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Guillermo Morón EL GALLO SEDUCTOR Y LAS MUJERES SEDUCIDAS, por Enrique Viloria Vera

Guillermo Morón
Conoce el escritor que en sus recatados caseríos, en las reducidas comarcas, en las menguadas villas interioranas, el sexo, su placer y su disfrute, el personal y el de contárselo a los demás compinches que escuchan embobados las aventuras sexuales reales e imaginarias del adolescente fanfarrón, es una sucesión de actos que va in crescendo.

El amor no es una epidemia, el amor no es un hábito, quizás el amor sea una rosa y un clavel, una amapola, un cundeamor, una flor amarilla del camino…

                                                                                       Guillermo Morón

La seducción es la tarea favorita del ser humano, en permanente celo, sin su ejercicio y ejecución no tendría sentido la vida. Vive la différence! dicen con erótica razón los franceses, esos francos que tienen el gallo como símbolo de patrio orgullo ancestral. El jactancioso gallo galo canta cococorico y no kikiriki como los pendencieros gallos de Carora porque el calor y el diablo alteran todo, hasta la onomatopeya, incluyendo también las hormonas de hombres y mujeres que sólo se reconocen mujeres y hombres en la cópula bienvenida, en el orgasmo compartido, en el coito que diferencia e integra a la vez.

Francisco nos traslada con reales y vividas imágenes, sin metáforas pudibundas, sin parábolas puritanas, sin alegorías mojigatas, a una sexualidad ajena y personal que pone sobre la página saliva, sudor y semen cuando de sexo puro y simple se trata, así como candor, inocencia e ilusión cuando es un adolescente enamoramiento el conductor de sus letras. Amor con sexo, sexo sin amor, ejercido por un gallo inconfundible, con G mayúscula, acicalado con doradas espuelas y soleadas crestas que adornan sus galantes dotes de caballero andante, y sus recias habilidades de jinete en la montura de su negro caballo moteado y de las incontables mujeres de diferente sabor de boca, tamaño de pie y color de tez que bien hablan de su canto cumplidor en corrales criollos y de ultramar.

Conoce el escritor que en sus recatados caseríos, en las reducidas comarcas, en las menguadas villas interioranas, el sexo, su placer y su disfrute, el personal y el de contárselo a los demás compinches que escuchan embobados las aventuras sexuales reales e imaginarias del adolescente fanfarrón, es una sucesión de actos que va in crescendo: se inicia con la candidez de la imaginación, continúa con la reiterada paja, aumenta con el polvito fugaz con las puticas del pueblo y se consolida con el orgasmo adulto con la puta de verdad, la sabia y sabida, la amiga y respetada como tal, antes de ser oficio plenamente conocido para ser ejercido con maestría con cualquier hembra  aquende o allende.

 Dejemos que la pluma de Francisco sea esta vez la chula, la alcahueta, la pantalla de nuestro voyeurismo, de esa curiosidad malsana, pornográfica sin dudas.

