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Hasta que la muerte nos separe MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES, por Luis Bond

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Zapata 666 se aleja de su papel habitual de antisocial, intentando encarnar primero a un joven inocente y simpático, luego a un boxeador en hybris y por último a un tipo desesperado.

Por más romántico que pueda ser rodar una película, no podemos olvidar que el cine es mitad negocio y mitad arte. Un largometraje cuesta dinero y ocupa varias semanas de trabajo duro por parte de un equipo técnico y artístico, por eso al cine se le conoce como el arte colectivo por excelencia. Un arte que, a diferencia de otros, cuesta muchísimo dinero. Debido a esto, los realizadores se balancean con mucho cuidado entre el hecho artístico y el negocio que este representa. Casos de excesos en la ecuación estamos cansados de ver (desde Er Conde Jones hasta Desautorizados, por nombrar una antípoda de cada lado) y siempre será el público quien pasa factura a estos errores. Una mala producción puede ser tan perniciosa para la credibilidad del universo narrativo que plantea una película como una producción impecable pero que haya vendido su alma al product placement. Tambaleándose entre las aristas antes nombradas llega a cartelera Hasta que la muerte nos separe, una ambiciosa propuesta de Abraham Pulido que busca ocultar con su fotografía, arte y estrellas, un vacío argumental que la hunde por completo, olvidando que lo que atrapa al público son las buenas historias y no todo el armatoste visual que viene acompañado con ellas.

Inspirada en Otelo de Shakespeare, Hasta que la muerte nos separe narra la historia de Otto La Avispa Aguilar (Rubén Zapata 666), un boxeador de escasos recursos que lucha por ser campeón mundial. En su travesía lo acompañan su hermano Nacho (Carlos Trece Molina), un boxeador de menor talento que se dedica a entrenar y representar a Otto, pero que esconde oscuros intereses personales detrás de sí, su entrenador Papo Galindez (William Goite) un exboxeador que ve en Otto el potencial para llegar lejos, su abnegada madre Flor (Maria Antonieta Duque) y su mejor amiga Barbara (Karina Velásquez). Otto está concentrado en ganar y Nacho en sacar los mayores beneficios de las victorias de su hermano, enturbiando la carrera del boxeador con apuestas y negocios ilícitos a sus espaldas apoyado por su amigo de la infancia Toti (Carlos Moreno). Las cosas para Otto pintan bien en su carrera, hasta que un día conoce por accidente a Diana (Alexandra Braun), una super modelo que pondrá de cabeza su mundo, ganándose la enemistad de los amigos y familia del boxeador. Desde ese momento, el romance entre Otto y Diana será tormentoso, marcado por los celos y la ambición.

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Alexandra Braun debuta en el cine venezolano bajo la dirección de Abraham Pulido.

Aunque su premisa suena bien y visualmente hablando cada plano parece sacado de un comercial de alto presupuesto, Hasta que la muerte nos separe es justamente como muchas piezas de publicidad: bonita por fuera, vacía por dentro. El problema de entrada son sus personajes y su caracterización, sobre todo de los principales. La gran mayoría raya en el cliché, separándose por completo del aspecto arquetipal de Shakespeare. Zapata 666 se aleja de su papel habitual de antisocial, intentando encarnar primero a un joven inocente y simpático, luego a un boxeador en hybris y por último a un tipo desesperado. Esta montaña rusa de registros tan disímiles termina destrozando cualquier intento de Zapata por sacar adelante su personaje, demostrando la ausencia de un trabajo de dirección actoral (de hecho, los pocos momentos en que convence intuimos que fueron frutos de la espontaneidad del actor al estar en su registro habitual de trabajo). Por otro lado, aunque Trece está un poco más a tino —o menos desafinado— su personaje cae en lo sobreactuado cada vez que sube su registro, pasando de hermano contrariado y conspirador a pegar gritos como si fuese un metalero en cada escena dramática. Por último, Alexandra Braun remata con una actuación acartonada y sufrida a juro, siendo explotada por el director por su cara bonita y funcionando únicamente cuando tiene que modelar delante de cámara. Aunque secundaria, Maria Antonieta Duque pone la guinda con su histrionismo al parecer sacada de una telenovela, desentonando más que todos los demás. Por suerte, los personajes secundarios encarnados por William Goite, Karina Velásquez y Carlos Moreno son los únicos que se rescatan dentro de la historia y se ganan un poco de nuestro cariño con sus intervenciones.

