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Harry Almela LA ALFOMBRA ROJA

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El presidente de la hermana república de Feudalia, mariscal Manuel Anzábal, toma el juramento de práctica a nuevos ministros, en una ceremonia que se lleva a cabo en el Circo Estatal capitalino.

Juran los nuevos ministros:

De salud pública, general Roberto Frelloni.

De agricultura, contralmirante Esteban Rómulo Capdeville.

De vías navegables, brigadier Jorge McLennon.

Y de educación y cultura, cabo primero Anastasio López…

Les Luthiers: Los noticiarios cinematográficos.

Comparto con el resto del universo el criterio de que los premios no son garantía de calidad o buenos consejeros para algo. Quiero decir que mi guía de lecturas no pasa por premios, así como mi catálogo de películas no pasa por el Óscar. Que un colectivo escoja lo mejor de una lista, sobre todo, cuando las obras ya son conocidas, es tanto como rizar el rizo. Y más aún cuando dicha selección se hace en nombre de quienes no tienen el gusto de conocer, es decir, de esa masa anónima que se llama el público. Sin embargo, y esto no está de más recordarlo para los párrafos que siguen, resultan buenos mecanismos de promoción y merchandising de la obra. Acá, el ego capitalista (hay que usar la neolengua) juega un papel importante. Muy importante. En el caso de la literatura, la ordenación de lo que Pierre Bourdieu llama pomposamente el campo literario (el circuito editorial, la crítica,  la academia y los premios) conforma el territorio de tensiones en donde entra y debe desplazarse la obra. Ese comercio entre obra y público es lo que, en fin de cuentas, permite el conocimiento y, más aún, el reconocimiento. Por los intersticios de esas rendijas, se cuela el ego del escritor, considerado acá ya no como simple ciudadano, sino como artista. Pero, como la literatura no es platónica, necesita ejercer su dominio en un espacio y tiempo determinado. Es lo que el mismo Bourdieu llama el campo de Poder. Sobre este último punto regresaré más adelante. Baste con adelantar que la edición de un premio de reconocimiento no se da en el aire literario, si no en un país real. Quiero decir que el problema no es exclusivamente literario, lamentablemente.

Toda esta perorata tiene qué ver con la próxima edición del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, cercado como está por fuerzas contradictorias, justo en este año. Y voy al grano. Hay cosas que no entiendo de los novelistas venezolanos, sobre todo de aquellos que han hecho visible oposición al actual gobierno revolucionario, socialista y bolivariano (hay que usar la neolengua). Los que creen en el socialismo como en una lámpara de inagotable aceite (la frase es de Jaime Sabines), lo tienen claro y pueden reposar tranquilamente sus muy dignas cabecitas en la almohada. Para ellos, es muy simple: ansían obtener para sus dilatados curricula (gestados con mucho tesón desde la Cuarta República) la versión criolla del Casa de Las Américas. Mas si yo fuera un novelista, un buen novelista, y estuviera en esa lista de participantes (bueno en mi caso sería con una bobela, nunca una novela), no pensaría mucho en retirarla. Por varias razones.

La primera, la más visible, es el desguace que una parte del campo de Poder (el Estado y su burocracia) ha hecho en el campo cultural del país. Hacer la nómina de tales eventos, adelantados con denuedo y fruición muy rodilla en tierra en el transcurso de los últimos diez años, podría llevarnos varias páginas. Sólo retomaré algunos, los que recuerdo por encimita: el cambio de nombre de las instituciones, su centralización y el evidente sesgo monocolor, la exclusión de quienes no comparten el sueño humanitario del socialismo (verbigracia, en los festivales de poesía), la Lista Tascón a la hora de los subsidios, la censura franca (en el caso de la bienal de Venecia), el vilipendio a la estatuaria caraqueña (el caso del Paseo Colón y lo de El Calvario son una muestra), la problemática alrededor del Ateneo de Valencia y el muy probable cierre del de Caracas, el control de divisas para libros, las declaraciones del Ministro del Poder Popular para la Cultura (hay que usar la neolengua) acerca del “cine capitalista” y la consecuente intención soterrada de echarle mano al Circuito Radonsky (¿Por gobernador de Miranda?¿Por judío?¿Por ambas cosas?), la expulsión del país de la muestra Bodies, los “aportes” que la Asamblea Revolucionaria Cultural hace a la Ley Orgánica de Cultura y, lo más reciente, el affaire de los libros de Gallegos en las bibliotecas del Miranda. Acá quiero detenerme. No con la prolijidad del muy preclaro y enmudecido Fernando Báez, políglota de una vasta formación histórico-filosófica y literaria que se refleja en una miríada de ensayos (la adjetivada frase no me pertenece, la copio de una página del status quo), entre los que destacan Historia universal de la destrucción de libros, que entre otras cosas habla del tema en Irak o China, es decir, bien lejos de estas comarcas, donde tales catástrofes son impensables.