  • La imaginación de la cópula: Figurando la relación con la hembra comienza la práctica del sexo:Francisco liquida el sueñito y sacude la perecita, cuando el brazo derecho se libera de su oficio de almohada y su brazo izquierdo resiste la tentación de conducir la mano a la ingle, a esa palomita lampiña, como una tripita estirada, el cuello y el pico de una tortolita con sus dos huevitos en el nido, entre las piedras calientes del segundo patio, donde las tortolitas se picotean, se tocan las alas, se jurungan las plumas y hacen sus cositas para poner huevos en sus nidos donde nacen los pichones.”
  • La paja: Ampliamente practicada por adolescentes y adultos sexualmente estimulados por un sueño, una imagen, una lectura, un recuerdo, una conversa, unas ganas momentáneas, un picón, una teta de mujer, un vellón púbico, unas nalgas paraditas, también conocida como Manuela, la puñeta, o amor propio en las comarcas carorenses y cuiqueñas, en todo el país, es el recurso más literalmente a mano con que cuenta un apasionado varón púber e inexperto como Francisco,  a fin de catequizarse en la muerte pequeña del orgasmo: “—Chelena me enseña las piernas, Antonio. —¿Y el culo no te lo enseña? —¿Cuál es el culo?, vale. —El culo, pendejo, cuál va a ser pues. —Tú dices las nalgas blanquitas de Chelena. —No, chico, el culo es lo de adelante, por donde se coge a las mujeres ¿tú no has cogido a Chelena? —No vale, cómo me la cojo, yo no sé coger, Antonio, por eso me hago la paja de noche, en el patio, cuando Chelena me deja verla desnuda. —Y Chelena deja que la veas desnuda, en el patio, ah diablo, y no te descubren en la casa.
  • Las puticas: Orgulloso y conocedor informa el Jefe Indio de la cuerda de Francisco en la villa: “las putas de Carora son las siguientes, en primer lugar, la Vieja Zoila que cobra un fuerte por fila de a diez, Dorita Lameda que hace la paja gratis en el cine Salamanca a todo el que se le arrime, La Loba que deja la marca de sus fuerzas con los arañazos donde se quiera, a real por arañazo, Angélica en Campo Lindo, detrás de la planta eléctrica, a un bolívar, la Goya que tira en El Matadero, detrás de la quebrada, sólo con goditos porque cobra dos bolívares y si el godito es poeta se lo da gratis,  como Luis Alberto La Lagartija, la Güicha no se acuesta con mocosos, sólo viejos, godos y ricos (…) quién más, Jefe Indio, sigue, se levantó el griterío de la república de los muchachos de la Plaza Bolívar, La Cara–e-chivo, mamá de la Loba y su maestra, y por último, la que tenemos reservada los jefes como yo, Bartola La Bellísima, alta color claro cariblanca, en el Barrio Torrellas. Cuando terminó de hablar Oscar Oviedo la república de los muchachos del sexto grado no aguantó más, a carcajada batiente (…) salió corriendo todo el mundo (…) a vagabundear al río; corrió toda la república hacia los resbaladeros del pozón La Rosa, rápido, vuela a cogerse las putas de Carora con la imaginación, pintadas en el barro a la orilla del río, total ya vamos a ser hombres y al carajo los Obispos.”
  • La puta amiga: Sin lugar a dudas, sin vacilación alguna, este sitial de honor le corresponde a María Casquitos: “para qué nos vamos a hacer la puñeta si para eso está María Casquitos”, la prostituta amiga, quien lasciva y conocedora, “escucha atentamente y sabe. Ese ruido, esa algarabía, ese tropel es ciertamente suyo, el que a ella corresponde porque ya va a ser mediodía, de una parte, y porque hoy es sábado, de la otra. María Casquitos se alboroza, levanta orgullosamente la cabeza, alza sus hermosas orejas tibias, cubiertas de un vello fino y blanco, las cálidas orejas de María Casquitos quieren cantar con la risa de su fiesta. Cuando siente la cercanía de sus amigos todo el cuerpo de María Casquitos se pone tenso y en posición de jolgorio. Mueve las piernas, las levanta, coquetea con ellas, estiradas, redondas, María Casquitos saborea el juego semanal, los gloriosos sábados en medio de sus amigos. Ellos, los amigos, aman el tiempo de estar con la amiga, en la sombra de los cujíes, cerca del río, el calor se amortigua por el ruidito suave del agua turbia, arenosa, perezosa (…) En cuanto los oye venir, en cuanto los siente llegar, corre, en trote ágil, en altivo galope sensual, hacia el lugar de la cita. Nunca permite que ellos lleguen antes. María Casquitos es gentil, buena anfitriona, delicada en sus modales. Ella estará en su casa a la ansiosa, hermosa espera de sus amigos, los muchachos de sexto grado de la Escuela Egidio Montesinos.”

