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Florecer lejos de casa TESTIMONIOS DE LA DIÁSPORA VENEZOLANA, presentación de Txomin Las Heras Leizaola

Presentación del libro Florecer lejos de casa
Salvador Passalacqua, Txomin Las Heras Leizaola, Gisela Kozak, Francesca Ramos y Ángel Arellano durante la presentación del libro en Bogotá.

El 12 de octubre de 2018 se presentó en los espacios de Universidad del Rosario, en Bogotá, el libro Florecer lejos de casa, testimonios de la diáspora venezolana, editado en Montevideo por la Fundación Konrad Adenauer con la coordinación del periodista venezolano Ángel Arellano. Catorce escritores y periodistas venezolanos residentes en Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Brasil, Bolivia, Uruguay, México, Panamá, Estados Unidos, España y Alemania narran su experiencia y la de otros migrantes que han salido del país en el libro de distribución gratuita. El periodista venezolano Txomin Las Heras Leizaola, vicepresidente de la Asociación Ávila Monserrate, con sede en Bogotá, pronunció las siguientes palabras de presentación.

En primer lugar, quiero agradecer a la Fundación Konrad Adenauer por la feliz iniciativa de editar el libro Florecer lejos de casa, testimonios de la diáspora venezolana, así como a la Universidad del Rosario que nos ha recibido para celebrar este acto, donde junto a Francesca Ramos, profesora de esta institución y directora del Observatorio de Venezuela. He tenido el honor de hacer los comentarios de esta compilación de textos de periodistas y escritores venezolanos que, como muchos miles de compatriotas, estamos hoy, por una u otra razón, en el exterior.

Bien lo dice la Dra. Kristin Wesemann en la presentación de la publicación: se trata de un esfuerzo para dejar testimonio de la diáspora más sorprendente del siglo XXI en América. Una crisis humanitaria, nos recuerda la Dra. Wesemann, que no ha dejado indiferente a ningún país del continente ni de Europa.

Aquí cabe un primer comentario sobre la pertinencia de este libro: no es el primero que aborda el tema del éxodo venezolano, ni será tampoco el último, pero sin duda alguna será un importante aporte para el análisis del impacto que esta ya millonaria migración venezolana tendrá en el futuro del país.

Análisis profundo, por cierto, que aún tenemos pendiente y que todavía no podemos completar —ni aunque quisiéramos— pues seguimos asistiendo al desarrollo de un proceso inédito en nuestra historia, que está probablemente en su apogeo, y que además es masivo, doloroso, desordenado y seguramente todavía impredecible respecto al verdadero tamaño que alcanzará y los caminos que tomará.

Sus consecuencias, por lo tanto, son difíciles de predecir con exactitud, aunque sí podemos intuir algunos efectos —negativos lamentablemente para Venezuela— en una primera evaluación. No menos se puede concluir tras las informaciones que dan cuenta de la salida del país de miles de médicos, maestros, profesores. ingenieros, profesionales y especialistas de las más diversas áreas, y trabajadores que han dejado empresas e instituciones, así como jóvenes que le han dicho adiós a colegios y universidades y que no sabemos si volverán algún día para sustituir a las generaciones que las preceden en las labores del desarrollo nacional.

También es verdad que una parte de esos venezolanos regresará algún día y lo hará con un horizonte más amplio en su bagaje personal, nuevos conocimientos y experiencias tanto en el campo académico y laboral y contactos alrededor del mundo. Incluso quienes no regresen mantendrán relaciones con Venezuela y alimentarán redes empresariales, de conocimiento, de familia, que terminarán redundando positivamente en la reconstrucción y desarrollo del país, como recientemente nos lo recordó en una visita que hizo a esta casa de estudios el sociólogo venezolano Tomás Páez, quien ha venido estudiando el caso de la migración venezolana a través del proyecto La voz de la diáspora. En definitiva, es imposible no aceptar que el explosivo y masivo fenómeno migratorio venezolano dejará una profunda huella en la sociedad venezolana, con heridas, por un parte, pero también con oportunidades.