Como ya lo sabe el universo entero, miles de ejemplares de las obras de Rómulo Gallegos fueron vendidos para pulpa de papel desde algunas bibliotecas públicas de Miranda, en el recién concluido ejercicio de cierto teniente de la llamada derecha endógena (hay que usar la neolengua). Lo impresionante del hecho, más allá de su evidente barbarie, es que se lleva a cabo justo en los prolegómenos de las siguientes celebraciones (lo copio de la página oficial del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos): 125 años del nacimiento de Rómulo Gallegos, 80 años de la primera edición de Doña Bárbara, 75 años de la primera edición de Cantaclaro, 45 años de la creación del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, 40 años de la muerte del novelista venezolano y 35 años de la Fundación CELARG. Buena manera de celebrar tales acontecimientos, justo desechar su obra de las bibliotecas públicas. Es más que claro el mensaje: respetamos el mapa, mientras nos permitan destrozar el territorio. Ocurre con todo: amamos a la humanidad, pero a los seres humanos reales y tangibles los tratamos como nos da la gana. Amamos a los indios, enterramos a Guaicaipuro en el Panteón (con ritual gringo, ¡qué cosa!), mientras los reales y tangibles indios venezolanos piden limosnas con un perolito en las ciudades y se albergan en carpas miserables en las plazas públicas del país. Amamos a Gallegos en abstracto, pero su obra es digna de cualquier fábrica de papel. Estamos a milímetros de Fahrenheit, 451, la novelita de Ray Bradbury. Yo no creo, gritará ahora la tribuna. Y vuelvo a decirlo: ante esta situación, mal podría una obra nuestra participar en un escenario que tiene como punto de partida el hecho de desconocer al adversario, y que cuando lo reconoce es simplemente para pisotearlo.

De las doscientos treinta y dos obras participantes (hasta la fecha) en el Premio “Rómulo Gallegos”, cuarenta y ocho son de autores venezolanos. Eso habla bien, tanto de nuestra novelística como de la musculatura editorial del país. Pero, ¿en qué cosa estarán pensando esos participantes que, al mismo tiempo, reniegan del Poder que organiza el premio? ¿Están realmente convencidos de que es más importante el compromiso con la editorial que el compromiso con el proyecto de país que ansían? ¿Qué cosa esperan? ¿Ganar? Supongamos que sí. Que, en la última página del cuento de hadas, hay un happy end al estilo Democratic Party Convention: las puertas del Nobel están allí, cerquita. Supongamos que se sienten los mejores novelistas venezolanos después de Uslar (por allí he leído opiniones que hablan del respeto a la calidad de los ganadores anteriores). Supongamos que el jurado se equivoca (algunos de los participantes soñarán con eso), y que desde la nube del viejo Uslar les cae el premio encima. ¿Se imaginarán a sí mismos caminando por la alfombra roja en la entrada del CELARG? ¿Allí, a dos cuadras del sitio donde Joao Goveia, el héroe que el presidente alabó en su momento, asesinó a tres personas y donde también otros héroes asesinaron a Maritza Ron la aciaga mañana del 16 de agosto de 2004? ¿Se imaginan recibiendo “medalla de oro, diploma y la cantidad de cien mil euros (€ 100.000,00) o su equivalente en moneda nacional”, de manos de un hombre que acaba de estrechar las suyas con ese boy scout de Sudán llamado Omar Al-Bachir mientras le arrima una invitación al país, horas antes de saludar a su otro hermano, Mahmud Ahmadineyad? ¡A Mahmud Ahmadineyad!, presidente de un país cuya policía detiene a docenas de mujeres para hacer cumplir el código de vestir islámico, o que simplemente son lapidadas en caso de cometer adulterio o a quienes, en algunas aldeas, aún les practican la ablación, mientras amenaza a la nación de Israel con hacerla desaparecer del mapa. Cien mil euros y una edición en Monte Ávila, ¿es más importante que el compromiso con el país que sueñan, o que el rechazo que sienten (creo yo) por estas abominaciones? ¿Están convencidos de ser, antes que ciudadanos, escritores? ¿Qué hacen allí, montados en esa Disneylandia literaria? ¿Está en sus planes calarse seis horas de su vida en Aló, presidente, como lo hizo la infumable Elena Poniatowska en la más reciente edición del premio, que hasta pudo haberse meado encima esa señora, de tanto aburrimiento y sonreída rigidez?