En las comarcas de Trujillo, por los lados de Cuicas, Arenales y Las Virtudes, por Carache, Chejendé y hasta los lejanos Puertos de Altagracia en el estado Zulia, quien anda suelto no es el Diablo como en Carora, sino El Gallo de las Espuelas de Oro, muchas veces confundido por crédulos, inocentes o ignorantes con otros seres, animales, entidades fantasiosas, bragueteras y culiadoras también, que se dan a la tarea de preñar mujeres advertidas o carajitas sin advertencia, aquí, allá y acullá. Francisco explica prontamente cuáles son las características y habilidades de esos personajes para que, en ningún momento, ni por equivocación, sean confundidas o comparadas con el inimitable y exclusivo Gallo de las Espuelas de Oro, el de El Tendal. Aclara el escritor hechos, circunstancias y personajes que pudiesen prestarse a confusión:

  • “Teresa Querales oyó, como si viera, cuando El Salvaje tomó posesión de Teresa Querales, allí mismo, sobre las hojas de maíz, sobre las tusas apiladas, sobre el maíz desgranado. Llegaba la hora de morir, cuando El Salvaje, silencioso, salía del monte, a la hora del desayuno tardío, a tomar posesión de Teresa Querales Entonces se repetía la historia, eternamente, Teresa Querales dejaba la sala, Teresa Querales dejaba la cocina, Teresa Querales dejaba el patio y volvía a estar cada una en su sitio, quince años, preparadas para cuando volviera El Salvaje desde el monte a lo suyo.”
  • “Estefanía Carrasco baja a la quebrada, donde el agua es más limpia que el agua de la pluma pública. Estefanía Carrasco es mujer silenciosa, ni chispa de embusterías en su boca. Estefanía Carrasco sube a su casa con la tinaja sobre el rodete de su palo negro, que cuando se suelta el pelo le llega hasta los tobillos, La mano derecha de Estefanía Carrasco está abierta sobre la panza de la tinaja, qué palmera ni qué palmera, un arco iris el brazo. El Silbador silbó a Estefanía Carrasco y sin tocarle una uña la dejó lista para parir.”
  • “Ramona Trompetero vive alegremente. En su jardín que está en los maceteros, en las paredes, en los techos, hay magnolias. Las palchacas, grandes como auyamas, saben a vino crudo o más bien será a chicha vieja, no lo sé. Pero Ramona Trompetera no es mujer de soledades, Vive con mucha gente en una casa entejada, enladrillada, empuertada y enventanada, de Arenales. Muchos ojos siguen sus pasos por todas partes. Pero nadie vio al Chivo Negro que en el trapiche de enfrente encontró sola a Ramona Trompetero.”
  • “El gallo de Filadelfa Ramos se llama Pico de oro porque tiene el pico amarillo; también son amarillos los ojos”. Aclara nuevamente Francisco para diferenciar y poner los gallos en su sitio, que este “gallo rijoso, pataruco, muy picotero, muy bravo, pero que no sabía coger gallinas ni cantar : Era (…) un gallo clueco, se conformaba con poner las alas tiesas, alzar la cabeza, como si se preparara para la pelea del amor, como si quisiera hacer creer que era capaz de enfrentarse a otro gallo; su rijosidad era sólo aspaviento” no tiene ”nada que ver con el Gallo de Las Espuelas de Oro y de la Cresta de Oro que sale en el Tendal.” (las negritas son nuestras)

