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Gracias Ulises por tus batallas LAS PULSIONES PRIMITIVAS DE UN INDIVIDUO Y UN COLECTIVO, por Edilio Peña.

4 de febrero de 1992 tanqueta
El saqueador quiere tener, no ser. Cuando ocurre el fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, gana la certidumbre de que ahora habrá de estar sometido a la insatisfacción, la carencia, la hambruna, la peste y la tortura.

A Cristina Maldonado

Especial para Ideas de Babel. Una novela se convierte en épica, cuando quien la conduce es la ventura y desventura de su personaje principal. Pero no siempre eso lo habrá de lograr el novelista si no es capaz de dotar con singularidad al personaje estelar, con el cual vertebra el cuerpo de la novela misma en la que también han de confluir, en el tejido de la trama, otros personajes que habrán de disputarse un destino glorioso o trágico como el del protagonista de la épica que lo exalta. Personaje principal que debe quedar en la memoria del lector como una impronta, como alguien que excede cualquier realidad y que, por lo tanto, es imposible desterrarlo de la perdurabilidad. La novela clásica debe mucho a esta premisa que amparaba la divinidad de los dioses griegos. De allí, que todo lector clásico haya querido ser héroe y no villano. Ese querer ser el otro. Vivir la aventura que se transita entre las palabras. Alejandro Magno quiso ser —y emular a— Aquiles,  el protagonista de La Iliada del ciego Homero. El movimiento romántico bebió de esa secreta querencia del lector anónimo de la vieja tradición. Miguel de Cervantes lo representó y lo consagró, entre el delirio y los espejismos de un hombre de triste figura que se abraza a un hombre roto. Don Quijote de la Mancha. Después todo comienza a cambiar definitivamente, con la novela gótica. Frankensteín, de Mary Shelley, es el desmembramiento del cuerpo del hombre monstruoso que ama, pero también, la fisura de la psiquis donde habrá de habitar lo raro, lo extraño.

Los valores de la composición de la novela estaban sujetos a los de la tradición de una cultura existencial basada en la confrontación del bien y el mal. Fue justamente cuando el cristianismo se introdujo en el mito helénico. La novela clásica correspondió sistemáticamente a estos principios que garantizaban la narrativa de cada épica, la que aproximara al lector a lo sublime y trascendente que lo realizaba en un paraíso ideal del cual se veía prendido. Entonces, el lector comenzó a  desear ser el personaje de la ficción narrativa, y no  el de su cruda realidad. Todos querían ser santos o ángeles. Cuando ingresa la ambigüedad y el doble en la novela, la épica habrá de dejar de ser apolínea. Ahora se llamará Madame Bovary, Raskolnikov, Gregorio Samsa, etcétera. La infidelidad será una virtud, la metamorfosis una pesadilla, como el crimen un acto de belleza.

Es a finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, cuando lo que se denomina el mal es reconocido como expresión ontológica de la existencia. Es la necesaria caída. Esta puede ser abominable y gozosa como la prefiguró el Marqués de Sade, en la humedad pestilente de su calabozo. Lo bello del personaje no será lo determinante y cautivador, sino lo mundano, lo oscuro y perverso que habita en el pantano de las pulsiones primitivas. Ese perfume irresistible del mal que abate y subyuga. Los laberintos y los espejos donde se mira el Dorian Gray de Oscar Wilde. Los campos de concentración donde se creman los cadáveres del sufrimiento. Novelas como Frankenstein, de Shelley, y Trópico de Cáncer, de Henry Miller,  despedirán una tradición de narrar la épica tradicional para comenzar una nueva desde otro enfoque temático y de composición, utilizando la desacralización de los valores tradicionales del bien, expiados por la culpa y el juicio moral. Aunque la confesión de una virgen arrodillada ante la sotana de un sacerdote, resulte la imagen sugestiva y excitante para los hijos de Dios. El desenfreno sexual y el asesinato comenzarán a habitar la novela, como el totalitarismo a ser prefigurado por Franz Kafka, hasta consolidarse su horror absoluto, en la realidad y en la ficción de 1984, la novela de George Orwell.

