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Hambre en el trópico TRES ESCENAS INÉDITAS, por Edilio Peña

Perro en la oscuridad
Una vez fueron personas, pero la necesidad los volvió perros.

Especial para Ideas de Babel. Edilio Peña nos entrega tres escenas de su nueva obra teatral Hambre en el trópico. Las compartimos con ustedes.

Primero la barriga, después de la moral.

Bertolt Brecht.

Escena 1

EL HIJO.-

Papá, ¿Y dónde está el restaurant del que tanto me habías hablado?

EL PADRE.-

Sigue extraviado en mi mente, espero no se haya vuelto una ilusión. Un ensueño.

EL HIJO.-

Ojalá pueda regresar del olvido, pero no como regresan las palomas negras cuando pierden la esperanza en el infierno.

EL PADRE.-

Es lo que más deseo.

EL HIJO.-

Dios quiera.

El Padre.-

Hazme el favor de no hablarme de ese señor. Menos, invocarlo.

El HIJO.-

Pero dios nos ha dado todo.

EL PADRE.-

Nada. Se cogió el paraíso para él solo.

EL HIJO.-

Está bien, papá. A partir de ahora tu voluntad estará por encima del innombrable. La respetaré.

EL PADRE.-

Más te vale. Quizá la neblina de la noche no me permite ver la añorada edificación del restaurant que yace en el lecho de mi recuerdo. Habrá que esperar a que ésta se disipe. Por ahora sigamos el olor de la comida… Nos ha guiado hasta aquí, como un gusano de luz. Tengamos confianza en que como en el instante de un relámpago, habrá de aparecer ese legendario restaurant que navega en la turbulencia de mi mente, con su mejor mesa y una vela encendida en el centro del ojo del huracán. Será una mesa llena de exquisiteces especialmente dispuestas para nosotros. Allí nos sentaremos a disfrutar lo que nos fue arrebatado de la boca por más de tres décadas.

El HIJO.-

¡Papá, increíble!… ¡Una montaña de basura alcanza la playa de la luna!

EL PADRE.-

¿Dónde?

EL HIJO.-

¡Allá arriba!… más allá de las puertas del cielo, donde perros famélicos luchan por remontar la montaña de basura… allá donde éstos se pelean con aquellos zamuros que llevan gusanos entre sus picos, y vuelan por encima de los ladridos de los perros.

EL PADRE.-

Esos no son perros. Una vez fueron personas, pero la necesidad los volvió perros. ¡Increíble… ahora, la montaña… ¡Es el mojón de mierda más grande que he visto!… Es el colmo. Es más alto de lo que llegó a ser las Torres Gemelas.

EL HIJO.-

Yo nunca las vi caer.

EL PADRE.-

No habías nacido todavía.

EL HIJO.-

Murió tanta gente.

EL PADRE.-

Pero no de hambre. El olor a comida era falso. No era más que un señuelo para traernos al lugar equivocado. De nuevo la revolución nos ha engañado.

EL HIJO.-

¿Y no sería Dios el culpable?

EL PADRE.-

Ese siempre ha estado en complicidad con la revolución. No ves cómo actúa el Papa. Ha visitado tres veces la isla de la felicidad. Esa dictadura de los Castros que convirtió el cadáver de la gente en zombis, y que no les queda otra opción que buscar escapar de su desventura lanzándose a un mar infestado de tiburones.

EL HIJO.-

¡Entonces, ese que deambula entre la basura es un angelito del cielo!

EL PADRE.-

No. Es un huérfano convertido en un perro más. Por eso anda en cuatro patas. Una cola de pelos le cuelga del trasero. Es su látigo con el cual se abre paso entre la mierda.

EL HIJO.-

No comprendo lo que me quiere decir con sus ladridos.

EL PADRE.-

Porque todavía no eres un perro.

EL HIJO.-

Menos mal que nosotros aún podemos hablar.

EL PADRE.-

Pero un día las palabras nos abandonarán. Ya no tendrán sentido. Los ladridos se impondrán. Entonces, las perreras vendrán por nosotros y nos encerrarán con otros perros. Es lo que más temo. Aullar de tristeza dentro de una jaula. Al final de nuestras vidas, seremos como aquellos lobos sin colmillos que miran con tristeza las posibles presas que no podrán cazar y devorar.

EL HIJO.-

Mira, el niño encontró una mano entre la basura. Parece la garra de un mono.

EL PADRE.

Seguro es una mano de plástico que se usa en el carnaval.

EL HIJO.-

No creo. Es una mano humana. Sangra todavía.

EL PADRE.-

¿No será mi mano?

EL HIJO.-

Le falta un dedo.