Ciertamente, no existe en gallinero alguno del planeta, del sistema solar, Gallo como el de las Espuelas de Oro y la Cresta de Oro. Dejemos que Morón, en esta suelta, alabanciosa y elocuente cita nos describa, caracterice, precise, ordene, las virtudes y dones de este libertario  trujillano que no soporta corral y no hay gallo que no le tema ni gallina que se le resista: “Es un gallo muy fino, siempre derechito, limpio, tiene el pecho colorado, las plumas de las alas son negras, el lomo plateado, los ojos brillantes, alumbran de noche como si fueran dos candelas en el cielo; el Gallo de las espuelas y de la cresta de oro tiene su casa tejida por rayos de sol en lo más recóndito del monte (…) el gallo vive solo, tiene la particularidad que nunca duerme, ni de noche ni de día, pero no le hace falta el sueño, siempre está fresco y descansado, por el día no duerme y por la noche no duerme porque su casa está hecha con rayos de sol. El gallo de las espuelas de oro se gana a todos los gallos (…) Otras veces el Gallo de la cresta de oro se aparece en los pueblos donde hay fiesta (…) se aparece en forma de hombre, con flux de lino blanco, zapatos negritos y brillantes, la blusa cerrada con quince botones de oro, un bastón también de oro y lo que es más lindo, con todos los dientes de oro, en la noche no hacen falta las luces en la sala de baile porque el Gallo de El Tendal, como si fuera un hombre, ilumina todo, y canta y baila y habla como si fuera un bachiller el condenado, cuando se fue de Las Virtudes dejó preñadas, sin que nadie se diera cuenta a todas las mujeres del pueblo —menos a la Niña Chita para quien no tuvo canto el gallo, ¡hélas! acotamos nosotros— porque el Gallo de las espuelas de oro es un gran empreñador, todos esos muchachitos blancos y pelo amarillo que hay entre El Vigía y Arenales, y por los lados de El Empedrado y todos los muchachitos pelo amarillo de Carora y de Trujillo que a veces vienen a pasear en Cuicas, es porque el Gallo de El Tendal echa sus caminaditas por esos mundos, porque entra a las casas aunque las puertas estén trancadas, las ventanas bien cerradas y aunque no haya ni un resquicio en el techo de las casas, el gallo de las espuelas de oro y de la cresta de oro es el mismísimo diablo que tiene su  casa  de sol en lo más tupido del monte, en El Tendal.”

 Con la madurez de cama y lecho en el texto, la experiencia orgásmica en la carilla, la diversidad femenina en su respectivo catálogo, los sucesos de chinchorro y las aventuras de hamaca bien documentados, el escritor aprendió en sus avatares de gallo rural, citadino y cosmopolita que mujeres hay muchas y variadas, empero, al final, hay sólo dos categorías de hembras en el mundo: las que están muertas y las que se dejan seducir, con excepción por supuesto, de Doña Helena la Pelona “que siempre está escorada en la ventana de su casa de la calle Bolívar, cerca de San Juan, con su camisón blanco, las manos alargadas, sin dientes, coco raspado (…) los muchachos le tienen pavor a Doña Helena la Pelona, pero no pueden dejar de atender a la pobrecita que lo que está es loca porque la dejaron soltera sus papás y sus hermanas que sí se casaron esas condenadas dice Doña Helena con sus ojos saltones,” o de “Carmencita Zubillaga, la más dulce de las mujeres viejas, Francisco incluso escucha su rezo, la ve cubierta como si estuviera en la Iglesia, con su rosario enredado en la mano derecha, una casa sombreada, de paredes gruesas, olorosa a pan fresco, con algunas flores cerca del comedor, las dos Zubillaga, viejitas, bellas tan feas de rostro que no se les nota de buenas que son, viven todas allí con sus recuerdos (…) Carmencita Zubillaga, la más bella de todas las feas de la ciudad antigua.”

Francisco, lenta, pacientemente, a fuerza de precaria memoria y con el prodigioso condimento de la imaginación, va construyendo, una a una, su personal e intransferible catálogo de las mujeres, de las suyas y de las ajenas. Son el gozoso inventario de las aventuras cortesanas, verdaderas y de ficción, de un gallo tricolor que voló alto, más allá de las nubes, como cóndor paramero, para cruzar primero el mar por donde llegó en carabela el primer Morón por los lados del Tocuyo, y después a más altura todavía, a toda ala, cruzó la mar Océano para arribar al Puerto de Palos, donde se inició la temeraria travesía que le permite ser lo que ahora es: caroreño, cuiqueño, venezolano, gallo de El Tendal.

Muchas son las historias de lecho y cama que Francisco Casanova recoge en sus memoriosas y eróticas páginas para lujuria ajena: nombres, lugares, nacionalidades, color de piel, maneras de tener sexo, de hacer el amor, y las insólitas y variadas tácticas que utiliza el gallo dorado para que las gallinas cacareen de placer, en diferentes idiomas, pueden ser apreciadas en este plural Catálogo de las mujeres, que es también el elenco de su varonía.