La novela Gracias Ulises por tus batallas, del venezolano Álvaro D’Marco, es la épica de un personaje que no está amparado por los dioses de la narrativa clásica, ni por la ambigüedad que sugiere lo prohibido de la novela moderna que comenzó con Gustave Flaubert. Aquí el personaje no teme ser lo que es. Más allá de los caprichos de la duda. No es una novela venezolana en el sentido nacionalista y purista del término. Escapa de la aduana literaria de la costumbre predecible de la estructuración narrativa. Si bien la tragedia venezolana la prefigura y la representa, antes y después, esta novela está destinada a los lectores del mundo porque contiene una respiración universal. Esencialmente muy bien escrita. Gracias Ulises por tus Batallas es la historia descarnada de las pulsiones primitivas de un individuo y un colectivo que lo acompaña en su gesta. En esta novela el pueblo es una sombra negra que anda con su prócer maldito. El poder lo aniquila pero no ve a su gestor. Apenas se asoma con la Guardia Nacional. La  descripción en esta novela es exaltada por un observador que habita en el protagonista y que testifica los acontecimientos a través de una lupa sensitiva, perspicaz, y que se place en describir lo instintivo sin juzgarlo ni condenarlo, porque el narrador es parte de esa épica que otros no se atreven a develar y asumir. Pero ¿cuándo ocurren los hechos del personaje protagonista de Gracias Ulises por tus batallas? Porque el narrador describe los hechos como si éstos hubiesen acontecido ya y luego, después que el lector ha sido subyugado por la intensidad descriptiva, el narrador nos hace sentir que los mismos están ocurriendo justo en el momento en que el lector los está leyendo, viéndose impelido a participar, junto con Ulises, en su épica sexual y orgiástica que acostumbra, con la pluralidad de mujeres que devora como presas cautivas por un felino. Las elipses de composición de Álvaro D’Marco, están determinadas entonces, por la propulsión emocional con la cual  induce al lector a transitar espacios  y tiempos de la épica narrativa, como si fuera el lector, la suma del Ulises total que se convoca.

Gracias Ulises por tus Batallas es la emocionalidad que se halla más allá de la intimidad. La que cruza umbrales de cualquier pasión barata. Aunque el centro del placer está conectado con lo irrenunciable de la carne humana. El Ulises clásico reencarna en la novela de Álvaro D’Marco, no para ser Apolo sino para ser más que un hijo de Dionisios. Este Ulises en sus batallas es un antropófago del sexo, y esa hambre insaciable que lo lleva de una mujer a otra, no es para rendir y saciar el apetitito de la copula solamente, sino para potenciarlo más, mucho más, de allí que Ulises cuando está con una mujer quiera estar con otra o todas a la vez. La multiplicidad es insaciable. Porque Ulises ha descubierto las debilidades que acechan a las mujeres y a través de esas debilidades que se esconden entre la piel, las lágrimas y el deseo de ser amadas por siempre, Ulises se introduce en ellas como un virus, y progresivamente las esclaviza, hasta reducirlas a un apetito sexual voraz del cual, Ulises es su máxima expresión y representación. Es el rey perverso del goce carnal y psíquico. El falo mortal.

En sus ritos, Ulises logra juntar los extremos de la vida y la muerte. Ese hilo demasiado invisible del cual dependemos. Es por ello, que se degrada como una prostituta, pero cuando siente rabia, como le ocurre con Ofelia, la mujer casada que lo ha invitado de vacaciones a otro país para que le preste servicio sexual, la ofensa que ésta descarga en él, Ulises la utiliza para hacerle gozar la posibilidad de morir estrangulada. Por eso, cuando se despierta del sueño, la mancha de sangre lo confunde y le hace creer que ha ejecutado ciertamente un crimen. Desde entonces, regresa a su país con la convicción tormentosa de que ha asesinado, finalmente, a una mujer en los juegos de los extremos de la vida y la muerte. Después comienza a sentir una satisfacción criminal inconfesable. Porque su lucidez es asesina.

El desenfreno primitivo de Ulises termina por convertirse en el umbral de su máximo despertar. Ulises es un ser despierto. Demasiado despierto. Puede ser protagonista, testigo y sobre todo, un gran observador que narra. Lo habita un escritor.  Una especie de Jean Genet. Ese luminoso dramaturgo que escribió la pieza teatral Las Criadas. Es un ojo que mira y contempla el todo subterráneo y mundano. La pátina sucia del trópico. Cuando estalla el Caracazo, testimonia con agudeza descriptiva la explosión primitiva de una colectividad que parecía dormida o dopada. En ese evento social, se le revela que la pulsión instintiva de los otros está en función del saqueo anarquizado y planificado. El saqueador quiere tener, no ser. Cuando ocurre el fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, gana la certidumbre de que ahora habrá de estar sometido a la insatisfacción, la carencia, la hambruna, la peste y la tortura.

Álvaro D’Marco ha escrito una novela memorable. Quizá la mejor novela de las últimas décadas de la mayor tragedia del país. Lo ha hecho desde la intimidad más descarnada.

edilio2@yahoo.com

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Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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