EL PADRE.-

Quizás es el dedo donde yo llevaba el anillo de mi matrimonio. Era un anillo de oro. A lo mejor quien me mutiló en el asalto lo vendió. La gente vende todo aquello que tenga valor para poder sobrevivir. Un compañero de trabajo decidió venderse por partes, y cuando los compradores fueron a buscar la parte que le correspondía a cada uno, desmembraron a la víctima a machetazos. Mejor es venderse por completo. No se sufre tanto y no queda rastro de que uno existió. Aunque yo no sentí dolor cuando me arrancaron la mano. Todo fue tan rápido. Como un acto de magia.

EL HIJO.-

Ahora el niño comienza a devorar la mano, Papá. A dentelladas. Ni siquiera la comparte con los demás perros hambrientos. Menos con los zamuros que tratan de picotearla

EL PADRE.-

El hambre es egoísta, hijo mío. Lo mismo hace aquél que come con gula. La basura es la sobra de lo que no pudo tragar y tuvo que vomitar o cagar. Es como el rey blanco de los zamuros que corona el reino de los carroñeros..

EL HIJO.-

Si quieres voy por tu mano. Buscaré un palo y golpearé al perro para que la suelte de su trompa.

EL PADRE.-

Es inútil. De nada servirá rescatar mi mano de las fauces de un perro hambriento. Nadie podrá implantármela de nuevo. Los cirujanos se han ido del país a pegar otros miembros en el exilio. Hace tiempo cogieron carretera. A mi brazo manco sólo le queda extrañar la mano que le pertenecía. Triste. Toda pérdida produce nostalgia.

EL HIJO.-

Mira, tu mano se asoma por la boca del perro y te saluda a la distancia.

EL PADRE.-

Es la despedida de quien en la agonía, la vida ha decidido abandonarlo.

EL HIJO.-

Retorna el saludo.

EL PADRE.-

No puedo.

EL HIJO.-

¿Por qué?

EL PADRE.-

Mi mano izquierda odiaba tanto a mi mano derecha, que me mataría si la obligo a hacer lo que no quiere. Es muy celosa. En realidad mi mano izquierda envidiaba a mi mano derecha. No soportaba que todo lo que aquella hacía, ésta que me queda no podía hacerlo. Era tanto el odio que se tenían, que se dejaban crecer las uñas como fieras que afilan sus garras entre las piedras. Un día mientras dormía me desperté sobresaltado, y encontré a ambas manos peleándose con furia. La sangre de sus honda heridas, se empozaba en mi pecho peludo, como esa luna que sangra en el cielo de la basura.

Escena II

EL HIJO.-

Pero, ¿por fin donde estaba el restaurant, papá?

EL PADRE.-

Hijo mío, Justo en este sitio estaba el restaurant al que yo venía los fines de semana con tu mamá. Ahora lo sustituyó esta montaña de basura, este enorme mojón de mierda. Ya te lo he dicho, el olor a comida que seguíamos, sólo fue el vil engaño de un poder absoluto que no podemos ver. La desventura también se halla en el exilio.

EL HIJO.-

Entonces, sin querer, me trajiste a comer también de la basura.

EL PADRE

Jamás pensé que el restaurant ahora fuera un basurero.

EL HIJO.-

Papá…

EL PADRE.-

Dime.

EL HIJO.-

Me pica el culo.

EL PADRE.-

¿Cómo es la vaina?

EL HIJO.-

No lo puedo evitar.

EL PADRE.-

Ese es uno de los síntomas de que te está saliendo un rabo entre las piernas.

EL HIJO.-

¿Y si son parásitos?

EL PADRE.-

Quien no come, no sufre de parásitos. Ni siquiera puede cagar.

EL HIJO.-

Me pica mucho.

EL PADRE.-

No te atrevas a rascarte el culo. Aguanta. Camina apretando las nalgas y silba haciéndote el pendejo. Tienes que evitar convertirte en un perro de la dictadura.

EL HIJO.-

Cuéntame del restaurant… para distraerme de esta picazón que me come el hueco del culo.

EL PADRE.-

Era un restaurant con paredes de vidrios. Relucientes. Tú podías ver a la gente que comía, comida de verdad. De sólo verlos, nosotros los hambrientos nos deleitábamos. Cada uno de nosotros creía que estaba comiendo lo que no masticaba ni tragaba. La boca se aguaba con el olor de los platos de comidas que servían los meseros. Entonces, el dueño del restaurant comenzó a cobrarles a los hambrientos que se aglomeraban frente al restaurant, un porcentaje por mirar. De esa multitud los meseros no recibían propina, y les daba una tremenda arrechera.

EL HIJO.-

Yo también me hubiera arrechado.