Acompañemos al Gallo de las espuelas y la cresta de oro, en su vuelo por vetustas huertas, olvidados caseríos y ancestrales cortijos, donde quedó servida en algún fugaz gallinero una mujer de sonoro nombre, fruto de un picotazo aquí, de un aleteo allá, de un revoloteo más allá, en fin, de ese irresistible canto mañanero y seductor que despierta y aviva las ganas de yacer con hombre en la mujer, porque así como hay beatas y santas, vírgenes y feas, doncellas intocadas, también las hay, aquí y allá, en Arenales, Cuicas, Carora, en Londres, Munich o París, féminas brinconas y alebrestadas, indómitas e insaciables, ninfómanas con vocación de amante efímera, de puta de oficio, gustosas de variar de lecho y de disfrutar a gusto, toda para ella, de la paloma pelada, de la pinga enhiesta, de la rígida tranca : “Fue así, día a día, noche a noche, como Juan Pérez se acostumbró a Olegaría Marchena. Pero el amor no es una costumbre. El amor es el amor. Como el sexo es el sexo, esa cuchumina que yo tengo es independiente de mi voluntad, está ahí, se duerme a veces, pero despierta a cada rato y yo no sé lo que le pasa, como una culebra se despierta, como una gata se despierta, y se pone a gritar sus groserías y a llamar al hombre, a cualquier hombre, la soledad es como una gran sed, como una candela, yo siento cuando la cuchumina se despierta, no soy yo, es mi cuerpo, yo tengo que trabajar, yo tengo que barrer la casa y el patio y la culata, agarro duro la escoba y barro, y barro, y cuando todo está limpio y oigo berrear esa lavativa que no está dentro de mí, pero sí está, como el diablo, como calcula que es el diablo, calcula maldito convertido en cuchumina, independiente de mi cuerpo y de mi pobrecita alma, tendré más bien sólo el cuerpo, el alma es la cuchumina que no se queda quieta, que arde como una brasa de guayabo, arde, arde, días enteros, sin llegar a convertirse en ceniza, yo quiero apagarla, le digo ternezas, cuchumina bonita, estrellita azul, pajarito del monte, caballito del pozo, mariposita amarilla, pedacito de arepa, y como ella sigue con sus ladridos, la insulto, piedra negra, pozo oscuro, perra caliente, burra sin burro, bosta seca, yagrumo, gusano, y ella vive, late, grita, furia que no soy yo, menos mal que llegaste Juan Pérez porque la cuchumina no me deja trabajar.”

Cuenta Francisco que en sus mozos años de escuela rural conoció a Jelitza, muchachita honesta que “asistió a la escuela con espantosa puntualidad (…) En el primer grado Jelitza asistió a la escuela con silenciosa puntualidad (…) En el segundo grado le ocurrió a Jelitza un solo cambio importante. Y fue un lacito azul agarrado en las greñas del lado izquierdo (…) En el tercer grado hubo cambios relevantes en la personalidad de Jelitza, indicadores de su futuro y buen porvenir. Primero y principal Jelitza se peinó, una raya blanca, con tiza, en la mitad de sus dos crenchas que no eran trenzas. Segundo y muy importante el lacito azul creció como una mariposa y cambió de lugar, entre la derecha y la frente, en un difícil equilibrio. Y al camisón de Jelitza le nacieron pliegues y un faralao verde como amarrado, más que cosido, en algunos puntos del ruedo. ¡Notable cambio en Jelitza! En el cuarto grado se pudo notar cómo se abultó la barriguita, otrora plana, de Jelitza. Fue el comienzo de una radical transformación, ocurrida en el quinto grado cuando Jelitza se puso verde en lugar de morenita; se le rompió el camisón y le colgó el faralao. La barriga de Jelitza trastornó el orden de toda la escuela hasta el final (…) En el sexto grado la naturaleza hizo sus operaciones. Los puntos clave de Jelitza llenaron de asombro mis preocupaciones y un cierto desasosiego se posesionó de los varones más altos de la escuela. La mamá de Jelitza (era de nuevo diciembre) me hizo de nuevo el reclamo. Ella estaba tranquila con sus lombrices. Ahora no para de hombre, porque ya cogió el oficio.”