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Zapata 666 y Karina Velásquez en una escena medular del film.

Sumado a los problemas de personajes/caracterización tenemos un guión lleno de situaciones que rayan en el cliché y la inverosimilitud narrativa (algo gravísimo y que sucede hasta en las escenas con mayor peso dramático dentro de la historia). Por momento, Hasta que la muerte nos separe tiene escenas que parecen sacadas de una telenovela, pero luego sorprende con un trabajo gráfico de primera que engancha, para después pasar a una estética de comercial que desentona por completo. A esto se suma un montaje que falla a todo nivel: pareciera que las escenas estuviesen desconectadas por completo una de la otra, como si fuesen unidas a los golpes, sin ningún tipo de estructura. Esto trae como consecuencia que la película esté llena de huecos, omisiones y un ritmo desigual. Los personajes aparecen y desaparecen, el paso del tiempo dentro de la historia jamás llega a sentirse, hay escenas inútiles larguísimas y otras que merecían más tiempo en pantalla pasan volando. Todo esto afecta por completo la historia que se cuenta, como si viéramos un largometraje contado a medias (a pesar de que se hacen largas sus 2 horas de duración)… y ni hablar del montaje en las secuencias de pelea: lejos de ayudar, termina de desbaratar la poca credibilidad que tienen.

Omitiendo el aspecto actoral y narrativo (guión y montaje), la película es visualmente hablando atractiva. La dirección de arte embellece cada plano al máximo, lo mismo con la dirección de fotografía (aunque a veces peca al decantarse por lo bonito y olvidar lo narrativo, por no hablar de los errores de continuidad en la iluminación de varias escenas). Pulido demuestra su larga trayectoria como director de publicidad y videoclips en cada plano, dándole a las escenas un tratamiento de viñetas de publicidad en vez de pensarlas como momentos dramáticos con una función narrativa específica. Una puesta en escena a lo fashion film que sólo resalta la superficialidad del relato y termina de exponer la mala caracterización de los personajes. A su favor, la producción se lució al conseguir locaciones nuevas en nuestra pantalla y llenas de personalidad, pero todo esto queda opacado por el exceso de publicidad. La mayor parte del largometraje está llena de product placement hasta rayar en lo absurdo, un abuso que salta a la vista hasta del menos detallista, como si viéramos un comercial de casi 2 horas de varias marcas, rompiendo por completo con cualquier intento de contar una historia medianamente orgánica.

Hasta que la muerte nos separe tenía todo el potencial para ser una película exitosa: un cast interesante, calidad en la producción, una fotografía y arte de primera y un director experimentado. Lastimosamente, su guión y su puesta en escena la desarman lentamente mientras avanza el largometraje, cada escena es un gancho al hígado al espectador hasta que al final de la proyección descubrimos que, parafraseando a Shakespeare, tenemos Mucho ruido y pocas nueces.

Lo mejor: todo el trabajo gráfico está alucinante. La producción, dirección de arte y dirección de fotografía: cada plano parece sacado de un comercial. La premisa de la película tenía bastante potencial. Los —pocos— momentos espontáneos de los actores principales. El carisma de algunos  personajes secundarios y el antagonista.

Lo malo: su guión lleno de omisiones, poca verosimilitud narrativa, diálogos expositivos y rozando el melodrama. El abuso de product placement termina distrayendo. Los momentos sobreactuados de varios personajes. Las escenas usando chroma key. La edición falla a todo nivel. La música melodramática y fuera de lugar. Los problemas de lip-sync, El trailer te cuenta toda la película. Véanlo.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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