EL PADRE.-

Las albóndigas en salsa de tomate y pimentón, era el mayor antojo de tu madre. Antojo que duró nueve meses porque estaba preñada. No habías nacido tú todavía. Estabas por nacer…

EL HIJO.-

Debí quedarme en el vientre de mi madre. Porque uno no sabe el destino que le depara la vida.

EL PADRE.-

Debes sentirte orgulloso. Naciste sin edad. No creces. Cualquiera pudiera confundirte con el enano de un circo. Te contratarían para ver como los leones te persiguen para comerte. Sería divertido.

EL HIJO.-

No me hace gracia. No quiero que me conviertan en la comida de las fieras.

EL PADRE.-

Serían leones melenudos, con clase.

EL HIJO.-

Por favor, papá.

EL PADRE.-

A tú mamá le hubiera gustado venir con nosotros a la calle de los restaurantes, de aquella ciudad que fue la cuna del cielo. La que la oscuridad no pudo tragarse.Lástima que hoy sea un basurero. Por donde deambulan los muertos de hambre.

EL HIJO.-

Menos mal que no vino esta vez. Se hubiera puesto muy triste al saber que su restaurant preferido, desapareció, como ella. Pobrecita, murió de hambre, degradación y tristeza. Su vida la sustituyó esta montaña inmunda. La comida que no se come a tiempo se pudre y comienza a oler mal.

EL PADRE.-

Peor. Las ganas de comer terminan acabando con uno.

EL HIJO.´

Tengo tanta hambre.

EL PADRE.-

Imagina que comes, para que la boca se te llene de saliva y te satisfagas. Es una manera de engañar el hambre y al mismo estómago.

EL HIJO.-

Esta realidad que vivimos es tan dura, que me devoró hasta la imaginación.

EL PADRE.-

Sabes una cosa, hijo mío. Las albóndigas son gorditas como tú.

EL HIJO.-

Por favor, Papá. ¿Me matarías para comerme?

EL PADRE.-

No, hijo mío. Eso sólo ocurrió en otra época y en otro lugar cuando la hambruna acabó con toda la población que estaba inmersa en una guerra. En aquel entonces, los padres decidieron sacrificar a sus hijos como corderos. Los trocearon y los cocinaron a fuego lento. Se los comieron con una tristeza muy honda. Pero el hambre a veces es más poderosa que el sentimiento o el amor. Quien no come no puede amar.

El HIJO.-

Bueno, además no podrías matarme.

EL PADRE.-

¿Por qué lo dices?

EL HIJO.-

Porque no eres zurdo. Tu mano izquierda no tiene las habilidades y pericia de tu mano derecha. Es una mano inútil.

EL PADRE.-

Es verdad. Ni siquiera puedo hacerme la manuela cuando pienso en tu mamá.

EL HIJO.-

Quién es Manuela, papá.

EL PADRE.-

Una amiga.

EL HIJO.-

¿Le has sido infiel a mamá?

EL PADRE.-

Eso lo sabrás cuando comiences a ser un hombre. Sabes, en el bolsillo de mi pantalón llevo el menú del restaurante donde acostumbraba comer los fines de semana con tu mamá. Lo guardo como un tesoro. El mesonero del restaurante no se percató que me robara la cartilla del menú, la última vez que fui. Aunque está un poco arrugado y las letras de los nombres de los platos, el tiempo las ha ido borrando. Pero es el mejor menú que llegué a tener entre mis manos. Ya no existe un menú como ése. Es el más cotizado, porque es de colección. Hay ricos platos descritos en ese menú, que de solo imaginarlos, uno se sacia y la barriga se siente orgullosa y satisfecha.

EL HIJO.-

¿De verdad?

EL PADRE.-

Sentémonos aquí en la acera de la calle. Te leeré lo que nunca has podido comer… pero debes cerrar los ojos. Porque en la oscuridad es donde mejor se disfrutan los placeres prohibidos.

EL HIJO.-

Yo estoy cansado de comer maduros.

EL PADRE.-

¿Qué es eso?

EL HIJO.-

Cambures. Bananas de la selva. Que es lo único que se consigue para comer. Tú lo sabes.

EL PADRE.-

No sabía que le decían maduros. Porque maduro, para mí, es el mayor hijo de puta.

EL HIJO.-

Mis compañeros de la escuela lo llaman así, porque el maduro parece un mojón de mierda.

EL PADRE.-

Bueno, voy a leerte lo que trae el menú del restaurante. Esto de verdad te va a quitar los ruidos del estómago para siempre.

EL HIJO.-

¿Qué pasa? ¿Por qué te agitas? ¿Por qué te pones nervioso, papá?

EL PADRE.-

La mano izquierda no quiere sacar el menú del bolsillo de mi pantalón. Se resiste. No obedece las órdenes de mi cerebro. ¿Qué te pasa mano izquierda? ¿Por qué te rebelas?

