grande, Mel Brooks, lo rehizo con fortuna en 1983). De 1940, es la antológica El gran dictador, de Chaplin, cuyo duelo de un hombrecito contra el poder dictatorial tiene la misma carga ética. Lo que a menudo se olvida es que ni Chaplin, ni Lubitsch podían anticipar en 1940 o 1942, el final de la contienda. Pero sí sabían que había que dar la batalla en contra de los entonces todopoderosos. Fue un paso creativo y moral que le da una dimensión adicional a dos obras maestras. Porque, curiosa paradoja, el poder es algo muy serio, y a menudo muy siniestro, pero los poderosos son inagotablemente risibles confrontados a una derrota a manos de los justos. Esta semana hubo un par de ejemplos al respecto.

* Publicado en Tal Cual el 27 de noviembre de 2008.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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