La portada de Florecer lejos de casa, testimonios de la diáspora venezolana me recuerda, por cierto, a la obra cinética de Carlos Cruz Diez, llamada Cromointerferencia de color aditivo, que como una gran alfombra y un tapiz engalana el Aeropuerto Internacional de Maiquetía y que sirvió de símbolo a los migrantes de la primera etapa cuando la mayoría de los que se iban lo hacían en avión. A diferencia de hoy cuando lo hacen a pie, por lo que el nuevo símbolo bien podría pasar a ser el puente Simón Bolívar que une a Cúcuta y San Antonio o, por qué no,  el páramo Berlín que atraviesan los tristemente célebres caminantes.

En este libro que hoy comentamos,  los textos compilados de 15 periodistas y escritores venezolanos recogen sus propias experiencias personales como emigrantes, así como sus visiones, análisis y reflexiones sobre este fenómeno.

Qué importante es que quienes tienen como oficio trabajar con la palabra se aboquen a esta tarea de dejar constancia de la masiva migración venezolana, un suceso con connotaciones económicas, políticas, sociológicas, culturales, demográficas y geopolíticas que, como lo hemos dicho, no pasará indemne sobre el futuro del país. En Florecer lejos de casa, testimonios de la diáspora venezolana, se aborda este éxodo desde perspectivas diferentes, utilizando diversos géneros y estilos, a caballo entre el periodismo y la literatura. Desde la crónica personal, intimista, pasando por el reportaje o la reseña de un pormenorizado informe de Human Rights Watch sobre los venezolanos en Brasil, por ejemplo.

Del seno de todos estos trabajos recogidos en esta cuidada edición de la Fundación Konrad Adenauer, que tan de cerca está siguiendo el acontecer venezolano y, en particular, de su diáspora, podrán alimentarse hoy todos aquellos sensibilizados por el tema de la migración venezolana y, en el futuro, los investigadores que se dediquen a estudiar este fenómeno de movilidad humana.

Quiero referirme en primer lugar al relato del joven periodista Salvador Passalacqua, quien nos acompaña hoy y tuvo a su cargo el capítulo relativo a Colombia. Es un escrito elaborado en caliente, sobre la marcha, quizás con rabia o al menos impotencia, como puede adivinarse desde su título, que reza Pero el infierno nunca escapa de nosotros. Aunque en el texto, Salvador matiza esta frase apelando a la esperanza. “La esperanza”, escribe, ”florece en nuestros marchitos campos torácicos. La esperanza de haber escapado del infierno para que el infierno algún día escape de nosotros”. Así  de contradictorio, añado yo ahora, es el exilio, la expatriación, el destierro, la vida del migrante o como se le quiera llamar.

Passalacqua apela al lenguaje literario para describir su odisea personal, su desgarro por tener que abandonar su patria y dejar a los suyos, su relación de amor y odio, de confianza-desconfianza con sus desconocidos compañeros de viaje Willymar y Daniel, su asombro por pasar en un instante de ser periodista y profesor universitario a trabajar junto a tres venezolanas indocumentadas en un supermercado “donde nos tratan como esclavos”, dice. Pero Passalacqua también denuncia políticamente, sin pelos en la lengua, a quienes responsabiliza por esta tragedia en Venezuela: “Un estado látigo que te deja escozores en el alma, que te da y te quita con la misma fiereza”, afirma.  Por eso decidió dejar atrás lo que llama el noveno círculo de Dante, donde perdió 32 kilos en siete meses.

También está hoy entre nosotros la escritora y profesora universitaria Gisela Kozac. Si algo destaca en su relato —que titula México, mi otro país— es el agradecimiento y la empatía que expresa a su nación de acogida, luego de confesar el alivio pleno, la paz y la confianza, que según sus propias palabras, “me habían sido arrebatadas paulatinamente en los último años con el arribo del tirano Nicolás Maduro al poder”. Gratitud e identificación que concreta al hablar de su esposa que se le había adelantado y que la esperó en el aeropuerto; con los autores mexicanos que la acompañaron a lo largo de su vida; con la música de Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, Agustín Lara y Natalia Lafourcade, entre tantos otros; con la Universidad Nacional Autónoma de México; con las librerías y bibliotecas de la ciudad, con sus colegas escritores venezolanos que la precedieron en el peregrinaje a México.