EL HIJO.-

¡Yo saco el menú de tu bolsillo, papá!

EL PADRE.-

¡Cuidado, hijo mío! Mi mano izquierda se ha enfurecido… no la puedo controlar!

EL HIJO.-

Tu mano izquierda me sujeta por el cuello papá, me está asfixiando. Me va a ahorcar.

EL PADRE.-

¡Suelta a mi hijo! Vamos, suéltalo. Lástima que no tenga mi mano derecha para impedírselo. ¡Auxilio… una mano izquierda quiere asesinar a mi hijo!

EL HIJO.-

¡Es una mano pervertida!

EL PADRE.-

¿Por qué?

EL HIJO.-

Ahora me está rascando el culo.

EL PADRE.-

¡No te dejes!… ¡No te dejes!… Porque de ahí a un paso ¡te vuelves marico!

Escena III

EL FUNCIONARIO.-

¿Qué hacen ustedes aquí?

EL PADRE.-

Buscando como sobrevivir en la desdicha, señor.

EL FUNCIONARIO.-

¿Hicieron la cola?

EL PADRE.-

¿A qué cola se refiere?

EL FUNCIONARIO.

La que hay que hacer para poder venir hasta acá,

EL PADRE.-

No sabíamos que para comer mierda hay que hacer una cola.

EL FUNCIONARIO.-

Es una de las condiciones para poder ingresar al basurero.

EL PADRE.-

Lo ignorábamos.

EL FUNCIONARIO.-

Ahora ya lo saben. ¿Tienen el carnet de la patria?

EL PADRE.-

¿A qué carnet se refiere?

EL FUNCIONARIO.

El carnet que todo patriota debe llevar el resto de sus agónicos días.

EL PADRE.-

No lo tengo.

EL FUNCIONARIO.-

¿Y el de revolucionario?

EL PADRE.-

Mucho menos.

EL FUNCIONARIO.-

¡Eso es el colmo!… ¡Usted debería ser fusilado o tirado desde un décimo piso !

EL PADRE.-

Pero señor, no creo que para comer mierda sea necesario tener el carnet de la patria.

EL FUNCIONARIO.-

Es el deber de todo patriota.

EL HIJO.-

Tengo hambre.

EL FUNCIONARIO.-

¡Ve, hasta su propio hijo se lo demanda!

EL PADRE.-

¿Puedo pagar para sacar ese carnet?

EL FUNCIONARIO.-

¿Me está sobornando para sacar el carnet de la patria?

EL PADRE.-

Nunca.

EL FUNCIONARIO.-

Se lo pregunto, porque yo no aguanto dos pedidas. Eso sí, me los paga en dólares, no en soberanos.

EL PADRE.-

No tengo dólares.

EL FUNCIONARIO.-

Un momento. Después de observarlos bien, me asalta una pregunta. ¿Este es su hijo?

EL PADRE.-

SÍ… su madre murió cuando lo parió.

EL FUNCIONARIO.-

No lo creo. ! Usted, el supuesto hijo, párese! Porque creo que está arrodillado con unos zapatos con pies falsos.

EL HIJO.-

¡… pero si soy un niño!… No tengo ni cédula de identidad.

EL FUNCIONARIO.-

¡Usted no es ningún niño!… ¡Es un farsante!… ¡Párese o sino le doy un tiro con esta pistola que tengo en mi mano.

EL PADRE.-

Levántate…

EL HIJO.-

Está bien… me levantaré.

EL FUNCIONARIO.-

Lo sabía, no era un niño. Era un hombre. ¿Qué lleva ahí atrás?

EL HOMBRE.-

Creo que me salió un rabo.

EL FUNCIONARIO.-

Bájese los pantalones.

EL HOMBRE.-

Como usted ordene.

EL FUNCIONARIO.-

¡Increíble, lleva atravesada en el culo una flauta transversa!

EL HOMBRE.-

Es que yo soy músico.

EL FUNCIONARIO.-

¿Y por qué no lleva la flauta en la boca?

EL HOMBRE.-

Porque la música como la alegría está prohibida en este país, señor.

EL HERMANO 2.-

Mi hermano y yo damos conciertos clandestinos para saciar el alma de los hambrientos. Somos como los juglares que van de pueblo en pueblo con su música y sus máscaras.

EL FUNCIONARIO.-

¿Y el alma también necesita comer?

EL HOMBRE.-

Así es, señor. Aunque no llegue a creerlo.

EL HERMANO 2.-

Mi hermano es una muestra de lo que dice. La música llena tanto su alma que su cuerpo ha comenzado a engordar.

EL FUNCIONARIO.-

Entonces, denme un concierto para ver hasta dónde son capaces de sobrevivir.

 

 

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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