El Gallo ya no vuela alto y altivo como antes, ahora más bien planea y evoca, no madruga, duerme la siesta, se acuesta tarde, añora, se entremezclan, se le confunden, las hembras y las circunstancias, rememora, gallina criolla menos, gallina forastera más: la insípida belga, la frígida bretona, la bizca germana, la pícara parisina, la virgen inglesa, la mullida alemana que no pudo montar Francisco porque no se le paró el pico y se le fueron los gallos, la complaciente rumana, la olorosa italiana, la rústica magiar, la sapiente salmantina, la chismosa catalana, la ruidosa andaluza, la gala con morbo, ¡zápe! Francisco reconoce sus falencias y angustiado se pregunta: “Yo conocía los nombres. ¿Por qué los habré olvidado? Había especialmente uno de ellos, los nombres. ¡Si pudiera recordarlos! Debo escribirlos, como hacía ella, en papelitos recortados, en los márgenes de los libros, en las orillas del periódico, en pedazos de sobre cuyas señales ignoro, en programas de teatro, en la parte en blanco de propagandas sin interés, debo escribir los nombres olvidados”. Y un nombre con apellido acude lejano desde el caserío de Cuicas para acompañar a otro también remoto procedente de la villa de Carora, llegan súbitos ambos para aletear los recuerdos y lagrimear el texto, el Gallo a sus ocho décadas “se empeña en darle rienda suelta a la memoria hija de la imaginación” y por azar deliberado aparecen juveniles, bellas, risueñas y vaporosas:

  • Imelda Moraúr: “tiene el pelo rojo. Cuando se suelta el moño de ir a la escuela, muy bien tejido y aderezado con un lazo rosado que no termina de encajar en la cabeza toda colorada, como la cara, el pelo rojo de Imelda Moraúr se riega como un chorro de candela por la espalda, por los hombros y por los pechos de esta carajita de catorce años. Levanta el rostro y se ríe sin carcajada. La boca está hecha de pomarrosas. Es ronquita su voz para echar los cuentos de aparecidos y para repetir las historias de los libros de primaria. Imelda Moraúr llena toda la primera página, con moño y sin moño, camina con la cabeza levantada, piernas firmes, llenas, adosadas al cuerpo de guayaba pintona. Un día Imelda Moraúr esperó a la puerta de su casa, sin rubor. Se había soltado prematuramente el pelo rojo. Estaba allí, en la puerta franca de su casa, como una estrella. Imelda tocó mi rostro con ambas manos. Desde entonces no he vuelto a llorar con tanto gozo.”
  • Hilda Romero: Francisco, Guillermo, el Gallo, también lloró, ya no de gozo sino de nostalgia, la tarde en que recuperó del olvido a Hilda Romero para ahogarla por siempre en el festivo pozón caroreño de sus más juveniles ardores. Recuerda el escritor: “la casa de Hilda Romero no está en la calle de San Juan (…) Encima del dintel, así se llama en Carora la parte alta de las puertas, del contraportón no se encuentra una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, pero sí un letrero pintado por el propio Pastor Mister Jordán, tarea que lleva a cabo cada vez que logra conquistar a una familia entera para su Iglesia Nueva de Jesucristo. El letrero está pintado con letras muy claras y alargadas, recta la leyenda y no en arco como se pone en las casas tradicionales y católicas: ésta es una familia católica; en cambio el letrero de Mister Jordán expresa una propiedad especial Dios está en este hogar evangélico. Esto significa que Hilda Romero se bautizó dos veces, la primera en el pueblo de La Candelaria, en La Otra Banda” y la ultima de cuerpo entero en el Pozón de Chicorías.