Florecer lejos de casaNos cuenta Gisela que la afinidad que ella y los venezolanos han tenido históricamente con México hicieron que la ciudad a la que llegó, el DF como sus habitantes la llaman, “no solo no me era extraña, sino finalmente entrañable”, escribe. Admite, sin embargo, que no todos los emigrantes se integran tan fácilmente, aunque destaca el papel de los jóvenes que “empiezan a mirar a Venezuela como el país de sus padres o el de su pasado: el futuro ya no pasa por el norte del sur. Duro, pero real. En definitiva, de esto se trata emigrar.”, relata la propia Kozac.

El tercer autor que comentaremos es Ángel Arellano, quien también funge como coordinador de esta publicación e igualmente nos acompaña hoy. Publica un completo reportaje, con cifras, entrevistas y testimonios,  sobre la inmigración venezolana en Uruguay, que titula De Venezuela a la patria celeste. La historia de los veneguayos. E inicia su texto contando el caso de un grupo de venezolanos, integrado por 12 personas, si mis cuentas no van mal,  entre adultos y niños,  que llegó al país en una kombi tras cruzar Brasil de Norte a Sur. Uno de los grupos familiares que allí viajó desciende de un uruguayo que en los años setenta del siglo pasado buscó asilo en Venezuela. Ahora,  sus hijos y nietos hacen lo propio en la patria de Artigas. Un efecto pendular que hoy también se repite en muchos otros países de América Latina, pues en su día sus nacionales buscaron refugio y oportunidades en la entonces próspera Venezuela.

En la introducción del libro que coordinó, Ángel  refiere que los venezolanos han huido del miedo, el caos, la carestía, la angustia. “Viven”, escribe, “con el corazón y la mente divididos a la mitad. Una parte en su terruño de origen, leyendo las noticias, hablando con la familia, enfrentados a la actualidad asfixiante de un país que genera informaciones desgarradoras cada minuto; la otra, en su nueva realidad, tratando de dar lo mejor de sí a pesar de la nostalgia”.

No quisiera terminar estas palabras sin dejar un mensaje esperanzador. Y para ello voy a echar mano de una cita del historiador  inglés, Arnold Toynbee, que me topé leyendo el último libro del intelectual colombiano Juan Esteban Constaín, titulado Ningún tiempo es pasado. Toynbee califica las grandes migraciones humanas de motor del “ritmo de la historia”. “Migraciones humanas”, relata Constaín parafraseando a Toynbee, “de pueblos que, por circunstancias casi siempre trágicas, tienen que empacar su vida, meterla en un barco, y desemparcarla luego en otro lugar que consideran mejor o por lo menos más tranquilo y seguro”.

“Eso es lo que al final produce”, nos continúa diciendo Constaín refiriéndose a Toynbee, “lo mejor que tienen las civilizaciones, lo único que les garantiza la supervivencia: sus valores diversos y siempre en progreso; el enriquecimiento de su concepción del mundo, que es lo que al final es toda civilización, con voces nuevas y vitales que se instalan en un espacio cerrado y tradicional, del que muy pronto se van impregnando y al que muy pronto van transformando también”.

¿Será, me pregunto ahora yo, que a los venezolanos nos está tocando aportar este pequeño grano de arena civilizador en nuestros lugares de destino, al tiempo que también nos enriquecemos nosotros, como nos dice Toynbee, como nos enriquecimos a su vez décadas atrás cuando recibimos en Venezuela a centenares de miles de españoles, portugueses e italianos que huían de los efectos de las guerras o las dictaduras en Europa; de colombianos, dominicanos, ecuatorianos, peruanos que dejaban atrás violencias y pobreza o  argentinos, chilenos  y uruguayos  que buscaban protección y asilo?

El título de este libro, Florecer lejos de casa, nos evoca algo de esto.

Muchas gracias.

FLORECER LEJOS DE CASA, coordinado por Ángel Arellano. Catorce autores. Fundación Konrad Adenauer, Montevideo, 2018. El libro puede obtenerse gratuitamente en la página http://dialogopolitico.org.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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