Pero hacen falta otros personajes para que funcione el circo. Para bailar el tango, como para el besar y el amar, se necesitan dos, dos, dos. ¿Alguien puede explicarme, en su sano juicio y sin sonreír, qué hace un ministro que habla mal del “cine capitalista” auspiciando un premio de 100.000 euros para una sola persona, en estos días de profundización del socialismo? Hay que ser coherentes, señor ministro, a menos que estemos jugando a organizar la Delpiníada del siglo xxi, con arrebatacapas agregados. En fin de cuentas, ya ha crecido hasta aquí, en saludables huertos organopónicos (ya me estoy cansando de la neolengua), el Árbol de las Tres Raíces de la Adulancia Perpetua. Con ese realero se pueden resolver problemas más urgentes, señor ministro. Hay que ser coherentes hasta en la insensatez, señor ministro. Señor ministro, diría el otro con jupiteriana voz: Ese premio es capitalista e imperialista. ¡Elimínese! ¡Y ya! [Aplausos] ¡Ya está bueno! [Más aplausos] ¡Y al que no le guste, me le echa gas del bueno, señor ministro! [Las focas se ponen de pie, en contra de su naturaleza. Más aplausos, hasta la náusea.]

Que el ministerio del sector esté en manos de un veterinario, es una muestra del concepto que tienen acerca de estos asuntos. El campo cultural venezolano es una hacienda de animales, pensarán. Es hasta probable que no hayan encontrado otro cabo primero que asumiera el cargo, para que en pleno juramento se le escapara aquello de en esto se me va la vida, señor presidente, como dijo el cabo primero anterior en su mejor y más triste momento vital. Sólo falta, para un buen mutatis, mutandi, que los escritores nos metamos a vacunar pollitos. O a partear vacas. O a capar cochinos.

Ya vamos terminando. Por allí he leído un argumento desolador, el de “no hay que ceder los espacios”, como si al alcalde y a los habitantes de Chacao no han comenzado a hacerles la vida de cuadritos, en un claro recordatorio, salvaje y brutal, de que el otro, el diferente, simplemente no existe, aunque gane elecciones. Resulta enternecedora la presencia de esos mismos escritores en muchas de las actividades literarias en el Centro Cultural del municipio (justo donde está el CELARG, ¡qué vaina!), sea como público, sea como organizadores.

En una de las secuencias más conmovedoras realizadas por Roman Polansky, al final de la película El pianista, el judío Wladyslaw Szpilman (interpretado por Adrien Brody), ante la incrédula mirada de un capitán nazi y en medio de los restos de una Varsovia arrasada por la guerra, toca con maestría una pieza de Chopin. Tal circunstancia le salva la vida. Pero claro, los líderes nazis, en general, se caracterizaban por ser amantes de la música cuando asumían su doctor Jekill, aunque no debemos olvidar el proceder de su mister Hyde: su feroz e industrial desempeño durante la Shoá ni su oscuro y acicalado placer por la piromanía. Pero los bananeros de acá son menos propensos a la prosopopeya, digamos. Son menos densos. Leer a Gallegos ya les resulta suficiente para padecer de urticaria.

Dispongan ustedes de sus novelas, señoras y señores novelistas.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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