 “Mi querida Maricuca hoy cumplo ochenta años, pero no me rindo”, un mozo de apellido Viloria, que es del mismo linaje trujillano de Escuque y también tiene familia en la Ciudad del Portillo de Carora, está escribiendo un libro sobre lo rural en mi obra. Enrique Viloria Vera escribe mucho, demasiado dicen sus amigos, hace unos días me encomendó un prólogo para uno de sus libros y con gusto escribí lo siguiente: “En Salamanca, donde el magnífico poeta y lúcido prosista Alfredo Pérez Alencart le sigue la historia a las luces y a las sombras de la ciudad y de las Universidades, estudió El Tostado. Recuerdo las conversaciones que, en los años cincuenta poco más o menos, sostuve en la biblioteca de Rafael Cansinos Assens (1883-1964), un erudito sin tregua, conocedor de idiomas antiguos y modernos, traductor para la Editorial Caro y Ragio y también para la de nuestro gigante Rufino Blanco Fombona (1874-1944), la famosa en aquellos largos años desde 1914 hasta más acá de 1936, cuando trabajó en Madrid, Editorial América. Don Rafael se refería a Don Rufino con la frase “era un Tostado”. Sucede que también él lo fue. Se refería a la fama de Alonso de Madrigal Tostado de Rivera, un Teólogo nacido en Madrigal de las Altas Torres, quien vivió tal vez entre  los años 1400 y 1455. Fue Rector del Colegio de San Bartolomé en la ciudad de Fray Luis de León (1527-1591), de Miguel de Unamuno (1864-1936), de Antonio Tovar y de Don Alfonso Ortega Carmona, perínclitos varones de la inteligencia y de la cultura si no resulta un pleonasmo eso, inteligencia y cultura, ya que perínclito es un superlativo de rango aquí bien usado. Parece ser que la fama de El Tostado se asentó no sólo en sus actuaciones que lo llevaron a formar parte del Concilio de Basilea en 1437-1444 y a ser Obispo de Ávila en 1449, sino por su extraordinaria capacidad para escribir con erudición y memoria que asombra a los bibliógrafos y a los diccionarios, pues sus Comentarios a la Sagrada Escritura llenaron veintiún tomos. Su extensa bibliografía se recoge en el Manual del Librero Hispanoamericano de Antonio Palau y Dulcet (Madrid-Barcelona, 1954-1955, tomo octavo, págs. 58-61). Quien escribió también “más que El Tostado” fue Don Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), sin que se le quede atrás el Insigne Don Francisco Rodríguez Marín (1855-1943) cuya edición de Don Quijote de la Mancha, en los diez tomos de 1950, tiene un “comento refundido y mejorado con más de mil notas nuevas”. ¿Y don Enrique de Gandía   en Argentina? “Escribe más que El Tostado” es, o era, una frase de elogio a los maestros de las letras, eruditos, sabios en humanidades que fueron y son en la larga tradición de la lengua española. Pues toda esa parrafada se debe al asombro que me produce este escritor, nacido ayer en Caracas, esto es en 1950, no llega a los sesenta años y ya ha publicado más de cien títulos que usted podrá contar al final de esta nueva obra, ilustrada, esto es, bien documentada y muy bien escrita.”

Ahora Don Enrique, agradecido, me dice que quiere escribir igualmente un poema para Usted, mi querida Maricuca, mi Doña Mary de siempre y hasta la tumba,  y me pregunta si puede. Yo le respondo que: “la empedernida palabra que ayer despertaba los recuerdos, ponía en rojo la memoria, acentuaba la sensación de ausencia, cuando era menester hablar a solas, decirle mira tú ese color, fíjate cómo el pueblo parece hablar, esto que aquí está adentro y puede notarse fuera es lo que en mi tiempo llamábamos amor, no le hagas caso a esos ruidos, más importante es un verso” y Viloria escribió el poema y te dedico estos versos que yo autorizo como si también fueran míos, de mí para ti:

Eres (II)

A Doña Mary. Con la vena y la venia de don Guillermo.  

Eres mi pozón de Chicorías

olorcito de arepa

cabeza de ovejo

primer café

cuajada tierna

cocuy de Siquisique

estallido de luz

caballito trotón

Flor del araguaney

agua de quebrada fresca

río crecido

campanario

tapia de convento

yabo del origen

crepúsculo larense

Divina Pastora en procesión

Princesa de un reino en desuso

Goda de Carora

Cacica de Cuicas

En Moncloa te encontré

Todo eso y más

mi Majestad

eres

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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